Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 54 Julieta
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54 Julieta

JULIETA

Miré fijamente a la pequeña Clementine. Dormía en mis brazos, sus ojos revoloteaban bajo los párpados y tenía los labios rojos fruncidos.

Su peso aliviaba la ansiedad que sentía en la cocina de Sofiya.

Sienna había venido antes al apartamento de Romeo y habíamos jugado Mario Kart juntas.

Me había parecido tan normal que casi había olvidado que me perseguían, que estaba en un lugar nuevo y que Romeo se había ido todo el día.

Cuando Sofiya nos invitó a cenar a su apartamento, no me sentí capaz de negarme.

O, mejor dicho, no quería negarme. Pasar el día con ellos ayer había sido agradable, casi normal.

Así que cuando Sienna me preguntó si quería ir, le dije que sí.

Habíamos subido por las escaleras hasta el penthouse, con Sienna animándome durante todo el camino, y había llegado hasta arriba sin sufrir un ataque de pánico.

Pero ahora, sentada en el enorme y hermoso apartamento, estaba a punto de tener uno.

Intenté convencer a mi cerebro de que todo el edificio era seguro, pero al parecer no fui lo bastante convincente.

Así que me concentré en la dulce bebé en mis brazos para evitar que mi ansiedad se inflara y me ahogara.

—¿Alguien tiene alguna petición de música? —inquirió Sienna. Como no le dimos ninguna, eligió una lista de reproducción y empezó a sonar música indie suave a través de un sistema de sonido envolvente.

—Julieta, ¿te gusta el aderezo balsámico? —preguntó Sofiya—. Estaba pensando en hacer una ensalada sencilla con la cena.

—Me parece bien. ¿Estás segura de que no necesitas ayuda? —indagué.

—No, no, lo tenemos controlado —replicó ella.

Sofiya se movía por la cocina con su andador mientras preparaba pollo a la parmesana para nuestra cena, con Angelo como ayudante.

Para mi sorpresa, hoy me sentía más cómoda cerca del guardaespaldas.

Su enorme estatura y su complexión ancha contrastaban con su voz suave y su sonrisa amable.

Era difícil considerarlo intimidante cuando tenía puesto un delantal con la cara de Noodle impresa en la parte delantera.

Era muy tierno.

—Además —continuó—, estás ayudando, cargando a Clementine. Avísame si quieres que la sostenga, o puedes acostarla en su moisés.

La bebé en cuestión soltó un pequeño llanto y la mecí suavemente hasta que se calmó.

—Eres buena con ella —comentó Sienna—. ¿Has pasado mucho tiempo con bebés?

Me encogí de hombros, un poco incómoda. No estaba acostumbrada a hablar de mí misma, pero supuse que eso era lo que hacían los amigos. Y yo quería ser amiga de estas chicas.

—Crecí en hogares de acogida. A menudo había bebés en las casas en las que vivía y yo ayudaba a cuidarlos.

—Oh, entonces me llevas ventaja —dijo Sofiya—. Yo no sabía nada de bebés hasta que llegó esta. Leí muchos libros de maternidad mientras estaba embarazada para intentar ponerme al día.

Sienna resopló.

—No tantos como los que leyó mi hermano. Sacaba Qué esperar cuando estás esperando entre reuniones con sus capos.

Angelo se rio, pero Sofiya tenía una suave sonrisa en su rostro.

—Es tan bueno con ella. —Empezó a mezclar el aderezo balsámico—. ¿Quieres tener hijos, Julieta?

—Oh, um…

—Oh, Dios mío, lo siento mucho —se disculpó, con sus mejillas sonrojadas—. Es una pregunta muy personal.

—No pasa nada —aseguré—. Supongo que nunca he pensado en eso.

—No era una de esas chicas que soñaban con tener hijos, quizá porque había tenido que cuidar de muchos en las casas de acogida caóticas en las que había vivido.

Además, apenas podía cuidar de mí misma.

¿Cómo iba a poder cuidar de una criatura?

Noodle se acercó a mí y apoyó su cabeza en mi pierna. Moví a Clementine para poder acariciarlo.

—Todos te quieren —señaló Sofiya mirando a Noodle.

—Todos quieren a Julieta —añadió Sienna—. No me extraña que Romeo esté obsesionado.

Me retorcí, incómoda por ser el centro de atención, pero también oculté una sonrisa ante la idea de que Romeo estuviera obsesionado.

Angelo soltó otra carcajada.

—El bastardo está más que obsesionado. Nunca había visto a alguien tan emocionado por recibir un castigo del Don. Juro que salió del gimnasio pavoneándose como si hubiera ganado un premio.

Eso me hizo levantar la vista.

—¿Qué castigo?

Se le borró la sonrisa de la cara a Angelo y sus ojos se abrieron de par en par.

—Mierda.

Sofiya le lanzó una mirada furiosa y Sienna maldijo en voz baja. Una sensación de malestar se formó en la boca de mi estómago.

—¿De qué estás hablando?

—De nada. Olvida lo que dije. —Angelo parecía estar considerando saltar por el balcón para abandonar la conversación.

Volteé hacia Sofiya.

—¿Qué castigo?

Me dirigió una mirada de disculpa.

—Estoy segura de que Romeo no te lo dijo porque no quería que te alteraras.

Sonó un temporizador y ella miró el horno.

—Angelo, ¿puedes sacar el pollo por mí? —El guardaespaldas saltó a la acción, seguramente aliviado por tener algo que hacer—.

