56 Romeo
ROMEO
Me paré frente al edificio de apartamentos del centro. Las luces de la calle brillaban mientras una ráfaga de copos de nieve se arremolinaba en el aire.
Una noche hermosa y tranquila.
Aunque no permanecería así mucho tiempo, al menos no para Chase Miller.
Había tardado demasiado en localizarlo. Había reclutado a Sienna para que me ayudara, sobornándola con el nuevo bolso al que le había echado el ojo. Aunque, en cuanto le dije a quién buscábamos, aceptó ayudar. No necesité sobornarla.
El violador de Julieta iba a morir esta noche, gritando.
Sonreí mientras mi monstruo interior salía a la superficie, ansioso y sediento de sangre.
La puerta del vestíbulo se abrió y me acerqué para sostenerla para la mujer que salía con su perro.
—Gracias —dijo con una sonrisa, que le devolví antes de entrar al edificio.
Subí las escaleras hasta el cuarto piso. Mis fosas nasales se hincharon cuando me paré frente al apartamento cuarenta y siete. Unos años atrás, Julieta había estado en este mismo lugar con toda su confianza y dulzura.
Este hombre la había traicionado.
Forcé la cerradura y entré, sujetando la pequeña mochila que llevaba.
Chase estaba sentado en el sofá, a la vista de la puerta. Se levantó de un salto y lanzó un grito de indignación, pero yo cubrí la distancia que nos separaba en pocos pasos y lo agarré del cuello.
Sus brazos se agitaron, tratando sin éxito de zafarse de mis dedos.
Ladeé la cabeza y observé con aire desapasionado cómo se le enrojecía la cara.
Con un movimiento rápido, lo empujé contra la pared. Se golpeó la cabeza y soltó un quejido estrangulado. Con suerte, el golpe fue lo bastante fuerte como para causarle una conmoción cerebral, pero le di un puñetazo en el estómago por si acaso. Resolló y se atragantó.
Observé al patético hombre que tenía ante mí. El cabello castaño y grasiento le caía sobre los ojos llorosos y la baba goteaba sobre su barba cubierta de vello púbico. Tenía la boca abierta mientras intentaba hablar. Aflojé mi agarre lo suficiente como para escuchar sus palabras entrecortadas.
—¿Quién eres?
Una sonrisa lenta se dibujó en mi rostro.
—Soy la última cara que verás antes de morir.
Antes de que pudiera responder, le agarré el brazo, jalando hasta que le disloqué el hombro. Cayó al suelo como un saco de harina. Curvé el labio mientras se retorcía y gimoteaba.
—Para responder a tu pregunta, estoy aquí por Julieta.
Jadeó, con los ojos muy abiertos.
—¿Quién?
Arqueé una ceja y dejé que el silencio flotara entre nosotros.
Su súplica se volvió más desesperada.
—Mira, hombre, no sé de quién estás hablando. Te equivocaste de persona.
Le di una patada en las pelotas. Su grito se cortó cuando vomitó por el dolor.
Di un paso atrás para asegurarme de que no me manchara los zapatos.
—Julieta —repetí—. De unos veintitantos años. Cabello castaño con reflejos rosas. La trajiste a casa hace dos años.
El destello de reconocimiento en sus ojos fue la única confirmación que necesitaba. Lo levanté del suelo agarrándolo del cabello. Luchó por ponerse de rodillas mientras las lágrimas y los mocos le corrían por el rostro. Lo obligué a echar la cabeza hacia atrás hasta doblarla dolorosamente.
—La violaste. —Mi voz era fría mientras me sumergía en la oscuridad—. Drogaste y violaste a mi chica. Voy a disfrutar haciéndote sufrir.
—¡Lo siento! Dijo que era soltera, ¡lo juro! No sabía que era tuya.
Gruñí, conteniéndome para no retorcerle el cuello lo suficiente como para rompérselo. Sería una muerte demasiado fácil para él.
—¿Crees que solamente hay que respetar a las mujeres si están con un hombre?
