Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 55 Romeo
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55 Romeo

ROMEO

Salí de la ducha con la toalla alrededor de mi cintura y me encontré con Julieta, despeinada, que me miraba desde debajo de las sábanas.

A mi chica no le gustaban las mañanas. Habíamos caído en una rutina en la que yo hacía ejercicio, trabajaba un poco y luego volvía a la cama para abrazarla hasta que se despertaba.

Julieta adormilada era una de mis partes favoritas del día.

Me tiré de panza en la cama y ella soltó un chillido. Me puse encima de ella y le di besitos en la cara.

—Eww, ¡para! —gritó entre carcajadas.

Me reí contra su piel y aparté su cabello alborotado de su rostro.

—Buenos días.

—Estás de buen humor esta mañana —refunfuñó.

—¿Por qué no iba a estarlo? Mi Julieta está en mi cama siendo absolutamente perfecta.

Sus mejillas se calentaron y rompió el contacto visual como siempre hacía cuando le hacía un cumplido.

—Eres un adulador.

—Solo digo la verdad. —Acaricié su cara y la besé suavemente, nuestros labios bailando entre sí. Ella se ablandó debajo de mí, abriendo sus piernas para dejarme espacio.

—¿Qué tal estuvo el ejercicio? —Sus dedos recorrieron mi pecho desnudo. Mis abdominales se contrajeron y mi polla se endureció bajo su exploración.

—Nada comparado con esto. —Froté mi barba contra su cara y aspiré su aroma—. Esta noche saldré hasta tarde, pero tengo la mañana libre.

Las manos de Julieta bajaron hasta deslizarse bajo mi toalla y agarró mi verga.

—¿Qué hacemos para aprovechar el tiempo?

—Chica sucia. Sabía que solo me usabas por mi polla.

Sonrió.

—Así es. —Sus dedos apretaron y yo me abalancé sobre ella con un gruñido.

Aparté las sábanas y descubrí su cuerpo desnudo. Apreté mi cara entre sus pechos y besé su vientre.

—Eres una mala influencia.

Después de hacerla correrse dos veces, la primera con mi boca y la segunda con mi polla, la arrastré hasta la ducha.

Me tomé mi tiempo para lavarle el cabello con champú y enjabonarle el cuerpo.

Jamás habría imaginado desear estos momentos domésticos con alguien, pero quería cuidar a Julieta así para siempre.

—Te amo, preciosa —pronuncié mientras le enjuagaba el cabello.

—Yo también te amo. —Sus ojos estaban cerrados y una sonrisa soñadora jugaba en su rostro.

—Tengo algo para que hagamos después de esto.

—Creo que ya hicimos todas las cosas.

Resoplé.

—Apenas hemos arañado la superficie de mis fantasías, nena.

Ella abrió los ojos.

—Ah, ¿sí?

Le apreté el trasero con fuerza y luego le froté la zona para aliviarla.

—Deja de distraerme. Iremos al gimnasio a practicar defensa personal.

Julieta arrugó la nariz.

—Eso no suena divertido.

La acorralé contra la pared de la ducha.

—¿No trabajé lo suficiente esta mañana para poner a mi chica de buen humor? —Metí un dedo en su coño aún resbaladizo y ella se arqueó sobre los dedos de los pies con un gemido. Le metí otro dedo—. Tengo una propuesta para ti.

—¿Cuál? —preguntó sin aliento.

—Haré que te corras aquí en la ducha, y luego practicarás defensa personal conmigo como la buena chica que eres.

—¿Y si no quiero ser una buena chica?

Me costó mucho sacar mis dedos de ella. Su mirada como si la hubiera traicionado era tan jodidamente adorable que lo compensó.

—No —objetó, aferrándose a mi muñeca—. Seré una buena chica. Te lo prometo.

Apreté mis dedos dentro de ella mientras me reía.

Julieta tenía puestos unos leggings ajustados y un crop top negro que se estiraba sobre sus pechos.

—¿Pasa algo?

Su voz me llegó a través de mi neblina llena de lujuria, y me di cuenta de que había estado frunciendo el ceño ante su atuendo. Me obligué a suavizar mi expresión mientras la rodeaba con mis brazos.

—En absoluto. Siempre y cuando nunca te pongas esto fuera de este apartamento.

Julieta puso los ojos en blanco.

—Cavernícola.

