25 Romeo
ROMEO
El frío viento de Chicago azotó mi rostro mientras bajaba las escaleras del avión.
No quería estar en esta maldita ciudad.
Había pensado en Julieta durante todo el vuelo. Mi erección había hecho que el viaje fuera incómodo, pero no era como si pudiera controlar mi polla cuando pensaba en mi ángel.
Sus labios rosados eran tan suaves, sus mejillas tan bonitas cuando se sonrojaba.
Quería explorar todo su cuerpo, desnudarla hasta que gritara mi nombre de placer, mas el recuerdo de cómo se había puesto tensa cuando intenté ir más allá se repetía en mi mente.
La idea de hacer algo que le hiciera daño o la incomodara me mataba.
Supuse que su vacilación se debía a su inexperiencia.
Mi cerebro no admitía ninguna otra posibilidad: la de que a Julieta le hubieran hecho daño de alguna manera.
Fuera cual fuera la razón, sorprendentemente no tenía prisa.
Después de años de aventuras anónimas de una noche, apenas reconocía a este nuevo Romeo que se sentía perfectamente feliz con solo estar sentado en presencia de Julieta, disfrutando de ella como una flor que absorbe la luz del sol.
Fruncí el ceño cuando Enzo, Dante, Alessandro y yo nos acercamos al SUV blindado que nos esperaba en la pista. Ivanov nos había ofrecido un chofer, aunque nos negamos. Nuestra confianza en el nuevo Pakhan era frágil y necesitábamos mantener el control en este viaje.
Cerré de un golpe la puerta del lado del chofer después de entrar, y los demás me siguieron.
—Has pasado demasiado tiempo con el jefe —señaló Enzo mientras salía del aeropuerto privado.
—¿Qué?
—Le robaste el ceño fruncido.
Le hice un gesto obsceno mientras me incorporaba con una sola mano al tráfico de Chicago.
—Consigamos el refuerzo de la Bratva que necesitamos y salgamos de aquí —declaré.
—¿Ansioso por volver con alguien? —preguntó Dante con una sonrisa burlona.
—Cállate, maldita sea —murmuré.
No le había contado a nadie más que a Sienna y Matteo lo de Julieta, pero obviamente no había sido tan discreto como pensaba. Los mafiosos eran famosos por sus chismes.
Dejé de prestar atención a los chicos mientras conducía hacia la casa del Pakhan.
La última vez que estuve en Chicago fue para impedir la boda de Mila, la hermana de Sofiya, con Arben, el antiguo jefe de la Mafia Albanesa.
Pensábamos que eso había puesto fin al conflicto albanés, pero entonces el maldito Carnicero llegó a nuestra ciudad.
Me detuve frente a la entrada de la mansión y bajé la ventanilla para hablar con los guardias.
—Parece el castillo de la Bestia —apuntó Alessandro. Todos lo miramos confundidos—. Ya saben, de La Bella y la Bestia. —Como nadie respondió, cruzó los brazos, se recostó en su asiento y murmuró—: Es una buena película.
Puse los ojos en blanco mientras el guardia nos hacía señas para que pasáramos por la puerta y subiéramos por un camino sinuoso hasta la mansión, que parecía haber sido construida específicamente para intimidar a cualquiera que cruzara sus puertas.
Una fila de personas nos recibió afuera, todos vestidos con trajes negros y armados.
Al frente estaba Dimitri Ivanov. La última vez que lo vi, tenía el cabello rapado.
Ahora lo traía largo, rubio, y con una barba corta que le enmarcaba su mandíbula cuadrada, aunque eso no suavizaba su aspecto en absoluto.
Era enorme, con hombros y pecho anchos, y tenía pequeñas cicatrices en el dorso de las manos, igual que yo.
Había escuchado rumores de que su arma preferida era la manopla de acero.
—De Luca —saludó, levantando la barbilla—. Bienvenido.
Nos dimos la mano, ambos con un apretón contundente.
—Este es mi mano derecha, Maxim Petrov, mi sovietnik «consejero», Nikolai Antonov, y mi ejecutor, Sergey Sokolov.
Presenté a mis hombres y entramos para comenzar las negociaciones.
—Rusia es el mayor productor mundial de diamantes en bruto.
Tenemos un acuerdo con varios exportadores de diamantes rusos que quieren afianzarse más en el mercado negro aquí.
Abrir el acceso a las rutas comerciales de New York City y del norte del estado contribuiría en gran medida a la distribución.
—Ivanov se sentó a la cabeza de una larga mesa.
El mobiliario de la sala era casi ostentoso en su opulencia, vestigios del estilo del antiguo Pakhan.
Me pregunté si Dimitri cambiaría las cosas. ¿Hasta qué punto se parecía a su padre?
