Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 63 Julieta
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63 Julieta

JULIETA

El aire era húmedo, el suelo estaba desnivelado y el saco que me envolvía la cabeza se me pegaba a la cara con cada inhalación entrecortada.

Después de bajar por la escalera de incendios, me arrastraron por otra serie de escalones mientras los sonidos de la ciudad se desvanecían. No sabía dónde estábamos.

«No puedo respirar». Intenté gritar, pero la cinta adhesiva me silenció. Arañé la capucha con mis manos atadas. «Quítenme esto. Me voy a asfixiar. ¡Por favor!», grité las palabras en mi cabeza, pero aquí no había quién me salvara.

Tropecé con algo y caí al suelo, mis manos apenas amortiguaron la caída. Las lágrimas empaparon mi capucha y mis extremidades temblaban con demasiada fuerza como para levantarme, incluso con un hombre gritándome que me parara.

«Romeo vendrá a buscarme».

«Él me ama».

«No se olvidará de mí».

Unas manos ásperas me levantaron, quedándose sujetas alrededor de mis brazos mientras me arrastraban a través de la oscuridad.

«Vendrá por mí».

«Me salvará».

Pero ¿y si no podía encontrarme? No conocía los detalles de la guerra de la mafia con los albaneses, no obstante, sabía por mi conversación con Sienna que no habían podido rastrear los movimientos de los albaneses a través de sus canales de vigilancia habituales.

Seguimos caminando durante lo que me parecieron kilómetros.

Mantuve las manos atadas estiradas frente a mí por si me caía o me desmayaba.

A cada paso me temblaban más las piernas y me mareaba más.

Un fuerte estruendo que parecía el de un tren cortaba de vez en cuando el silencio. ¿Estábamos bajo tierra?

Todo me parecía extraño, distante. Mi estado emocional había ido más allá del pánico, mi mente se separaba de mi cuerpo hasta que apenas era consciente de lo que me rodeaba… de quién era yo.

—Detente —me ordenó una voz grave. La mano en mi brazo se clavó dolorosamente en mi piel, haciendo que me detuviera.

Unas pisadas fuertes resonaron a nuestro alrededor.

¿De dónde venían? Los recién llegados hablaban el mismo idioma desconocido.

Las lágrimas corrían adormecidas por mis mejillas.

La vida era tan jodidamente injusta. Había pasado los últimos años viviendo a duras penas, y justo cuando había vuelto a la vida, todo iba a terminar.

Alguien me puso de rodillas.

—Métete adentro.

«¿Adentro de qué?». Antes de que pudiera forcejear o defenderme, estaba en el suelo.

Grité mientras unos desconocidos me agarraban los brazos y las piernas, apretándomelos contra el cuerpo.

Me dolió el costado cuando algo duro me golpeó las costillas, haciendo que me acurrucara para protegerme.

Fue un error, porque al escuchar una cremallera, la tela se cerró a mi alrededor.

Me habían atrapado en una especie de bolsa de lona.

Tenía las piernas apretadas contra el pecho, lo que me impedía respirar.

Un lloriqueo se escapó entre mis dientes apretados cuando me lanzaron al aire.

Intenté agarrarme de algo, pero lo único que mis dedos encontraron fue tela resbaladiza.

¿Adónde me llevaban?

¿Qué me harían una vez allí?

Cuando volvieron a tirarme al suelo, ya tenía el estómago revuelto por las náuseas que me producía el vaivén y tenía el cabello pegado a la cara manchada de lágrimas y por el sudor.

Abrieron la bolsa y me obligaron a arrodillarme. Al arrancarme la cinta adhesiva de la cara, sentí un dolor agudo. Respiraciones profundas y agitadas me sacudían el pecho mientras entrecerraba los ojos contra la luz brillante. Se me encogió el corazón al darme cuenta de dónde estaba.

Dentro de un maldito avión.

«No, no, no».

Evidentemente, era un avión privado porque los asientos eran grandes y separados.

Hombres armados y con rostros crueles me rodeaban, pero únicamente uno estaba sentado, y yo estaba arrodillada justo delante de él.

Era un hombre imponente, con un cuerpo ancho y musculoso y la cabeza calva.

Se recostó en su asiento, con las piernas abiertas y su mirada fija en mí.

Un destello de reconocimiento me golpeó mientras lo miraba fijamente.

—Yo… yo te conozco —dije con voz ronca.

—Me alegra saber que soy inolvidable. —Su mirada pesada se sentía como si las hormigas se arrastraran por mi piel.

—Viniste a la librería. —Lo recordaba por su tamaño y su acento. Había estado brevemente en la firma de libros, pero la primera vez que entró a la tienda, compró un libro sobre…

¡Santo Dios!

El libro había sido sobre la historia del sistema del metro de la ciudad de New York. Los albaneses habían estado moviéndose bajo tierra todo ese tiempo, y yo le vendí el mapa de los túneles.

El hombre se rio.

—¿Estás atando cabos, Julieta? ¿Quién iba a decir que encontraría la respuesta a todos mis problemas justo dentro de tu pequeña librería?

Escuchar mi nombre en sus labios me hizo sentir asco.

—¿Qué quieres de mí?

—Tú eres la respuesta a mis problemas. Tú eres quien devolverá a nuestro clan al lugar que le corresponde en el mundo.

Este hombre estaba loco. Debe haberme confundido con otra persona.

—Romeo me encontrará. —Me obligué a mantener la cabeza en alto y mis ojos en los suyos. No me acobardaría.

