50 Julieta
JULIETA
Me quedé mirando la mancha roja y oscura de sangre en mi ropa interior.
Mierda.
Por supuesto que mi periodo, que era notablemente impredecible, decidiría presentarse hoy.
Me quedé paralizada en el retrete cuando me di cuenta de que no tenía toallas sanitarias ni tampones. Se me habían acabado al final de mi último periodo y había estado esperando mi siguiente pago para comprar más.
Me limpié lo mejor que pude, tomé ropa interior limpia y le puse medio rollo de papel higiénico encima. Mi menstruación siempre era abundante los primeros días, así que esto no me aguantaría mucho tiempo.
Me quedé mirando mi teléfono, tratando de averiguar qué hacer.
No quería interrumpir a Romeo. ¿Qué esperaba que hiciera?
¿Que dejara su trabajo para traerme artículos de higiene femenina?
Sienna vivía en el otro apartamento de este piso.
Me había parecido simpática cuando la conocí en la librería.
Quizá tendría algo que pudiera prestarme, pero no tenía su número de teléfono, lo que significaba que tendría que salir del apartamento para ver si estaba en casa.
Apreté el teléfono como si pudiera ofrecerme algún tipo de apoyo moral mientras me dirigía a la puerta. No era para tanto. Simplemente tenía que salir al pasillo y tocar la otra puerta. Eran menos pasos que caminar hasta la tienda de bagels.
«Pero la tienda de bagels es segura».
«El pasillo no es seguro».
El apartamento de Romeo se sentía seguro porque pertenecía a Romeo.
Olía a él, se sentía como él, y mi mente y mi cuerpo habían decidido que cualquier cosa relacionada con Romeo significaba seguridad.
Especialmente con todo lo que había pasado en los últimos días, mi cuerpo sabía que nada más era seguro.
Mientras permanecía de pie junto a la puerta principal, con una mano apoyada en el picaporte, la sensación familiar de pánico se apoderó de mi pecho.
Las axilas se me llenaron de sudor, el mareo me invadió y el pecho se me apretó.
—Vamos. Tan solo abre la puerta y sal al pasillo. No es tan difícil —me hablé a mí misma con rabia, mas no sirvió de nada. Mi respiración entrecortada llenó el aire y me hundí en el suelo.
El tiempo se distorsionó, corriendo y arrastrándose al mismo tiempo mientras yo permanecía congelada en el suelo. «Haz algo, Julieta. Levántate. Ve al final del pasillo. Mándale un mensaje a Romeo. Solo haz algo». Pero no pude hacerlo, atrapada en mi mente y cuerpo fracturados.
Un sonido me devolvió a la realidad. Estaba tumbada en el suelo sin recordar cómo había llegado hasta allí. Sentía mis extremidades rígidas y frías mientras estiraba lentamente el brazo para alcanzar el teléfono que tenía enfrente.
El nombre de Romeo parpadeó en la pantalla y contesté sin pensarlo.
—Hola.
Hubo un silencio y luego…
—¿Qué ocurre?
Apreté fuertemente mis ojos. ¿Cómo podía leerme con tanta facilidad?
—Julieta. ¿Qué pasa?
—Nada.
—No me mientas, Ángel.
—No es algo con lo que valga la pena molestarte. Sé que estás ocupado.
—Nunca estoy demasiado ocupado para ti. —Me di cuenta de que se esforzaba por suavizar el tono de su voz—. ¿Te hiciste daño?
La pregunta y su falta de confianza en mí me rompieron el corazón. Lo entendía, pero aun así me dolía.
—No, te lo prometo. Vas a pensar que soy estúpida.
—No lo haré.
Exhalé lentamente.
—Me vino la regla. —Me ahogué en un sollozo mientras las lágrimas aparecían de la nada y se derramaban por mis mejillas. Odiaba lo frágil que me hacían sentir las hormonas.
—Oh, dulzura. ¿Qué necesitas?
—No tengo nada conmigo y pensé que tal vez Sienna tendría algo. Iba a tocar a su puerta, no obstante, me dio un ataque de pánico. —Lloriqueé desconsoladamente, todavía demasiado agotada para levantarme y sentarme.
—Voy de regreso. Estaré allí en unos minutos.
—Romeo, no. Tienes…
—Si las siguientes palabras que salen de tu boca son cosas más importantes que hacer, voy a detenerte ahí mismo.
