Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 43 Julieta #2
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43 Julieta #2

—¿Está bien, Ángel? Ahora vuelvo.

De algún modo, moví los músculos del cuello lo suficiente como para asentir.

En cuanto salió por la puerta, mis piernas perdieron toda su fuerza. Apoyé la espalda contra la pared mugrienta del vestíbulo mientras me hundía lentamente en el suelo y me rodeaba las rodillas con los brazos.

¿Cómo había llegado a esto? ¿Cómo había llegado a ser tan patética que la idea de un viaje en auto bastaba para sumirme en una espiral de pánico? Odiaba que él me hubiera convertido en esto.

Unos brazos fuertes me rodearon mientras Romeo me levantaba del suelo, un brazo bajo las rodillas y el otro sosteniéndome la espalda.

—Te tengo —aseguró.

Apreté los ojos mientras salíamos del edificio.

Los mantuve cerrados cuando me metió en el coche.

Se escuchó el ruido sordo de la puerta al cerrarse y su cuerpo se apretó contra el mío mientras me abrochaba el cinturón de seguridad.

No fue hasta que algo frío y húmedo golpeó mi mano que abrí un párpado.

Romeo estaba a mi lado en el asiento de en medio, pero sentado en el suelo a su lado había un golden retriever que me estaba tocando la mano con la nariz.

—¿Y este quién es? —pregunté. Al escuchar mi voz, el perro empezó a mover la cola.

—Este es Noodle —replicó Romeo—. Y el que conduce el coche es Angelo.

Me ardieron las mejillas de vergüenza por no haber saludado a Angelo.

—Hola —saludé nerviosa.

—Me alegro de volver a verte —expresó Angelo.

«¿Volver a verme?». Entonces comprendí. El tipo enorme con el moño masculino, la mujer en silla de ruedas y el perro de servicio.

—Tú fuiste a la librería —comenté.

Angelo asintió.

—Aunque no sabía quién eras cuando estuve allí. Todo esto tiene mucho más sentido ahora.

¿En serio? Para mí no tenía sentido.

—¿Fuiste a la librería? —Romeo preguntó con voz tajante.

—Con Sienna y Sofiya —respondió Angelo.

Romeo hizo un ruido en el fondo de su garganta, pero ante mi mirada interrogante, sonrió y me dio un beso rápido.

Okaaay. ¿Así que Romeo conocía a Sofiya y Sienna? ¿Por eso no vinieron al evento? ¿Y por qué una extraña sensación de celos me carcomía por dentro?

Aunque no quería hablar de ello ahora, con Angelo en el coche y el corazón latiéndome con fuerza mientras intentaba ignorar el hecho de que estábamos conduciendo lejos de mi ruta segura.

—Entonces, ¿Noodle es tu perro? —inquirí.

—Nah —manifestó Angelo—. Le pertenece a Sofiya, la esposa del jefe. Ya estaba conmigo cuando recibí la llamada, y no tuve tiempo de volver al apartamento a dejarlo.

Me acerqué a Romeo para acariciar a Noodle, que se inclinó hacia mí con la lengua colgando de su boca.

Las palabras de Angelo me calaron profundamente. Había dicho jefe. ¿Se refería a jefe en el sentido normal o a jefe de la Mafia? Aún no estaba del todo segura de que Romeo no me estuviera engañando… o delirando.

—¿A qué te dedicas? —le pregunté a Angelo.

Hubo un silencio y luego contestó:

—Trabajo en Empire Properties.

No era la respuesta que esperaba, y me encontré ligeramente decepcionada de que fuera tan normal. Entonces me di cuenta de dónde había escuchado ese nombre antes.

—Oh Dios mío, ustedes son los arrendadores de la librería. Acabo de recibir una carta en la que decían que el aumento de mi alquiler había sido un error y que en realidad me lo iban a bajar. —Volteé hacia Romeo—. No había podido decírtelo.

—Ah, ¿sí? —preguntó Angelo.

—Debe de ser una buena empresa para trabajar —dije—. Nunca había escuchado que una empresa que alquila propiedades bajara la renta, eso fue muy agradable.

—Sí, es una empresa increíble —replicó, con un toque de risa en la voz.

Mis preguntas de seguimiento murieron en mi garganta cuando otro auto nos tocó el claxon y recordé que estábamos en la carretera, lejos de mi apartamento.

Romeo me frotó el brazo con la mano y me obligué a concentrarme en sus caricias para no entrar en pánico.

Noodle se metió entre nosotros y apoyó su cabeza en mi regazo.

Su peso me ayudó a relajarme, y no tardamos en entrar a un estacionamiento subterráneo.

Mi ritmo cardíaco volvió a acelerarse. No me gustaban los espacios oscuros.

—¿Quieres que te cargue? —murmuró Romeo.

«Sí». Pero negué con la cabeza. Eso era demasiado dramático… ¿no?

Tomó mi mano cuando salí del coche, acurrucándome a su lado mientras me llevaba a un ascensor.

«Maldita sea».

Mis piernas se sentían como si las hubieran metido en concreto. La puerta del ascensor se abrió, sin embargo, me paralicé.

—¿Julieta? —La voz de Romeo se distorsionó mientras mi cuerpo se desconectaba, después de haber experimentado demasiado hoy.

Y entonces estaba en sus brazos, con su abrazo firme y sus palabras suaves devolviéndome lentamente a la realidad.

—¿No te gustan los ascensores, dulzura?

Negué con la cabeza.

—De acuerdo. Vivo en el piso diecinueve, así que, recomiendo el ascensor, pero podemos subir caminando si no puedes.

Lo dijo con toda naturalidad. No había ningún prejuicio en sus palabras.

—No me sueltes —susurré.

—Nunca.

Apreté mi cara contra su piel y cerré los ojos cuando entró al ascensor. La mayoría de los recuerdos de mi infancia se perdían en una bruma de pesadilla, y nunca olvidaría los días que pasé acurrucada sola en un armario oscuro cuando era pequeña.

Un suave pitido y un zumbido indicaron que habíamos llegado.

—Buen trabajo, Ángel. Lo logramos.