Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 44 Romeo
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ROMEO

Julieta estaba de pie junto a la encimera de la cocina, con un aspecto desolador mientras yo sacaba comida de la nevera.

Accardi dirigía un pequeño grupo que perseguía a los albaneses que habían estado vigilando el apartamento de Julieta.

Yo debería haber estado con ellos, pero no quería dejar sola a Julieta.

Deseé poder decir algo que la tranquilizara, aunque mis palabras se quedaron atascadas en mi garganta, abandonadas en el piso del baño cubierto de sangre. Si bien necesitaba arreglar todo lo que había salido mal hoy, me sentía incapaz.

—¿Qué quieres comer? —Mis palabras salieron en forma de graznido, pero aun así Julieta se sobresaltó al escucharlas.

Me aclaré la garganta—. Tengo una cocinera que me prepara la comida.

Tengo lasagna, filete con papas, un platillo de pollo.

—Miré con impotencia los recipientes de plástico que cubrían la isla de la cocina.

—Cualquier cosa está bien —susurró.

Calenté la lasagna y puse un plato frente a cada uno. Apenas la probé, demasiado concentrado en Julieta, que mantenía su mirada agachada mientras comía metódicamente.

Finalmente levantó la vista y me sorprendió observándola. Un ligero rubor se extendió por sus mejillas.

—¿Ya terminaste, nena?

Asintió y recogí los platos.

El silencio entre nosotros era ensordecedor.

Eran las nueve de la noche, demasiado temprano para sugerir que fuéramos a dormir, aunque todo lo que quería en ese momento era abrazar a Julieta.

Me venían a la mente imágenes de ella cubierta de sangre.

Tenía que revisar el apartamento y deshacerme de cualquier cosa que pudiera utilizar para lastimarse.

—¿Quieres jugar Mario Kart? —solté.

Sus labios se entreabrieron y una pequeña sonrisa se dibujó en la comisura.

—Sí, eso suena bien.

Gracias a Dios.

Tomé su mano, la ayudé a bajar del banquillo de la cocina y la llevé a la sala.

—Wow, que equipo tan sofisticado —señaló.

Mi televisión ocupaba gran parte de la pared y tenía varias consolas de videojuegos de última generación. Le di el control del volante de Mario Kart y se acomodó en el sofá. Preparé el juego y me senté a su lado, con nuestras piernas presionadas.

—Mierda, ¿te estoy lastimando? —No quería agravar los cortes de sus piernas. Me aparté, pero la mano de Julieta se posó en mi muslo, deteniéndome.

—No me estás lastimando.

Retiró su mano y agarró el control. La pérdida de su tacto era algo tangible, y quise exigirle que volviera a mover la mano. No pude evitar darle un beso rápido en la cabeza. Su cabello olía a vainilla.

—¿Estás bien, Ángel?

Se inclinó hacia mí.

—Si estás intentando distraerme para ganar, no funcionará.

Era una respuesta evasiva, y decidí no insistir.

—Adelante. Si crees que te la pondré fácil, te equivocas. —Era pura habladuría. Haría todo lo posible para asegurar su victoria.

Después de organizar el torneo, empezamos. Julieta estuvo callada las primeras carreras, pero poco a poco se relajó.

—¡Te odio, Senda Arcoíris! —chilló mientras se caía de la pista por millonésima vez. Mi plan de asegurarle la victoria no estaba saliendo bien.

Me reí.

—Tienes que mantenerte en la pista.

—¡Lo intento! —exclamó.

—¡Ahí, ahí! ¡Golpea eso! —grité yo.

Ella se desvió, sin alcanzar el regalito que podría haberla salvado, y volvió a caerse por el borde.

—Quiero volver a la pradera de Moo Moo —gimoteó.

—La próxima vez, nena.

Jugamos otro torneo, esta vez con todas las pistas favoritas de Julieta. Levantó las manos en señal de victoria cuando ganó el tercer puesto.

La abracé por los hombros.

—Buen trabajo.

Se inclinó hacia mí, presionando su cara contra mi cuello.