—¿Qué están dispuestos a darnos a cambio del acceso a las rutas comerciales? —pregunté.
Dimitri me vio con una expresión fría mientras me estudiaba.
—Suponemos que querrán un porcentaje de las ventas.
Incliné la cabeza.
—Pero eso no es lo que ofrecemos.
—Ah, ¿no? —Arqueé una ceja.
—Necesitan nuestra ayuda para derrotar a los albaneses ya que hasta ahora no han servido para eliminar la amenaza.
Mis hombres y yo nos levantamos al instante, con las manos en las armas. Los hombres de Dimitri sacaron las suyas, pero el Pakhan permaneció sentado, aparentando no inmutarse en absoluto. Dijo algo a sus hombres en ruso y ellos bajaron sus pistolas.
—Es por eso qué están aquí, ¿no es así? Necesitan apoyo contra el Carnicero y el resto de los albaneses —afirmó.
Me hundí de nuevo en mi asiento, mis hombres permaneciendo alerta y de pie detrás de mí. Maldición, odiaba admitir una debilidad, pero Ivanov tenía razón.
—¿Y si así fuera? —vacilé.
—Estaría dispuesto a ofrecer a varios de mis hombres a su causa. A cambio, nos darían acceso a las rutas comerciales de New York sin llevarse una tajada del comercio de diamantes durante los primeros cinco años.
Me burlé.
—¿Cinco años por un puñado de hombres?
—Cinco años para restablecer el control sobre tu ciudad. Todos los ojos están puestos en New York, esperando a ver quién sale victorioso. Y ahora mismo, yo no apostaría a tu favor.
—Tu hermana está en la ciudad. ¿Me estás diciendo que dejarás que los albaneses tomen el control y pongan su vida en peligro?
—Si tu Don no puede proteger a su esposa —reviró con desdén—, ella vendrá a vivir aquí, donde yo sí puedo.
Me obligué a mantener el rostro inexpresivo mientras me hervía la sangre y me latía el corazón ante la insinuación de que no podíamos proteger a los nuestros. Menos mal que Matteo no estaba aquí porque Dimitri Ivanov estaría muerto por ese insulto y nuestras familias estarían en guerra.
—Palabras mayores para un hombre que abandonó a su hermana para que fuera maltratada por su padre durante años —comenté.
La mandíbula del Pakhan se apretó, la primera señal de que le afectó.
Nos miramos fijamente, con la frialdad crepitando entre nosotros, hasta que Dimitri inclinó la cabeza.
—Estamos unidos en nuestros objetivos. Queremos a Sofiya a salvo. Yo quiero las rutas comerciales. Tú quieres tu ciudad libre de los albaneses.
Me recosté en mi asiento.
—De acuerdo. ¿Cuántos hombres puedes enviarnos?
—Dos docenas. Todos muy bien entrenados.
Necesitábamos que sus hombres tomaran puestos alrededor de la ciudad para rastrear los movimientos de los albaneses, ya que estaban burlando nuestra vigilancia.
—¿Sabes cómo están burlando sus cámaras? —inquirió Dimitri.
Negué con la cabeza.
—Tenemos ojos alrededor de toda la ciudad, y los están evitando de alguna manera.
—¿Tu hacker es bueno?
—Lo es. —Franco era el mejor que habíamos tenido. Tal vez además de Sienna, a quien Matteo se negó a involucrar. Sin embargo, los albaneses seguían eludiéndonos.
Dimitri tarareó.
—Entonces, ¿tenemos un trato?
—Queremos tres docenas de hombres. Podemos darles seis meses de uso libre de nuestras rutas comerciales. Luego pasaremos a la tarifa normal del treinta por ciento.
El Pakhan se burló y así comenzaron nuestras negociaciones.
Alessandro tomó la iniciativa, era más hábil con los números, y la tediosa conversación se prolongó hasta bien entrada la noche.
Tuve que esforzarme al máximo para evitar que se me nublaran los ojos, y mis dedos ansiaban comprobar si Julieta me había llamado o enviado un mensaje.
No me gustaba estar tan lejos de ella. ¿Y si pasaba algo?
Finalmente llegamos a un acuerdo de treinta soldados de la Bratva a cambio de ocho meses de libre comercio, seguidos de un aumento gradual del porcentaje que nos llevaríamos de la parte superior.
Dimitri dio una palmada.
—Bien. Ha sido una noche larga. Vuelve mañana a cenar y firmaremos los papeles.
Me sentí aliviado al levantarme de la silla. Esto había durado demasiado, carajo.
Dimitri y yo nos dimos otro apretón de manos de los que calan hasta los huesos, y salimos por la puerta, rumbo a las habitaciones de hotel que habíamos reservado en el centro.