Tienes que entender que los hombres de la mafia no son muy evolucionados y piensan que la violencia lo resuelve todo —explicó Sofiya—.

Cuando Romeo recibió la información de que tu apartamento estaba siendo vigilado, abandonó el trabajo que estaba haciendo para Matteo.

Una sensación fría y desagradable me recorrió el estómago.

—¿Así que Matteo le dio una paliza? ¿Así es como Romeo resultó lastimado?

—El jefe fue poco severo con él —agregó Angelo mientras ponía la bandeja de pollo sobre una toalla en la encimera—. Apenas sufrió unos rasguños, pero él es el Don y necesita sentar un precedente con sus hombres de que no podemos abandonar nuestros puestos sin sufrir las consecuencias.

Parpadeé rápidamente contra las lágrimas que me quemaban los ojos y miré a Clementine. Su peso en mis brazos era lo único que me sostenía.

—¿Estás bien, Julieta? —La voz de Sofiya era suave y un poco incierta.

Me aclaré la garganta.

—Fueron más que rasguños. —La nariz rota de Romeo le había dejado dos ojos morados, y tenía el pecho y la espalda cubiertos de moretones amarillentos.

Sienna se movió y me pasó el brazo por los hombros, dándome un apretón.

—Es algo bárbaro, lo sé. Debe de ser muy extraño cuando eres nueva en nuestro mundo. Si te hace sentir mejor, regañé a Matteo cuando me contó lo que pasó.

Pasé mi dedo por el puente de la nariz de Clementine. Su piel era tan suave y perfecta. Seguí concentrándome en ella mientras respiraba entrecortadamente. Ya no quería estar aquí, y desde luego no quería cenar con Matteo.

Justo cuando iba a inventarme una excusa para volver corriendo a nuestro apartamento, la puerta se abrió, dejando ver a Romeo y Matteo.

Los ojos del Don se dirigieron primero a su esposa y luego al bultito en mis brazos.

Parecía indeciso sobre a quién dirigirse primero.

Al final, cruzó la habitación hacia Sofiya, la abrazó y le dio un beso en la cabeza.

—¿Dónde está tu muñequera, Tesoro?

Sofiya arrugó la nariz.

—No quiero ponérmela.

Él inclinó la cabeza hacia atrás con una expresión severa.

—No es opcional.

Ella resopló.

—Tirano. Me la pondré después de cenar.

Él le susurró algo al oído, lo que hizo que sus mejillas se enrojecieran.

—Bien —pronuncio Sofiya con el ceño fruncido cuando su esposo se apartó.

Le dedicó una sonrisa engreída y la bajó hasta el asiento de su andador.

¿Este era el hombre que había golpeado a Romeo?

No le encontraba sentido a este hombre que gobernaba la mafia con puño de hierro, pero era tan gentil con su esposa y su bebé.

—Me alegro de volver a verte, Julieta —saludó mientras rodeaba la isla hacia mí. Sus ojos eran suaves cuando miró a Clementine—. Hola, Piccola. —Se acercó para tomarla y yo la alcé en sus brazos. Parecía cómicamente pequeña contra su cuerpo enorme.

Tragué saliva, con la garganta demasiado apretada para formar palabras.

Di un respingo cuando la mano de Romeo se posó en mi hombro. Frunció el ceño y se colocó frente a mí, impidiéndome ver a Matteo.

—¿Qué pasa, Ángel? —Su voz era suave y me acarició la mejilla con los nudillos, sin embargo, su cara llena de moretones no hizo más que recordarme que le habían hecho daño por mi culpa. Se me apretó el pecho y tomé aire como si lo hubiera filtrado a través de una pajilla.

Los brazos de Romeo me rodearon y me estrechó contra su pecho.

—Háblame. ¿Qué pasó?

—Lo siento mucho —se disculpó Sofiya—. No sabíamos que ella no estaba enterada de…

—El castigo. —Sienna terminó la frase.

Romeo me abrazó con más fuerza.

—Estupendo. Gracias por eso. —Su voz era más áspera de lo que había escuchado hasta entonces, pero se suavizó cuando volvió a hablarme—.

Ven aquí. —Me levantó y mis brazos y piernas lo rodearon automáticamente.

Apreté mi cara contra su cuello, intentando respirar.

Estaba mareada por el pánico y la vergüenza de que mis nuevos amigos me vieran así.

Romeo entró a una habitación con libreros del suelo al techo y cerró la puerta.

Me sentó en un sofá y se arrodilló frente a mí, sus manos apretando mis muslos.

—Nena.

Me tembló el labio inferior ante la ternura de su voz.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Sabía que te culparías cuando nada de esto fue culpa tuya.

Las lágrimas me resbalaron por la cara. Claro que me culpaba. Cada uno de sus moretones ocurrió porque había elegido rescatarme.

—Fue mi decisión —afirmó con firmeza—. Y lo volvería a hacer. Te elegiría a ti siempre, Julieta.

Lo jalé para que estuviera a mi lado en el sofá, necesitándolo más cerca. Comprendió inmediatamente y me subió a su regazo, rodeándome con sus brazos como si fueran de acero.

—¿Cómo puedes ser su amigo después de lo que hizo? No lo entiendo.

Romeo suspiró.

—La violencia forma parte de mi mundo. Es una de las muchas razones por las que no soy lo bastante bueno para ti.

Abrí la boca para protestar, pero me puso el dedo sobre los labios.