Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 42 Romeo
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42 Romeo

ROMEO

Entré con los serbios a Nocturne, un exclusivo club sexual del Upper West Side que pertenecía a la Familia. Era temprano por la noche, por lo que aún estaba tranquilo, aunque ya había varias parejas junto al bar y meseras con el torso desnudo sirviendo tragos por el salón.

Nos acomodamos en una cabina de la esquina. Vlad y Dragan intentaban ocultar una mirada de asombro tras una expresión indiferente.

Dragan se inclinó hacia nosotros.

—Este es exactamente el tipo de lugar en el que podríamos encontrar clientes. Incluso podríamos realizar aquí las subastas de arte.

—Las hemos celebrado en clubes similares de Europa. Claro que les daríamos una parte de las ganancias a cambio del uso de las rutas comerciales y el espacio.

Mi mente divagaba mientras los dos hombres me explicaban los detalles del tráfico de arte en el mercado negro, y prácticamente podía sentir el peso de la desaprobación de Matteo ante mi falta de atención.

No necesitábamos a los serbios como aliados, pero su comercio de arte sería una forma de conseguir dinero extra, y era estúpido hacer enemigos cuando no era necesario.

Sin embargo, en este momento, nada importaba más que arreglar las lágrimas en el rostro de mi chica.

Tenía que ir a verla, pero estaba atrapado aquí, maldita sea. La reunión se alargó, y con cada minuto que pasaba, sentía que Julieta se alejaba cada vez más. Permanecer sentado en lugar de correr tras ella fue una de las cosas más difíciles que jamás había hecho.

Una mesera se acercó a nuestra mesa, una rubia que tenía puesto un corsé bajo el pecho. Los serbios se inclinaron hacia ella, cautivados por sus curvas y su sonrisa, pero en ese instante solo había una mujer a la que quería ver.

Perdería a Julieta si no le explicaba mi comportamiento en la panadería, no obstante, eso significaba contárselo todo, y eso podría significar perderla de todos modos.

Mi teléfono vibró en mi bolsillo y lo saqué torpemente, esperando contra todas las posibilidades que Julieta me estuviera llamando. Se me encogió el corazón cuando vi que era Sienna. Los serbios seguían ocupados con la rubia, así que contesté por si necesitaba algo.

—Romeo. —Su tono intenso me puso nervioso inmediatamente.

—¿Qué?

—Los albaneses acaban de pasar por el apartamento de Julieta.

El mundo se detuvo.

—¿Estás segura de que eran ellos?

—Tengo una lista de sus matrículas, al menos las que hemos identificado, de Franco. No sé quién está en el auto, pero es su vehículo.

Me levanté y salí de la cabina. Los serbios me miraron confundidos.

—Debo marcharme. Por favor, disfruten de la velada.

Me di la vuelta antes de que pudieran responder y me abrí paso entre la creciente multitud hacia la puerta.

—¿Cuándo pasaron?

—Hace dos minutos. Hasta ahora no han vuelto. Los estoy rastreando por la ciudad.

—Voy para allá. Llámame si hay novedades. —Colgué y le hice un gesto a Alessandro, que estaba vigilando en el extremo de la habitación—. Tengo que irme —informé—. Vigila a los putos serbios. Aunque los necesitamos contentos, no permitas que hagan estupideces.

Alessandro frunció el ceño.

—¿Adónde vas?

Yo ya estaba a medio camino de la puerta.

—Solo vigílalos.

Levantó la barbilla y me fui.

Conduje como un loco por Manhattan, sin importarme una mierda los neoyorquinos enfurecidos que me tocaban el claxon de camino al apartamento de mierda de Julieta.

¿Por qué no la había llevado ya a un lugar mejor?

¿Por qué no había asignado hombres para vigilarla?

Claro, porque tenía la absurda idea de que debía alejarme de ella, de que mi distancia la mantendría a salvo.

Ya era demasiado tarde para eso, maldición. No sabía cómo la habían encontrado los albaneses, pero sí sabía lo que les haría una vez que los encontrara. El monstruo en mi interior me incitaba a cazarlos, abrirles el estómago, llenarlos de gasolina y quemarlos desde las entrañas.

Era culpa mía que ella estuviera en peligro. El día de hoy me había recordado lo diferentes que eran nuestros mundos y lo que le costaría formar parte del mío. Su vida sería mejor sin mí, y si fuera un mejor hombre, me habría mantenido alejado después de aquella primera noche en la librería.

Pero no lo había hecho.

No pude.

Maldije cuando un mensaje de texto apareció en la pantalla de mi teléfono.

Sienna

Los albaneses pasaron por segunda vez. Redujeron la velocidad, pero no se detuvieron.

Angelo y los demás refuerzos van en camino.

Me estacioné descuidadamente en el lugar más cercano que pude encontrar fuera del apartamento de Julieta y cerré la puerta del coche detrás de mí. Para cuando me detuve frente a su puerta, me había quedado sin aliento. Me detuve un segundo, intentando pensar qué demonios iba a decirle.

Siento haberte mentido y rechazado. Oh, y, además, tenemos que irnos ahora mismo porque unos tratantes de blancas están pasando frente a tu apartamento, probablemente con la intención de secuestrarte para chantajearme.

Dios, era un imbécil inútil. ¿Cómo había podido ponerla en esta situación tan peligrosa?

Levanté la mano y toqué la puerta.

No hubo respuesta.