—Pero…
—No. Has pasado un auténtico infierno esta última semana, y no voy a dejarte sola cuando me necesitas.
Un pequeño hilo cálido me envolvió el pecho.
—¿Estás seguro?
—Sí, estoy seguro. En realidad, llamaba para ver qué querías para el almuerzo para que lo enviaran, pero ahora puedo almorzar contigo. Estoy a unos pocos minutos del apartamento. ¿Qué te apetece comer?
La culpa me revolvía el estómago por las molestias que le estaba causando.
—Lo que tú quieras —contesté con voz ronca.
—No puedo esperar a que confíes en mí y empieces a exigirme mierda.
—Sí confío en ti. —Confiaba en Romeo más que en nadie en mi vida.
—No del todo, pero está bien, Ángel. Haz que me lo gane.
No era que no confiara en él… era más bien que no confiaba en mí misma lo suficiente como para merecerlo. No confiaba en que el universo me dejara tenerlo.
—Estoy en el ascensor ahora. Solo unos segundos más.
Oh, Dios, necesitaba levantarme del suelo. Me impulsé con mis brazos temblorosos hasta quedar sentada justo a tiempo para que se abriera la puerta principal.
Romeo no dijo nada mientras se arrodillaba y me tomaba en sus brazos.
—Estás a salvo. Te tengo.
Mis dedos se enroscaron en su camisa, vestía un traje negro con una camisa blanca desabrochada a la altura del cuello. Envolví mis brazos alrededor de su cuello mientras él se levantaba y me cargaba hasta el sofá.
Me acomodó en su regazo y me sobresalté, empujándolo por el pecho.
—Espera, detente.
Acunó mi cara.
—¿Que me detenga?
Mis mejillas enrojecieron.
—No puedo sentarme en tu regazo. —Cerré los ojos avergonzada—. Podría mancharte los pantalones.
Me rodeó la cintura con los brazos.
—Como si me importara, demonios. Ahora, ¿qué necesitas para tu periodo? ¿Y ya decidiste qué quieres almorzar?
—No, tengo que moverme. —La idea de manchar sus pantalones me mortificaba.
Romeo suspiró, sin dejar de abrazarme.
—No te he hablado mucho sobre mi trabajo porque no quiero que te asustes, joder. Pero al menos puedo decirte con seguridad que un poco de sangre no me va a asustar.
No sabía muy bien cómo procesar aquella información. Romeo era tan gentil conmigo, tan juguetón, que no podía imaginármelo siendo violento.
—¿Lastimas a las personas? —Mantuve la mirada fija en mis manos.
—A veces. —Sus dedos recorrieron un costado de mi rostro—. ¿Eso te molesta?
—¿Lastimas a la gente normal?
—No, cariño. No lastimo a gente inocente.
—Los que me persiguen… ¿qué quieren?
—La Mafia Albanesa ha estado tratando de ganar terreno en New York para poder introducir la trata de blancas. Matteo no permite ningún tipo de trata en su territorio.
Se me hizo un nudo en la garganta y me picaba la piel.
—Espera, ¿qué? ¿Los que me persiguen son tratantes de personas para fines sexuales?
Me agarró la barbilla y me obligó a mirarlo.
—No dejaré que te toquen. —La intensidad de su voz hizo que me estremeciera—. ¿Qué pasa por tu cabeza?
Le rodeé el cuello con los brazos y apoyé mi cabeza en su hombro.
—Debería molestarme, ¿verdad? Que lastimes a la gente.
—¿Pero no es así?
Me encogí de hombros.
—No tanto como debería.
Soltó un suspiro tembloroso y sus hombros se relajaron. ¿Le había preocupado mi respuesta?
—Eres demasiado buena para mí, Julieta. Pero soy un bastardo egoísta y no te dejaré ir.
—No quiero dejarte ir.
Sus labios se estrellaron contra los míos, los cuales se separaron en un jadeo y él presionó su lengua en mi boca, arrastrándola contra la mía de una manera que me hizo gemir. Agarró mi trasero, apretándolo con fuerza, y yo me arqueé contra él, desesperada por la fricción.
—Eres perfecta. Tan jodidamente perfecta. —Acompañó cada palabra con un beso antes de separarse con un gruñido—. Antes de seguir, ¿qué necesitas?
«Un orgasmo».
«Espera… ¿de qué estaba hablando?».