Le di una nalgada fuerte.

—Así es.

—Menos mal que tu novia tiene agorafobia —atribuyó. Ante mi expresión de confusión, aclaró—: Porque nunca salgo del apartamento. —La miré fijamente y ella puso los ojos en blanco—. Bueno, no es un chiste gracioso si tengo que explicarlo.

Mis labios se curvaron en una sonrisa.

—Eres muy graciosa, nena.

—Sí, sí, como sea. Empecemos de una vez. ¿Qué movimientos tienes que enseñarme?

—Comencemos por salir de un agarre simple. Si alguien te agarra la muñeca, sube o baja el brazo en dirección a su pulgar. Esa es la parte más débil de su agarre y tu mejor oportunidad para romperlo.

Sujeté su muñeca con firmeza, pero no bruscamente, nada que ver con lo que sentiría si alguien intentara agarrarla.

La idea de que alguien pudiera hacerle daño a Julieta me producía una sensación de rabia y agitación, y juré que me aseguraría de que nunca tuviera que utilizar ninguno de estos métodos.

Aun así, era inteligente que supiera lo básico. Especialmente con la vida que llevábamos.

La vida en la que yo la había metido.

Practicó varias veces cómo zafarse de mi agarre.

—¿Y ahora qué? —inquirió con una mirada luminosa.

Me puse un par de protectores en los brazos.

—Vamos a practicar el bloqueo de golpes.

Te acercaré la almohadilla a la cabeza y tú levantarás el brazo para bloquearla.

—Asintió con seriedad y lo intentó. Tardó unos minutos en conseguir un buen ritmo, pero con cada movimiento se sentía más segura y me di cuenta de otra ventaja de estas clases: ayudar a Julieta a sentirse fuerte. Poderosa.

Pasamos a salir de agarres por detrás.

—Si un hombre peligroso se te acerca por detrás —pasé mis manos por su frente, apretando mi cara contra su cabello—, tienes que saber cómo escapar.

Se arqueó contra mí y apoyó su cabeza sobre mi hombro.

—¿Y si no quiero escapar?

Me reí entre dientes, mientras mi mano recorría sus pechos hasta posarse en la base de su garganta.

—¿Quieres convertir esto en un juego? —Apreté mi agarre y ella soltó un gemido ahogado.

—Sí.

—Qué te parece esto, si eres una chica muy buena y practicas tus movimientos lo suficiente como para escaparte, te comeré ese dulce coño hasta que te corras al menos dos veces.

—¿Y si no soy una buena chica?

Me incliné hacia ella y le mordisqueé el cuello.

—Entonces te pondré de rodillas y te follaré esos labios carnosos hasta que te den arcadas.

Se agarró con fuerza a mi brazo y su trasero redondo chocó con mi polla dura como una roca.

—Oh, a mi chica traviesa le gusta eso, ¿verdad? —Le acaricié el coño y la levanté para que la mayor parte de su peso descansara sobre mi mano. Estaba húmeda incluso a través de los leggings.

—Romeo —gimió.

—¿Qué, Ángel?

—Necesito correrme.

Solté su coño, y le di unas palmaditas firmes.

—Entonces, será mejor que le prestes atención a tu instructor. —La agarré por las caderas y la giré hacia mí, luchando por mantener el rostro serio ante su ceño fruncido. Le di un golpecito en la nariz—. Usa esa frustración —le dije guiñándole un ojo.

Soltó un gruñido y se abalanzó sobre mí, descargando su peso contra mi pecho y empujándome.

No me moví ni un milímetro, lo que provocó que soltara un grito de frustración.

No pude evitar reírme mientras la rodeaba con mis brazos y nos llevaba al suelo, asegurándome de que mi cuerpo amortiguara nuestra caída.

Luchó por zafarse de mi agarre, agitando brazos y piernas.

Su codo golpeó un punto aún sensible de mis costillas y yo gruñí, aflojando mi agarre.

—Espera, ¿te lastimé? —preguntó, deteniendo su retirada.

—Nena —objeté, exasperado—. Deberías estar intentando escapar de mí.

—Sí, pero no quiero hacerte daño.

Gritó cuando la hice rodar para tumbarme encima de ella, con el peso de mi cuerpo presionando sus deliciosas curvas. No pude resistirme a besarla.