Volví a tocar, esta vez con más fuerza.

Como seguía sin obtener respuesta, la llamé por teléfono y me contestó el buzón de voz.

Volví a llamar.

Con cada minuto que pasaba, aumentaba la sensación en mi pecho que me decía que algo estaba muy mal. ¿Ya habían entrado los albaneses? ¿O Julieta me estaba ignorando por como la había tratado?

Golpeé la puerta con más fuerza.

—¡Julieta, abre la puerta!

El sudor me resbalaba por la espalda. Tenía que entrar ahí de una puta vez.

Agarré el picaporte y golpeé la puerta con el hombro. Lo único bueno de la construcción de mierda de este edificio fue que cedió al primer intento, se formó una gran grieta en el centro y se soltó parte del llavín.

—¿Julieta? —El corazón me latía con fuerza mientras recorría el apartamento con la mirada. La pequeña cama de la esquina. El sofá desgastado. La pequeña silla de madera frente a la mesa plegable en la que había dos controles de Mario Kart.

Vacío.

Qué idiota fui, mierda. Derribar su puerta cuando ni siquiera estaba aquí.

¿Estaba en la librería? Hoy estaba cerrada, pero debía de estar allí.

Saqué mi teléfono y le envié un mensaje a un tipo de la Familia que se encargaba de nuestras reparaciones, enviándole los detalles para que viniera a reemplazar toda la puerta principal, de preferencia con algo a prueba de balas.

Angelo y los otros chicos que venían en camino podían quedarse aquí por si los albaneses entraban mientras yo iba a la librería.

Estaba a punto de salir del apartamento cuando sentí una punzada en la nuca y una lenta sensación de malestar me entró por el estómago.

Me di la vuelta, mirando hacia la habitación vacía, pero mis ojos se fijaron en la puerta cerrada a mi derecha.

Antes de darme cuenta de lo que hacía, crucé el pequeño apartamento y abrí de golpe la puerta del baño.

La imagen que vi se grabaría en mi memoria para siempre.

Mi chica, sentada en el piso del baño en un charco de su propia sangre.

—¡Julieta! —grité.

«No, no, no». No podía estar muerta, no podía.

Caí de rodillas, sin importarme que la sangre empapara mis pantalones.

—¡Julieta! —Le sacudí los hombros y sus ojos parpadearon.

—¿Romeo? —Le temblaba el labio inferior—. Vete de aquí. No te quiero aquí.

—Oh, gracias a Dios. —La estreché, abrazándola. Si estaba enfadada conmigo, eso significaba que aún respiraba.

Vi hacia abajo y me di cuenta de que la sangre brotaba de una serie de cortes en sus muslos.

El sangrado había cesado en su mayor parte, pero uno de los cortes era más profundo que los demás y no dejaba de gotear sangre al suelo.

Maldije y agarré un poco de papel higiénico para presionarlo sobre el corte.

—¿Qué pasó, Ángel?

Julieta se inclinó hacia atrás, su cabeza golpeando la pared mientras cerraba los ojos.

—No, nena, necesito que te mantengas despierta para mí. —Afortunadamente, cada vez sangraba menos—. ¿Cómo sucedió esto?

Mi cerebro estaba aletargado por el pánico, mi estómago revuelto por las náuseas.

—¿Por qué estás aquí? —Parecía agotada.

—Estaba preocupado por ti. —Tragué saliva mientras limpiaba los cortes y presionaba el más profundo—. Lamento haberte dicho que estaba fuera de la ciudad y siento mucho lo que dije en la panadería. Los hombres con los que estaba… no podía dejar que supieran que me importas.

—Yo no te importo.

Agarré su nuca con fuerza.

—No digas eso. —Mi voz era áspera, desesperada. Apoyé mi frente contra la suya—. Por favor, nunca jamás digas eso, Julieta. No puedo soportarlo.

Volvió a cerrar los ojos.

—No entiendo lo que está pasando. Quizá me morí.

Mi pecho se contrajo y un sonido estrangulado salió de mi boca.

—No morirás. No lo permitiré.

Miré alrededor del pequeño baño, intentando pensar qué hacer. ¿Necesitaba llevarla al hospital? Sabía que cada minuto que pasaba los albaneses estaban más cerca.

Le envié un mensaje con el número del apartamento a Angelo, diciéndole que nos protegiera hasta que pudiéramos irnos.

Mi pecho se alivió ligeramente una vez que todos los cortes dejaron de sangrar.

—Vamos a meterte en la ducha —murmuré.

Abrí el agua caliente, esperando estar haciendo lo correcto. Julieta ya estaba casi desnuda, con el sostén y la ropa interior. Me quité la ropa y me quedé con los bóxers puestos.

—Ven aquí. —La rodeé con los brazos y la levanté del piso. Me rodeó el cuello con los brazos y soltó un gemido—. Estás bien. Solucionaremos esto.

El agua ya estaba caliente, así que la metí en la ducha. Era pequeña, pero eso no importaba. No quería que hubiera espacio entre nosotros de todos modos.

Julieta apoyó su mejilla en mi pecho y dejó escapar un suspiro estremecedor. Me aferré a ella, meciéndola suavemente mientras el agua caliente nos golpeaba.

—¿Qué pasó? —No se me ocurría nada que pudiera provocar cortes así, excepto una cosa, y mi mente no me dejaba creerlo.

—No quiero decírtelo.

Apreté mi cara contra su cabello.