Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 33 Julieta #2
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33 Julieta #2

Romeo apartó sus labios con un ruido de disgusto.

—¿Lo sientes? ¿Por qué?

—Por tardar tanto. No tienes que, umm, seguir si estás… —Me quedé a medias.

—Si estoy ¿qué?

—Aburrido —repliqué.

Me puse tensa cuando él subió por mi cuerpo. Aunque le había dicho que podía parar, sentí una punzada de decepción al ver que quería hacerlo.

Su rostro se posó sobre el mío, envuelto en oscuridad.

—Necesito que me escuches, Julieta. El día que me aburra de comerme tu dulce coño… bueno, puedes pegarme un tiro en la cabeza.

—¿Qué? —resollé.

Se rio entre dientes.

—Lo que quiero decir es que eso nunca va a ocurrir, Ángel. No me importa si me lleva toda la puta noche. Te arrancaré un orgasmo. —Arrastró su nariz por un costado de mi cara—. Múltiples orgasmos.

Empecé a discutir, pero me interrumpió con un beso. Podía saborearme en sus labios y me gustó. Su seguridad me invadió, aliviando la tensión incómoda de mi pecho.

—Ahora, me estás distrayendo de mi golosina, así que a menos que tengas alguna objeción de verdad, voy a seguir.

Mis dedos rozaron la barba incipiente de su cara.

—Ninguna objeción.

Me besó de nuevo.

—Esa es mi buena chica.

Esta vez, cuando empezó a lamerme de nuevo, me relajé. Se me cerraron los ojos. Romeo estaba en todas partes: su mano apretándome la cadera, su aliento acariciando mi sexo, sus dedos dentro de mí.

Mi placer se convirtió en una ola. Romeo me abrió las piernas y me estremecí al ver cómo tomaba el control y me movía hacia donde él quería.

Su mano firme subió por mi cuerpo hasta apretarme el pecho.

Cuando me pellizcó el pezón y me chupó el clítoris al mismo tiempo, me corrí.

Lo repentino del orgasmo me dejó sin aliento.

Unos quejidos involuntarios se deslizaron por mis labios mientras el orgasmo se prolongaba más que cualquiera de los que había experimentado.

Cuando me derrumbé sin fuerzas contra el colchón, Romeo retiró sus dedos de mí y me dio una última lamida.

—Lo hiciste muy bien, preciosa. Mira cómo te derrumbaste por mí.

Me estrechó entre sus brazos, su mano recorrió mi espalda de arriba a abajo como si supiera que necesitaba su cercanía y que me reconfortara.

Mi primer orgasmo a manos de otra persona, aunque él no lo sabía. No quería desanimarlo con lo inexperta que era, así que me aferré a él con más fuerza, deseando poder meterme dentro de su cuerpo para estar aún más cerca. Sus brazos gruesos me sujetaron firmemente, protegiéndome del mundo.

—Gracias —susurré. Me parecía una tontería decirlo, no obstante, rebosaba de gratitud hacia él por estar aquí, por salvarme de mi soledad, por preocuparse por mi placer.

—Oh, Julieta. Nunca tienes que agradecerme por eso. De hecho, deberías exigirlo como la reina que eres.

Apreté mi sonrisa contra su garganta.

—Deja de ser tan ridículo.

Rodó sobre mí.

—Hablo muy en serio. Estoy a tu merced. —El peso de su cuerpo presionó el mío contra el colchón, haciéndome temblar.

No pude evitar arquearme contra él. Probablemente estaba dejando una mancha húmeda en sus pantalones, pero no me importaba.

Quería que se los quitara—. Completa y absolutamente a tu merced —gruñó, apretando su dura polla contra mí.

—Entonces quítatelos. —Si bien mis palabras parecieron más una tímida sugerencia que una orden, Romeo respondió besándome profundamente.

—Tus deseos son órdenes.

Cuando volvió a acomodarse sobre mí, fue su turno de dejar una mancha húmeda al derramar semen sobre mi vientre.

Ahora deseaba que las luces estuvieran encendidas para poder verlo desnudo.

Invadida por la curiosidad, no pude evitar meter la mano entre nosotros y rodear su dura longitud con mis dedos.

O casi, porque era enorme, mucho más grande que el vibrador que utilizaba.

Deslicé la mano por su piel suave y cálida.

—Joder, nena. Así. —Romeo embistió mi mano y mis dedos rozaron algo duro en la cabeza de su polla. Me quedé paralizada. Estaba bastante segura de que no me lo había imaginado.

—Umm…

Se rio.

—Adelante, siéntelo.

Moví la mano hasta que mis dedos rozaron dos pequeñas bolas de metal.

—¿Tienes un piercing? —chillé.

—Mmm. —Pasó sus labios por un lado de mi cara—. Te prometo que se sentirá bien.

—Ni siquiera estoy segura de que vaya a caber.

—Oh, Julieta, ¿acaso no lo sabes todavía? Fuiste hecha para mí.

Me sentí como masilla en sus manos mientras la cabeza de su polla acariciaba mi entrada. Esperaba que presionara, pero en vez de eso se quedó inmóvil sobre mí y maldijo.

—Mierda, no tengo condón.

Parpadeé. Cierto, debería haber pensado en eso.

—Yo tampoco.

—¿Tomas anticonceptivos?

—Tengo un DIU.

—Me hice todos los análisis y di negativo. Siempre he usado condón.

