58 Julieta
JULIETA
Recogí los platos del desayuno, las tazas de café y los puse en el fregadero. Romeo y yo habíamos dormido hasta tarde, no obstante, él tenía que irse pronto a trabajar.
Me aprisionó contra el fregadero, besando una línea por mi cuello y hombro.
—No volveré hasta tarde otra vez, así que quiero que hoy te quedes en casa de Sofiya y Matteo.
Me dolió el corazón. Ya lo extrañaba y ni siquiera se había ido.
—Estaré bien aquí.
—No quiero que estés sola todo el día.
Me giró para que lo mirara, pero mantuve la vista fija en las sutiles líneas blancas que atravesaban la encimera negra, trazándolas con los dedos.
Un agarre firme me obligó a levantar la barbilla.
—¿Qué te pasa?
Abrí la boca para negar que me pasara algo, pero me agarró con más fuerza.
—No me mientas, Julieta.
Me clavó la mirada, obligándome a decir la verdad.
—No confías en mí.
Frunció el ceño y se acercó lo suficiente para que mi pecho rozara el suyo.
—Claro que confío en ti.
—No, quiero decir… —Intenté apartar la mirada, mas no me dejó. Solté un resoplido frustrado. No siempre se saldría con la suya—. No confías en que no me lastime.
Su expresión se suavizó de inmediato.
—No, Ángel, no es eso. —Dudó—. ¿Has pensado en eso?
Negué con la cabeza.
—No desde que estoy aquí. Y antes del otro día, hacía dos años que no lo hacía.
Me besó en la frente, con los dedos enredados en mi cabello.
—Eso está muy bien, cariño. Sin embargo, no es eso lo que me preocupa.
Confío en ti y sé que este apartamento es seguro.
Nadie puede tocarte aquí —vaciló, y fue mi turno de pasarle una mano reconfortante por el cabello.
Se inclinó hacia mí y un escalofrío recorrió su cuerpo—.
No puedo concentrarme cuando estoy fuera, sabiendo que estás aquí sola. Me preocuparé por ti.
Sus labios acariciaron mi mejilla y su mano bajó por mi cuerpo hasta acariciarme el trasero. Me arqueé contra él y mi cuerpo ya goteaba ante su leve contacto. Su polla se endureció en respuesta, presionando contra mi estómago.
Gemí.
—¿Serás una buena chica y pasarás el día en el penthouse? —Su mano me acarició el coño.
—Esto es chantaje —gemí.
—¿Está funcionando?
—Bien, sí, iré arriba.
—Esa es mi chica. —Su mano se retorció en mi cabello.
—Tienes que ir a trabajar. —Me mecí contra él, mis labios se acercaron a su garganta. Él se quejó cuando empecé a chupar su piel, la parte codiciosa de mí decidida a dejar una marca para que todo el mundo supiera que me pertenecía.
—Eres una seductora. —Ambas manos se movieron hacia mi trasero y apretaron tan fuerte que gemí y me puse de puntitas.
Quería más.
—Estas curvas, carajo. —Romeo sonaba tan enfadado que no pude contener mi sonrisa.
Gruñó y me hizo girar de nuevo, guiándome hacia abajo hasta que mi pecho quedó presionado contra la isla de la cocina.
Su mano cayó sobre mi trasero en una ráfaga de azotes fuertes que me dejaron excitada y adolorida—.
¿Crees que provocarme es divertido, Stellina?
Moví mi trasero contra su erección.
—Tal vez.
Bajó su cuerpo sobre el mío.
—Me pregunto si seguirás pensando eso después de que te provoque durante horas, negándote el orgasmo hasta que llores de rodillas, suplicándome que te deje correrte.
Oh, mierda.
Mi respiración se aceleró y mis mejillas se sonrojaron. No quería eso, quería correrme, así que ¿por qué me excitaba?
—Lo siento. —La respiración entrecortada de mi voz me hizo parecer poco convincente por completo.
—Hmm, no estoy seguro de creer que te arrepientas. —Se puso de pie, levantándome del mostrador y acercándome a su pecho. Sus manos recorrieron mi frente, pellizcando mis pezones y acariciando mi sexo—. Quizá tengas que demostrarme cuánto lo sientes.
Me giré en sus brazos hasta encontrarme con su mirada ardiente. Sin romper el contacto visual, me arrodillé. Sus músculos se tensaron bajo mis manos mientras las deslizaba lentamente por sus piernas hasta llegar a su cremallera.
Su mano detuvo la mía y la apretó.
—¿Estás segura, nena?
Una sonrisa se dibujó en mis labios mientras apoyaba mi mejilla contra su pierna y asentía. Yo era la que estaba de rodillas, pero cuando su mirada me calentó desde adentro hacia afuera, me sentí poderosa y deseada.
Aparté su mano y le bajé lentamente la cremallera de su pantalón de vestir, dejando al descubierto sus bóxers negros. Se los bajé junto con los pantalones, exponiendo así su polla gruesa que goteaba.
—¿Me dirás qué hacer? —Había investigado un poco desde la última mamada que le había hecho, pero aún no me sentía totalmente segura.
Romeo maldijo, inclinando la cabeza hacia atrás para mirar el techo.
—Me estás matando. —Luego sus manos se posaron en mi cara, acariciándome la mandíbula—. Empieza con lo que te haga sentir bien, preciosa, y yo te dirigiré a partir de ahí.
Bien.
Empezaré con lo que me haga sentir bien.
Romeo me jaló el cabello bruscamente.
—No lo pienses demasiado.
