67 Julieta
JULIETA
—Julieta, mi amor, vamos a jugar un juego. Quédate aquí y guarda silencio. —Su dedo presionó suavemente mis labios—. Ni un solo ruido.
Se escuchó un fuerte estruendo en el piso de abajo y yo lloré, rodeando el cuello de mamá con mis brazos regordetes. Pero en lugar de abrazarme como siempre lo hacía, me empujó dentro del armario del pasillo. Era oscuro y estrecho. Mamá me metió entre unas cajas de cartón.
—No salgas, pase lo que pase. Prométemelo, Julieta. —Asentí con la cabeza—. Esa es mi niña. Te quiero. Más de lo que puedas imaginar.
Antes de que pudiera responder, cerró la puerta, dejándome a oscuras.
—Mama. —Lloriqueé. Me arrastré hasta la puerta y apreté mi oreja contra ella—. Baba.
Un fuerte grito seguido de un estruendo me hizo llorar. Presioné la puerta con mis manos y las lágrimas me resbalaron por las mejillas. El tiempo pasó y esperé a que mamá viniera a buscarme.
No lo hizo.
Floté por encima de la pesadilla, observando cómo mi yo de niña comenzaba a llorar. Quería consolarla, salvarla de lo que estaba a punto de ocurrir, pero no podía hacer nada.
Sonó otro fuerte estallido. La bala que mató a mi padre.
La niña Julieta retrocedió entre las cajas, rodeándose las piernas con los brazos.
Ojalá pudiera decirle que todo estaría bien. Sin embargo, sería una mentira cruel.
Mis sueños y la realidad se mezclaban hasta que no pude distinguirlos mientras me golpeaba un mar de recuerdos reprimidos. Estar atrapada en esta habitación me hizo recordar los días que pasé en aquel armario cuando era niña. Era tan débil y sin esperanza como entonces.
Aunque… En este instante apenas sentía algo.
Ni mi cuerpo, con las extremidades entumecidas por estar atada fuertemente, ni mis emociones, que parecían haberse apagado por completo.
El entumecimiento me resultaba familiar, casi era bienvenido.
Así era como había manejado todos los traumas de mi vida, los días que pasé paralizada en la cama de mis hogares de acogida, con la mirada perdida en la pared, los meses que perdí después de que me violaran, desapareciendo en un vacío mental.
A veces, me había cortado para dejar de sentir. Otras veces, lo había hecho para ver si aún podía.
Lo único que despertaba alguna emoción era pensar en Romeo. Su voz susurraba dulces palabras sobre cuánto me amaba y cómo me rescataría, pero una segunda voz las envenenaba, diciendo cruelmente que me había traicionado. Que me había abandonado.
Parpadeé, mas no brotaron lágrimas. Tal vez habría llorado si no estuviera tan deshidratada y vacía por dentro.
No había visto a nadie desde que el Carnicero se fue, excepto por un guardia que había entrado, me había quitado la mordaza y me había dado un trago de agua tibia antes de marcharse. Podían haber pasado horas. O minutos. O años.
Un extraño sonido como de arañazos se inmiscuyó en mis pesadillas borrosas. Mi cabeza se reclinó sobre mi pecho y mi mente reprodujo una película de terror de ratas arrastrándose sobre mí.
Algo aterrizó sobre mi regazo y grité. Luché contra mis ataduras intentando quitármelo de encima, pero unas garras afiladas y un suave maullido rompieron mi pánico.
Entrecerré los ojos en la oscuridad y me encontré con dos ojos brillantes y dorados. Se me escapó un suspiro entrecortado y de alivio, con mi corazón todavía latiendo con fuerza.
—Hola, gatita —susurré—. ¿De dónde saliste?
La gatita me dio un cabezazo en el estómago y sus ronroneos se hicieron más fuertes. Era una cosita diminuta de pelaje negro, al menos por lo que pude ver en la oscuridad.
—Me gustaría poder acariciarte.
Se acomodó en mi regazo y su ligero peso fue lo único que me mantuvo aferrada a la realidad.
Me desmayé una y otra vez. La siguiente vez que volví en mí, la gata estaba acurrucada en mi hombro. Estaba tan calientita y viva. Me estremecí ante esa sensación, sobre todo cuando me sentía tan cerca de la muerte.
—¿Tienes nombre? —Una lengua áspera me lamió el cuello—. ¿Te gusta sentarte ahí en tu pequeño trono? —Ronroneó y volvió a lamerme antes de acomodarse con un ruidito chirriante y quedarse dormida.
—Muy bien, pequeña Queen. Duerme todo lo que quieras. —Froté mi barbilla contra su suave pelaje hasta que el cansancio y el hambre me hicieron caer a la deriva una vez más.