—En una pelea, tienes que utilizar todas tus ventajas. Tu atacante será más grande, más fuerte y mucho más malo que tú.

Sus labios se torcieron.

—No me gusta la idea de lastimar a alguien.

Su voz era suave, dulce y vulnerable, y me dieron ganas de envolverla en plástico burbuja y mantenerla a salvo para siempre.

—Lo sé, preciosa. Y espero que nunca tengas que usar ninguno de estos movimientos, pero me gustaría que practicaras unos cuantos. Por mí. Por favor.

—De acuerdo —susurró. Me pasó los dedos por el cabello y rozó su mejilla con la mía—. Me esforzaré.

Me fundí con su tacto. Era toda la suavidad que le faltaba a mi vida.

Ella me sorprendió levantando sus caderas y haciéndonos rodar para quedar encima.

Agarré sus nalgas, con mi mirada fija en sus senos, que colgaban tan bajo que casi rozaban mi pecho.

Luego sus labios se posaron en los míos, su beso confiado y exigente mientras me mordisqueaba el labio inferior y me chupaba la lengua.

Su sabor era dulce como el jarabe de maple del desayuno, y su coño, igual de dulce, se frotaba arriba y abajo en mi polla.

Todos los pensamientos de autodefensa abandonaron mi mente. Eso fue hasta que ella apartó su cuerpo del mío y rodó lejos. Parpadeé, atónito ante la ausencia de Julieta encima de mí.

Me llegó su risita de júbilo.

—¡Lo logré! ¡Gané!

Me levanté de un salto y ella hizo un baile victorioso de lo más adorable, joder. Aceché hacia ella y retrocedió unos pasos. Seguí avanzando y ella retrocedió hasta que se dio la vuelta y salió corriendo.

Solté un gruñido grave y la perseguí, alcanzándola en un par de zancadas. Esta vez nos mantuve erguidos, pero la empujé contra la pared. Sus manos estaban en las mías y las levanté contra la superficie, estirándola.

—Hiciste trampa —gruñí.

Meneó su trasero contra mi polla.

—No lo creo. Simplemente utilicé la debilidad de mi oponente a mi favor.

Sonreí mientras le daba una nalgada, saboreando su chillido.

—Ah, ¿sí? —Puse mi cuerpo contra el suyo y levanté la rodilla para presionarla contra su coño. Ella se movió contra mi pierna.

—Mírate, tan golosa. —Intenté parecer indiferente, aunque no lo conseguí, sobre todo porque Julieta se movía más rápido, dándose placer.

—Necesito más.

—De acuerdo. Un trato es un trato. —Como si pudiera negarme. Transferí ambas muñecas a mi mano, moviendo la otra para jugar con sus pezones. Le di a cada uno un fuerte apretón que la hizo jadear. Mi mano bajó por su cuerpo y trabajé su clítoris hasta que se retorció contra mí.

—Eso es. Tan mojada para mí. Tan jodidamente perfecta.

—Volví a hundir mis dedos en su interior y presioné el talón de mi palma contra su clítoris hasta que el placer la inundó.

Gritó y se desplomó contra la pared. Mantuve la presión sobre su coño mientras disfrutaba de las últimas olas de su orgasmo.

—Creo que me gusta la defensa personal —afirmó con aire soñador.

Resoplé y la apreté contra mi pecho.

—Me gusta todo de ti. —Le besé una línea en el costado de la cara.

Se dio la vuelta en mis brazos para quedar frente a mí.

—Gracias.

—¿Por qué, Ángel?

—Estos dos últimos años he pasado mucho tiempo asustada, y aprender defensa personal y a disparar me hace sentir que no estoy tan indefensa como antes. Sigo sin querer lastimar a nadie, pero me hace sentir más fuerte.

—Me alegro. —La estreché con fuerza—. Eres tan poderosa, tan valiente. Has sobrevivido a tanto y mereces considerarte como una sobreviviente.

Nos quedamos allí, meciéndonos ligeramente abrazados.

—Tengo que irme en cuarenta y cinco minutos —murmuré—. Así que, si queremos almorzar juntos, deberíamos hacerlo ahora.

Me abrazó con más fuerza durante un segundo y me pregunté si me pediría que me quedara.

«¿Diría que sí si me lo pidiera?».

Sin embargo, se apartó con una sonrisa tensa.

—Pues entonces, vamos a comer.