Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 62 Julieta
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62 Julieta

JULIETA

Algo me apretó la muñeca. La aparté con un quejido e intenté darme la vuelta.

Había estado durmiendo en el sofá porque la cama me parecía demasiado vacía sin Romeo, pero tenía la intención de dormir en nuestra habitación esta noche desde que me prometió que volvería a casa.

Otra caricia en la muñeca.

Romeo.

Sentí un estallido de alegría en el pecho. Estaba en casa.

La bruma del sueño seguía pesando sobre mí, y estiré mi mano, intentando tocarlo. Lo necesitaba cerca, necesitaba que envolviera mi cuerpo con el suyo y borrara toda la soledad y los celos de los últimos días.

Una mano dura sobre mi boca me despertó de un sobresalto.

Abrí los ojos con una respiración entrecortada.

El rostro sombrío de un hombre se cernía sobre mí. Un grito salió de mi garganta e intenté quitármelo de encima, pero su mano amortiguó el sonido. Un metal se clavó en mis muñecas. Esposas.

—Cállate o mataremos a tu amiguita de al lado.

Sienna. Oh, Dios mío. ¿Dónde estaba Dante? ¿Cómo había entrado este hombre? ¿Dónde estaba Romeo?

Sacudí mis brazos atados e intenté arañar la cara del hombre, pero otra persona agarró la cadena entre las esposas, inmovilizándome.

Los dos, ambos hombres, hablaban en un idioma que no reconocía.

La mano que me tapaba la boca me soltó, pero antes de que pudiera gritar, fue sustituida por una gruesa tira de cinta adhesiva, seguido de una capucha sobre mi cabeza.

Intenté arrancármela, mas lo único que conseguí fue dejarme la piel en carne viva.

Uno de ellos me levantó de un jalón y sus asquerosas manos fueron lo único que impidió que me desplomara en el suelo.

—Vamos a bajar por la escalera de incendios. Si te resistes, te tirarán a la planta baja. ¿Entiendes? —Si bien no podía distinguir su acento tan marcado, me resultaba familiar.

Las lágrimas corrían por mi rostro mientras asentía.

¿Por qué no había sonado la alarma del edificio?

Los hombres me arrastraron a través del apartamento, y me estremecí al sentir la ráfaga de viento frío contra mi piel.

Debíamos de estar en la ventana que daba a la escalera de incendios.

Hundí mis talones, el sudor cubría todo mi cuerpo incluso con la gélida temperatura exterior.

La cinta sofocaba mis gritos de pánico y mis jadeos.

Unos dedos despiadados se clavaron en mis brazos mientras era medio levantada, medio empujada por la ventana. Mis pies con calcetines chocaron con la escalera de incendios metálica.

«No te desmayes».

«Si te desmayas, caerás y morirás».

«Tal vez sea mejor morir que seguir viva para lo que estos hombres me harán».

No, no podía pensar así. El edificio tenía seguridad. Alguien se daría cuenta de que me habían secuestrado y vendrían a buscarme.

Con cada tramo de escaleras que pasaba, rogaba en silencio que alguien en el interior se diera cuenta de que había desaparecido.

Tenía las extremidades tan heladas que me costaba doblarlas y me tropecé más de una vez.

El corazón se me aceleraba y las náuseas me revolvían el estómago.

Si vomitaba ahora, me ahogaría y moriría.

Me salían mocos por la nariz mientras hacía todo lo posible por seguir respirando entre sollozos ahogados.

Quería a Romeo.