45 Julieta
JULIETA
Me quejé cuando una franja de la luz del sol alcanzó mis párpados y me sacó del sueño. Iba a enterrar la cara en la almohada para tener unos minutos más antes de que sonara el despertador cuando me di cuenta de que mi cabeza no estaba sobre una almohada.
Estaba sobre Romeo.
Antes de que pudiera entrar en pánico por haber pasado la noche encima de él, su mano subió y bajó por mi espalda con un movimiento tierno y tranquilizante.
Me relajé con su tacto, respirando con calma para reducir la aceleración de mi corazón.
No me gustaban las mañanas, pero si pudiera despertarme así todos los días, tal vez me acostumbraría.
—Buenos días, Ángel. —Los labios de Romeo rozaron mi frente y me acurruqué más contra él.
—Buenos días.
Volvimos a quedarnos en silencio y mi respiración se hizo más lenta al dejarme llevar por su tacto relajante.
—¿Cómo dormiste el resto de la noche? ¿Alguna otra pesadilla?
—pregunté. Sus gritos me habían despertado.
Al principio me asusté, pensando que alguien había entrado a la fuerza, pero luego me di cuenta de que estaba teniendo una pesadilla.
Odiaba verlo así, devastado y asustado, sobre todo porque sabía exactamente cómo se sentía.
Sus brazos me abrazaron con fuerza.
—No más pesadillas. Quizá necesite que duermas encima de mí todas las noches. Para mantener alejadas las pesadillas. —Me acarició el cabello—. Siento haberte despertado.
Fruncí el ceño y me apoyé en su pecho para encontrarme con su mirada.
—No te disculpes por eso. Me alegro de haber podido estar aquí para ti. Sobre todo, después de todo lo que has hecho por mí.
Sus ojos se suavizaron y me acarició la mejilla.
—Mi dulzura. ¿Dormiste bien? ¿Alguna pesadilla?
Negué con la cabeza y me incliné hacia su tacto.
Romeo tarareó.
—Debemos de darnos buena suerte el uno al otro.
—La intensidad de su mirada fue demasiado para mí y agaché la cabeza, presionando mis labios contra su cuello.
Era difícil conciliar lo nuevo y tenue que era todo entre nosotros con lo cómodo que se sentía.
Todo lo que sabía era que nada bueno en mi vida había durado, y cuando terminara lo que fuera esto con Romeo, tal vez no sobreviviría.
—Rayos, ¿qué hora es? —indagué—. Tengo que ir a trabajar.
Su mano se apretó en mi cadera.
—No puedes ir a la librería.
—Umm, ¿qué? —Me aparté de él y me senté.
Romeo me siguió y nos sentamos uno frente al otro.
—Este es el único lugar donde puedo garantizar tu seguridad mientras los albaneses sigan ahí afuera.
Fruncí el ceño.
—Posiblemente el hecho de que pasaran por mi apartamento fue una casualidad.
Su expresión se suavizó.
—Ojalá lo fuera, pero es evidente que saben que me preocupo por ti. —Me pasó un dedo por la mejilla—. Saben que eres importante para mí.
Un resplandor me recorrió el pecho, calentándome desde adentro hacia afuera. Me obligué a concentrarme en nuestra conversación en lugar de derretirme en sus brazos como quería.
—Todavía tengo que ir a trabajar. ¿Cómo podría explicárselo a Arturo? Él depende de mí. Y yo necesito el dinero para pagar el alquiler y esas cosas.
—Ya le hice saber a Arturo que no irás.
Me sobresalté.
—¿Qué?
—Él es parte de la Familia. Me puse en contacto con él y le conté lo que estaba pasando. La tienda estará cerrada hasta que hayamos eliminado a los albaneses. Se seguirán pagando los sueldos de todos.
Me aparté de él, inquieta.
—¿Eres pariente de Arturo?
Su ceño se frunció antes de que su rostro se llenara de comprensión.
—No, me refiero a que forma parte de la Familia, de la mafia. Entiende lo que está pasando y que tu seguridad es lo más importante.
—Pero no puedes… —me interrumpí, insegura de lo que quería decir. Lo único que sabía era que tenía que protestar. Las acciones de Romeo eran increíblemente prepotentes—. No puedes tomar estas decisiones por mí.
