Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 66 Romeo
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66 Romeo

ROMEO

Caminé de un lado a otro por la sala de reuniones. Las paredes se cerraban sobre mí.

Veinticuatro putas horas.

Ese era el tiempo que había pasado desde que se llevaron a Julieta. Mi alma se marchitaba como si fuera una flor privada de la luz del sol. O la luna, privada de mi stellina.

Quienquiera que se la llevó había saboteado nuestros generadores antes de cortar la corriente de toda la cuadra.

Franco, ayudado por Sienna, que no había creído que fuera un traidor, había estado vigilando nuestra seguridad y fue el primero en darse cuenta de que algo andaba mal.

Pero los albaneses habían sido demasiado rápidos y se habían llevado a Julieta por la escalera para incendios antes de desvanecerse en el aire.

No podía soportarlo más, esperar sin hacer nada mientras nuestros enemigos tenían a mi chica.

Mi Julieta, que le aterraba salir de casa.

Mi Julieta, que ya había soportado demasiado en su vida.

—Tenemos que ir a Albania —repetí por décima vez.

Franco había identificado un avión privado que salía ayer del aeropuerto de Teterboro, en New Jersey, con destino a la capital, Tirana.

—Tengo el jet esperando —informó Matteo, mirando hacia donde Sofiya y Clementine estaban acurrucadas en el sofá junto a Noodle—. Sin embargo, no podemos ir sin confirmación. Ni siquiera sabemos si iba en ese avión.

—Estoy esperando noticias de nuestros contactos en tierra —indicó Sienna pacientemente—. No tiene sentido que la lleven a Albania. Si la retienen para pedir rescate, ya deberíamos haber tenido noticias.

Tiré el libro de Romeo y Julieta contra la pared. Las palabras subrayadas en la página me atormentaban. Mi Julieta no estaba muerta.

No podía vivir en un mundo sin ella.

—Mierda, mierda, mierda. —Franco tecleó furiosamente, y volteé a mirarlo.

—¿Qué? —espeté.

—Alguien hackeó mi sistema y tomó el control por vía remota. —Tenía la cara desencajada mientras le daba a Sienna una serie de instrucciones a toda prisa.

Miré la computadora por encima de su hombro. El ratón se movía sin que nadie lo hiciera, y luego la pantalla se puso negra.

—¿Qué carajos está pasando? —murmuré.

Un destello de estática apareció en la pantalla antes de revelar el rostro del Carnicero. Mi cuerpo se acaloró, la piel me picaba por el deseo desesperado de saltar a través de la pantalla y estrangularlo. Cuando apuntó la cámara para mostrar a Julieta, no pude contenerme.

—¡Hijo de puta! Tráela de vuelta. —El monstruo rugió dentro de mí, despiadado y hambriento de sangre.

Matteo me agarró el hombro, clavando sus dedos.

—No le des más munición —murmuró en un italiano apresurado.

Apreté los puños. Demasiado tarde. Mi arrebato ya había dejado claro lo importante que era Julieta para mí.

Estaba atada a una silla de metal en una habitación oscura, con una sola bombilla colgando del techo que proyectaba luz y sombras sobre ella.

Me ardían los ojos, pero me negué a apartar la mirada.

Tenía los brazos atados a la espalda y un trozo de tela le amordazaba la boca.

Tragué con dificultad. Era la misma posición en la que había encontrado a mi madre hacía tantos años.

La historia se repetía y, una vez más, yo era un maldito inútil.

El Carnicero se acercó a ella para que la pantalla se llenara con su rostro lleno de moretones y sus ojos aterrados.

—¿Tienes algún mensaje para el hombre que te traicionó? —preguntó con voz oscura y burlona.

Qué. Demonios.

¿Traicionarla?

¿Eso es lo que le había dicho este bastardo? ¿Que yo tenía algo que ver con esto?

Los dedos de Matteo se clavaron en mi brazo, advirtiéndome que no hablara. Que no empeorara las cosas para ella. Mis palabras sin pronunciar me ahogaban. «Iré por ti, Ángel. Nunca te abandonaré ni te traicionaré, maldita sea».

La mordaza le impedía hablar. Parpadeó, pero no pudo evitar que las lágrimas resbalaran por sus mejillas.

—Así es. No tienes nada que decirle porque está muerto para ti. Maté tu vida pasada. No volverás a ver a Romeo, y si luchas contra mí o intentas escapar, lo mataré.

«Uno de los dos morirá, y no seré yo, hijo de puta».

—Quédate aquí, Julieta. Romeo y yo tenemos asuntos importantes que discutir. —Se rio como si hubiera contado un chiste divertidísimo y le acarició el rostro.

Le cortaría cada uno de los dedos con un cuchillo sin filo, serruchando lentamente de un lado a otro mientras saboreaba sus gritos.

El Carnicero salió de la habitación, pero antes de cerrar la puerta, la cámara se detuvo en Julieta. Parecía tan pequeña y asustada. Apagó la luz, empapándola de oscuridad.

—Ahora podemos hablar sin que la zorra nos escuche.

Mi visión se enrojeció y mi pecho se agitó por el esfuerzo que me costó mantener el control.

—¿Qué quieres?

—Tan hostil, Romeo. Después de dejarte un regalo y todo. ¿No te gusta Shakespeare?

El agarre de Matteo se intensificó en señal de advertencia. Mis ojos se desviaron hacia donde estaba sentada Sienna, completamente concentrada en la pantalla de su computadora.

