32 Romeo
ROMEO
El día de Navidad había sido tranquilo para mí desde que murió mi padre y mi madre se mudó a Italia.
Matteo, Sienna y yo solíamos comer comida china a domicilio y ver películas de mierda.
Pero este año era diferente ahora que Matteo estaba casado.
Sofiya tampoco había tenido nunca una Navidad feliz en familia, así que nos había reclutado para hacer de hoy una gran celebración.
Había comida, juegos y suéteres horribles que nos había hecho.
Debería haber sido un día perfecto con mi familia, sin embargo, me dolía el corazón por la ausencia de Julieta.
Le había mandado un mensaje de Feliz Navidad hacía un par de horas y no había respondido.
El sol se ponía mientras terminábamos de cenar y Sienna nos había convencido para jugar al póquer.
Estaba perdiendo otra partida porque estaba demasiado distraído mirando mi teléfono.
Todas mis excusas para mantenerme alejado de Julieta, sin siquiera preguntarle qué iba a hacer en Navidad, me parecían poco convincentes y estúpidas.
Ni siquiera sabía si tenía alguien con quien pasar el día.
¡Seguro que sí! ¿Cómo podría alguien como Julieta estar sola en Navidad?
Por enésima vez, busqué las imágenes de las cámaras de su edificio.
No había salido de su apartamento y nadie había entrado.
Mi insistencia en que esto era casual, en que no podía involucrarme demasiado, me estaba saliendo el tiro por la culata.
Una sensación de náuseas me subía al estómago al darme cuenta de que nunca había escuchado a Julieta hablar de tener a alguien en su vida.
—Muestra tus cartas —indicó Sofiya, y volví a la realidad de golpe.
Ni siquiera me importó haber vuelto a perder.
Retiramos el juego de la mesa y fuimos a la cocina para tomar los postres que Sofiya había preparado. Volví a la sala a tiempo para escuchar a Matteo maldiciendo en voz alta mientras miraba su teléfono.
Sofiya estaba sentada en su regazo.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Franco me acaba de mandar un mensaje. Vieron al Carnicero en Albania.
Rodeé la mesa para mirar el teléfono de Matteo.
Ahí estaba. La foto era en blanco y negro borrosa de una cámara de vigilancia, pero estaba claro que era él. El stronzo que nos había perseguido los últimos meses se había ido.
Mi corazón se aceleró. Habíamos echado al Carnicero de la ciudad, lo que significaba que ya no era una amenaza para Julieta.
—Tengo que hacer un encargo. —Ya estaba de camino a la puerta.
Todos voltearon a mirarme con confusión.
—¿Un encargo? —cuestionó Sienna, arqueando una ceja.
Asentí con la cabeza.
—Ha sido una Navidad estupenda. Gracias, Sofiya, por ser la anfitriona. Los veré más tarde.
Gritaron tras de mí, pero ya estaba cruzando la puerta principal y entrando en el ascensor. Tomé uno de los vehículos blindados del garaje y salí a la calle. Entré y salí del tráfico de camino al centro. Hoy había demasiada gente en la calle, y todos me impedían ver a Julieta.
Me estacioné frente a su apartamento, sin preocuparme por el letrero de la grúa, y subí las escaleras de dos en dos hasta que estuve frente a su puerta.
Fue entonces cuando me di cuenta de que no le había traído ningún regalo.
Maldita sea. ¿Qué es lo que me pasaba? ¿Debería irme, comprarle algo y volver?
Eso podría llevar un rato y ya eran las ocho de la noche.
La imagen de ella sentada sola en Navidad era demasiado.
Toqué la puerta.
Se escuchó un movimiento en el interior.
Me moví con impaciencia mientras esperaba a que se abriera la puerta.
Finalmente se abrió y apareció una Julieta de aspecto cansado, vestida con unos pantalones deportivos anchos y una sudadera verde con el nombre de la librería.