—Gracias por sabotear a mis enemigos.

—Siempre. —Ella no sabía hasta qué punto lo decía en serio.

Iba a preguntarle si quería jugar a otra cosa cuando bostezó. Ambos éramos noctámbulos, pero hoy había sido un día intenso, y hasta yo podía sentir el cansancio jalándome.

—¿Hora de ir a dormir? —declaré—. Asintió, la levanté del sofá y la llevé a mi habitación, donde ya había dejado sus bolsas—. Aquí tienes, Ángel. Mañana te ayudaré a desempacar todo.

Se aclaró la garganta y miró a su alrededor. ¿Le gustaba? Sienna la había diseñado, pero yo no había hecho nada más con el espacio.

—¿Es tu habitación? —Se quedó mirando fijamente la cama, con los ojos desenfocados y los hombros tensos.

—Sí. —La preocupación me arañaba el pecho. ¿Preferiría dormir en el cuarto de invitados?

—¿Seguro que me quieres aquí?

El corazón me dio un vuelco y la estreché entre mis brazos.

—¿Cómo puedes siquiera preguntar eso, sobre todo cuando fui yo quien te obligó a mudarte?

—Supongo que así fue —musitó.

Acaricié su cabello con mi mano. El rosa se estaba disipando un poco. ¿Qué necesitaba para rehacerlo? ¿Siempre utilizaba el rosa o probaba otros colores?

—Entonces, ¿qué pasa?

No dijo nada y me obligué a ser paciente y a permanecer callado. Estaba aprendiendo que Julieta necesitaba tiempo y un poco de persuasión para decir lo que pensaba.

—Esto me recuerda a todas las veces que me mudé a un nuevo hogar de acogida con mis cosas en bolsas de basura. Y al principio, todos decían que me querían allí, pero eso nunca duró.

Carajo.

La abracé con más fuerza.

—Tendrás que quedarte para que pueda demostrártelo.

Tímidamente me rodeó con sus brazos y me devolvió el abrazo.

—Gracias. —Su voz era un susurro vulnerable.

—El baño está por allá. ¿Por qué no te preparas para dormir?

Julieta tomó las cosas que necesitaba y se dirigió al baño. En cuanto se cerró la puerta, entré en acción sacando todas sus cosas de las bolsas de basura. La mayoría era ropa y artículos de aseo personal, pero también había metido algunos libros, diarios y una cajita de madera.

Abrí el cajón y empujé mis cosas a un lado para hacerle espacio a su ropa.

Los libros fueron a parar a la cómoda y puse la caja en la mesita de noche junto a su lado de la cama, el más alejado de la puerta.

Recogí las bolsas de basura y las tiré justo a tiempo para que Julieta saliera del baño.

Tenía puestos unos pantalones deportivos anchos y una sudadera, y quise que se los cambiara por mi ropa.

Sus labios se entreabrieron al no ver sus cosas.

—Puse tus cosas aquí. —Señalé hacia la cómoda—. Y puedo poner eso en el cuarto de lavado. —Tomé su ropa de sus brazos aturdidos—. Solo tardaré un minuto. Métete en la cama, nena. —La besé antes de entrar al baño.

Tenía la polla dura como una piedra y pensé en meterme en la ducha para ocuparme de todo, pero no podía soportar separarme de ella ni un minuto más de lo necesario. Además, en cuanto su cuerpo se acurrucara contra el mío, se me volvería a poner dura.

Cuando salí del baño, Julieta estaba casi completamente cubierta por las mantas.

Me dolía el corazón. Nunca había invitado a una mujer a mi casa.

Solamente había dormido con ellas en habitaciones de hotel.

Ver a Julieta en mi cama me confirmó que la razón por la que no había traído a ninguna de esas mujeres a mi casa era porque ella era la única que pertenecía aquí. Conmigo.

Para siempre.

Retiré las sábanas de mi lado y me metí debajo.

—¿Puedo revisarte los cortes, dulzura? —Necesitaba ver con mis propios ojos que estaban sanando, especialmente el más profundo. Podría necesitar pegamento o puntadas.

