Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 43 Julieta
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43 Julieta

JULIETA

—¿Maleta? Um, no tengo ninguna.

—¿Y bolsas de basura?

—Están debajo del fregadero. ¿Por qué? —Me quedé mirándolo, confundida.

Romeo se dirigió a la cocina y me puse un sostén y ropa interior antes de dejar caer la toalla y agarrar mi ropa.

—¿Por qué necesitas una bolsa de basura? —repetí.

—Necesito algo dónde empacar tus cosas.

Me puse los pantalones deportivos por encima de mis muslos irritados.

—¿Empacar mis cosas? ¿Adónde crees que voy?

Romeo volteó hacia mí, con una bolsa de basura en la mano.

—A mi casa —lo explicó tan fácil, como si fuera obvio.

Me sudaron las palmas de las manos y se me apretó el pecho.

—No.

—Sí. —Vino a mi lado y metió todo el contenido de mi cajón de la ropa interior en la bolsa de basura. Me tragué el nudo que tenía en la garganta. Había pasado demasiados días de niña echando mis cosas en bolsas de basura cuando tenía que mudarme a un nuevo hogar de acogida.

Intenté quitarle la bolsa, no obstante, me agarró la mano y me besó la palma.

—Tenemos que irnos. Hay… —Apretó la mandíbula y no me miró a los ojos—. Ya no estás a salvo aquí, y es por mi culpa, maldita sea. Mi apartamento es seguro y yo estaré allí para cuidarte.

Mi garganta estaba tan apretada que apenas podía formar las palabras. No entendía por qué mi apartamento no era seguro, aun así, no cambiaba la realidad.

—No puedo irme, Romeo.

—Claro que puedes. Tenemos que…

—No —dije más fuerte—. No puedo irme.

Su ceño se frunció y dejó caer la bolsa de basura para poder ponerme las manos encima.

—¿Qué quieres decir?

—Mi agorafobia —susurré.

Sus ojos se abrieron de par en par.

—¡Carajo! ¡Maldita sea! —Pasó su mano por su cabello—. Solo tenemos que meterte al auto y conduciremos hasta allá.

Negué con la cabeza.

—No puedo. —Mis respiraciones ya eran cada vez más entrecortadas, haciéndome sentir que respiraba a través de una pajilla—.

Estaré bien quedándome aquí. Juro que no volveré a lastimarme —musité.

No estaba segura de poder mantener esa promesa, desde luego no indefinidamente, pero no quería que Romeo se sintiera culpable.

—Tengo que decirte algo. —Me llevó hasta la cama y me sentó. Se quedó parado y empezó a caminar de un lado a otro—. Tengo un trabajo peligroso. —Se pasó la mano por el cabello, con movimientos agresivos.

Si bien había sido difícil imaginármelo en un trabajo de oficina, la confirmación de que me había mentido me cayó como una piedra en el estómago.

—¿Bueno? ¿Eres guardaespaldas o algo así?

—No. Bueno, sí, a veces. Pero hago más que eso. —Respiró profundamente—. Mi jefe es el jefe de la Mafia Italiana de New York.

Lo miré atentamente, esperando a que gritara ¡es broma! Me miró y había algo vulnerable en sus ojos.

—No estás bromeando.

Negó con la cabeza.

—¿La mafia de verdad existe?

—Sí, Ángel. Existe.

Romeo estaba delirando o era un mentiroso. «O está diciendo la verdad», me susurró una vocecita en el fondo de mi mente.

Apoyé mi cabeza en las manos. Hoy ya había sido demasiado. Ya no podía más.

—Digamos que te creo. ¿Por qué iba a ir contigo si eres de la mafia?

Dejó de caminar y me miró de frente.

—Porque algunos de nuestros rivales están vigilando este apartamento.

Todo en mi mundo se ralentizó.

—¿Qué?

—Intenté mantener mi distancia contigo. En serio, de verdad que lo intenté.

Por eso te mentí sobre estar fuera de la ciudad, porque te mereces algo mejor y quería mantenerte a salvo.

Pero es demasiado tarde, porque han pasado por este apartamento varias veces en la última hora.

—Se arrodilló ante mí y tomó mi cara con ambas manos—.

No puedo dejarte ir, Julieta. Perdona si eso me convierte en un desgraciado.

Intenté apartar las lágrimas de mis ojos, y aun así se derramaron.

—No llores. Demonios, no puedo soportarlo.

Romeo se sentó a mi lado y me atrajo hacia su regazo. En cuanto su calor me envolvió, se disipó parte de la ansiedad que sentía en el pecho.

Todavía me dolía el corazón por cómo me había tratado en la panadería, por cómo me había mirado como si no fuera nada.

—¿Los tipos con los que estabas?

—De la Mafia Serbia. Quieren formar una alianza con nosotros, pero no confío en ellos para nada. Lo siento mucho, nena. Fuiste muy valiente por ir a la panadería. No sabes las ganas que tenía de celebrarlo contigo.

Resoplé, secándome las lágrimas en su camisa ya húmeda. Se lo merecía.

—Todavía no estoy segura de creerte.

—No importa. —Me acarició el cabello con la mano—. Siempre y cuando estés dispuesta a venir conmigo.

—Romeo, realmente no creo…

—No, Julieta. La seguridad aquí es un asco. No puedo protegerte, aunque me mude aquí. —Sus dedos se clavaron en mis caderas.

—¿Por qué te mudarías aquí?

Me miró con severidad.

—No voy a dejarte sola. —Miró su teléfono, con la mandíbula desencajada—. Estás atascada conmigo ahora. Intenté mantenerme alejado para no meterte en mi mundo, pero soy demasiado egoísta y no puedo dejarte ir, maldita sea.

