Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 31 Romeo
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ROMEO

La ciudad de New York estaba cubierta de nieve y faltaban pocos días para Navidad, pero para mí no había magia en estas fechas sin Julieta.

Los albaneses, o lo que quedaba de ellos, habían estado tranquilos desde que atacamos su edificio de apartamentos.

Habíamos limpiado nuestro desastre antes de que alguien pudiera descubrir la masacre, pero nuestras acciones habían creado una onda expansiva en el bajo mundo.

Se había retirado la orden de asesinato contra Sienna y Sofiya.

Y no solo eso, el jefe del sindicato de asesinos más poderoso del mundo había emitido un aviso en el que prometía represalias contra cualquiera que aceptara futuros asesinatos de mujeres inocentes en el bajo mundo criminal.

Esto nos había permitido tomarnos un respiro, pero seguíamos sin localizar al Carnicero.

Hasta que lo hiciéramos, las chicas seguían confinadas y yo tenía que alejarme de Julieta. No podía ponerla en peligro.

Le había enviado unos cuantos mensajes desde que regresé de Chicago, sin embargo, me había mantenido alejado de la librería y no habíamos tenido más llamadas nocturnas.

Vigilaba religiosamente las cámaras del exterior de su apartamento y vivía para los breves destellos que captaba de ella cuando iba y venía del trabajo.

Me mataba contenerme así, sobre todo porque no podía ser sincero sobre por qué me estaba alejando.

La única excusa que le había dado era que estaba ocupado con el trabajo antes de las fiestas.

Por supuesto, Julieta no se quejó ni me lo reprochó.

Había aprendido que ella esperaba muy poco de la vida cuando debería esperar el mundo entero.

Me había impedido preguntarle qué iba a hacer en Navidad porque, si sacaba el tema, no podría resistirme a insertarme de algún modo en sus celebraciones. No entendía cómo había logrado meterse tan profundamente en mi alma. Me sentía una persona diferente a la que era antes de conocerla.

Suspiré mientras me dirigía al apartamento de Sienna. Abrió la puerta con una pijama de color plateado con copos de nieve.

—¿Entrando en el espíritu de invierno? —bromeé mientras entraba.

—Las ordené en línea para Sofiya y para mí.

¿Quieres una? —Estaba bromeando, pero tuve la tentación de comprarle una a Julieta.

¿Sería abusar o enviar señales contradictorias?

Probablemente, pero ahora lo único que podía imaginarme era a ella en un lindo conjunto de pijama, acurrucada en el sofá a mi lado.

—Tal vez más tarde —repliqué—. Pero ahora necesito otro favor.

Sienna se dejó caer en el sofá.

—Por supuesto que sí.

Me senté a su lado y me di cuenta de que estaba viendo Frozen.

—Esta no es una película navideña.

—Se acerca bastante. ¿Qué necesitas?

Respiré profundamente.

—Necesito que me ayudes a crear una carta falsa notificando a alguien que ha ganado dinero.

Arrugó la nariz.

—Oh, sí, simplemente notificando a alguien al azar, estoy segura.

—Bien, es Julieta. Ya sabes, la chica que visitaste cuando te dije que no lo hicieras. —La fulminé con la mirada, pero Sienna se limitó a sonreír.

—¿Por qué no simplemente le das dinero? ¿Por qué tanto engaño?

—No creo que lo acepte si se lo doy. —Especialmente desde que la había estado evitando—.

Pero se lo merece. No tiene mucho dinero ni apoyo.

Creció en una casa de acogida. —Mierda, tal vez no debí haber dicho esa última parte, mas no podía sacarme de la cabeza la imagen de ella como una niña, sola en el mundo.

—Oohh, está bien. —Sienna se frotó las manos—.

Ahora lo entiendo. ¡Esto es divertido! Tenemos que encontrar algo creíble que ella pudiera haber ganado.

Si es un concurso, primero tenemos que hacer que participe.

—Se golpeó la barbilla con los dedos—. ¿Qué tipo de cosas le gustan como para participar en un concurso?

—Le encanta leer.

—Supongo que podría ser un concurso de libros con un premio de dinero en efectivo. Podría crear una página web y un boletín de noticias y enviárselos, aunque no hay garantía de que participe.

Me recosté en el sofá con un quejido.

—¿Por qué es tan jodidamente complicado darle dinero a alguien?

—¿Cuánto tienes pensado? —preguntó sacando su teléfono.

—No lo sé. ¿Qué es realista? ¿Como medio millón?

Sienna soltó una carcajada.

—¿También crees que un plátano cuesta diez dólares?

—¿Qué?

—No importa —pronunció con una sonrisa—. No creo que el premio de un concurso de libros pueda ser más de un par de miles.

Fruncí el ceño. No era suficiente. Julieta se lo merecía todo.

—¡Oh! —exclamó, incorporándose—. ¡Casas de acogida! Podríamos decir que hay una especie de subsidio para los residentes de New York que hayan salido del sistema. De ese modo, ella no tendría que entrar a un concurso, y podríamos salirnos con la nuestra dándole como diez mil.

—¿Puedes hacerlo para que ella no pueda rastrearlo y que parezca legítimo?

—Sí, claro —afirmó—. Puedo transferirle el dinero para que no pueda rechazarlo.

—¿No necesitas sus datos bancarios para eso?

Me lanzó una mirada mordaz, y yo levanté las manos en un gesto apaciguador.

—No dudo de tu destreza.

—Tal vez esa sea la manera, entonces. Envíame los diez mil y redactaré una carta oficial, se la enviaré por correo y le transferiré el dinero.

—Gracias. —Saqué mi teléfono para transferir el dinero, aunque deseaba que fuera diez veces más. ¿Qué podían comprar diez mil dólares hoy en día?

—¿Cuándo vas a dejar que la conozcamos?

Fruncí el ceño.

—Ya la conocieron.

—Sí, y es estupenda. Quiero que seamos amigas. Deberías invitarla a cenar.

Apreté la mandíbula y me golpeé la pierna con los dedos.

—No creo que sea buena idea. No estoy seguro de continuar viéndola.

La cara de Sienna se ensombreció.

—Espera, ¿por qué?

—Sofiya y tú llevan semanas atrapadas en este apartamento por las amenazas que recibieron. Julieta no está en nuestro mundo. ¿Cómo puedo justificar traerla a él? Cambiaría completamente su vida y la expondría al peligro.

Sus ojos eran suaves.

—Realmente te preocupas por ella.

Me levanté del sofá.

—Solo avísame cuando hayas transferido el dinero.

—Tú la protegerías, Romeo. Se merece la oportunidad de elegir si el riesgo vale la pena.

La puerta se cerró tras de mí, pero sus palabras se arremolinaron en mi mente mientras me dirigía a mi apartamento.