57 Julieta
JULIETA
Algo me despertó de mi sueño intranquilo, tan intranquilo porque era la única que estaba en la cama. Sonreí cuando me di cuenta de que la ducha estaba corriendo. Romeo había vuelto.
Entré sigilosamente al baño y me apoyé en el tocador mientras lo estudiaba.
Estaba de frente a la pared de la ducha y el agua caía sobre su espalda ancha.
Mis ojos bajaron hasta su trasero firme y sus muslos musculosos.
Nunca me había gustado admirar los cuerpos de los hombres, sin embargo, el de Romeo era perfecto.
No de un modo artificial y retocado, sino de un modo crudo y primitivo.
Apoyé mis manos en el tocador y me levanté para sentarme sobre la encimera.
Romeo se quedó inmóvil. Lentamente, volteó hacia mí. Sus ojos brillaron mientras se pasaba el pulgar por el labio inferior y me miraba. Yo tenía puesta una de sus camisetas y nada más.
—¿Qué haces fuera de la cama? —Su voz era como la grava.
—Escuché a mi hombre en la ducha.
Sus ojos se clavaron en mí, pero por alguna razón, la agresión que desprendía no me asustó. Era Romeo. Mi Romeo.
—Vean a mi chica traviesa, saliendo de la cama para poder mirar a su hombre.
Sonreí, con mis mejillas sonrojadas.
—¿Alguna queja?
—No, carajo. Puedes mirarme cuando quieras.
Cerró el grifo y salió de la enorme ducha, cubriendo la distancia que nos separaba sin agarrar una toalla. Sacudió su cabello y yo chillé cuando las gotas de agua cayeron sobre mí. Le di un empujón en el pecho.
—Agarra una toalla.
Se inclinó hacia adelante y me dio un beso húmedo en la frente antes de secarse. No podía apartar mis ojos de su polla semidura, y él lo sabía. La acarició lentamente mientras se acercaba a mí.
Abrí los brazos cuando se metió entre mis piernas y me estrechó contra su pecho.
—Te extrañé, Ángel.
Besé su hombro y sonreí al darme cuenta de que había usado mi gel de baño.
—Yo también te extrañé. ¿Te fue bien en el trabajo?
Apoyó su cara en mi cabeza y me respiró. El silencio se prolongó tanto que estaba segura de que no contestaría, pero entonces exhaló un suspiro.
—Sí, salió bien. —Sus dedos se clavaron en mis caderas y no estaba segura de que me estuviera diciendo la verdad. Sus músculos se tensaron y lo abracé con más fuerza, tratando de aliviar su estrés.
¿Me convertía en una cobarde el hecho de no querer conocer los detalles de su trabajo? Sabía que no todo era bueno ni legal, pero cuando Romeo me abrazaba así, era difícil que me importara.
Me agarró la mandíbula y me dio un beso apasionado. Me fundí en él, devolviéndole la intensidad hasta que su cabello mojado cayó sobre su frente y el agua goteó por mi rostro.
Solté una risita cuando se apartó.
—Necesito un corte de cabello —refunfuñó mientras se echaba la parte delantera del cabello hacia atrás. Inmediatamente le volvió a caer sobre la frente—. A la mierda. Voy a buscar unas tijeras y me lo cortaré yo mismo.
—No. —Le di una ligera palmada en la mano.
—No tengo tiempo para ir a que me lo corten y no puedo seguir viviendo así.
Solté una carcajada.
—Eres tan dramático. —Le eché suavemente el cabello hacia atrás—. Yo te lo cortaré.
Me pasó las manos lentamente por los muslos.
—¿Harías eso por mí, Ángel?
—Por supuesto. Y si te portas bien conmigo, incluso me aseguraré de que te veas extraguapo.
Me rodeó la garganta, inclinando suavemente mi cabeza hacia atrás antes de que sus labios chocaran con los míos. Me chupó la lengua y me mordió el labio inferior, apretando su mano lo suficiente para provocarme un escalofrío.
—Seré muy bueno contigo, nena. Tan jodidamente bueno.
Le pasé los dedos por el cabello y le di un jalón firme.
—El más bueno.
Apoyé mi barbilla en el hombro de Romeo, encontrándome con su mirada en el espejo del baño. Quizás una pareja normal habría esperado a la mañana para un corte de cabello, pero Romeo y yo prosperábamos por la noche.
—¿Quieres el mismo estilo? —pregunté.
Inclinó la cabeza, apretando su mejilla contra la mía.
—Puedes hacerme lo que quieras.
Fruncí los labios.
—Solamente tú puedes hacer que un corte de cabello suene sexual.
Metió la mano por detrás y me acarició el muslo desnudo.
—Hazlo ya, preciosa, para que pueda agradecértelo.
Una sensación de ligereza me invadió cuando empecé a cortarle el cabello con las tijeras que había encontrado en el baño. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que le corté el cabello a un hombre, así que me tomé mi tiempo.
—¿Dónde aprendiste a cortar el cabello? —inquirió.
—Breanna me enseñó. —Por primera vez desde que murió, pensar en aquellas horas que pasamos juntas practicando con todos los niños que vivían con nosotras en el hogar de acogida no me llenó de desconsuelo ni de autodesprecio—.
Siempre fue buena en eso. Casi había terminado la escuela de cosmetología cuando murió.
Incliné la cabeza de Romeo hacia adelante para poder recortarle la parte de la nuca.
—Cuando éramos adolescentes, les cobrábamos a los chicos de nuestra casa de acogida un dólar por el corte de cabello.
—Qué ganga.
—No dirías eso si hubieras visto algunos de los cortes que les hicimos —le conté riendo.
—¿Debería preocuparme?
—Nah. Te cobraré mucho más que un dólar por esto.
—Besé su cuello antes de rodear a la parte delantera, revisando cuidadosamente para asegurarme que todo se viera parejo.
El agarre de Romeo sobre mis caderas se apretó y dejó escapar un sonido sospechosamente cercano a un gruñido cuando le acerqué los senos a la cara—.
Necesito un poco más de práctica, pero es mucho mejor que si lo haces tú a machetazos.
—Jugué un poco con el peinado, tal vez pasándole los dedos por el cabello un poco más de lo estrictamente necesario, antes de apartarme para que Romeo pudiera mirarse en el espejo.
Giró la cabeza de derecha a izquierda.
—El mejor corte de cabello que he tenido.
—Estoy segura de que eso no es cierto. —Puse los ojos en blanco, pero tenía que admitir que se veía bien.
Pasó sus manos por debajo de mi camiseta y tocó mis nalgas desnudas.
—¿Qué puedo darte a cambio?
Jadeé cuando me metió un dedo.
—Creo que lo adivinarás.
Sus ojos se oscurecieron mientras se levantaba, con el dedo aún dentro de mí.
—Mmm, creo que lo haré.