Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 54 Julieta #3
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54 Julieta #3

—No me gusta esta conversación. —Apretó su cara contra mi cabello e inhaló profundamente—. Habría hecho todo lo posible por conquistarte. Y si todo lo demás falla, siempre está el secuestro.

Solté una carcajada, pero luego me di cuenta de que posiblemente no bromeaba. Su expresión era toda inocencia mientras me rodeaba el hombro con el brazo, me arrimaba a su lado y me sacaba a medio arrastrar de la habitación.

—Espera —susurré una vez que estuvimos en el pasillo, clavando mis talones para detenerlo—. ¿Dónde está el baño? Necesito asearme. —Mi ropa interior estaba empapada y pegada a mí haciendo un desastre frío.

—Nop. —Fue su única respuesta mientras me llevaba a la cocina.

La conversación se detuvo en seco cuando nos vieron, y me avergoncé cuando todas sus miradas se posaron en nosotros.

—¿Resolvieron todo de forma satisfactoria? —cuestionó Sienna, con sus ojos brillando de risa.

Romeo le hizo una seña con el dedo, y yo me acurruqué contra él mientras me ardían las mejillas.

—Pórtate bien —reprendió Sofiya—. La cena está lista si van a quedarse. —Su expresión era de esperanza.

—Nos quedamos —comunicó Romeo, acompañándome a la isla de la cocina. Noodle se acercó trotando y golpeó mi mano con su nariz húmeda. Le rasqué las orejas y se apoyó en mi costado.

—Bien. —Sonrió. Luego le dio un codazo a su esposo, que aún sostenía a Clementine dormida.

Matteo parecía casi avergonzado cuando me miró.

—Me dijeron que tengo que disculparme contigo por haberle dado una paliza a este. —Levantó la barbilla hacia Romeo.

Sienna se quejó.

—Para disculparte, de verdad tienes que decir lo siento.

Matteo parecía tan desanimado que casi me hizo sonreír.

—Pero no lo siento —refunfuñó—. Se lo merecía.

—Sofiya y Sienna soltaron suspiros exagerados, y Romeo se rio entre dientes—.

Siento la angustia que esto te causó. Y por el peligro que corres, aunque en realidad eso es culpa de Romeo, así que no estoy seguro de por qué tengo que disculparme por eso —declaró Matteo.

Se dirigió de nuevo a su esposa.—. ¿Qué tal estuvo eso?

—Creo que es lo mejor que se puede conseguir —le dijo ella, frunciendo los labios para no sonreír—. Comamos en la mesa.

Su actitud juguetona alivió parte de mi tensión. Aún me sentía desconfiada cerca de Matteo, pero la forma en que todos ellos hablaban y se burlaban entre sí… me hacía sentir como en familia.

Los chicos tomaron bandejas de comida y nos sentamos a la mesa. Yo estaba entre Romeo y Sienna. Matteo se sentó frente a mí, Sofiya a su lado y Angelo junto a ella.

—¿Quieres un poco de todo? —Romeo se inclinó hacia mí y jugó con las puntas de mi cabello.

Asentí, y él agarró mi plato y empezó a llenarlo.

—Yo podría haber hecho eso —comenté.

—¿Pero por qué, cuando me tienes a mí para hacerlo por ti? —Levantó una ceja arrogante, y traté de ignorar el dulce placer que me producía en el estómago que se ocupara de mí.

—Quise decírtelo antes, pero me encanta tu cabello —elogió Sofiya—. ¿Dónde te lo arreglas?

—La verdad es que me lo hago yo misma.

—No puede ser —soltó Sienna—. ¿Lo dices en serio? Parece un trabajo profesional.

—Gracias. —Me retorcí en mi asiento ante la atención, pero el movimiento me hizo consciente de mi ropa interior pegajosa. Romeo me apretó el muslo por debajo de la mesa, su sonrisa me dijo que sabía exactamente lo que estaba pasando.

—¿Me tiñes el mío? —preguntó Sofiya, agitando las puntas de sus preciosos rizos rubios—. Creo que me quedaría bien el cabello rosa.

—Sí, claro.

—También deberías teñírselo a Angelo —sugirió Sienna—. Tiene mejor cabello que yo.

El guardaespaldas sonrió satisfecho. Solamente le había visto el cabello recogido, pero parecía que probablemente le llegaba hasta los hombros.

—No estoy seguro de que el cabello rosa tenga el factor de intimidación adecuado —dijo.

Los demás mantuvieron la conversación, haciéndome preguntas de vez en cuando para hacerme participar, aunque yo me conformaba con escuchar.

El cansancio se apoderó de mí cuando terminé de comer. Este día había sido demasiado y había llegado a mi límite.

Romeo me rodeó el hombro con el brazo.

—¿Cansada? —Asentí con la cabeza—. Entonces, vámonos —indicó.

Salimos entre abrazos, promesas de que nos veríamos pronto y un gran recipiente de cristal lleno de rebanadas de pastel de chocolate. Una vez en el pasillo, Romeo me cargó y me llevó al ascensor. Apreté mi cara contra su cuello y cerré los ojos durante el rápido trayecto.

—Buen trabajo, Ángel. Sé que hoy fue difícil. —Entró al apartamento y cerró la puerta tras de sí. Bajé las piernas, esperando que me dejara en el suelo, pero me mantuvo en sus brazos hasta que nos acomodamos en el sofá—. Estoy orgulloso de ti.

—No hice nada.

—Saliste del apartamento. Pasaste tiempo con gente nueva. Y luego te quedaste a cenar, aunque estabas inquieta. Es algo importante.

Mis mejillas se calentaron y no pude mirarlo a los ojos, pero la calidez de sus elogios me invadió de pies a cabeza. Cerré los ojos cuando me acarició la mandíbula. Nunca me cansaría de sus caricias.