—No entiendo por qué —susurré—. No es como si esos tipos de la panadería estuvieran equivocados. Nada sobre nosotros indica que seamos el uno para el otro.

Romeo dejó escapar un sonido que únicamente podía describirse como un gruñido. Me agarró la barbilla y me obligó a mirarlo.

—Estaban tan equivocados que ni siquiera tiene gracia. Soy yo quien no te merece, y no quiero volver a escucharte sugerir lo contrario.

La intensidad de su voz me sobresaltó. Me recogió el cabello detrás de la oreja antes de inclinarse para besarme la frente, la nariz, cada mejilla y terminar con un suave beso en los labios.

¿Cuándo había sido la última vez que alguien me había querido así? ¿Que se había preocupado tanto por mi seguridad?

—¿Confiarás en mí, cariño? ¿Lo suficiente como para venir conmigo?

Probablemente estaba siendo estúpida. Nada de esto tenía sentido, pero la idea de enviar lejos a Romeo… no podía hacerlo.

—Por favor, no me rompas el corazón —musité.

—Está a salvo conmigo. —Me abrazó, y mis ojos se volvieron pesados por el cansancio—. Acaban de volver a conducir cerca. Tenemos que irnos ya. ¿Te ayudaría que te diera algo para dormirte y que no estuvieras despierta durante el trayecto hasta mi casa?

Me sobresalté y todo mi cuerpo se puso rígido mientras el pánico se apoderaba de mí.

Recuerdos borrosos de él tocándome, de despertarme y no saber dónde estaba, inundaron mi mente.

Me entraron unas náuseas tan fuertes y rápidas que me aparté de los brazos de Romeo.

Estaba claro que no se lo esperaba y me soltó.

Llegué al baño justo a tiempo para vomitar.

Sentí un zumbido agudo en los oídos y tardé en darme cuenta de que Romeo me frotaba la espalda y me hablaba.

—Estás bien. Estoy aquí. No dejaré que te pase nada.

—P-perdón —tartamudeé.

—No tienes nada de qué pedir perdón.

Escuché correr el agua y luego él estaba arrodillado a mi lado, limpiándome suavemente la cara con una toallita.

—Deja que te traiga agua.

Un minuto después volvió con un vaso. Me levanté con las piernas temblorosas, me ardía la cara de vergüenza mientras me enjuagaba la boca y me cepillaba rápidamente los dientes. Hacía mucho tiempo que no tenía una reacción tan extrema al trauma, pero hoy me sentía frágil.

Romeo me rodeó la cintura por detrás con los brazos y yo me incliné hacia él.

—No quiero que me den drogas.

Me abrazó más fuerte.

—Siento haberlo sugerido. Simplemente quiero facilitarte las cosas.

—La panadería fue el primer lugar nuevo al que he ido en dos años y no resultó tan bien.

—No estaba tratando de hacerlo sentir mal, mas su expresión era de pura culpa—.

La única forma en que fui capaz de hacerlo fue imaginarme que me estabas animando —añadí.

Deseé poder retractarme de las palabras tan pronto como las pronuncié.

Eran demasiado vulnerables, dejándome muy expuesta.

En su rostro se dibujó lo que únicamente podría describirse como una sonrisa arrogante.

—Así es, porque hasta tu subconsciente sabe que te protegeré.

Bajé la mirada.

—Tengo miedo.

—Lo sé, pero lo superaremos juntos. Mis soldados están colocados alrededor del edificio en este momento, y Angelo se encargará de llevarnos de vuelta.

—¿Quién es Angelo? —Mi cerebro se aferraba a detalles sin importancia porque la realidad era demasiado dura de afrontar.

—Es… un compañero de trabajo.

Oh, Dios, eso no fue muy convincente. ¿Angelo también era un mafioso?

Mis manos apretaron la camisa de Romeo. Me parecía imposible siquiera plantearme salir de mi apartamento, pero le creí cuando dijo que estaba en peligro.

Además, quería más para mi vida. Quizás este era el primer paso y tenía que ser lo bastante valiente para darlo.

Asentí y Romeo me mantuvo pegada a su lado mientras salíamos del baño. Me acomodó en la cama mientras hacía una llamada.

—Saldremos en cinco minutos. Ten el coche listo para irnos. —Hizo una pausa y se dirigió a mí—. ¿Te gustan los perros? —Asentí con la cabeza. ¿Qué clase de pregunta era esa?—. Perfecto —continuó. Luego frunció el ceño—. No es de tu maldita incumbencia. Nos vemos en cinco minutos.

Colgó.

—Muy bien, vamos a empacar el resto de tus cosas.

—¿Por qué me preguntaste por un perro?

—Ya lo verás.

Para cuando llegamos al vestíbulo, me costaba respirar. Aunque todavía estaba en mi zona segura, mi cuerpo sabía claramente que tenía planes de salir de ella y se resistía. No podía creer que fuera a ir a un lugar nuevo por segunda vez en el día.

Después de dos años estancada, era demasiado para mí.

Romeo puso las bolsas de basura llenas en el suelo y me estrechó entre sus brazos.

—Eres tan valiente.

No era verdad, sin embargo, me gustó que lo dijera. Me hundí en su abrazo, prácticamente colapsando en sus brazos. Mis extremidades parecían gelatina y las náuseas me revolvían el estómago.

—Angelo tiene el vehículo listo y está afuera —murmuró Romeo—. Déjame llevar tus cosas al coche y luego volveré por ti.

Apreté los dientes contra el quejido que bullía en mi garganta ante la idea de que me dejara aquí sola.

Me observó con preocupación.