33 Julieta
JULIETA
—Mantén presionado este botón para recoger objetos corriendo hacia ellos. Si consigues caparazones, puedes quedártelos para protegerte o lanzárselos a alguien. Creo que eso es todo. Lo irás entendiendo a medida que avancemos.
Yoshi daba golpes con su coche en mi pantalla mientras Baby Peach gritaba cosas en la de Romeo.
Sí. Baby Peach.
—¡Allá vamos!
Empezó la cuenta regresiva en mi pantalla y me puse a tantear con el control. Nunca había tenido acceso a los videojuegos durante mi infancia; una de mis familias adoptivas había tenido un PlayStation, pero nunca me habían dejado usarlo.
La carrera empezó, sin embargo, mi coche se paró dejándome atascada en la línea de salida.
—¡¿Qué pasó?! —exclamé, volviendo a presionar el botón. Mi coche por fin se puso en marcha—. Todos van más adelantados que yo. —Mi labio se levantó involuntariamente en un puchero mientras mi espíritu competitivo se apoderaba de mí.
—Los destruiré por ti —aseguró Romeo.
Lo miré, sorprendida por la intensidad de su voz.
—Mantén los ojos en la pantalla, nena. Tienes que cazarlos.
No pude evitar sonreír mientras navegaba por las praderas de Moo Moo.
—¡No! ¡Le pegué a una vaca! —chillé mientras giraba el control para desviarme.
—¡Toma eso! —gritó Romeo mientras disparaba caparazones de tortuga a todos a su alrededor—. Ya casi llegas. —Me dio un golpecito en el hombro—. ¡Vamos, vamos, vamos!
Dejé escapar un chillido cuando la línea de meta estuvo a la vista. Esquivé una última vaca y vencí por poco a la princesa Peach, quedando en onceavo lugar.
Romeo sonrió.
—Ya irás aprendiendo. Probemos otra pista.
Dos horas más tarde, me levanté de un salto del sofá, con los brazos en alto en señal de victoria.
—¡Toma eso! Te derroté por completo.
Romeo celebró mientras se levantaba y me agarraba por la cintura, haciéndome girar alrededor de la pequeña habitación.
—Lo lograste. Increíble. Nunca había visto tanta destreza, tanto talento natural para Mario Kart.
Resoplé. Era un fanfarrón. La única razón por la que había ganado era porque él había saboteado a mi rival, pero no me importaba. Esta era la mejor Navidad que podía recordar.
Romeo dejó de girar y me bajó lentamente al suelo, pero mantuvo sus brazos firmemente alrededor de mi cintura.
Se me cortó la respiración cuando me encontré con su mirada acalorada, con todas las terminaciones nerviosas electrizadas por su cercanía.
Levanté la cara y entonces sus labios estaban sobre los míos.
Este beso fue aún más intenso y posesivo que el que habíamos compartido en la tienda.
Sus manos acunaron mi mandíbula y sus dedos se enredaron en mi cabello.
—Maldición, Julieta. Eres tan linda. Tan perfecta.
La presión de sus labios me impidió discutir con él. Estaba tan lejos de ser perfecta, pero en sus brazos, casi le creía.
Sus manos recorrieron mi cuerpo hasta que me acarició el trasero, apretando su dura longitud contra mi centro. Rompió el beso soltando una maldición y se sentó en el sofá, guiándome para que me sentara a horcajadas sobre él.
—Eso es, Stellina. Aprieta ese coñito ardiente contra mi polla.
Mis mejillas enrojecieron. Madre mía, eso sí que era hablar sucio a otro nivel. No sabía lo que estaba haciendo, pero moví las caderas por el deseo desesperado de complacerlo.
—Lo estás haciendo muy bien. Úsame. Haz lo que te haga sentir bien.
Era una oferta peligrosa. ¿No entendía lo obsesionada que estaba con él? ¿Cuánto había fantaseado con este momento?
Me agarré de sus hombros para hacer palanca mientras intentaba crear un ritmo. Incluso a través de la ropa, la presión sobre mi clítoris me producía chispas de placer.
—¡Romeo! —Jadeé.
—Mi Julieta.
Nuestros ojos se clavaron el uno en el otro y me armé de valor para acariciar su cabello. Era tan suave. Se inclinó hacia mí y me besó la palma de la mano.
Sus dedos se clavaron en mis caderas y luego una mano se introdujo bajo mi camisa, recorriéndome la espalda.
Me estremecí.
—¿Quieres ir más lejos?
Asentí. Había estado pensando en esto, fantaseando con esto. Quería borrar todos los malos recuerdos y sustituirlos por los de Romeo.
Me apretó más fuerte.
—Necesito escucharte decirlo.
—Quiero más —suspiré.
—Buena chica. Pero si vamos a seguir, voy a necesitar que apaguemos la televisión porque no voy a follarte con la música de Mario Kart de fondo.
Solté una carcajada y él se me unió, estrechándome contra su pecho mientras ambos temblábamos.
—Sería memorable —bromeé.
—Como si pudiera olvidar esto.
Su tono era tan sincero que me dejó sin aliento. Antes de que pudiera expresar algo, me agarró por detrás de los muslos y se levantó del sofá, haciéndome soltar un chillido.
—¡Bájame! —exigí, con los brazos y las piernas apretados alrededor de él.
—Nah, no lo creo. Me gusta tenerte así. —Me sacudió entre sus brazos, lo que hizo que mi coño se humedeciera aún más al rozarse con su polla.