Se inclinó hacia adelante, acortando el espacio que yo había forzado entre nosotros.
—Puedo hacerlo cuando se trata de tu seguridad. Puedes enfadarte conmigo todo lo que quieras, pero no voy a ceder en esto. —Me colocó un mechón de cabello detrás de la oreja y me besó en la frente—. Vamos a desayunar.
La mano de Romeo me rodeó la nuca cuando entramos a la cocina, y consideré rechazar su caricia. Todavía estaba molesta con él por tomar decisiones sobre mi trabajo. Aunque fuera por mi seguridad.
Sin embargo, era débil. Me dio un vuelco el corazón cuando me tocó de forma posesiva y cuando insistió en que me pusiera sus pantalones deportivos y su sudadera porque quería que usara su ropa.
Debí haberme negado, haberme mantenido firme y haberle demostrado que era una mujer fuerte e independiente.
Mas no pude contenerme. Quería tener su olor a mi alrededor y sentir que le pertenecía.
Aunque con su ropa parecía una masa poco favorecedora, sus ojos se encendieron al recorrerme, haciéndome sentir sexy y segura de mí misma.
Romeo se aclaró la garganta y señaló un trozo de papel en el mostrador.
—Imprimí algo para ti.
Lo tomé y fruncí el ceño, confundida. La parte superior decía, “Mecanismos para afrontar las autolesiones”.
Me tragué el nudo que tenía en la garganta mientras leía la lista.
Algunas cosas me resultaban familiares: ejercicios de respiración, sujetar trozos de hielo, colorear, escuchar música, dar un paseo y pegarle a mi muñeca con una liga.
Pero también había otras opciones escritas con bolígrafo: orgasmos, dejar que te lleve de compras, mimos, robar postres horneados del piso de arriba.
Romeo no ignoraba lo que había pasado, pero tampoco me hacía sentir avergonzada por ello. El dolor que albergaba de nuestra interacción en la panadería, de su prepotencia sobre mi apartamento y mi trabajo, se desvaneció, sustituido por la sensación melosa y cálida de sentirme cuidada.
Miré a Romeo con inseguridad. ¿Le preocupaba mi reacción?
—Es curioso que “rebanarle la piel a otra persona” no esté en la lista —bromeé, incluso con el nudo en mi garganta.
Sus labios se torcieron y su mano se acercó a mi cadera.
—¿Qué saben los putos terapeutas? Podría ser un nuevo tratamiento brillante.
Parpadeé rápidamente para evitar que se me salieran las lágrimas.
—No muchas personas tienen a alguien dispuesto a hacer eso, a asumir el dolor. —Mis ojos estaban fijos en la hoja de papel. Las palabras se volvían borrosas a medida que mis lágrimas empezaban a caer.
—Oh, Stellina.
Me abrazó y estrechó contra su pecho, apretando mi cara contra su cuello. Me ahogué en un sollozo y él me apretó con más fuerza. Nos balanceamos de lado a lado y mis brazos lo rodearon, mis dedos se retorcieron en su camisa.
—No estás sola. Ya no. Nunca más. Siempre estaré aquí para aliviar tu dolor.
No me soltó, no me apresuró, no me dijo que dejara de llorar. Simplemente estaba ahí. Sólido y cálido, aferrándose a mí con tanta fuerza como yo a él. No supe cuánto tiempo estuvimos allí, pero al final se me secaron las lágrimas y me desplomé contra él, agotada.
Me besó la mejilla.
—¿Te gusta la tostada francesa? Es una de mis especialidades.
Levanté mi cabeza de su pecho e intenté limpiarme la cara.
—Necesito pañuelos primero.
—Creo que podemos encargarnos de eso.
Romeo me agarró la mano con fuerza mientras me llevaba a un armario del pasillo y sacaba una caja de pañuelos. Después de limpiarme, volvimos a la cocina. Antes de que pudiera preocuparme por lo que debía hacer, me levantó y me colocó sobre el mostrador.
—Entonces, ¿tostada francesa?
—Me gusta la tostada francesa.
Su sonrisa era brillante, transformando su rostro de despampanante a impresionante.
—Enseguida salen.