—No, eso no es lo que yo…
Lo dejé caer al suelo y agarré la cinta adhesiva de mi bolso.
—Esto será mucho mejor si no puedo escuchar tu vocecita quejumbrosa.
—¡No, por favor!, ¡haré lo que sea!
Se acobardó cuando le puse la cinta sobre la boca antes de darle unas palmaditas en la mejilla.
—No te preocupes. Respetaré tu consentimiento tanto como tú respetaste el de Julieta. Ahora desnúdate. —Cuando no se movió, desenfundé mi enorme navaja y suspiré—. Bien, lo haré por ti.
Le corté la camiseta, sin importarme cuando le rebané la piel. Su sangre hacía juego con el rojo de su camiseta.
—¿Quieres que lo haga también con los pantalones? —pregunté.
Eso hizo que se moviera. Una vez desnudo, le di una patada en el pecho y cayó de espaldas. Me giré hacia mi bolso y Chase aprovechó ese momento para intentar barrerme las piernas.
No lo consiguió.
Apreté mi bota contra su pecho, manteniéndolo inmovilizado dolorosamente.
—Te arrepentirás de eso.
Me agaché y le disloqué el otro brazo. La cinta amortiguó sus gritos, y esta vez, cuando volteé hacia mi bolso, se quedó donde estaba.
Saqué varios trozos de cuerda, con los que le até las muñecas y los tobillos. Tuve que ser creativo y buscar varios muebles para atar las cuerdas hasta que quedó tendido en el suelo con las piernas abiertas. Me aseguré de que le apretaran con fuerza los brazos dislocados.
Me paré sobre él.
—¿Ahora te sientes como un hombre grande?
Sus sollozos eran música para mis oídos.
Llamé a nuestro equipo de limpieza para que vinieran al apartamento de Chase.
El antiguo residente estaba muerto y sangrando en el suelo de la sala.
Me crucé de brazos, tamborileando con los dedos mientras observaba la palabra que le había grabado en el pecho.
VIOLADOR.
Mi caligrafía estaba mejorando.
La polla de Chase yacía a unos metros de su cuerpo, arrugada y ensangrentada. El monstruo que llevaba dentro de mí quería regalársela a Julieta. Por suerte, había recuperado el suficiente control de la oscuridad como para saber que a mi Julieta le horrorizaría semejante regalo.
Del mismo modo que se sentiría horrorizada si alguna vez me veía así, cubierto de sangre y con un brillo depravado en los ojos.
Como mi madre lo había estado. Su expresión de terror después de vengarme de los hombres que la lastimaron y asesinaron a mi padre quedaría grabada para siempre en mi mente.
Antes de ese día, yo había sido el bromista despreocupado y divertido. Ver a mi mamma así había despertado algo oscuro en mí. Se había apoderado de mí con su sed de sangre y nunca se marchó.
Sin embargo, este era el secreto que nadie conocía: me agradaba el monstruo.
Entregarme a la oscuridad era como hundirme en un lago fresco en un día caluroso.
No podía controlar el mundo que me rodeaba y no siempre podía evitar que la gente a la que quería saliera herida, pero el monstruo sabía cómo responder.
Él no rehuía a la violencia ni a la venganza, y eso me hacía poderoso.
Si bien esa era la razón por la que me había distanciado de mi madre todos estos años, la echaba de menos.
Aunque nos hiciera daño a ambos. Ella había visto demasiado, y yo era muy cobarde para enfrentarme a su decepción por no haber salvado a mi papà, por no haber llegado hasta ella a tiempo, y por el sufrimiento que le causaba saber que el niño que había criado había sido corrompido por la oscuridad.
Por primera vez, la idea de volver con Julieta me llenó de temor. ¿Y si volvía a casa con ella ahora y veía el monstruo que había en mí? ¿Podría aceptarme así?
Sacudí los brazos. Por lo menos estaría dormida cuando llegara a casa. Por la mañana, el monstruo habría vuelto a su caja.
Cuando tocaron la puerta, supe que habían llegado los de la limpieza. Era hora de volver con mi chica.