Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 48 Romeo
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48 Romeo

ROMEO

Era tarde cuando entré al enorme gimnasio que había en uno de los pisos inferiores del edificio.

Nuestros soldados entrenaban aquí y ahora estaban todos reunidos, rodeando el ring de boxeo en el centro de la sala.

Esto formaba parte del castigo, y todos, incluyendo a los soldados bajo mi mando, estaban aquí para presenciarlo.

Matteo estaba en el centro del cuadrilátero y yo caminé hacia él, con la frente en alto. Este era un pequeño precio que debía pagar por Julieta. Pagaría un precio mucho más alto por mantenerla a salvo.

Me quité la camiseta antes de pasar por debajo de las cuerdas y colocarme frente a Matteo.

—Las manos detrás de la espalda.

Utilizó un trozo de cuerda para atarme las muñecas.

—No sabía que le gustara así, señor —bromeé.

Matteo puso los ojos en blanco y escuché algunas risitas de mis hombres. Bien. El ambiente había estado demasiado tenso, carajo.

—Arrodíllate. —La orden de Matteo fue fuerte y segura, y me arrodillé torpemente sin usar las manos.

Me miró fijamente y habló en italiano.

—¿Aceptas tu castigo por la insubordinación a tu Don?

—Sì.

El primer golpe fue rápido y brutal, directo a mi cara. La fuerza del puñetazo de Matteo hizo que mi cabeza se desviara hacia un lado. No me dio tiempo a adaptarme. El siguiente golpe me dio en las costillas y me encorvé, intentando recuperar el aliento.

Los golpes continuaron: en el pecho, la espalda y la cara.

Y con cada uno de ellos me imaginaba a Julieta segura, feliz y despreocupada, exactamente como siempre debía ser.

Apenas sentía dolor, pero un golpe especialmente fuerte en el pecho me hizo caer sobre la colchoneta.

Mi cara ensangrentada golpeó el suelo y me quejé.

El dolor agudo en mi nariz me dijo que probablemente estaba rota. Con suerte, a Julieta no le importaría.

Me quedé tumbado hasta que sentí un tirón de la cuerda y me soltaron las manos.

Me puse de rodillas y la mano de Matteo estaba delante de mí, levantándome.

Este castigo estaba diseñado para humillarme delante de mis hombres, pero en ese instante que los miraba, no me avergonzaba.

Sabían que era leal a la Familia, que recibiría una bala por cualquiera de ellos, como ellos lo harían por mí.

Y también sabían lo en serio que me tomaba a mi chica.

Matteo me dio un apretón en el hombro antes de salir del ring y abandonar el gimnasio.

Contuve un quejido mientras me agachaba de nuevo bajo las cuerdas, con mi cuerpo gritando de dolor.

Mis hombres me dieron una palmada en la espalda, las risas y las bromas llenaron el ambiente ahora que el Don se había ido.

—¿Por qué tienes tantas ganas de irte, Romeo? ¿Listo para volver con tu chica?

—Sí, ¿para que pueda mimarte y limpiarte todas las heridas?

—¡Oh, mi pobre Romeo! ¡Estás herido!

Se echaron a reír a carcajadas. Les hice una seña con el dedo por encima del hombro mientras me dirigía a la salida.

—A mí me suenan como un montón de imbéciles celosos.

Sonreía cuando entré al ascensor, aunque la expresión me jalaba el labio partido.

Tenía la cara llena de sangre de la nariz y el labio, y me costaba respirar profundamente después de los golpes en las costillas, pero Matteo había sido benévolo conmigo.

Me necesitaba lo bastante bien como para salir a trabajar.

El ascensor se abrió y entré al apartamento, sintiendo alivio al ver a Julieta acurrucada bajo una manta en el sofá. Lo peor del castigo había sido separarme de ella, ya podía respirar sabiendo que estaba a salvo.

Excepto cuando me miró y soltó un grito.

Mierda.

Saltó del sofá y la manta cayó al suelo.

—¡Oh, Dios mío! ¿Qué pasó?

Extendí mis manos en lo que esperaba fuera un gesto tranquilizante.

—Julieta, nena, no te preocupes. Estoy bien.

Ella cerró el espacio entre nosotros, sus ojos llorosos mientras me miraba.

—No estás bien. ¿Quién te hizo esto? —Levantó la mano como si fuera a tocarme y luego se apartó.

Nop. No iba a permitirlo.

Agarré su mano y la puse en mi rostro, apoyándome en su tacto.

—Tenemos que ir al hospital —declaró, moqueando.

Una de las reglas del castigo era no ir al hospital ni recibir atención médica a menos que hubiera complicaciones graves. No es que estuviera cerca de necesitar un maldito hospital por estas heridas.

Le pasé la mano por su magnífico cabello.

—Eres tan bonita.

—¿Te golpeaste la cabeza? —Retiró su mano de mi cara mientras fruncía el ceño—. No te lo estás tomando en serio.

—Lo siento, nena. De verdad estoy bien. Nada más necesito unos vendajes y estaré como nuevo. —Como seguía con el ceño fruncido, sujeté su cara—. Hay un botiquín en el baño. ¿Me lo traes? Por favor.

Dudó y miró hacia la puerta.

—Creo que sería mejor ir al hospital.

Quería estrecharla contra mi pecho y consolarla, pero no antes de limpiar la sangre. Me negaba a ensuciarla.