Sus ojos enrojecidos se abrieron de par en par al verme.
—Feliz Navidad —dije.
Abrió la boca y la volvió a cerrar antes de hablar.
—Eso sí que es un suéter.
Miré hacia abajo y me di cuenta de que aún llevaba puesto el horrible suéter navideño que me había hecho Sofiya. Era verde oscuro con adornos brillantes pegados.
—Me estoy metiendo en el espíritu navideño.
Ella sonrió, pero su sonrisa desapareció rápidamente.
—Umm, ¿cómo es que estás aquí? ¿Cómo supiste cuál era mi apartamento? Hay como cien apartamentos en este edificio.
Mierda. MIERDA.
Mi mente se quedó en blanco mientras intentaba pensar en una buena excusa.
—El directorio telefónico —solté.
Julieta permaneció en silencio durante unos segundos insoportables.
—¿Todavía los fabrican?
Asentí enérgicamente.
—Claaaro. Entonces… ¿necesitabas algo?
Pasé mis dedos por mi cabello. ¿Cómo era posible que pudiera mantener la calma delante de los líderes de un sindicato letal, pero que un minuto en presencia de Julieta me convirtiera en un idiota torpe?
—Estaba en el vecindario. —Señalé su pasillo como para demostrar lo que significaba estar en el vecindario—. Y estaba pensando en ti y preguntándome cómo estarías celebrando la Navidad. —Como no expresó nada, añadí—: Te envié un mensaje, pero no me contestaste.
Julieta se mordió el labio y yo estaba seguro de que iba a mandarme al diablo, pero entonces abrió la puerta un poco más.
—¿Quieres pasar?
Dejé escapar un suspiro de alivio.
—Sí. —Entré y cerré la puerta antes de que pudiera cambiar de opinión. Por supuesto que había estado en este apartamento antes, pero Julieta no lo sabía.
—Bonito lugar. —No era bonito. Manchas de agua y años de pintura apelmazada cubrían las paredes, que eran tan delgadas que podía escuchar a su vecina moviéndose en el apartamento de al lado.
Julieta arrugó la nariz.
—Gracias. —Se cruzó de brazos y mis ojos se dirigieron inmediatamente a sus senos. La sudadera le quedaba grande, pero si tuviera que adivinar, no tenía puesto un sostén. Aparté la mirada. Tenía que concentrarme.
—¿Te traigo algo? —preguntó.
—Oh, no.
Un silencio incómodo nos invadió mientras nos mirábamos fijamente.
Una tortura real no era tan mala como esto, estar parado inútilmente frente a Julieta, que definitivamente parecía que estaba llorando, en su apartamento de mierda.
Miré a mi alrededor en busca de algo que decir.
Su apartamento era un estudio, una habitación grande con una cama pequeña en un rincón, un sofá desgastado, una mesa plegable con un microondas encima, una silla y una cocina pequeña.
Fruncí el ceño cuando me di cuenta de que no había televisión.
—¿Qué haces para divertirte? No hay televisión.
Se encogió de hombros.
—Leo la mayor parte del tiempo.
—¿Y eso no se vuelve aburrido?
Se quedó boquiabierta.
—No acabas de decir que leer es aburrido.
Mis labios se torcieron ante su actitud atrevida.
—¿Quién diría algo así? Pero necesitas algo de variedad en tu vida. —Rápidamente se me ocurrió un plan, algo que podía hacer para mejorar las cosas para Julieta. Saqué mi teléfono y envié un mensaje.
—¿Ya cenaste?
—Yo… Romeo, ¿qué haces aquí? Te agradezco que quieras desearme feliz Navidad, pero estoy segura de que tienes mejores lugares donde estar.
Tragué con fuerza el nudo que tenía en la garganta.
—No, Stellina. No tengo ningún sitio mejor donde estar. Quiero pasar el resto de mi Navidad contigo, si me aceptas.
Sus mejillas se tiñeron de rosa y se abrazó a sí misma con más fuerza.
