65 Romeo
ROMEO
Le indiqué a Aidan que entrara a nuestro estacionamiento subterráneo.
Mi pierna temblaba por la impaciencia. Cuanto más me acercaba a Julieta, más fuerte y angustiosa era la necesidad de tenerla en mis brazos.
El viaje de cuatro horas de vuelta a la ciudad había sido una agonía, pero Leona no tenía un avión listo para salir, así que conducir era nuestra opción más rápida.
En cuanto entramos al garaje, supe que algo andaba mal. La sensación se intensificó cuando el nombre de Matteo apareció en mi teléfono.
—Tenemos problemas.
Mi mano apretó el teléfono con tanta fuerza que pensé que podría romperse. Mis músculos se pusieron rígidos por la tensión.
—Acabamos de entrar al estacionamiento. Las luces están apagadas —dije.
—Cortaron la electricidad de todo el edificio.
—¿Dónde está Julieta? —Abrí la puerta del coche de golpe y corrí hacia la escalera. Leona me siguió, pisándome los talones.
—Acabo de asegurar a Sofiya y Clementine. Voy a ver cómo están Sienna y Julieta.
El corazón me latía con fuerza, y no tenía nada que ver con la velocidad a la que subía las escaleras. Necesitaba llegar hasta ella.
—¿Los albaneses? —pregunté.
Los pasos de Matteo resonaron en la escalera una docena de pisos por encima de mí.
—Creemos que sí. Franco le avisó a Sienna que alguien había violado nuestro sistema de seguridad.
Antes de que pudiera preguntar cómo era posible que Franco siguiera teniendo acceso a nuestro sistema después de que Matteo lo hubiera puesto bajo arresto domiciliario, maldijo.
—Dante está herido. Procede con precaución.
Nunca había subido tan rápido las escaleras.
«Julieta. Por favor, tienes que estar bien».
Salí disparado de las escaleras a mi piso, con mi arma lista. Si alguien había tocado a mi chica, si la habían mirado siquiera, nada me impediría asegurarme de que las puertas del infierno tuvieran un aspecto acogedor para cuando acabara con ellos.
La puerta de mi apartamento estaba entreabierta.
—Yo te cubro —murmuró Leona. Ni siquiera parecía estar sin aliento.
Empujé la puerta y me puse tenso al ver la silueta que se acercaba a mí, antes de darme cuenta de que era Matteo.
—Mierda. Casi te disparo. —Bajé mi arma.
—No está aquí.
Una bomba estalló en mi cerebro, poniendo mi mundo de cabeza.
Había algunos recuerdos que me perseguirían para siempre:
La noche en que Matteo y Sienna aparecieron en casa de mis padres después de que su tío asesinara a sus padres. Aún podía sentir el cuerpecito de Sienna temblando contra el mío mientras lloraba, con su hermano de pie a su lado, con la expresión en blanco.
Cuando irrumpí en aquel almacén y encontré a mi padre muerto y a mi madre medio inconsciente a causa de la tortura.
Cuando encontré a Julieta cubierta de sangre en el suelo del baño, sabiendo que yo había provocado en ella esa sensación de desolación.
Pero en todos esos casos, pude hacer algo en respuesta. En ese momento, con la ausencia de Julieta, los recuerdos que nunca pude borrar de mi cerebro se fusionaron en mi interior, alimentando y avivando a mi monstruo.
—¡¿Dónde carajos está?! —Mi rugido retumbó en el apartamento vacío. Corrí hacia la habitación, aferrándome desesperadamente a la ilusión de que estuviera en el baño o escondida debajo de la cama—. ¡Julieta!
Silencio.
Alboroté mi cabello, recorriendo la habitación. La cama estaba hecha como si no hubiera dormido en ella, y encima de las sábanas había un libro abierto que no reconocí.
Había un pasaje subrayado. Tardé un momento en enfocar las palabras.
¡Oh, Amor mío! ¡Esposa mía!
La muerte, que ha extraído la miel de tu aliento,
No ha tenido poder aún sobre tu belleza.
Una sensación de malestar se apoderó de mi pecho cuando cerré el libro para ver la portada.
Romeo y Julieta.