47 Julieta
JULIETA
Cuando Romeo se fue, busqué mi teléfono y llamé a mi jefe.
—Julieta. —La voz de Arturo estaba llena de alivio—. ¿Estás bien?
—Sí. —La palabra salió en un chirrido, así que lo intenté de nuevo—. Estoy bien.
—Ese Stronzo —gruñó mi increíblemente apacible jefe—. El maldito Romeo De Luca. ¿Qué derecho tiene a arrastrarte a esta vida?
Escucharlo confirmar quién era Romeo destruyó los últimos hilos de esperanza de que esto no estuviera sucediendo realmente.
—¿Lo conoces?
—No mucho, pero los he visto a él y al Don varias veces a lo largo de los años. El pequeño bastardo, pensando que alguna vez podría merecerte.
Se me apretó el pecho ante la preocupación de Arturo.
—No te imagino como mafioso.
Hubo un instante de silencio, roto por su carcajada.
—Tendrías que haberme visto en mi mejor época.
Las mujeres me adoraban. —No lo dudé. Incluso con sesenta y tantos años, Arturo era un hombre apuesto—.
Pero nunca fui soldado —continuó—. Mi padre y mi abuelo solían pasar cosas de contrabando por la ciudad para los antecesores del Don.
Conocían todos los pasadizos secretos, pero, por desgracia, mi padre murió antes de poder transmitirme sus conocimientos.
Ahora simplemente soy el dueño de una librería.
—Siento decepcionarte —pronuncié con voz ronca.
—¿De qué estás hablando?
—La tienda tiene que cerrar por mi culpa.
Se burló.
—Tú eres la razón por la que la tienda sigue funcionando, y si crees por un minuto que me preocupo más por la tienda que por ti, te equivocas. —Su acento italiano se acentuó con su agitación.
Tragué saliva por el nudo que tenía en la garganta. Aunque sabía que Arturo se preocupaba por mí, la fuerza de sus palabras me tomó desprevenida.
—Volveré a trabajar en cuanto pueda —le prometí.
—Volverás a trabajar únicamente cuando sea completamente seguro. Eso es algo en lo que De Luca y yo podemos estar de acuerdo.
Deambulé por el apartamento mientras Arturo me contaba historias de las travesuras de sus nietos.
Parecía feliz. En el pasado, habría sentido unos celos tremendos al escucharlo hablar con tanto cariño de su familia, pero ahora sonreía mientras daba vueltas por el gimnasio casero de Romeo. Ya no estaba sola.