Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 42 Romeo #2
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42 Romeo #2

—Por favor, Ángel. Por favor, dímelo. —Mis palabras eran crudas, raspando mi garganta.

—Sabes lo que pasó.

—Julieta.

—Bien, me lo hice a mí misma, ¿de acuerdo? —Forcejeó contra mi agarre, mas yo me limité a apretar los brazos, con las náuseas revolviéndome el estómago.

—¿Por qué?

—Porque estaba alterada y necesitaba dejar de sentir.

Apreté los ojos.

—Lo siento muchísimo. Todo es culpa mía.

Estaba tan jodidamente orgulloso de ti al verte en esa panadería.

—Me aparté para poder sostener su cara y mirarla a los ojos.

Tenía los ojos enrojecidos e hinchados de tanto llorar—.

No te conté todo sobre mí, y debí haberlo hecho.

Trabajo con gente peligrosa y no podía arriesgarme a que te vieran conmigo.

Nada de lo que dije fue cierto. Quería asesinarlos por lo que dijeron de ti.

—Dejó de luchar contra mí y permaneció en silencio—. Dime que me crees, Julieta, por favor.

Encogió los hombros.

—No tiene sentido que en verdad te guste.

—Antes de que pudiera discutir con ella, continuó—: Tú te ves así y yo simplemente soy una masa fea.

Tú tienes algún tipo de trabajo importante y yo trabajo en una librería y vivo en un apartamento de mierda.

Nuestras vidas no encajan, Romeo. ¡Ni siquiera sé tu verdadero nombre, maldita sea!

—gritó esa última parte mientras las lágrimas resbalaban por su cara, mezclándose con el agua.

Agarré sus hombros y la sacudí.

—¿Qué demonios? Tú. Lo eres. Todo. Bellísima, divertida y brillante. —Le aparté el cabello mojado del rostro—. Nunca me siento tan en paz o feliz como cuando estoy cerca de ti. Y Romeo es mi verdadero nombre. Nunca te mentí sobre eso.

—Mentiste sobre otras cosas.

—Lo sé. Perdóname. Te lo explicaré mejor una vez que te hayamos limpiado. Te lo prometo.

Nos moví para que el agua golpeara la parte superior de sus muslos, limpiando el resto de la sangre. Normalmente limpiaba mucha más sangre de mi propio cuerpo, ¿pero ver a Julieta marcada de rojo? Me estremeció hasta lo más profundo de mi ser.

Cuando el agua salió limpia, la abracé contra mi pecho.

—No soporto verte sufrir, no puedo imaginarme un mundo sin ti. Por favor, cariño, no vuelvas a hacerlo. Haré lo que sea para que dejes de sufrir así.

No tenía derecho a pedírselo, pero hablaba en serio cuando dije que haría cualquier cosa por ella.

Ella negó con la cabeza, con la cara aún pegada a mi pecho.

—No puedo.

Mis dedos se clavaron en su piel.

—Sí puedes. Lo sé…

—¡No puedo parar! —chilló, interrumpiéndome—. Lo he intentado, pero no puedo. Estoy rota y destruyo todo a mi alrededor. Hiciste bien en alejarte.

Se retorció contra mi agarre, sin embargo, la inmovilicé contra la pared de la ducha.

—¡No me iré, carajo! ¡Maldita sea, Julieta! No puedes hacer esto. No puedes hacerlo. —No recordaba la última vez que había llorado, mas en ese instante mis lágrimas se mezclaban con el agua—. Si necesitas liberar el dolor, hazlo conmigo.

—Lo siento. No puedo —sollozaba.

Encontré otra navaja de afeitar en un rincón de la ducha y vi rojo. La acerqué a mi propia piel y ella se estremeció.

—No. Más. Joder. Si necesitas cortar, córtame a mí.

Negó con la cabeza, y yo apreté la navaja en su mano.

—Hazlo.

—¡No, no puedo!

—¡Hazlo, Julieta! Puedo soportarlo. —Mi voz era probablemente lo suficientemente fuerte como para que se escuchara en todos los apartamentos de este edificio de mierda, incluso así no me importaba. Nada podía compararse a pensar que la había perdido para siempre.

Moví su mano para que la navaja quedara presionada contra mi pecho, exactamente en el mismo lugar en el que me había dibujado el tatuaje aquella primera noche.

—Córtame. Márcame.

Seguía negando con la cabeza, con lágrimas cayendo por su cara.

—No quiero lastimarte.

—¡Pensar en un mundo sin ti me lástima! —La agarré por la nuca y la atraje hacia mí para darle un beso desgarrador en el que descargué todo mi dolor y mi miedo.

Mi mano se dirigió a la suya y la llevé hasta mi piel, obligándola a deslizar la navaja por mi pecho.

Apenas sentí el ardor mientras la sangre brotaba.

Dejó escapar un quejido y soltó la navaja. Pasó su dedo por la sangre, con el labio inferior tembloroso.

—No mereces sufrir.

