70 Julieta
JULIETA
Nunca había sido una chica que fantaseara con casarse, aunque las pocas veces que lo había pensado, ciertamente no había imaginado casarme con un hombre de más del doble de mi edad que me miraba como si fuera un trozo de carne.
Spiro Abazi me miró lascivamente mientras firmaba nuestra acta de matrimonio. Me dio el bolígrafo y me estremecí cuando sus dedos rozaron los míos. Me quedé mirando el acta.
Estábamos en una habitación pequeña con un hombre que parecía un funcionario del gobierno, el Carnicero, y otros dos soldados.
Esperaba una gran ceremonia pública, pero ¿quizá solo era esto?
Se me retorció el estómago por la culpa, como si estuviera traicionando cada fibra de mi ser, cuando me incliné y firmé con mi nombre sobre la línea en blanco.
¿Por qué no podía ser una mujer fuerte? ¿Por qué era tan débil?
El Carnicero agarró a Spiro por el hombro y soltó una sonora carcajada mientras salían de la habitación.
Temía el momento en el que tuviera que besar a mi nuevo marido, pero parecía que nos íbamos a saltar esa parte de la ceremonia.
Los soldados me empujaron hacia adelante, obligándome a seguir a los dos hombres por un laberinto de pasillos hasta que llegamos a la boca de una enorme y gran sala llena de cientos de personas.
Un fuerte zumbido me llenó los oídos y una oleada de vértigo me hizo tambalear.
No podía entrar allí. No podía hacer nada de esto, no obstante, con los soldados armados a mi espalda, no tenía elección.
Con cuidado, introduje mi mano en el bolsillo.
El suave pelaje de Queenie era lo único que impedía que me derrumbara.
Los aplausos de la multitud se convirtieron en algo borroso mientras caminaba por el pasillo del centro, rodeado de largas mesas repletas de decoraciones con amapolas rojas, vajillas doradas, velas y candelabros de cristal colgantes.
Alguien me empujó para sentarme en la mesa principal.
Spiro se desplomó en la silla de al lado y su mano encontró inmediatamente mi muslo.
Me estremecí violentamente y sus dedos se clavaron con más fuerza.
Me mordí el labio, bloqueando su contacto.
Aquí nadie estaba de mi lado. Estaba completamente sola.
Mi respiración se volvió entrecortada y agitada.
Estaba a punto de enloquecer cuando la vi.
Elira. Sus ojos ardientes se cruzaron con los míos durante un breve instante antes de que volviera a mirar al hombre que estaba a su lado.
No era lógico, pero verla me hizo sentir menos sola, como si tuviera a alguien de mi lado después de todo.
Spiro se inclinó hacia mí y me dijo algo al oído. No entendí sus palabras, pero sí su lenguaje corporal. Sus labios rozaron torpemente mi mejilla y estuve a punto de darle un puñetazo cuando un grito al otro lado de la mesa lo distrajo.
Mis dedos se agitaron, ardiendo en deseos de agarrar el cuchillo que había junto al plato y clavármelo en la piel.
Estaba a la deriva en un vasto océano y necesitaba el dolor para volver en mí.
Imaginé que me cortaba la piel y la sangre rojo brillante se derramaba por el suelo, combinando con mi vestido y las flores.
Pasé mi dedo por una amapola antes de arrancar metódicamente los pétalos.
Las amapolas parecían una flor de bodas inusual.
Eran tan delicadas. Mis dedos se congelaron justo cuando estaba a punto de arrancar el último pétalo y miré al Carnicero.
Volví a mirar cuando me di cuenta de que eran dos, este debía de ser su gemelo.
El hombre más cercano ya me estaba observando, con una sonrisa enfermiza en su rostro.
Se me revolvió el estómago al recordar el ramo de amapolas que me habían dejado en el escritorio después de la firma de libros.
Aparté rápidamente la vista. Estos hombres habían estado acechándome a cada paso de más formas de las que probablemente jamás sabría. Yo era su presa acorralada.
Quería a Romeo. Quería que destruyera a todos los hombres de este salón y me llevara en sus brazos. Quería su protección, su cuidado, su amor.
Excepto que él no estaba aquí, y tal vez ni siquiera existía. No la versión de Romeo de la que me había enamorado.
Nadie notó mi pánico silencioso mientras hablaban en albanés, lo que afortunadamente me ahorró la presión de contribuir a la conversación.
De hecho, para ser mi boda, la gente parecía completamente desinteresada en mí como novia.
Los hombres no paraban de gritar y brindar.
Me pareció escuchar a alguien decir Matteo Rossi, aunque no podía estar segura.
¿Eso significaba que todo había sido un complot entre italianos y albaneses?
¿Cuánto dolor podía soportar un corazón antes de ceder por completo?
Plato tras plato de carne fueron colocados frente a mí.
Hacía días que no comía una comida completa, pero no podía digerir ni un solo bocado.
En lugar de eso, le di pequeños trozos a Queenie.
Su ronroneo feliz vibró contra mi cuerpo.
Al menos una de nosotras estaba tranquila en estos momentos.
Agradecí que la tela oscura de mi vestido ocultara las manchas húmedas de sudor que brotaban de mi piel.
Uno de los Carniceros se levantó entre ovaciones y gritos por toda la sala. Cuando la multitud se calmó, empezó a ofrecer un brindis. Mientras hablaba, mujeres con bandejas de bebidas se movían entre las mesas. Los hombres agarraban los vasos altos llenos de alcohol blanco y turbio.