Lo responsable sería parar y esperar hasta que tuviéramos protección, pero sentía que moriría si él no estaba dentro de mí en los próximos treinta segundos.

—Está bien —contesté.

—¿Bien?

—Te quiero dentro de mí.

Soltó un quejido y sentí que se estiraba mi entrada cuando introdujo el primer centímetro. Romeo acarició mi cabello con sus dedos mientras mis músculos se contraían.

—Shhh, no hay nada de qué preocuparse. —Su pulgar presionó mi clítoris—. Estás empapada para mí. Voy a deslizarme dentro de tu pequeño y necesitado coño, y llenarte. Voy a hacer que te corras tan fuerte.

Siguió jugando conmigo, sus dedos rozando mi clítoris, hasta que mis músculos se liberaron.

—Eso es, esa es mi buena chica. Lo estás haciendo muy bien para mí.

—Metió otro centímetro y sus labios estaban contra los míos, tragándose mi quejido—.

Te sientes tan jodidamente bien. —Sus caderas se flexionaron, presionando aún más.

Cada movimiento hacía que me recorrieran pequeñas descargas de dolor y placer.

Ya me sentía tan llena que no sabía cómo iba a caber más.

Su nariz recorrió mi mejilla y besó una línea de mi mandíbula.

—¿Estás bien? —Su voz y sus músculos estaban tensos, como si le costara un enorme esfuerzo contenerse.

—Ya estoy muy llena. —Jadeé.

Su risita vibró en mi interior.

—Eres buena para mi ego. —Su mano acunó mi cadera, empujando mi pierna más arriba y abriéndome más. Con una última y firme embestida, me penetró hasta el fondo.

Grité, y un rayo de dolor se unió al placer del estiramiento. Me quedé tumbada, respirando con dificultad, hasta que me di cuenta de que Romeo murmuraba elogios. Tenía su cara pegada a la mía y sus labios rozaban mi oreja.

—Lo siento, preciosa. Estás bien. Lo estás haciendo muy bien. Me tomaste hasta el fondo dentro de ti como una chica tan buena.

Esperé el pánico, que mi cuerpo interpretara estas sensaciones como una violación, pero nunca llegó. Rodeé a Romeo con los brazos y apoyé mi cara en su cuello, respirándolo. De algún modo, mi cuerpo sabía que estaba a salvo con él.

—¿Es tu primera vez? —murmuró.

Mantuve mi cara donde estaba, negándome a mirarlo.

—No.

—De acuerdo, nena. —Me besó la mejilla—. Relájate y deja que te haga sentir bien. —La sacó casi por completo y volvió a meterla.

Esta vez, fue puro placer y no pude contener mi grito.

—¡Oh, Dios mío! —Me agarré a sus hombros mientras él seguía empujando con fuerza y su mano presionaba mi clítoris todo el tiempo. Su piercing me hizo sentir una descarga de placer y solté un fuerte gemido. Me tapé la boca con la mano mientras mis mejillas enrojecían de vergüenza.

Ni en un millón de años pensé que gritaría durante el sexo. Yo, la persona que intentaba encogerse para ocupar el menor espacio posible. Pero Romeo me arrancaba fuertes gemidos, haciéndome entender los ruidos que a menudo escuchaba a través de las paredes delgadas como el papel del apartamento.

—¡No! —demandó apartando mi mano—. Quiero escucharlo todo. Cada uno de esos sonidos me pertenece.

Tocó un punto dentro de mí que me hizo gritar de nuevo.

—Alguien escuchará —gimoteé.

—Bien. Entonces sabrán que eres toda mía.

¿Se refería a esta noche o a algo más?

Me di cuenta de lo metida que estaba en esto. Cada mensaje de texto y cada llamada nocturna habían tejido una tupida red dorada a mi alrededor, atándome a este hombre por el que haría cualquier cosa.

Cualquier cosa por más de este sentimiento.

De sentirme cuidada.

Casi se sentía como ser amada, y había olvidado cómo era eso.

—Joder, Julieta. Tienes que correrte, Ángel. No voy a poder aguantar mucho más.

Mi piel se electrizó, el roce de su piel contra la mía demasiado y no lo suficiente al mismo tiempo.

—No puedo —solté. Nunca me había corrido dos veces seguidas.

—Sí puedes, carajo. —Me mordió el labio y su verga me penetró aún más de lo que creía posible—. Dame otro, preciosa.

Sus dedos hábiles rodearon mi clítoris. Me temblaron las piernas y un relámpago de placer me recorrió el estómago hasta que me corrí y el orgasmo me dejó sin aliento.

Instantes después, Romeo soltó un gemido y su cuerpo se puso rígido sobre el mío.

Hundió su cara en mi cabello, nuestras respiraciones entrecortadas eran el único sonido que llenaba la habitación.

Lo rodeé con mis brazos y piernas, no quería que hubiera distancia entre nosotros. Mi pecho se arremolinaba con oleadas de emoción y luché contra las lágrimas de agobio.

Romeo nos hizo rodar de modo que yo quedé encima de él, con su polla suavizándose y todavía imposiblemente grande dentro de mí. Intenté apartarme de él, pero sus manos me sujetaron los muslos.

—Por favor, déjame abrazarte aquí, solo unos minutos.

Una corriente interna de ansiedad e inquietud recorrió mi cuerpo, pero la alejé, desesperada por disfrutar de este momento. Volví a acurrucarme en su pecho, fundiéndome con él mientras sus dedos trazaban pequeños círculos relajantes sobre mis muslos y mi trasero.