Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 46 Romeo
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ROMEO

Se me erizó la piel mientras subía en el ascensor hasta la oficina de Matteo, y no tenía nada que ver con enfrentarme a su furia, que era inevitable, sino con dejar a Julieta.

La había arropado bajo las mantas en el sofá con un bocadillo y chocolate caliente.

Se había burlado de mí por preocuparme tanto por ella y me había asegurado de que estaría bien, pero mis dedos se enroscaron alrededor de mi teléfono para asegurarme de que no me perdería si me enviaba un mensaje o me llamaba.

Me quedé vacilando en la puerta de la oficina. No me gustaba hacer enojar a Matteo y quería que aceptara a Julieta como mía.

Toqué la puerta. Entre más rápido resolviéramos esto, más pronto podría regresar con mi chica.

—Adelante.

Matteo estaba sentado detrás de su escritorio, con una enorme ventana que mostraba el horizonte de New York detrás de él.

Estaba nevando y me pregunté si Julieta querría ir al patio privado o a la azotea a jugar con la nieve.

Parecía algo que le gustaría si se sentía lo bastante cómoda como para salir del apartamento.

Tal vez podría ayudarla a crear más espacios seguros.

—Romeo.

Me detuve frente a su escritorio. No había ninguna silla para sentarme.

Tenía los dedos apretados frente a él.

—Tenías una misión: vigilar a los serbios. Abandonaste tu puesto.

Asentí con la mandíbula apretada.

El Don me sostuvo la mirada, sin mostrar ninguna expresión, y luego se reclinó en su silla con un suspiro.

—Entiendo por qué lo hiciste. Pero no puede quedar impune.

El corazón me latía desbocado en el pecho mientras permanecía inexpresivo.

—No puedes separarnos ni enviarla lejos de aquí.

—Di un paso hacia él—. Los albaneses saben de ella.

Me necesita y yo la necesito aquí. —No quería traicionar la confianza de Julieta contándole lo que había pasado ayer, lo que había hecho, pero necesitaba que comprendiera la gravedad de la situación.

Matteo se restregó la mano por la cara y maldijo.

—¿Cuándo se complicaron tanto nuestras vidas? No voy a echarla.

Mis hombros se hundieron de alivio.

—El ring. Esta noche —ordenó.

Lo había desobedecido. No podía dejarlo pasar, ni siquiera por su segundo al mando. Aceptaría cualquier castigo que me impusiera con tal de mantener a Julieta a mi lado.

Asentí y me di la vuelta para marcharme.

—¿Y, Romeo? Me gustaría conocer a Julieta pronto si va a formar parte de nuestra familia. Sofiya quiere invitar a todos a cenar.

—Le preguntaré —confirmé por encima del hombro, mis labios curvándose en una sonrisa.