Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 80 Romeo
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ROMEO

Julieta brillaba bajo las luces y yo no podía apartar la mirada. Bailaba con Sofiya y Sienna, con Queenie en sus brazos. Su risa flotaba en el aire, un sonido aún más cautivador que la música.

Matteo se acercó a mi lado y me agarró el hombro.

—Me alegro por ti, Fratello. Te lo mereces.

—Mierda, realmente te has vuelto sentimental.

Me dio un puñetazo en el hombro.

Angelo se acercó y los tres nos pusimos a platicar. Al cabo de un par de minutos, miré de nuevo a la pista de baile, esperando ver a Julieta, pero no estaba allí.

Mi corazón latió con el mismo pánico que siempre sentía ahora cada vez que la perdía de vista. Recorrí la azotea y solo pude respirar profundamente cuando la vi de pie a un lado con mamá.

Mi mamá, a quien había estado evitando desde que llegó porque me daba vergüenza hablar con ella.

Me detuve cerca de donde estaban conversando. No debería estar escuchando, pero maldita sea, no era un santo.

—Este ha sido un día tan hermoso —opinó Mamma. Se secó los ojos—. Me sorprendió mucho que Romeo me llamara para invitarme, y le estoy muy agradecida.

—Él te quiere aquí. Ambos queremos —aseguró Julieta.

Mamma titubeó y yo cerré mis ojos con fuerza. Me había alejado de nuestra relación por su bien, y aun así me mataba.

—Desearía saber qué fue lo que hice mal para que se alejara. —Se aclaró la garganta—. No me hagas caso. Este día se trata de ustedes dos y de su felicidad.

Julieta frunció el ceño.

—No creo que hayas hecho nada malo —expresó dulcemente.

Mamma le dio unas palmaditas en la mejilla.

—Eso es lo que todos los padres desean que sea verdad, pero tantas veces no lo es. ¿Sabes lo que le pasó a mi esposo?

Julieta asintió.

—Debió ser devastador.

—Esta vida puede ser muy cruel —comentó Mamma—.

Cuando estaba recién casada, me preocupaba tanto traer a un niño a nuestro mundo, no obstante, Romeo siempre fue el niño más dulce.

Yo era la mejor amiga de la madre de Matteo y quedamos embarazadas con apenas seis meses de diferencia.

Criar a nuestros bebés juntas y ver cómo nuestros hijos se convirtieron en mejores amigos fue el mejor regalo.

Fueron los años más felices de mi vida. Matteo siempre fue muy serio, incluso de niño, y mi Romeo sacó lo más juguetón en él.

—Su voz se volvió más tensa a medida que continuaba hablando—.

Ese día lo arruinó todo. Cuando Romeo por fin nos encontró, yo había sido torturada y su padre ya había muerto.

Nunca había visto tanta desolación, tanta rabia en mi dulce niño.

—Ella moqueó, y mi corazón se rompió. Yo le había hecho esto, le había causado esta pena y sufrimiento.

—Pero no hiciste nada malo —insistió Julieta.

—Debo haberlo hecho —respondió Mamma—. Romeo se alejó de mí todos estos años, y no sé por qué. Pensé que era porque verme le traía malos recuerdos, sin embargo, ahora creo que debe ser algo que yo hice.

Espera, ¿qué? ¿Eso es lo que ella pensaba?

Me acerqué a ellas. Julieta me vio primero y me ofreció su mano. Pero yo la atraje hacia mí, necesitaba sentirla.

—¿Cómo pudiste pensar eso? Nunca hiciste nada malo, Mamma.

Sus ojos muy abiertos se encontraron con los míos.

—Entonces, ¿por qué te alejaste? —preguntó, casi susurrando.

Apreté la mandíbula y me aferré con más fuerza a Julieta. Mi esposa perfecta. Ella me veía como un héroe, un buen hombre.

En este momento sabría la verdad.

—Por lo que hice cuando maté a esos hombres. —Esa fue una buena manera de decirlo. Los había brutalizado en una masacre, y Mamma lo había presenciado todo—. Lo vi en tus ojos. Me tenías miedo y te horrorizaba el monstruo en el que me había convertido. Me mantuve alejado para no causarte dolor.

