54 Julieta #2
—Escúchame. Matteo es un buen Don. Es justo, se preocupa por la Familia, pero también se preocupa por New York.
Está luchando contra la trata sexual, y no tendrá éxito si pierde poder.
No puede ser percibido como débil. No tenía otra opción más que castigarme, y yo estuve feliz de aceptarlo.
Nada de eso cambia que seamos hermanos. —Me acarició el cabello—.
Además, es bueno para él tener la oportunidad de golpearme, ya que no es rival para mí cuando nos enfrentamos en el ring.
Su intento de bromear fracasó. Todo entre nosotros había sucedido tan rápido que no había llegado a procesar lo que significaba que Romeo estuviera en la mafia.
Mi mundo se había vuelto tan pequeño en los últimos dos años porque era lo único que me parecía remotamente seguro.
Y ahora de pronto estaba sumergida en un mundo completamente diferente en un día.
—¿Es demasiado? —La voz de Romeo era casi un susurro, sus labios rozaban mi frente.
Levanté mi rostro manchado de lágrimas para encontrarme con su mirada.
—¿Demasiado?
—Estar conmigo. —Tragó saliva con dificultad—. ¿Es demasiado para ti?
Jugué con el cuello de su camisa mientras hurgaba en mi maraña salvaje de emociones, pero lo que sentía con más desesperación era el deseo de estar con Romeo. La idea de marcharme, de elegir no volver a verlo, me hizo aferrarme a él con más fuerza.
—¿Puedes prometerme que no volverás a sacrificarte por mí? —pregunté.
—No. —Me miró fijamente—. Nunca podría prometer eso, Julieta.
—Eso no me gusta.
—Qué mal. —Me agarró la mandíbula y se inclinó hacia mí, sus labios casi rozando los míos.
Me sentí balanceándome en el filo de una navaja. Inclinarme hacia un lado sería volver a mi antigua vida. Inclinarme hacia el otro lado me sumergiría en un mundo peligroso y desconocido.
Pero Romeo estaría allí.
Y tal vez esta era mi oportunidad de encontrarme a mí misma, la Julieta que podía ser debajo de todo mi miedo.
Mis dedos se enroscaron lentamente alrededor del cuello de Romeo, recorriendo su cabello suave.
Respiré lentamente una vez más antes de cerrar el espacio que nos separaba y besarlo.
Respondió de inmediato, agarrándome la nuca mientras sus labios se movían contra los míos, firmes y desesperados.
Jaló mi cabello, haciéndome jadear, y aprovechó para hundir su lengua en mi boca.
Un gemido se escapó de mis labios y lo agarré con más fuerza.
—Demonios. —Me colocó a horcajadas sobre él—. Eres mía, Julieta.
Dudé, empujándolo hacia atrás para crear algo de distancia entre nosotros.
—¿Estás seguro de que quieres quedarte conmigo?
Frunció el ceño.
—¿Qué clase de pregunta es esa?
No quería expresar mis temores, como si decir esas palabras fuera a hacer que él cambiara de opinión, pero tenía que hacerlo.
—¿No sería más fácil para ti estar con alguien que forme parte de tu mundo? O que no esté tan… jodida.
Romeo me apretó contra su cuerpo.
—¿Aún no lo entiendes? —No levantó la voz, pero una oscuridad en su tono me cautivó—. Desde el primer momento en que te miré, sosteniendo ese puto trozo de pizza y luciendo como un ángel, supe que no había nadie más para mí. Te amo.
Inhalé agitadamente, con el corazón brincando en mi pecho.
—¿Qué?
Una sonrisa lenta se dibujó en su rostro.
—¿Qué parte de eso fue confusa, nena?
Resoplé.
—No puedes simplemente decir te amo.
Me pasó un mechón de cabello por detrás de la oreja.
—Ah, ¿no? ¿Quién va a impedírmelo?
Fruncí el ceño.
—Hablo en serio.
—Eres adorable. —Se inclinó hacia mí y me besó la nariz—. Ahora, sé una buena chica y dime que tú también me amas. Luego bésame.
Me crucé de brazos.
—No puedes ordenarme que diga eso.
Su sonrisa confiada no abandonó su rostro mientras me rodeaba con sus brazos y me atraía hacia su pecho, atrapando mis brazos entre nosotros.
—Déjate llevar. Sé valiente conmigo.
—Eres muy ridículo.
Tarareó y me besó una línea en la cara.
—¿Y?
—Y… —Dudé, equilibrándome justo en el filo de la navaja antes de saltar—. Sí, está bien, te amo. ¿Feliz? —reviré.
Su pecho se sacudió de risa.
—Extasiado.
La tensión de mi cuerpo se liberó y me quité un peso que no sabía que llevaba encima.