Recordé las palabras de Elira. Había dicho que las bebidas eran veneno.
Desvié mi mirada para no parecer sospechosa, pero mi corazón se aceleró. ¿Había dicho la verdad? ¿Estaban a punto de envenenar a estos hombres? Una esperanza inesperada llegó a mi alma entumecida. Ni una sola mujer tomó un vaso de trago mientras los pasaban de mano en mano.
Más hombres se turnaron para ponerse de pie y brindar, y cada uno terminó con otro trago.
Todo el mundo estaba animado y pronto una banda de música en vivo comenzó a tocar música folk alegre.
Mujeres vestidas con faldas negras, camisas blancas y chalecos decorados con colores dorados y rojos se dirigieron al centro de la sala y empezaron a bailar.
Conté los segundos, esperando que los hombres se desplomaran o quedaran inconscientes. Pero nadie parecía ni remotamente enfermo. ¿Quizá tardaba un poco en hacer efecto? ¿O tal vez estas bebidas no eran las que contenían el veneno?
Un fuerte grito resonó en la sala y, de pronto, me agarraron y me empujaron hacia donde estaba Spiro, en medio de la pista.
—¡Raki! —gritó un hombre. Me pusieron un trago en la mano.
Sacudí la cabeza e intenté devolvérselo, pero entonces Spiro me rodeó la muñeca con los dedos y me obligó a llevarme el vaso a los labios.
Mantuve la boca cerrada y el líquido me salpicó la piel.
Su expresión se ensombreció y me apretó la mandíbula con tanta fuerza que grité de dolor, dándole la oportunidad de verter el alcohol en mi garganta.
Tosí y escupí por la sensación de ardor.
—¡Necesitamos que esté relajada para la noche de bodas! —rugió el Carnicero en inglés a grandes gritos.
«Mierda, mierda, mierda».
«Oh, Dios mío».
«¿Estoy a punto de morir?».
La habitación se volvió borrosa. Mi piel se calentó y se enfrió cuando los invitados nos rodearon, agitando pañuelos en el aire al ritmo de tambores estruendosos.
Spiro se puso frente a mí, arrancando otra ovación de la multitud mientras bailaba al ritmo de la música.
Apenas podía mantenerme de pie, aunque no estaba segura de si era por el pánico, el agotamiento o el veneno.
El Carnicero irrumpió en el círculo, levantando las manos de Spiro y la mía en el aire. Gritó algo, lo que provocó carcajadas, y luego Spiro me arrastró lejos de la multitud de invitados.
Cuando me di cuenta de que me estaba sacando del salón de la recepción, clavé mis talones.
No podía quedarme a solas con él. Apenas pude resistirme contra su enorme cuerpo y su agarre aplastante.
Conseguí echar un último vistazo por encima de mi hombro y alcancé a ver a Elira. Estaba de espaldas a mí.
Las lágrimas me quemaron los ojos. ¿Me había mentido? ¿O había fracasado su plan? Una desesperación enfermiza sustituyó a la breve esperanza que había sentido antes.
Spiro hizo un giro brusco y yo tropecé, torciéndome el tobillo.
Un grito de dolor escapó de mis labios, seguido de un no de agonía cuando vi que el movimiento había sacado a Queenie de mi bolsillo.
Cayó al suelo con un maullido triste, sus ojos clavados en mí mientras Spiro me arrastraba a través de una puerta y la cerraba de golpe.
Estábamos en un dormitorio. Una gran cama con dosel, almohadas afelpadas y una manta de terciopelo se alzaban como un presagio oscuro. Me miró de frente, con un brillo cruel en sus ojos. Habló y, aunque yo no entendía las palabras, el significado estaba claro.
Mis manos sudorosas arañaron el picaporte de la puerta, pero antes de que pudiera abrirla, Spiro se abalanzó sobre mí.
Chillé cuando su cuerpo chocó con el mío.
Mi mente daba vueltas, en blanco por el terror, mientras intentaba recordar los movimientos de defensa personal que Romeo me había enseñado.
Le di una patada a Spiro en la rodilla. Gruñó, pero eso no le impidió arrastrarme hacia la cama.
Mi espalda cayó en el colchón, los latidos de mi corazón retumbando en mis oídos, antes de que él aterrizara encima de mí.
Levanté la cabeza bruscamente, golpeándole la nariz con la frente, y él soltó un rugido enfurecido.
La fuerza de su bofetada hizo que mi cara se girara hacia un lado.
Me rasgó el vestido, abriendo la parte delantera y dejando al descubierto mis pechos desnudos.
Grité. No volvería a pasar por esto. Me negaba, maldita sea.
Arremetí con mis brazos y piernas, aunque cada vez me pesaban más. Los movimientos de Spiro se volvieron torpes y sus palabras se arrastraban.
El veneno.
Por fin perdió la fuerza y se desplomó sobre mí con un quejido. Su peso me dejó sin aire en los pulmones. Lo empujé con brazos débiles y me quedé tumbada jadeando en el colchón.
«Levántate».
«Tienes que escapar».
«Muévete».
Sin embargo, no pude hacerlo.
La habitación comenzó a girar, un torbellino de rojo y dorado, hasta que se me cerraron los ojos.
Mi último pensamiento antes de perder el conocimiento fue que hubiera deseado besar a Romeo una última vez antes del final.