Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 71 Romeo
89%

71 Romeo

ROMEO

—Nuestros contactos en el terreno en Tirana encontraron la ubicación de la boda. —La voz de Sienna llegó a través del altavoz del teléfono—. Es un viejo castillo.

Sienna y Franco se habían quedado atrás para tener acceso a todo el equipo que necesitaban mientras el resto de nosotros, Matteo, Leona, un grupo de nuestros soldados y Aria, subíamos a nuestro jet.

El vuelo a través del Atlántico había sido una tortura interminable, pero ya casi habíamos llegado a Albania.

—¿Están seguros de que es el correcto? —pregunté. Mi garganta estaba tan apretada que apenas podía formar palabras. Esto había sido un maldito infierno. Apenas podía contenerme.

—No hemos podido acceder a las cámaras del interior del castillo. Diablos, puede que ni siquiera haya cámaras a las que podamos acceder, pero las imágenes satelitales muestran cientos de autos conduciendo en esa dirección y estacionados en el terreno. Tiene que ser el lugar —notificó Franco.

Leona y Matteo seguían planeando estrategias mientras yo caminaba de un lado a otro por el pasillo, con la rabia inundándome las venas como una avalancha.

Por primera vez en mi vida, invoqué a mi monstruo interno para que saliera a jugar sin sentir vergüenza.

Haría todo lo posible por salvar a Julieta.

Luego descargaría mi ira en cada persona que la lastimó.

Llegamos al enorme castillo en camionetas blancas con el logotipo de una gran florería.

Había querido alquilar algo más rápido, pero la velocidad no nos habría servido de mucho en las estrechas carreteras secundarias hacia la costa.

Además, la camioneta nos daba la cubierta que necesitábamos para entrar al estacionamiento sin que nos detuvieran los guardias.

—Recuerden, el interior es un laberinto.

Quédense con su compañero y dispérsense por los pasillos, revisando todas las habitaciones.

Nos reuniremos en el gran salón donde se celebra el banquete de bodas.

—Leona repasó los planos del edificio que había cargado en su tableta, resaltando los caminos que debíamos seguir.

Había decidido que los dos seríamos compañeros en esta misión, y no me importó lo suficiente como para discutir. Siempre y cuando no me retrasara.

Se me erizó la piel con una energía eléctrica. Teníamos que despejar las habitaciones que conducían a la recepción para evitar sorpresas ocultas, pero lo único que quería era llegar a Julieta.

La camioneta se detuvo.

La puerta se abrió.

Y salimos.

Fui el primero en entrar al castillo, irrumpiendo en un lúgubre pasillo con Leona pisándome los talones. Subí las escaleras de dos en dos, cada paso fuerte creaba el ritmo Ju-lie-ta.

Todo se desvaneció hasta que me convertí en la oscuridad, los últimos restos de mi humanidad desaparecieron cuando el monstruo tomó el control por completo.

Mi pistola era una extensión de mi mano mientras avanzaba por el primer pasillo.

Cuatro puertas estaban alineadas en las paredes.

Abrí la primera y me encontré con un grupo de hombres sentados alrededor de una mesa jugando a las cartas.

Les disparé sin vacilar y no sentí nada cuando sus cadáveres ensangrentados se deslizaron hasta el suelo.

La segunda y la tercera habitación estaban vacías.

La cuarta era una sala para fumadores con tres hombres rodeados por una nube de humo de puro.

El monstruo tarareó con satisfacción mientras observaba como la vida se extinguía de sus ojos.

Leona frunció el ceño al mirarme, con una expresión de inquietud en el rostro. La ignoré y me adelanté por el siguiente pasillo. Me importaba una mierda lo que pensaran de mí, lo que vieran en mí. Julieta era lo único que importaba.

El castillo estaba inquietantemente silencioso. El lugar transmitía una sensación enfermiza y retorcida.

Despejé la siguiente habitación.

Y la siguiente.

El monstruo se inquietó, sediento de sangre.

Un eco de pasos hizo que Leona y yo nos giráramos y apuntáramos con nuestras armas. Nos encontramos con los ojos cafés y aterrados de una joven que llevaba una bandeja con vasos de shots llenos de un líquido turbio.

Bajé mi arma.

No lastimábamos a las mujeres, pero la interrogaría.

Se quedó inmóvil cuando me acerqué a ella.

—¿Sabes dónde está la novia?

Parpadeó y habló suavemente en albanés, con voz temblorosa.

Saqué mi teléfono y escribí la pregunta en una aplicación para traducir. Ella se quedó mirando la pantalla y yo estaba a punto de rendirme cuando asintió.

Llévame a donde está ella, escribí.

Sus ojos se desviaron hacia mi pistola antes de dar unos pasos tambaleantes por el pasillo. Leona levantó las cejas, mas nos siguió.

—¿Crees que de verdad lo sabe? —inquirió.

Moví mis hombros en lugar de responder. O nos llevaba hasta Julieta o nos conducía directamente a una trampa. Una me reunía con mi amor, la otra me daba la oportunidad de asesinar. Ambos resultados eran aceptables.