Su agarre posesivo calmó mi ansiedad y envolví la base de su erección con mi mano. Estaba caliente y gruesa en mi mano y mis muslos se apretaron con el recuerdo de cómo me había estirado la noche anterior.
Me incliné hacia él y le lamí una gota de semen de la punta.
El sabor era sutil y salado. Tarareé y me incliné para lamer toda su longitud.
Cuanto más me dejaba explorar, más me relajaba.
Introduje su longitud en mi boca, mientras mi lengua jugaba con su piercing.
Romeo maldijo en voz alta y su agarre en mi cabello se hizo casi doloroso.
—Joder, Julieta. Esa es mi chica buena.
Sus elogios me incitaron y lo metí más adentro.
—¿Te gusta escuchar eso? ¿Te gusta escuchar lo buena chica que eres para mí? ¿Lo mucho que me complaces?
Gemí a su alrededor, mojándome aún más mientras lo metía más profundo y las lágrimas corrían por mis mejillas. Me dolía la mandíbula de lo grueso que era, pero su mirada ardiente me hacía no querer parar jamás. Me golpeó el fondo de la garganta, provocándome arcadas y me hizo retirarme.
—Shhh —murmuró, sin dejar que me apartara completamente de él—. Respira, Ángel.
Hice lo que me ordenó y poco a poco fue penetrándome más. En ese instante, era él quien marcaba el ritmo, utilizándome para su placer, y yo estaba completamente bajo su hechizo.
—Vas a tragarme hasta el fondo, ¿verdad, preciosa? Así es, porque eres perfecta para mí.
Gemí y chupé con más fuerza, ahuecando las mejillas, y entonces él se derramó por mi garganta. Mis ojos se humedecieron y gotas de semen se desbordaron de mis labios cuando no pude tragarlo lo suficientemente rápido. Lo recogió con el pulgar y me lo volvió a meter en la boca.
Una oleada de timidez me golpeó cuando nuestras respiraciones entrecortadas llenaron el aire, pero Romeo no me dio ni un momento para dudar de mí misma.
Se metió rápidamente dentro del pantalón y me levantó del suelo.
Me aferré a él mientras se dirigía al dormitorio y me depositaba suavemente en la cama, arrastrándose sobre mi cuerpo hasta que su nariz chocó con la mía.
—Esa fue la mejor mamada que me han hecho en mi vida, carajo. —Su voz era áspera y sus ojos parecían tan aturdidos como me sentía yo.
Dudaba que mi torpe esfuerzo fuera lo mejor que le habían hecho en su vida, pero aun así mis labios esbozaron una sonrisa.
Hasta que sus palabras me recordaron que probablemente había tenido docenas, sino cientos, de mujeres que le habían hecho mamadas.
Mi expresión se transformó en un ceño fruncido de pura envidia.
Agarré su cara.
—Yo soy la única que te la va a chupar a partir de ahora.
No se enfadó ni se puso a la defensiva ante mi declaración. En lugar de eso, esbozó una sonrisa de satisfacción mientras me daba un beso dulce en la punta de la nariz.
—Eres mi dueña, Julieta. Nunca lo dudes.
Rocé sus labios con los míos y profundicé el beso, rodeando su cuerpo con mis brazos y piernas y atrayéndolo más cerca. Seguía nadando en un mar de excitación, mi coño desesperadamente vacío mientras se apretaba alrededor de la nada.
—Te necesito.
Romeo no perdió tiempo y metió su mano en mi ropa interior. Sus dedos emitieron un sonido húmedo y vergonzoso cuando se sumergieron en mi excitación. Gruñó, presionando su cara contra mi cuello.
—Mi Julieta. Tan caliente, húmeda y resbaladiza, lista para mi polla. —Introdujo tres dedos gruesos en mi interior, curvándolos hasta que mis piernas temblaron de placer.
Y entonces sonó su teléfono.
—Maldición, es el tono de Matteo. —Lo fulminé con la mirada mientras sacaba el teléfono de su bolsillo trasero.
Y.
Lo.
Contestó.
Sus dedos seguían llenándome.
Cuando su pulgar rozó mi clítoris, jadeé. Me dirigió una mirada severa de desaprobación, pero no dejó de atormentarme y de aumentar mi placer. Me tapé la boca para no gritar mientras mi orgasmo se acercaba.
—Joder. Está bien, me reuniré con ellos en el garaje en cinco minutos.
Estaba tan cerca de correrme que apenas me di cuenta de sus palabras hasta que sus dedos abandonaron mi coño.
—¡No! —Le agarré la muñeca, desesperada porque me llevara al límite, pero ya se estaba levantando de la cama.
—Lo siento, nena. Es una emergencia.
Quería ser una persona razonable y comprensiva, pero mi orgasmo negado me había enfurecido.
—Espera, tengo una idea. —Cruzó la habitación y abrió uno de los cajones de la cómoda.
Cuando se dio la vuelta, sostenía un objeto morado—.
Esto es un plug para el coño —Me bajó la ropa, dejando mi coño empapado y el interior de mis muslos expuestos ante él.
Gruñó y acomodó su polla—. Mi chica necesita que la llenen, ¿verdad?
Sería irresponsable de mi parte dejarla vacía todo el día, así que esto —empujó el plug contra mi entrada—, te mantendrá llena hasta que regrese.
—Me introdujo el juguete hasta el fondo con un movimiento rápido.
Grité cuando el orgasmo se apoderó de mí, dejándome débil y temblorosa.
—Buena chica. —Me subió los pantalones y me ayudó a sentarme—. Voy a dejarte en el penthouse, y luego tengo que irme.