Nada en mi vida se había arreglado, todavía había gente que me quería muerta por mi conexión con Romeo, mi agorafobia no había desaparecido por arte de magia, todo me seguía aterrorizando, no obstante, por primera vez desde que asesinaron a mis padres y me dejaron sola en el mundo, me sentía a salvo.
Rodeé a Romeo con mis brazos, pegando mi cuerpo a su pecho firme.
—Mi Julieta —murmuró.
Nuestros labios chocaron y Romeo gimió. Quería volver a escucharlo hacer ese sonido, quería que se derrumbara.
Con un movimiento rápido, me puso boca arriba y me desabrochó los jeans. El sofá parecía una nube mientras me bajaba los pantalones y la ropa interior por los muslos y abría completamente mis piernas.
Inhalé con fuerza mientras me lamía lentamente el coño. Entonces recobré el sentido e intenté apartar su cabeza.
—¡Estamos en el apartamento de Matteo y Sofiya! —siseé—. Todo el mundo está ahí afuera.
Me dedicó una sonrisa perversa.
—Entonces será mejor que guardes silencio. No es que me importe si gritas. Así no habrá duda de a quién le perteneces.
Las palabras que tenía me fueron robadas cuando volvió a lamerme. Ahora mi mano mantenía su cabeza en su lugar mientras lamía y chupaba mi clítoris.
—Joder, qué bien sabes —gruñó—. Podría quedarme aquí para siempre. —Introdujo dos dedos gruesos en mi interior y mis caderas se estremecieron, sacudidas por las chispas de placer que me recorrían. Mantuvo un ritmo constante, empujándome cada vez más arriba—. Eso es. Buena chica. Córrete para mí.
Respiraba rápida y agitadamente. Me tapé la boca con la mano para no gritar cuando el orgasmo se apoderó de mí.
Aún me temblaban las piernas cuando se movió sobre mi cuerpo y me penetró.
Esta vez no estaba lista y se me escapó un grito.
Me miró con una sonrisa de satisfacción mientras mantenía un ritmo duro y rápido.
Envolví mis piernas alrededor de él, arqueándome para recibir sus embestidas.
Su mano estaba en mi cadera, empujando mi pierna hacia arriba para que me abriera más para él.
—Dame otro. Lo necesito, Ángel. Necesito sentir ese coñito apretándome.
Mis dedos se clavaron en sus brazos.
—Eso se siente… —Mi orgasmo me tomó por sorpresa y Romeo maldijo al correrse al mismo tiempo, derramándose dentro de mí.
Me dio más de su peso, acostado encima de mí y murmurando elogios.
—Eres tan perfecta. —Me dio un tierno beso en los labios—. Te amo.
Parpadeé rápidamente para no llorar.
—Yo también te amo.
Nos quedamos allí, besándonos y acariciándonos, hasta que Romeo se quejó y salió de mí. Solté un pequeño chillido al recordar que estábamos en el sofá de la biblioteca de Sofiya y Matteo, con todo el mundo al final del pasillo. Oh, Dios mío, ¿me habían oído?
Romeo besó suavemente mis cortes recién cicatrizados antes de subirme rápidamente las bragas y los jeans.
—No —me quejé—. Ahora mi ropa interior está toda mojada.
Sonrió satisfecho y me acarició el coño.
—Bien. Quiero saber que mi semen gotea de ti mientras estás sentada en la mesa con todos.
Me ardían las mejillas.
—No podemos volver ahí afuera.
—¿Así que ahora vivimos aquí? Al menos tenemos mucho material para leer. —Romeo se levantó, ignorando mi ceño feroz, y se subió los pantalones, dejando su polla empapada de mi liberación mientras la guardaba. ¿Y qué si esa visión me provocaba un escalofrío?
Tomó mis manos y me levantó de un jalón.
—No tenemos que quedarnos a cenar si no te apetece. Incluso te sacaré a escondidas del apartamento para que no te vean.
—¿Cómo harás eso?
—Estoy seguro de que puedo encontrar una maleta grande y sacarte rodando.
—Sí, porque eso no será raro ni sospechoso.
Apretó su sonrisa contra mi frente.
—Vamos, nena. Quiero que conozcas a mi familia. No hay nada de qué avergonzarse. —Me abrazó con fuerza mientras esperaba mi respuesta. Suspiré y lo rodeé con los brazos, relajándome en su pecho. Era cálido, fuerte y seguro.
—¿Qué habrías hecho si te hubiera dicho que esta relación era demasiado? —pregunté.
Gruñó y sus brazos se tensaron hasta que apenas podía respirar.
Mis labios se torcieron en una sonrisa ante su falta de respuesta.
—¿Hmm? ¿Me habrías dejado ir cuando fuera seguro? ¿Me habrías dejado en mi apartamento?
Se apartó y me miró con el ceño fruncido.
—No, carajo.
Recorrí con mi dedo su firme mandíbula, áspera por la barba.
—Entonces, ¿qué habrías hecho?