Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 53 Romeo
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53 Romeo

ROMEO

Cerré de golpe la puerta del coche y se me erizó la piel de lo desesperado que estaba por llegar a Julieta. Estaba demasiado impaciente para esperar al ascensor, así que subí volando los dos tramos de escaleras que separaban el garaje del campo de tiro.

Angelo me había dicho que seguían aquí y que Julieta estaba bien, no obstante, necesitaba verlo por mí mismo para que mi corazón se tranquilizara.

Unos cuantos soldados practicaban en el otro extremo del campo de tiro, pero yo únicamente tenía ojos para mi chica.

Mi chica, que estaba erguida, disparando ronda tras ronda, con un aspecto jodidamente sexy.

Mi polla ya se estaba endureciendo mientras me acercaba a ella. Esperé a que terminara y pusiera el seguro antes de rodearla por detrás con mis brazos. Se tensó un instante antes de relajarse contra mí. Apoyé mi cara en su cabello, respirando su dulce aroma a vainilla.

—Te ves tan sexy con esa pistola.

Echó la cabeza hacia atrás y froté mi mejilla contra la suya. Chilló al sentir la aspereza de mi barba.

—Gracias —dijo con modestia —. Sofiya me ha estado enseñando.

Apreté el botón para devolver el papel del blanco y ver cómo lo había hecho.

—Buen trabajo. —Ninguno de los agujeros había dado en el centro, pero algunos estaban cerca, y todos habían dado en el papel.

—Será una profesional en poco tiempo —indicó Sofiya.

Su expresión se transformó cuando vio algo detrás de mí.

Matteo se dirigía hacia su esposa con una expresión implacable.

Aunque el bebé que cargaba en brazos, con un mameluco de donas y unos auriculares rosas con cancelación de ruido, le restaba un poco de intimidación.

Sofiya chilló y extendió sus brazos. Matteo le puso a Clementine en los brazos con movimientos cuidadosos y suaves. El beso que le dio a Sofiya fue de todo menos suave.

Le quité la pistola a Julieta y la dejé a un lado antes de estrecharla contra mi pecho. La agarré por la barbilla y le rocé el labio inferior con mi pulgar.

—Esos son Matteo y Clementine.

—Son un encanto juntos.

Pasé su cabello por encima de su hombro, le rodeé el cuello con la mano e hice lo que me moría por hacer desde esta mañana.

Mis labios chocaron con los suyos y el ruidito que hizo, entre un jadeo y un gemido, me excitó muchísimo, carajo.

Le agarré el trasero, apretando con fuerza mientras la presionaba contra mi polla.

—Estoy muy orgulloso de ti. Mi chica valiente. —Se inclinó hacia mí, su mirada mareada se cruzó con la mía.

—Noodle me ayudó —dijo con voz ronca.

—Bien.

Julieta me rodeó el cuello con los brazos. Sus movimientos seguían siendo inseguros, como si pensara que iba a alejarla. En lugar de eso, la estreché contra mi pecho.

—Te extrañé. —Sus palabras susurradas me partieron el corazón.

Agarré su trasero y la levanté. Me rodeó con los brazos y las piernas sujetándome con fuerza.

—Vamos a casa.

Se despidió con un gesto de la mano de los demás mientras yo la sacaba de la habitación en brazos.

—¡Nos vemos mañana! —exclamó Sofiya.

—¿Mañana? —pregunté, presionando el botón del ascensor. Julieta enterró su cara en mi cuello, con los ojos cerrados y los dedos retorcidos en la chaqueta de mi traje.

—Sofiya dijo que Matteo y tú estarán ausentes todo el día, así que me invitó a su casa. —Su abrazo se hizo más fuerte y soltó un gimoteo asustado cuando entré al ascensor.

—Estás bien —murmuré, poniéndole la mano en la nuca.

Odiaba su miedo. Quería destruirlo. No sabía cómo ayudarla mejor, así que seguí hablando para distraerla—.

Matteo y yo tenemos reuniones todo el día, pero estaremos en la ciudad por si necesitas algo.

La alianza con Chicago se concretó, así que estamos trabajando con ellos.

—Supongo que no fue una fusión de empresas.

—Bueno, una especie de fusión. Solo que fue entre nosotros y la Bratva —. La puerta del ascensor se abrió y salí apresuradamente—. Lo lograste, Ángel.