Eché un vistazo a la cocina y me fijé por primera vez en lo que me rodeaba. Los armarios eran de madera oscura y las encimeras de piedra negra. En un rincón había una lujosa cafetera de espresso. Era el hogar más bonito en el que había estado en mi vida, lleno de una calidez sofisticada.
Romeo batió unos huevos en un tazón a mi lado y me incliné para besarle el hombro. Levantó la vista, con los ojos muy abiertos.
—Hazlo otra vez.
Una pequeña sonrisa se dibujó en mis labios mientras jalaba su camiseta hacia un lado para poder besar su piel esta vez.
—¿Quieres un espresso? —pregunté—. Puedo intentar usar la máquina.
Enroscó un mechón de mi cabello en su dedo.
—Sí, Julieta. Me encantaría un espresso.
Sus manos estaban de nuevo en mis caderas, bajándome al suelo. Tardé unos minutos en aprender a manejar la máquina. Durante todo ese tiempo, Romeo encontró cosas que hacer en mi lado de la cocina, su mano rozando mi espalda y mi cabello mientras caminaba a mi alrededor.
No sabía si se quedaba tan cerca porque sabía que yo lo necesitaba o porque él también lo necesitaba.
Odiaba haberlo asustado ayer.
Me encantaba que le importara tanto como para temer por mí.
El aroma a vainilla y jarabe de maple se esparcía por la cocina mientras Romeo terminaba de preparar el desayuno.
Puse dos cafés delante de nosotros, ambos con un diseño de latte muy raro.
Me senté en la isla de la cocina y Romeo enseguida acercó mi silla a él.
Su mano permaneció sobre mi muslo mientras comíamos.
Cada vez que me apretaba la pierna, me invadían pequeñas chispas de placer y me daban ganas de acurrucarme en su regazo como un gatito.
Cuando terminamos de comer, Romeo se volteó hacia mí y tomó mis manos entre las suyas.
—Tengo que reunirme con Matteo en unos minutos.
—¿Matteo?
—Es el Don, el jefe de la Mafia Italiana aquí en New York.
Yo soy su segundo al mando. —Me observó atentamente, como si temiera que saliera corriendo y gritando.
Quizá debería hacerlo. Todavía no podía hacerme a la idea de que la mafia fuera real.
Como no dije nada, continuó—: Matteo es como un hermano para mí.
Sienna, su hermana, vive en este piso al final del pasillo.
Matteo, Sofiya y su hija, Clementine, están en el piso de arriba.
—Me acarició la cara—. No quiero dejarte aquí, pero hay algunos asuntos de los que no puedes formar parte. ¿Estarás bien quedándote sola un rato?
No.
—Sí.
Me miró con severidad.
—¿Me estás mintiendo, Julieta?
Negué con la cabeza.
—Estaré bien.
Se inclinó más hacia mí y lo respiré.
—Me aterra volver aquí y encontrarte desangrándote. Yo… ¿puedes prometerme que no te harás daño? No puedo… —Tragó saliva y apoyó su frente contra la mía—. No puedo soportar verte así, Ángel. Haré todo lo que pueda para asegurarme de que nunca vuelvas a sentirte de esa manera.
Apreté los ojos, me dolía el corazón.
—Siento haberte asustado.
Su tono era tan firme como su agarre.
—¿Qué te dije de pedir perdón?
—Sigo lamentando haberte asustado. No volveré a hacerlo. Hacía mucho tiempo que no lo hacía. Simplemente todo fue demasiado ayer.
—Sé que lo que pasó es culpa mía.
Negué con la cabeza, pero él presionó sus dedos sobre mis labios para que dejara de discutir.
—No, sí lo es, y eso me mata, demonios. Pero te juro, Julieta, que nunca volveré a hacerte sentir así. Necesito que me prometas que no te harás daño.
Hacía tanto tiempo que nadie se preocupaba por mí así, y era abrumador.
—Ahora tengo toda una lista de técnicas para afrontarlo. —La comisura del labio de Romeo se curvó en una sonrisa, y la mía igualó la suya—. Te prometo que haré mi mejor esfuerzo.
Los dos respiramos profundamente mientras nos abrazábamos.
Romeo me jaló suavemente el cabello.
—Vamos, creo que tenemos tiempo para un torneo de Mario Kart antes de reunirme con Matteo.