—¿Qué quieres? —Matteo habló esta vez.

—Ahh, Don Rossi. Me alegro de conocer al fin al que llaman Ángel de la Muerte. Lo que quiero es contarle una historia.

El Carnicero pasó a otra habitación que parecía una oficina.

Se sentó en un enorme sillón de piel y se lanzó a contar una historia sobre su hermano, que había abandonado la Mafia Albanesa décadas atrás.

No me importaba un carajo la historia de su familia, pero cuanto más tiempo permaneciera en la llamada, más probabilidades había de que Sienna y Franco pudieran rastrearlo.

—Nadie abandona el clan —narró, continuando con su tedioso monólogo—.

Lo llevamos en la sangre. Aunque me tomó un tiempo, al final localicé a mi hermano y a su puta en New York.

Matarlos fue fácil. Eran débiles, y sentí una gran satisfacción al podar mi árbol genealógico.

Regresé a Albania, pero hubo algo que se me escapó.

Hizo una pausa dramática. Mi mente estaba demasiado consumida por las visiones de mis manos empapadas en su sangre para entender adónde iba la historia.

—Años después, regresé a la ciudad con un plan para restablecer nuestro dominio tras el desastroso fracaso de nuestro clan estadounidense. Y encontré aún más de lo que esperaba cuando Romeo De Luca me condujo hasta la encargada de una librería.

Mi mandíbula corría el riesgo de quebrarse de lo fuerte que la estaba apretando. No había traicionado a Julieta, preferiría morir antes que hacerle daño, joder. Sin embargo, el Carnicero tenía razón en una cosa, esto fue mi culpa. Lo había llevado directo a mi mujer.

—¿Cuál era el atractivo de esta chica para el señor De Luca?

Al principio, no esperaba encontrar nada interesante.

No era más que una niña huérfana que acabó en un centro de acogida porque no era lo bastante buena para ser adoptada.

Pero había algunas incoherencias extrañas en su historial.

¿Sabían que los padres de Julieta fueron asesinados?

Matteo maldijo en voz baja.

—De lo que no me di cuenta cuando maté a mi querido hermano y a su esposa fue de que no estábamos solos en el apartamento. Encerrada en un armario estaba la pequeña Julieta. Julieta Smith es en realidad Julieta Leka, hija del antiguo Krye y es princesa de la mafia.

Mis nudillos se pusieron blancos mientras me agarraba al borde de la mesa. ¿Qué? No. No era posible. Intenté negar sus palabras, no obstante, todo lo que dijo encajaba perfectamente con lo que Julieta me había contado sobre su pasado.

—Imaginen mi irritación cuando me di cuenta de mi error. Sin embargo, la vida tiene una forma de resolver las cosas, ¿no? Si hubiera matado a la Julieta de dos años, habría perdido todo el beneficio para mí. Pero ahora, puede ser extremadamente útil.

—¿Útil de qué manera? —preguntó Matteo. Al menos él aún podía formar palabras, porque la capacidad estaba muy por encima de mí mientras me ahogaba en el odio a mí mismo. Ella había estado libre de las garras del Carnicero… hasta que me conoció.

—Julieta se casará con Spiro Abazi, mi nuevo Kryetar. Nos darán acceso total a las rutas comerciales de New York, o cada vez que vean a la dulce Julieta, le faltará una nueva parte de su cuerpo.

Aparecieron puntos negros en mi visión y respiré por la nariz para no vomitar.

—Si eso no es suficiente incentivo, considere esto, no me costó nada irrumpir en su apartamento y llevarme a Julieta. ¿Cree que hay algún lugar donde pueda esconder a Sofiya y Sienna que me impida acercarme a ellas?

—Y si acepto, ¿entonces qué? —La voz de Matteo era fría como el hielo.

—La próxima semana, después de la boda, nos reuniremos en New York para pulir los términos.

Un gruñido involuntario vibró en mi pecho. Quemaría el mundo entero antes de quedarme de brazos cruzados mientras obligaban a mi chica a casarse con un bastardo enfermo.

Matteo levantó la barbilla.

—De acuerdo. —Giré la cabeza para mirarlo, pero él miraba fijamente a la pantalla, con los ojos clavados en el Carnicero—. Pero cuando nos reunamos —continuó—, Julieta estará allí para mostrar que no le han hecho daño.

El Carnicero se tomó su tiempo antes de responder.

—Siempre y cuando Romeo no cause problemas en la reunión. —Se inclinó más hacia la cámara—. Creo que estos últimos meses han dejado claro que no eres rival para mí. No querrás cruzarte conmigo.

Colgó la llamada y el silencio descendió sobre la habitación.

—¡Joder! —grité. Respiré entrecortadamente, pero nada pudo evitar que mi mundo se saliera de control.

—¿De verdad se fue? ¿No está escuchando? —preguntó Matteo.

Sienna asintió, y una sonrisa se dibujó lentamente en su rostro.

—No solo eso, hubo un error en la codificación de la llamada.

Levanté la cabeza bruscamente.

—¿Tienes su ubicación?

—Sí, la tengo. —Giró el monitor para que pudiéramos ver el mapa que había abierto—. Están a las afueras de Tirana, junto al mar Adriático.

Matteo me agarró del hombro.

—Despegamos en veinte minutos.

«Voy por ti, nena. Y de alguna manera, arreglaré esto, demonios. Solo aguanta un poco más».