Su ceño se frunció, confundida, antes de sonreír suavemente.

—Oh, mi niño tontito. Nunca te tuve miedo.

Simplemente tenía miedo. El amor de mi vida acababa de ser asesinado frente a mí, y me aterraba pensar en lo que te harían los hombres del usurpador.

Y… —Dudó, desviando la mirada—. Tenía miedo por ti.

No quería que la oscuridad te consumiera, que perdieras todo tu brillo.

—Sus ojos volvieron a los míos, con lágrimas—.

Pero no lo hiciste. Eres el hermoso hijo que siempre has sido, y ahora tienes a tu lado a tu deslumbrante nueva esposa.

Es todo lo que siempre he querido para ti, que experimentes un amor como el que yo tuve.

Primero con tu padre, y ahora con Francesca. La vida no es nada sin amor.

Me quedé allí, atónito. Todos estos años había estado tan convencido de que mi madre estaba aterrada de mí, que me despreciaba en secreto.

—Oh, mio caro. —Se acercó a mí y casi caí en sus brazos. Por un momento, volví a sentirme como un niño pequeño, siendo abrazado por mi mamma.

—Ti voglio bene, Mamma. Siento haberme mantenido alejado.

Se retiró un momento y me dio unas palmaditas en la cara.

—Encontraste tu camino de vuelta a casa de nuevo. Y me trajiste una hija. —Era el turno de Julieta. Mamma la atrajo hacia sus brazos, estrechándola con fuerza—. Me encantaría ser tu mamá.

Julieta simplemente asintió entre lágrimas, pero sabía que Mamma entendía.

Ambas se secaron las lágrimas cuando se separaron.

—Me encantaría que me visitaran —pidió Mamma tímidamente—. Tengo tantas fotos de Romeo de bebé que puedo enseñarte.

Julieta jugueteó con su vestido y volví a atraerla a mi lado.

—A Julieta le cuesta trabajo viajar. Pero siempre serás bienvenida aquí. Tú y Francesca.

Parecía que Mamma iba a entrometerse, y yo estaba listo para interrumpirla si decía algo que alterara a Julieta. Pero mi novia me sorprendió con su respuesta.

—Tengo agorafobia —explicó. Era raro que hablara abiertamente de sí misma.

Los ojos de Mamma se suavizaron.

—Pobre Piccola.

—Quizás algún día. —Julieta se encogió de hombros—. Nunca se sabe. Siempre pensé que Italia era bella.

La estreché. Mi chica. Tan jodidamente valiente.

—Definitivamente algún día, cuando estés lista —replicó Mamma.

Un ladrido y un maullido furioso fue nuestro único aviso antes de que el caos descendiera. Queenie corrió entre mis piernas, con algo grande en su boca y Noodle pisándole los talones.

—¿Qué tienes ahí, Queenie? —inquirió Julieta, agachándose para recoger a la gata—. ¿Es el hueso de Noodle? Eso no es para ti.

Noodle se sentó a los pies de Julieta, con sus ojos tristes fijos en el hueso mientras se relamía los labios.

—Tienes que devolvérselo, bonita. Vamos. —Julieta sacó el hueso de la boca de Queenie y se lo devolvió a Noodle—. Pequeña buscapleitos.

Sienna y Matteo corrieron hacia nosotros.

—Oh, qué bien, la atrapaste —indicó Sienna.

Matteo frunció el ceño.

—Mi hijo tiene que aprender a defenderse por sí mismo. —Noodle le dio un cabezazo en la pierna, moviendo la cola.

—Maldita familia de locos —agregué.

Julieta soltó una carcajada mientras Queenie se dormía en sus brazos.

—Nuestra familia de locos.

Escucharla decir eso me provocó algo. Agarré su cara y la acerqué para darle un beso no muy apropiado estando rodeados de gente.

Ignoré los gritos y silbidos. Nunca me cansaría de esto, nunca me cansaría de ella.

Mi vida antes de ella no había sido mala, pero ¿ahora que la había experimentado con ella?

Nunca nada podría compararse.