Su risita era un sonido siniestro y horrible.

—¿Por qué iba a rescatarte si fue él quien te entregó a nosotros?

Mi cerebro se aturdió.

«¿Qué?».

«No».

—Oh, ella piensa que el italiano la amaba de verdad.

Su Stellina. —Sus hombres se le unieron, riéndose—.

Debe haber interpretado su papel muy convincentemente.

O tal vez simplemente eres una zorra ingenua lo suficientemente ilusa como para creer que un hombre como Romeo De Luca podría amarte de verdad.

«No, no, no».

Oleadas de mareo me asaltaron, retorciéndome el estómago. El sudor me recorrió la piel.

«No podía ser verdad. Él me dijo… Me dijo que me amaba».

—¿Nunca te preguntaste cómo es que Romeo apareció en tu librería?

¿No te pareció extraño que un hombre como él, rico y poderoso, se interesara por alguien como tú, una zorra triste, patética y gorda?

Lo seguí hasta la librería esa noche. Al principio pensé que no era más que un lugar donde esconderse, pero cuando regresó, empecé a preguntarme qué era lo que lo hacía volver. Y entonces lo descubrí.

No quería escuchar ni una palabra más de lo que este hombre tenía que decir. Gritaba por dentro, pero por fuera tenía la cara inexpresiva. Me concentré en la sensación de las esposas de metal duro clavándose en mis muñecas. El dolor me centraba, evitando que me derrumbara por completo.

—¿Sabías que soy un trillizo? —continuó—.

Mi padre nos tatuó de bebés para que siempre supiéramos nuestro orden de nacimiento.

—Se subió el pantalón, mostrando un “2” azul descolorido tatuado en su pantorrilla—.

Thanas era mi hermano mayor por siete minutos, así que fue criado para sustituir a nuestro padre como Krye.

Yo era su subjefe, su Kryetar. Y nuestro hermano menor, Mihal, era el ejecutor.

Eso fue hasta que Thanas la conoció a ella.

Hana. Lo dejó todo, nuestra familia, nuestro destino, por un coño.

—Escupió al suelo—. Mi querido hermano fingió su propia muerte, y yo ascendí como líder del clan.

Pero conocía a mi hermano. Sabía que estaba en alguna parte.

Tardé varios años en localizarlo, pero encontrar personas siempre ha sido mi habilidad.

—Hizo una pausa dramática y se frotó las manos.

Me negué a hablar con él. Me miré las rodillas clavadas en la alfombra gastada.

Apretó la mandíbula mientras continuaba su relato.

—Los rastreé hasta la ciudad de New York y preparé mi plan. Aún recuerdo el miedo en sus ojos mientras me suplicaba que le perdonara la vida a su esposa. Es uno de mis mejores recuerdos, tener a mi inútil hermano mayor, el hombre que se suponía que era Krye, lloriqueando de rodillas ante mí.

Una sonrisa malvada se dibujó en su rostro.

—Maté a su mujer delante de él. Al final me rogó que lo matara.

—Sus ojos desalmados se encontraron con los míos—.

No obstante, hubo una cosa que mi hermano consiguió mantener en secreto.

Verás, la zorra de su mujer le había dado una hija.

Una niña de dos años que estuvo encerrada en el armario mientras yo asesinaba a sus padres.

Una niña de dos años llamada Julieta Leka.

«Atrapada».

«Oscuridad».

«Gritos seguidos de ruidos ensordecedores».

Recuerdos distorsionados sacados directamente de mis pesadillas pasaron ante mis ojos.

Hambre.

Frío.

Sola.

Sola.

Sola.

—No fue difícil atar cabos una vez que empecé a investigar tu pasado.

¿Qué secretos ocultaba Julieta Smith, una chica ordinaria que había atraído la atención de Romeo De Luca?

Fue fácil rastrear tus expedientes escolares y de hogares de acogida.

La pobrecita Julieta, aterrorizando tanto a todas sus familias de acogida con su forma de cortarse que se negaron a adoptarla.

—Se frotó la mandíbula, ocultando su sonrisa retorcida detrás de su mano—.

No fue difícil acceder a los documentos jurídicos confidenciales que contenían el registro de tu cambio de nombre de Leka a Smith.

En esos documentos estaba el nombre del detective que te encontró en el armario.

Encontrarlo fue fácil. Hacerlo hablar fue aún más sencillo.

Creyó que el asesinato de tus padres estaba relacionado con pandillas, así que convenció a la policía de New York para que ocultaran tu existencia a la prensa.

Sin parientes conocidos y con un nuevo apellido, te pusieron bajo tutela.

Allí viviste, escondida a plena vista, hasta que te descubrió la Mafia Italiana, que necesitaba una manera de destruir a sus rivales.

El hombre se deleitaba narrando historias, saboreando el dolor que me causaba cada palabra. Se inclinó hacia adelante hasta que estuvimos a escasos centímetros de distancia y me acarició la mejilla con la mano. Cerré los ojos con fuerza, rogando al universo que me despertara de esta pesadilla.

Se burló y me dio una ligera bofetada en la cara.

—No pongas esa cara de desagradecida. Te he dado un gran regalo.

Te salvé de tu patética y miserable vida y te rescaté de un hombre que te engañó.

Sabía lo valiosa que serías en esta guerra.

—Sus dedos se enroscaron alrededor del rosa desteñido de mi cabello—.

Porque tú, Julieta Leka, eres la princesa de la Mafia Albanesa. Y tengo grandes planes para ti.