—Oh. Está bien —susurró.
—Ahora, ¿qué pedimos para cenar?
—Es Navidad. Todo está cerrado.
Sonreí.
—Es la ciudad de New York. Siempre hay algo abierto.
Me dirigí al sofá y me senté, acariciando el cojín a mi lado. Julieta se acercó arrastrando los pies con sus calcetines rosas y se sentó a mi lado.
—¿Te gusta la comida china?
Asintió y le enseñé la pantalla de mi teléfono.
—Añade lo que quieras, Ángel.
Agarró mi teléfono como si fuera una bomba cargada y añadió un solo platillo al carrito antes de devolvérmelo. Resoplé y añadí seis cosas más antes de hacer el pedido.
—Genial, debería llegar muy pronto. —Apenas había espacio para los dos en el sofá, y me gustó estirarme para que mi muslo quedara pegado al suyo y mi brazo apoyado en el respaldo del sofá, a escasos centímetros de su hombro—.
¿Qué has hecho hoy? —Mis dedos juguetearon con las puntas de su cabello rosa.
—Supongo que solamente esto. —Había algo vulnerable en su voz, en la forma en que se encorvaban sus hombros.
—¿No celebras la Navidad? ¿O celebras otro día?
Los dedos de Julieta se retorcieron en las mangas de su sudadera.
—No tengo a nadie con quien festejar.
—¿Qué quieres decir, nena?
Se aclaró la garganta y me dedicó una sonrisa tensa.
—No pretendía que sonara tan patético. Lo más parecido a una familia que tengo es Arturo. Pero ahora vive en New Jersey y pasará la Navidad con sus nietos. —Respiró profundamente—. No es para tanto. Es un día normal para mí. —Había un falso brillo en su voz que yo odiaba, joder.
Por primera vez, estaba resentido con mi vida.
Odiaba que esto con Julieta siempre sería temporal.
Odiaba no poder invitarla a pasar la Navidad con mis amigos porque pondría su vida en peligro.
Incluso sin el Carnicero, mi vida en la Mafia nunca sería segura para ella.
Había actuado por instinto cuando vine hoy, aunque habría sido mejor para ella si hubiera seguido manteniéndome alejado.
Ese pensamiento me oprimió tanto el pecho que me costaba respirar.
—¿Y qué estuviste haciendo? —me preguntó.
—Ha sido bastante tranquilo —respondí con evasivas, sintiéndome culpable—. Comí algo con amigos.
—Eso está muy bien.
—Te extrañé. —Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas, pero la forma en que las mejillas de Julieta se ruborizaron de placer hizo que valiera la pena.
Me salvaron de decir algo más cuando tocaron a la puerta.
—¿Es nuestra comida? Qué rapidez —dijo levantándose del sofá. Yo también lo hice y me puse frente a ella para abrir la puerta. El impulso de protegerla de todo y de todos era intenso.
Miré por la mirilla y abrí la puerta de golpe.
—Bueno, eso no es la comida —dijo.
—Realmente no necesito una televisión o una consola de juegos de lujo. —Julieta se inquietó mientras los técnicos terminaban la instalación.
Le pasé un brazo por el hombro.
—En eso te equivocas. Esto es absolutamente esencial.
Tocaron a la puerta.
—Esa es la comida —comenté.
Agarré las bolsas de comida china del repartidor y le di un par de cientos de dólares en efectivo como propina. Hice lo mismo con los técnicos cuando salieron.
—Romeo. —Julieta miraba alrededor de su apartamento como si apenas lo reconociera. Tenía que comprarle un sofá y una cama nuevos. Almohadas. Repisas para sus libros.
—Vamos a elegir un juego para jugar mientras comemos. Si no has jugado antes, Mario Kart es uno bueno para empezar.
Como no se movió, le preparé un plato rebosante de comida, la conduje al sofá y se lo coloqué sobre el regazo.