—Oh. —Parpadeé para despejar mi aturdimiento lleno de lujuria—. Um, solamente toallas sanitarias y tampones. —Me ardían las mejillas y no podía mirarlo a los ojos.
Sacó su teléfono.
—¿De qué tipo?
—Compro lo que sea más barato o lo que esté en oferta.
Romeo frunció el ceño.
—A la mierda con eso. —Tecleó furiosamente en su teléfono, enviando una serie de mensajes a alguien antes de dejarlo—. Tendremos las cosas aquí en un minuto. ¿Qué hay de bocadillos? ¿Algo para el dolor? ¿Almohadilla térmica?
—No, estaré bien. Deberías volver al trabajo.
Parecía ofendido.
—Te encontré acurrucada en el suelo después de tener un ataque de pánico, y acabas de empezar con tu periodo. ¿Por qué iba a dejarte ahora?
Su tono era todo ira, no obstante, su tacto era dolorosamente suave mientras guiaba mi cabeza hacia su pecho.
—He lidiado con esto toda mi vida. No es nada fuera de lo normal para mí —expresé.
—Bueno, eso se acaba ahora. Eres mía, lo que significa que ya no tienes que lidiar con esta mierda sola.
—¿Soy tuya?
Romeo dejó escapar un sonido exasperado.
—Sí, Julieta. Vives en mi casa, te adentraste en mi puta alma. Claro que eres mía.
Mis labios se torcieron mientras intentaba ocultar mi sonrisa.
—¿Eso significa…? —Respiré profundamente, armándome de valor—. ¿Eso significa que eres mío?
Sus ojos se suavizaron.
—Sí, nena. Te pertenezco completamente.
—¿Exclusivamente? —Esta vez me atreví a mirarlo a los ojos.
—Como si fuera a querer a alguien más.
Ya no podía contener mi sonrisa.
—De acuerdo.
Resopló.
—Bien. —Me dio un beso en la cabeza—. Entonces, ¿qué más necesitas?
—Supongo que una almohadilla térmica estaría bien si no es mucha molestia. —Al crecer en hogares de acogida, me había acostumbrado a que me dijeran que las cosas que quería eran demasiado costosas y que era una egoísta por pedirlas.
—¿Qué te parece comida tailandesa? —preguntó.
Sonreí aliviada por no tener que decidir.
—Suena bien.
Acabábamos de pedir la comida cuando tocaron la puerta. Romeo me movió al sofá mientras él iba a la puerta, pero me levanté rápidamente de un salto. No iba a manchar de sangre el sofá más cómodo del mundo.
Romeo agarró varias bolsas grandes de supermercado de alguien y luego cerró la puerta.
—Muy bien, Ángel. Toma lo que necesites.
Alcé las cejas mientras miraba dentro de las bolsas. La primera estaba llena de todo tipo de toallas sanitarias y tampones que pudiera imaginar. La segunda contenía toneladas de bocadillos dulces. Y en la última había calcetines de felpa, pantuflas, una manta suave y una almohadilla térmica.
Levanté la cabeza para mirar a Romeo. Él arqueó una ceja. Era demasiado, pero si era sincera conmigo misma, me encantaba que me mimaran.
—Gracias —susurré.
Sonrió y me dio una nalgada.
—Buena chica. Toma lo que necesites. Nuestra comida llegará pronto.
Con un poco de vergüenza, tomé un paquete de tampones y toallas sanitarias, orgánicas, cosa que no sabía que existía, y fui al baño a ocuparme de mis cosas. Cuando volví a salir, Romeo estaba allí, ofreciéndome un pantalón deportivo.
—Por si quieres ponerte algo más cómodo.
Lo tomé y me di cuenta de que era suyo. Volví a mirarlo y juré que vi un rubor en sus mejillas.
¿Le gustaba verme con su ropa tanto como a mí me gustaba usarla?
Volví al baño para ponérmelo. Cuando salí por segunda vez, él estaba listo con una sudadera para colocármela por encima de la cabeza antes de abrazarme.
—Anda. Vamos a ponerte cómoda.
Me llevó al sofá y se arrodilló frente a mí para ponerme los calcetines nuevos. Se quedó de rodillas mientras me colocaba la almohadilla térmica en el estómago.
—¿Todo bien? —Me dio un beso en la rodilla y me derretí. ¿Cuándo me había sentido tan querida?
—Sí.
—Bien. —Me besó en la frente antes de levantarse del suelo.