Lo que quedaba de mi destrozado corazón se rompió en pedazos.

—No sé quién te dijo que tú mereces sufrir, pero estaban equivocados. Te mereces todo lo bueno. Todo. Y voy a asegurarme de que lo tengas.

La abracé fuerte, con mis manos apretadas contra su espalda.

Al principio, Julieta se quedó con los brazos a los lados, pero luego, muy despacio, sus brazos rodearon mi cintura.

Nos aferramos el uno al otro con fuerza, como si intentáramos atraer al otro hacia nuestro propio cuerpo.

Todo mi mundo se redujo a ella, mi Julieta, y no importó que estuviéramos casi desnudos, o que el agua estuviera fría, o que estuviéramos en un baño de mierda.

Lo único que importaba era que estaba entre mis brazos y que no la dejaría ir.

Cuando empezó a temblar, cerré la llave del agua y la cubrí con una toalla desgastada.

—Tengo que examinarlas mejor —murmuré, besándole la parte superior de su cabeza. Se acurrucó sobre sí misma. Le levanté la barbilla y esperé a que me mirara.

—Puedo hacerlo yo sola —susurró.

Se me hizo un nudo en la garganta y negué con la cabeza.

—No, yo lo haré. —Necesitaba cuidarla de esta manera para asegurarme de que seguía aquí. Me puse la ropa, sin importarme que aún estuviera empapado, y la llevé al sofá.

—Voy a sangrar en él —indicó.

Como si eso importara. No iba a estar en este apartamento por mucho más tiempo. La empujé suavemente por los hombros y se sentó.

—¿Dónde está tu botiquín de primeros auxilios?

—Hay una pequeña cesta en el baño. —Parecía tan derrotada.

Aunque quería envolverla en mis brazos y decirle que todo estaría bien, no podía hacerlo todavía.

En vez de eso, agarré una manta de su cama y se la puse alrededor de los hombros antes de tomar la cesta de primeros auxilios.

No había mucho en ella, únicamente unas curitas, crema antiséptica y gasas.

Volví junto a Julieta y me arrodillé frente a ella para quitarle la toalla de las piernas.

Intenté que estuviera lo más tapada posible, no necesitaba que le mirara el coño cuando estaba vulnerable, pero no podía fingir que no lo había visto cuando la toalla se movió y que no era la imagen más perfecta del mundo.

Mis ojos se fijaron en las líneas rojas intensas de la parte superior de sus muslos.

Parpadeé, intentando comprender lo que estaba viendo.

Porque debajo de los cortes recientes había líneas y líneas de cicatrices.

Docenas de líneas de color blanco pálido marcaban sus muslos.

Se me cortó la respiración al recorrerlas con mis dedos.

—Por esto querías las luces apagadas. —La primera vez que tuvimos sexo, pensé que le daba vergüenza que la viera desnuda. Nunca imaginé…

Asintió.

—No quería que las vieras. Sé que son feas y entiendo si todo esto es demasiado…

Se quedó callada cuando envolví mis brazos alrededor de su cintura y apoyé mi cabeza en su regazo.

—Nada podría hacerte fea. —Besé sus muslos de arriba a abajo, con su sangre marcando mis labios.

Me pasaría el resto de mi vida besando cada una de sus cicatrices y compensando cada desdicha que había experimentado.

Presioné con un beso más el corte más grande antes de sentarme y limpiarlos.

Julieta no se inmutó ni se quejó durante todo el proceso, y yo casi quería que lo hiciera.

Quería que confiara en mí lo suficiente como para mostrarme su dolor.

Le puse el último vendaje y le apreté la pantorrilla.

—Vamos a vestirte.

—Espera. —Agarró mi muñeca—. Déjame. —Señaló el corte poco profundo de mi pectoral. Ya había dejado de sangrar.

Tragué con dificultad mientras me lo limpiaba, con delicadeza y con mucho cuidado al mismo tiempo.

No era raro que me hirieran. Mi cuerpo estaba lleno de cicatrices y heridas de bala, pero nunca les había prestado mucha atención.

La forma en que Julieta me cuidaba me hizo sentir una calidez en el pecho.

—Gracias, cariño —pronuncié cuando terminó.

La observé atentamente mientras se levantaba del sofá.

Seguía pálida y no me gustaba cómo se tambaleaba.

Necesitaba comida, agua y muchos cuidados.

Todo eso se lo daría en mi apartamento, donde estaríamos a salvo.

La acurruqué a mi lado y la acerqué a una cómoda destartalada.

Abrí el cajón superior y me encontré con una explosión de encaje. La lencería que le había regalado.

—Umm, ese no. —Julieta intentó cerrar el cajón, sin embargo, aparté sus manos.

—¿Quieres andar sin ropa interior?

Frunció el ceño.

—No. Solo… ve allá. —Señaló la cama a medio metro de distancia—. Puedo vestirme sola.

—Eres tan adorable. —Le besé la frente—. ¿Dónde guardas tu maleta?