Romeo utilizó sus brazos musculosos cuando, de alguna manera, se agachó y tomó el control remoto de la televisión.
Solté otro chillido, aferrándome a su cuerpo, convencida de que iba a dejarme caer.
Pero me quedé bien sujeta a sus brazos mientras apagaba la televisión antes de tomar tres pasos hasta llegar a mi cama.
Se sentó conmigo a horcajadas.
Romeo estaba en mi cama. La cama diminuta que me había regalado una organización benéfica para niños necesitados. No podía entender cómo este hombre estaba aquí, cuando su mundo y el mío podían chocar, pero aquí estaba. Mirándome como si yo fuera algo especial.
—Eres tan hermosa. —Sus dedos jalaron la parte inferior de mi sudadera y me la quitó, dejándome en mi camiseta de tirantes negra. Sonrió con satisfacción y su mano se posó inmediatamente en mi pecho—. Carajo, sabía que no tenías puesto un sostén. Eres tan sexy.
Jaló la parte inferior de mi camiseta de tirantes y levanté los brazos.
No es como si él no supiera cómo era mi cuerpo, pero sentada aquí, con todos mis rollitos al descubierto, me dieron ganas de correr y esconderme.
Entonces vi la mirada ardiente en sus ojos, sentí la forma reverente y desesperada en que sus manos recorrían mis costados.
Soltó un gruñido, se inclinó hacia adelante, metió mi pezón en su boca y chupó con fuerza.
Me arqueé hacia él con un pequeño grito.
—Eso es, dulzura. Déjate llevar.
Se llevó el otro pezón a la boca y lo mordisqueó suavemente.
El dolor fue directo a mi clítoris y volví a apretarme contra él, deseando desesperadamente que no hubiera capas de ropa entre nosotros.
Mis manos tímidas se introdujeron bajo su camisa.
Me ayudó a quitársela, revelando un pecho dorado y musculoso.
Mis senos se apretaron contra su piel desnuda, y su calor me produjo escalofríos y me endureció los pezones.
Su boca subió por mi cuerpo hasta acunarme la cabeza y besarme los labios. Era tan cálido que contrastaba con la corriente de aire frío que se filtraba por las ventanas.
Dejé escapar un gemido involuntario cuando me puso boca arriba. Sus manos estaban en mi cintura y me quedé helada, sabiendo el montón de cicatrices que encontraría si continuaba.
—Espera.
Romeo se detuvo inmediatamente, sus manos yendo a mis caderas y apretando.
—¿Podemos…? —Me aclaré la garganta, tratando de encontrar mis palabras—. ¿Puedes apagar las luces?
Sus manos se flexionaron contra mi piel y se movió sobre mí para que su cara quedara a la altura de la mía.
—Quiero verte. —Su voz era intensa y, por primera vez en mucho tiempo, quizá quería que me vieran. Pero el riesgo era demasiado grande en ese momento. Si veía mis cicatrices, ¿le daría asco?
—Por favor —susurré.
Su mandíbula se desencajó.
—Si es lo que necesitas. Pero la próxima vez, quiero verte. —Su expresión era severa y asentí. Me recorrió un estremecimiento de ansiedad y excitación, ansiedad ante la idea de que Romeo me viera por completo y excitación porque había dicho la próxima vez.
La habitación quedó a oscuras cuando apagó las luces y volvió a la cama.
Era mejor, más seguro, pero lamenté no poder verlo más.
La tenue luz de la luna que entraba por la ventana iluminaba su enorme cuerpo.
Me bajó el pantalón deportivo y subió las manos por mi piel desnuda hasta llegar a mis bragas.
Apretó la cara contra ellas e inhaló con un gruñido.
—Hueles tan jodidamente bien. —Sus palabras disiparon toda mi ansiedad por tener su rostro allí, y gemí mientras me mojaba aún más.
Me dio besos ardientes en el interior de los muslos hasta que le pedí más.
—Esa es mi chica. Tan ávida de mis caricias.
No dudó en bajarme la ropa interior, dejándome desnuda.
Inhalé bruscamente, con mi corazón palpitando con fuerza al estar tan expuesta.
Un hilo de pánico me recorrió el pecho y me obligué a mantener una respiración tranquila.
Pero entonces él levantó la mano, deslizándola por mi cuerpo, y mi tensión se disipó.
Era Romeo.
No sabía lo que significaba para él nuestra relación, pero era amable y parecía que yo le importaba de verdad. Era seguro. Yo quería esto.
Su lengua suave y húmeda se deslizó por mi coño y jadeé ante la sensación. Nunca había experimentado esto antes y diablos, me lo había estado perdiendo. Aunque en el fondo sabía que la razón por la que era tan bueno era que se trataba de Romeo.
—Tan jodidamente dulce —gruñó.
Gimoteé mientras él continuaba, su lengua rodeando mi clítoris y aumentando mi placer.
—Romeo. —Casi grité cuando su dedo grueso entró en mí.
Maldijo.
—Me encanta escucharte gritar mi nombre. —Volvió a zambullirse, esta vez chupándome el clítoris mientras metía y sacaba el dedo. Me tensé un poco cuando puso otro dedo en mi entrada, pero una oleada de placer de mi clítoris me ayudó a relajarme mientras él introducía el segundo dedo dentro de mí.
Se sentía tan bien y las oleadas de placer iban en aumento, aunque no conseguía correrme. Incluso cuando utilizaba mi vibrador, me podía llevar mucho tiempo.
—Lo siento —solté después de unos minutos.