Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 26 Julieta
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26 Julieta

JULIETA

El corazón me dio un vuelco cuando mi teléfono vibró.

Era la una de la madrugada y Romeo estaba llamándome.

Apenas había sabido algo de él desde que se fue la noche anterior.

Sabía que estaba ocupado en su viaje de negocios, mas no había podido quitarme la sensación de ser rechazada por su silencio.

—Hola. —Me avergoncé de sonar sin aliento.

—Hola, Ángel. ¿Cómo está tu libro esta noche?

Me acurruqué aún más entre las sábanas, hundiéndome en el profundo sonido de su voz. La tensión que no sabía que tenía en el pecho se disipó al escucharlo.

—La verdad es que no está captando mi atención. Menos mal que mi caballero me llama para distraerme.

Romeo se rio, pero sonó forzado.

Fruncí el ceño, preocupada.

—¿Estás bien?

—¿Cómo puedes leerme tan fácilmente, incluso a través del teléfono?

—Deben de ser todas las charlas nocturnas. —Aunque mis palabras pretendían ser una broma, sonaron demasiado sinceras.

—Debe ser —murmuró.

—Así que, ¿qué sucede?

—No mucho. Simplemente tuve un largo día de trabajo.

—¿Estás cansado? Deberías dormir.

—Nah, quiero que me cuentes cómo fue tu día.

Me invadieron sentimientos cálidos y confusos al ver que realmente quería saber de mi vida.

—Fue tranquilo.

Tarareó.

—Tienes que darme más que eso. ¿Fueron los ancianos?

Le había contado a Romeo sobre un anciano y una anciana que se habían conocido en la tienda el otro día.

Los dos habían terminado en el mostrador al mismo tiempo para pagar, y la mujer había mirado al hombre de arriba a abajo y le había dicho que esperaba que le pidiera una cita la próxima vez que se vieran.

—Sí, lo hicieron.

—¿Y?

—Y él la invitó a salir. Ella dijo que ya era hora y aceptó ir a cenar.

—Mmm, ¿crees que va a funcionar?

—Eso espero. Ella definitivamente parece saber lo que quiere. —Ojalá yo fuera tan asertiva como la señora. Entonces tal vez podría exigirle más a Romeo. Me ardían las mejillas con solo pensarlo.

Seguí hablando de mi día, contándole todas las pequeñas cosas que nunca había tenido ocasión de compartir con alguien.

Romeo murmuraba y hacía preguntas de seguimiento.

Al cabo de un rato, se quedó callado y lo único que podía escuchar a través del teléfono era su respiración.

Sonreí, contenta de que por fin se hubiera dormido.

La intimidad del momento me envolvió. Mantuve el teléfono pegado a mi oreja y cerré los ojos, imaginando cómo sería dormir junto a Romeo.

Tal vez me acurrucaría contra él, o incluso apoyaría la cabeza en su pecho.

Imaginé cómo se relajaría su rostro mientras dormía, las líneas de tensión suavizándose al envolver su cálido cuerpo alrededor del mío.

No quería colgar. En vez de eso, apagué la lámpara y me tapé por encima de la cabeza con las mantas.