Soltó un suspiro tembloroso, su cuerpo se debilitó en mis brazos.

—No hice nada excepto aferrarme a ti como una cobarde.

Entré al apartamento, cerré la puerta y la apreté contra ella.

—No vuelvas a llamarte así. Eres tan valiente. —Su nariz se arrugó, y fue tan lindo que me incliné hacia adelante y la besé—. ¿Tienes hambre? —pregunté.

Se arqueó contra mí, su coño estaba caliente incluso a través de la ropa.

—Sí —respondió—. Pero no de comida.

Gruñí, apretando mi cara contra su cuello y respirando profundamente.

—¿Necesitas que te folle? ¿Que llene ese coñito tan necesitado?

—Por favor. Romeo, te necesito. —Sus dedos acariciaron mi cabello y me jalaron los mechones, haciéndome maldecir.

—Me tienes.

Me di cuenta de que cuando le subía la adrenalina después de hacer algo que la asustaba, mi chica a menudo quería follar. No sabía si se trataba de distraerse o de canalizar ese miedo en otra cosa, pero le daría lo que necesitara.

Sus manos forcejearon con mi cremallera y tuve que bajarla brevemente para que ambos pudiéramos quitarnos los jeans. Luego estaba de nuevo en mis brazos, clavada contra la puerta.

—Voy a ponerme muy pesada. —Jadeó mientras le chupaba un punto sensible en el cuello.

—Parece que tengo que pasar más tiempo en el gimnasio si crees que eres demasiado pesada para mí. —Puso los ojos en blanco y le di un golpe en el muslo—. Malcriada.

—Mucho hablar y poco follar.

Gruñí mientras la penetraba con un movimiento rápido, sin darle tiempo a adaptarse a mi tamaño. Jadeó, con los ojos muy abiertos mientras me recibía.

—Eso es lo que les pasa a las chicas malcriadas. Se las follan duro.

Sus labios se curvaron en una sonrisa mientras yo mantenía un ritmo constante y duro, lo que me decía que no estaba ni remotamente disgustada por su castigo.

Le toqué las nalgas, clavando mis dedos en su piel mientras me la follaba.

Utilicé mi agarre para inclinar sus caderas de modo que mi piercing golpeara su punto G, haciéndola gritar.

—Eso es. Grita para mí, nena.

Su expresión era de éxtasis a medida que aumentaba su placer.

—Estoy tan cerca —gimoteó.

—No sé si mi chica traviesa merece correrse durante su castigo.

Soltó un gruñido frustrado y me agarró con más fuerza.

—No puedes hacer eso.

Mi risita se reflejó en su piel mientras la sacaba casi completa y luego la penetraba con fuerza.

—Podría. —Embestida—. Pero no le haré eso a mi chica. —Embestida—. Al menos no esta vez.

Su precioso coñito me apretó con fuerza mientras se corría, y entonces caí al precipicio con ella. Sus brazos y piernas me envolvieron con fuerza, sellando mi polla y mi semen dentro de ella mientras ambos respirábamos con dificultad.

La llevé hasta el sofá y me senté para que se sentara a horcajadas sobre mí, con mi verga aún dentro.

—Haces que desaparezcan los sentimientos desagradables —pronunció contra mi piel.

Enredé mis dedos en su cabello y rodeé su cintura con la otra mano. Se me hizo un nudo en la garganta al hablar.

—Tú traes la luz de las estrellas a mi vida, Stellina, y ahuyentas todas las sombras.

Su cuerpo se suavizó al tiempo que se relajaba. Pasé mis manos por su cabello, por su espalda, por sus piernas desnudas. Estaba desesperado por tocar cada parte de ella, por deleitarme con la sensación de su suave piel y su calor contra mi cuerpo.

—Ojalá pudiéramos quedarnos así para siempre —murmuró.

Besé su cabeza y me prometí a mí mismo que haría todo lo posible para que su vida fuera fácil, tranquila y segura.

Permanecimos conectados hasta que mi polla empezó a endurecerse de nuevo. Julieta giró sus caderas contra las mías con un suspiro entrecortado.

Esta vez, nuestros movimientos fueron suaves y lentos.

No se sentía como follar.

Fue como hacer el amor.