Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 58 Julieta #2
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58 Julieta #2

Estaba demasiado excitada para formar una frase coherente, así que no discutí cuando me puso los zapatos o cuando me llevó hacia la puerta.

Salí de mi niebla de excitación cuando vi que llevaba una pistola sujeta al pecho y otra en el cinturón.

Las movió para poder sujetarme con fuerza mientras subíamos por el ascensor.

Cada vez me resultaba más fácil, pero seguía manteniendo los ojos cerrados mientras me aferraba a Romeo.

—Por favor, ten cuidado —susurré.

Me besó la cabeza.

—Siempre tendré cuidado si eso significa volver a casa contigo.

Nos sacó del ascensor.

—Espera. —Lo empujé por el pecho—. Esta cosa sigue dentro de mí.

Me acarició el coño.

—Y seguirá adentro hasta que te dé permiso para sacarlo.

El Don de la Mafia Italiana estaba haciendo waffles para el almuerzo con su bebé recién nacida atada a su pecho.

Había entrado a una especie de dimensión alterna.

Romeo me había metido rápidamente al penthouse antes de irse rápidamente a hacer su trabajo de mafioso.

Por desgracia, Sofiya iba de salida para acudir a su cita de fisioterapia en un piso inferior.

Al parecer, Matteo tenía prohibido asistir a sus sesiones después de gritarle al fisioterapeuta por haber lastimado a su esposa demasiadas veces.

Por lo cual estábamos solos los dos en el apartamento. Bueno, nosotros y Clementine.

—Gracias —dije cuando me puso un plato de waffles enfrente.—. Pero no tienes que hacer esto. Estoy segura de que tienes cosas mejores que hacer.

Se limitó a gruñir.

Okaaay. No se sentía con ganas de charlar.

No tenía mucha hambre, no hacía mucho que había desayunado, pero comerme los waffles me daría algo que hacer. El primer bocado me hizo detenerme.

—Están muy buenos.

Me pareció ver que Matteo sonreía mientras comía otro bocado, pero cuando levanté la vista, su rostro volvía a estar inexpresivo.

Se hizo un silencio incómodo. Hasta Clementine estaba callada mientras dormía sobre el pecho de su padre.

Cuando terminé de comer y puse mi plato en el fregadero, Matteo habló.

—Ven conmigo.

Salió de la cocina y se dirigió por el pasillo, sin esperar a ver si lo seguía.

Como Don de la Mafia, estaba convencida de que estaba acostumbrado a que lo obedecieran.

Mi lado mezquino, todavía enfadado con él por haber lastimado a Romeo, me hizo considerar la posibilidad de ignorar su orden, mas no era lo suficientemente valiente para eso.

Arrastré los pies mientras lo seguía lentamente por el pasillo hasta su gimnasio.

Era parecido al del apartamento de Romeo, pero un poco más grande.

Jugueteé con el dobladillo de mi camiseta mientras Matteo colocaba a Clementine en un moisés en un rincón. Estaba segura de que los tenían en todas las habitaciones.

Matteo volteó hacia mí, cruzado de brazos.

—Muy bien, Julieta, arreglemos esto.

Arqueé las cejas, con el corazón latiéndome con fuerza.

—Umm, ¿qué?

Se alborotó el cabello, su apariencia confiada cayó por un instante.

—Romeo es como un hermano para mí, y tú eres importante para él. No puedo permitir que su mujer me odie, así que vamos a arreglar esto.

Di un pequeño paso hacia atrás.

—Estoy bastante segura de que puedes vencerme en una pelea.

Matteo resopló, el sonido contrastaba fuertemente con su comportamiento estoico de siempre.

—Romeo me mataría si te lastimo. No voy a pelear contigo, pero vas a castigarme. —Parpadeé—. Estás molesta conmigo porque lastimé a Romeo. Así que véngate. —Levantó los brazos hacia los lados.

Lo absurdo de la situación hizo que una carcajada brotara en mi pecho. Una vez que empezó, no pude pararla. Me doblé, la risa sacudió mi cuerpo hasta hacerme llorar.

¿Cómo había pasado de una vida solitaria como vendedora de libros con agorafobia a ser la novia del subjefe de la Mafia Italiana?

Y ahora estaba sola con uno de los hombres más peligrosos de New York, o quizás incluso del mundo, y él quería que yo, ¿qué?

¿Qué le diera un puñetazo? ¿Todo mientras tenía un plug dentro de mí?

—Ay, carajo —murmuró Matteo—. Te rompí. Romeo realmente va a matarme.

Eso solamente me hizo reír más fuerte. No podía recordar la última vez que me había reído así y me sentí bien, incluso si había un borde histérico en ello.

Finalmente me controlé y me sequé las lágrimas de los ojos.

—¿De verdad quieres que te golpee?

Matteo asintió.

—Bueno. Está bien. —Sacudí los brazos y me acerqué a él.

Había estado practicando cómo lanzar puñetazos, pero hasta ahora solamente había golpeado un saco de boxeo.

Me moví de puntitas y pensé en todas las heridas con las que Romeo había vuelto a casa aquella noche.

Sus costillas magulladas. La nariz rota.

Cortes en el pecho. Me dejé llevar por la ira y le di un puñetazo en las costillas.

Un dolor agudo me atravesó la mano.

Matteo me miró con el ceño fruncido.

—¿Qué fue eso? Apenas lo sentí. No, esto es inaceptable. —Cruzó la habitación enfadado y agarró algo de un mueble antes de volver—. Dame las manos.

—¿Qué?

—Tus manos, Julieta. —Me vendó las manos antes de ponerme unos guantes de boxeo—. Ninguna hermana mía va a dar puñetazos así. Ven aquí.

Hermana.

Dios, eso hizo que me doliera el corazón.

Después de una hora de práctica con el saco de boxeo de cuero, Matteo me obligó a golpearlo de nuevo.

—Bueno, en realidad sentí ese, así que es una mejoría —indicó con una ligera mueca, su expresión claramente el resultado de mi débil intento y no debido a ningún dolor que le hubiera causado.

Sonreí y le di un codazo en las costillas.

—Gracias por el informe elogioso.

La puerta principal del apartamento se abrió y Sofiya gritó un hola alegre. El cambio en Matteo fue instantáneo, todo su cuerpo se puso en alerta, en perfecta sintonía con su esposa. Levantó a Clementine, acunándola contra su pecho, y dio unos pasos hacia la puerta antes de detenerse.

—¿Ya estamos bien? —Se puso tenso como si se preparara para mi respuesta.

—Sí, estamos bien.

Asintió y, mientras salíamos del gimnasio, sentí que acababa de ganarme un hermano.