—Está bien —susurró—. No tienes que…

—Quiero hacerlo. —Retiré lentamente las mantas—.

¿Puedo? —Mis dedos tiraron suavemente de su pretina y ella asintió.

Le bajé el pantalón, tratando de convencer a mi verga de que aún no era el momento adecuado para tratar de salirse de mi pantalón, y revisé las vendas.

Se había filtrado algo de sangre, pero en general todo tenía buen aspecto.

—¿Te duele, Ángel?

—Está bien.

—Eso no es lo que te pregunté —gruñí. Coloqué mis manos a ambos lados de su cuerpo, sosteniéndome sobre ella.

Apretó los labios.

—Me arde un poco, pero no pasa nada.

Me incliné lentamente y besé suavemente los vendajes y sus cicatrices pálidas. Una mano tímida me acarició el cabello e inhalé bruscamente. Julieta rara vez iniciaba el contacto.

Seguí besando sus cicatrices y ella continuó acariciando mi cabellera.

Estábamos envueltos en esta oscuridad, mas no de la forma en que siempre la había experimentado.

No había nada siniestro aquí, no podía haberlo cuando estaba con Julieta.

Era una oscuridad delicada que nos protegía del mundo. Ella era lo único que importaba.

Volví a subirle suavemente el pantalón deportivo y luego subí por su cuerpo, besándola por encima de la sudadera hasta que estuve a la altura de su rostro.

—Hola —musitó.

Dios, era tan adorable.

—Hola. —Mis labios rozaron los suyos—. ¿Estás lista para dormir, Ángel?

—Supongo que sí.

La besé de nuevo antes de colocarla de espaldas a mí y rodearla con mis brazos. Encajó perfectamente contra mí, toda su suavidad contra mi dureza.

—Dulces sueños, nena.

—Igualmente, Romeo.

La sangre empapaba el pasillo estrecho en el que me encontraba, corriendo por el piso de azulejos grises como un río.

Entrecerré los ojos a través de la luz tenue hasta que vi una puerta.

La sangre salía por la rendija y supe que tenía que atravesarla.

Agarré el picaporte y la abrí de golpe para encontrarme en otro pasillo.

El río rojo se hizo más profundo y mis zapatos salpicaron mientras corría, hasta que me topé con otra puerta.

La abrí de un empujón, preparándome para encontrar el origen de la sangre, y solté un grito de frustración cuando me encontré con otro pasillo.

Los pasillos y las puertas eran interminables, y el pecho se me oprimía tanto que respiraba entrecortadamente.

A veces, las puertas se abrían con facilidad, y otras tenía que golpearlas con el cuerpo para abrirlas.

Mis extremidades temblaban mientras corría.

Cada fibra de mi ser necesitaba encontrar de dónde provenía la sangre.

Finalmente, me topé en un pasillo largo y estrecho con focos sin lámparas colgando del techo y una puerta de placa metálica al final.

Aquí estaba. Lo que buscaba estaba al otro lado.

El río me llegaba a la cintura y tuve que esforzarme para abrirme paso.

Por fin llegué a la última puerta. Sujeté el picaporte con los dedos y la abrí lentamente.

Allí, flotando sobre la sangre, estaba mi padre, pálido e inmóvil. Luché por llegar hasta él, pero mis piernas no se movían.

—Papà! —grité hasta que sentí que me sangraba la garganta.

Me zambullí de cabeza en la sangre, intentando nadar hacia él, pero flotaba cada vez más lejos hasta que se hundió bajo la superficie, perdiéndose para siempre—.

No, por favor, no me dejes. —Las lágrimas me corrían por la cara y se me abrió un agujero vacío en el pecho.

Un movimiento a mi izquierda me llamó la atención y volteé.

Otro cuerpo flotaba cerca. Mamma. Había una mirada muerta en sus ojos abiertos y grité.

No, no, no. No podía fallarle. No otra vez.

Me retorcí en la sangre, haciendo todo lo que pude para llegar hasta ella hasta que mis brazos y piernas se debilitaron y me temblaban.