—Eres adorable. De hecho, déjame meterme en la ducha y luego puedes curarme, ¿bien?

Resopló, cruzándose de brazos. No oculté que estaba mirando sus enormes pechos y que me daban ganas de estrujarlos.

—Bien —resopló.

Le acaricié la cara por última vez y me dirigí al baño, dejando la puerta abierta de par en par como invitación.

Me desnudé y abrí el grifo, metiéndome antes de que el agua se calentara.

El chorro helado me despejó la mente. Me toqué la nariz.

Definitivamente parecía estar rota, aunque no estaba torcida y la hemorragia había parado, así que eso era bueno.

De todas formas, no había nada que hacer. Tendría que esperar a que sanara.

Unos pies ligeros pisaron el piso de azulejos, y allí estaba Julieta, con sus ojos furiosos fijos en mí.

—¿Te unirás?

—No. —Tenía la mandíbula rígida y su linda naricita respingada, y eso me puso todavía más duro—. Me aseguraré de que no te desmayes.

Sonreí, apretando mi polla con el puño y moviendo lentamente la mano arriba y abajo.

—Mmm, me siento bastante mareado. Puede que necesite que me sostengas.

Sus mejillas enrojecieron y desvió la mirada.

—Si te desmayas, te sacaré a rastras de la ducha.

Solté una carcajada.

—¿Qué haría yo sin ti?

Se entretuvo sacando el botiquín de debajo del lavabo.

Bueno, si no iba a entrar conmigo, no iba a separarme de ella ni un momento más de lo necesario.

Terminé de ducharme rápidamente y agarré una toalla.

Me la envolví alrededor de la cintura y me acerqué a Julieta, sintiendo pura satisfacción cuando ella siguió el rastro de gotas de agua por mi pecho.

Sacudió la cabeza e hizo un ruidito chirriante antes de tomar el botiquín y salir corriendo del baño. La seguí de cerca.

—Siéntate —ordenó señalando el sofá.

Mis labios se torcieron mientras intentaba no sonreír ante su actitud mandona.

—Como tú digas, Ángel.

Contuve un quejido, mis costillas doliéndome muchísimo mientras descendía. El labio inferior tembloroso de Julieta me indicó que no había disimulado bien mi dolor. Puso el kit sobre la mesita, junto con un tazón con agua y una toallita. Abrí las piernas para que pudiera pasar entre ellas.

—Estoy enfadada contigo —protestó a la par que empezaba a limpiarme los restos de sangre de la cara.

Le acaricié la parte posterior de los muslos mientras trabajaba en mí, sintiéndome perfectamente contento.

—Lo siento.

—¿Esto será algo habitual? ¿Que llegues a casa así?

Sentí que el corazón se me iba a salir del pecho. Había dicho casa.

—¿Por qué sonríes? —reviró. En ese instante, los ojos se le llenaban de lágrimas—. Hablo en serio. Esto no me gusta.

La empujé hacia abajo para que se sentara a horcajadas sobre mi regazo y la rodeé con mis brazos, sin importarme el dolor agudo que sentía en los costados.

—Puede que me lastime en ocasiones, pero te prometo que siempre haré todo lo posible por volver a casa contigo. Esto solo es por un ejercicio de entrenamiento. Nunca estuve en peligro.

Si bien frunció los labios, siguió limpiándome la sangre del rostro. Por suerte, evitó que se le escaparan las lágrimas. No soportaba verla llorar.

—Pero a veces estás en peligro.

El temblor de su voz me oprimió el pecho.

—Sí, cariño. A veces. —Después de toda una vida ansiando el peligro y lanzándome de cabeza sin tomar en cuenta mi seguridad, era extraño tener a alguien con quien volver a casa. Extraño y maravilloso.

—¿Sabes qué haría que mi cara se sintiera mejor? —le pregunté mientras terminaba.

—¿Hielo?

—Nah. Creo que se sentiría mejor si te sentaras en ella. Frotándome ese dulce coño por todas partes.

Sus mejillas se sonrojaron y me reí. Me dio un empujón en el hombro, tan suave que apenas lo sentí, y apretó los labios.

—Sí, no vamos a hacer eso.

—¿Nunca? —Le lancé mi mejor mirada de cachorrito.

—Al menos hasta que estés completamente recuperado —contestó con modestia.

—Supongo que tendré que encontrar otras cosas que hacer mientras tanto. —La acerqué a mi cuerpo para que pudiera sentir mi erección.

—Tienes que estar bromeando —lanzó—. ¿Esto es todo en lo que piensas? ¿Cuando tienes la cara hecha un desastre y el pecho lleno de cortes y moretones?

—Tengo a la chica más hermosa del mundo en mi regazo. Por supuesto que tengo la polla dura. Siempre estoy excitado cuando estoy contigo.

Entrecerró sus ojos mientras se arqueaba contra mí, apretando su coñito caliente contra mi verga. Pareció darse cuenta de lo que hacía y se apartó.

—No. Nop. No vamos a hacerlo. Voy a ponerte hielo en el rostro y te quedarás descansando en este sofá.

Me vendó las heridas de la cara y el pecho antes de obligarme a ponerme de pie y girar para que pudiera examinarme la espalda.

Antes de que pudiera volver a sentarla en mi regazo, escapó a la cocina y regresó con varias compresas de hielo, una bolsa de chícharos congelados, una botella de agua y una rebanada de pastel.

Le quité las compresas de hielo de las manos y me las puse contra las costillas.