Seguimos a la mujer por una serie de pasillos angostos hasta que llegamos a una enorme puerta de madera. La señaló con una mano temblorosa.

—Vigílala —ordené en voz baja, y Leona levantó la barbilla en señal de asentimiento.

El corazón me latía con anticipación cuando abrí la puerta de un empujón. Era un dormitorio grande y llamativo con una cama enorme en el centro.

Y en la cama yacían dos figuras inmóviles.

Un hombre corpulento estaba desplomado en la cabecera, pero mi atención se centró en la mujer que estaba a su lado. Tenía puesto un vestido rasgado en tonos rojos y dorados, y mechones de cabello castaño se escapaban del moño que tenía en la cabeza.

El hielo se filtró por mi torrente sanguíneo, serpenteando por mis venas mientras el mundo entero se detenía. Cerré los ojos y volví a abrirlos como si eso fuera a cambiar lo que estaba viendo.

Sin embargo, nada podía borrar el horror que tenía ante mí.

Un sonido ahogado y desgarrador escapó de mi garganta y me apresuré a avanzar.

—Julieta, mi ángel, no, no, no. —Acuné su cuerpo inmóvil contra mi pecho—. Despierta, nena. Despierta. Por favor, no me dejes.

Las lágrimas cayeron por mi cara, aterrizando en su mejilla magullada. Las limpié y las reemplacé con un beso.

—Vuelve a mí.

Contuve la respiración mientras trataba de encontrar su pulso.

No había nada.

Dentro de mí latía una oscuridad que nunca había sentido.

Me la habían arrebatado.

Habían robado la vida que deberíamos haber tenido juntos.

Miré hacia el segundo cuerpo y lo reconocí como Spiro Abazi.

Mi alma se llenó de rabia incontenible. El monstruo que llevaba dentro bramó de furia.

Mi Julieta estaba muerta y era culpa de este cabrón.

Desenfundé mi cuchillo y solté un rugido de rabia mientras se lo clavaba en el pecho, sin importarme que ya estuviera muerto. La sangre brotó de él, pero no fue suficiente.

Arrastré su cuerpo fuera de la cama para alejarlo de mi amada.

Mi puño se estrelló contra su pecho.

Una y otra vez.

Y otra vez.

Hasta que su pecho fue una masa sangrienta brutalizada. Aún no era suficiente.

Nada sería suficiente. Nada podía hacer retroceder el tiempo y devolverme a mi Julieta.

Una mano me tocó el hombro y me eché hacia atrás. Los ojos vidriosos de Leona se encontraron con los míos.

—Déjalo. Ya no es nada.

Quería gritar.

Tenía que hacer algo, cualquier cosa, para arreglar esto, pero le había fallado a Julieta. Todo esto fue culpa mía.

No merecía vivir.

La sangre empapó mis manos temblorosas. Las limpié en la colcha, negándome a ensuciar a mi amor con mis manos manchadas de sangre. Le ajusté el vestido roto para que estuviera cubierta, tragando la bilis que tenía en la boca al pensar que ese bastardo la había tocado. Había muerto asustada y sola.

—Lo siento mucho. Lo siento muchísimo, maldición.

Le acaricié el rostro y le di un suave beso en los labios. Con cuidado, le quité los pasadores del cabello, viéndolo caer en cascada alrededor de sus hombros. Mi Julieta tenía el cabello más bonito del mundo.

—Nadie ha amado nunca como yo te amo a ti. —Cerré mis ojos con fuerza—. Mi vida no era nada hasta que llegaste tú, y ahora no es nada sin ti. Nada.

El monstruo se movía inquieto dentro de mí, incitándome a vengarme de todos los que habían contribuido al sufrimiento de Julieta. Tenían que morir a manos mías.

Pero eso significaría abandonarla.

Le rocé los párpados con mis labios.

—Volveré, Stellina. Te lo prometo. Tengo que encargarme de esto y luego volveré contigo.

Soltarla de mis brazos y dejarla en aquella cama fue lo más difícil que había hecho en mi vida. No obstante, lo único peor que vivir en un mundo en el que Julieta no existía era uno en el que sus verdugos aún respiraban aire.

Con una última mirada a mi ángel, salí de la habitación pasando junto a Leona.

—¡Romeo, espera! —gritó Leona, alcanzándome—. Tenemos que analizar esto. ¿Cómo murieron? Ninguno de los dos tiene heridas externas graves. Necesitamos un plan…

Amartillé mi pistola.

—En este momento solo tengo un plan.

Destruiría a todos los albaneses que estaban aquí. Cada uno de ellos era cómplice de lastimarla. ¿Y si yo caía en la pelea?

Mejor aún.

Dos enormes puertas aparecieron ante mí.

El gran salón.

Ignoré las advertencias de Leona y abrí las puertas de par en par, apuntando con mis armas.

La visión que me recibió me detuvo en seco.