No pude hacer nada mientras ella se hundía bajo la superficie, solo para ser reemplazada por un tercer cuerpo.

Julieta, sin vida, flotaba sobre la sangre, su sangre.

—¡Julieta! —Mi grito atravesó el aire, lleno de una agonía demasiado grande para que mi cuerpo pudiera contenerla.

Levanté mi cabeza hacia el cielo—. ¡Haré lo que sea!

Tómame a mí. —Pero lo único que escuché fue silencio.

Me vi obligado a observar, sin poder hacer nada, cómo la mujer a la que amaba se ahogaba en su propia sangre.

Me atraganté, con el pecho oprimido.

Unas manos suaves me rozaron la cara.

—Shhh, estás bien. Estoy aquí. —Los sollozos agitaban mi pecho mientras intentaba desesperadamente mover las piernas—. Estás teniendo una pesadilla. No es real. Te tengo.

Algo me sacudió los hombros y abrí los ojos con un jadeo ronco. Una mano me acarició la cara y le agarré la muñeca, listo para atacar. Pero entonces me llegó su aroma, vainilla dulce.

—Estás a salvo. No era real. Solo una pesadilla.

Aflojé el agarre de su muñeca.

—¿Julieta?

—Estoy aquí.

Dejé escapar otro sollozo estremecedor al escuchar su dulce voz. Extendí la mano en la oscuridad y la arrastré hasta mi pecho, rodeándola con mis brazos y hundiendo mi rostro en su melena. Ella me rodeó con sus brazos y piernas, aferrándose con fuerza.

—¿De verdad estás aquí? —le pregunté.

Me apretó el brazo.

—Estoy aquí.

—No me dejes, Julieta. No puedo soportar un mundo sin ti.

—No me iré a ninguna parte.

Unos dedos suaves secaron mis lágrimas y ni siquiera me sentí avergonzado por haber llorado.

Hoy me había aferrado firmemente a mis recuerdos, empujándolos al fondo de mi mente para poder concentrarme en Julieta.

No obstante, encontrarla, herida y sangrando, me había hecho recordar aquel día.

El día en que murió mi papà y perdí a mi mamma.

Había llegado hasta ella antes de que la mataran, mas no pude salvarla de la tortura y el trauma que le habían infligido.

Y en mi esfuerzo por liberarla, aumenté su sufrimiento.

Peleé contra una pequeña fuerza de hombres traidores, sin sentir nada mientras los eliminaba con facilidad y frialdad.

Cuando llegué hasta ella, cubierto de su sangre, me miró con horror, viendo a su hijo como el monstruo violento que era.

Aquel fue el primer día en que mi oscuridad salió completamente a la superficie.

En los días siguientes, Mamma no fue más que un caparazón de sí misma.

No salía de casa, no hablaba, no comía. Estar cerca de mí parecía causarle dolor físico, así que me dediqué a ayudar a Matteo a asegurar su lugar como Don.

Un día, me dijo que quería volver a Italia.

Me avergonzaba admitir que había sentido un alivio instantáneo, era algo que podía hacer para ayudarla y significaba que no tendría que enfrentarme cada día a la evidencia de mi fracaso.

Le compré una casa en Italia donde podría dejar atrás el pasado, pero ese pasado me atormentaba.

Cada vez que me miraba al espejo, me acordaba del monstruo que ella había visto en mí.

¿Cómo podía alguien aceptarme así?

Y, sin embargo, Julieta estaba encima de mí, acariciando mi cabello con sus dedos, bajando su mano por mi cara, murmurando palabras reconfortantes como yo había hecho con ella antes.

Quería ser un hombre digno de su afecto.

En algún momento, intentó quitarse de encima, aunque yo la sujeté con fuerza.

—No quiero aplastarte. —Sus labios rozaron mi cuello mientras hablaba. Mi mano se dirigió a su nuca y la abracé más fuerte.

—No lo harás.

—De acuerdo. —Se contoneó un poco, acomodándose más.

Cada respiración que daba contra mi pecho aliviaba mi pánico hasta que finalmente volví a quedarme dormido.