24 Julieta
JULIETA
Romeo llegaría a la tienda con nuestra pizza en cualquier momento, y yo ya había tomado una decisión.
Quería besarlo.
No había tenido el más mínimo deseo de besar o siquiera estar cerca de alguien en años, mas en este instante no podía dejar de pensar en ello.
Era muy posible que la actitud habitual de Romeo fuera “coquetear descaradamente” y que no tuviera ningún interés en mí más allá de la amistad, y yo podía aceptarlo.
Pero después de todos nuestros mensajes de texto y llamadas nocturnas, me había convencido a mí misma de que tal vez él quería algo más.
Tocaron la puerta y me apresuré a abrirla para ver a Romeo sonriendo a través de la ventana. Mi corazón dio un vuelco. Era injustamente guapo, con la nieve pegada a las puntas de su cabello negro y espolvoreando su chaqueta.
—Hola —saludé, abriendo la puerta y temblando por la ráfaga de aire frío que me golpeó. Romeo cerró rápidamente la puerta detrás de él y me acurrucó a su lado—. ¡Estás helado! —exclamé cuando mi cálida piel chocó con su chaqueta gélida, pero no me aparté.
—Debe ser porque necesito que mi Julieta me caliente.
Mis mejillas se sonrojaron y carraspeé.
—¿Necesitas ayuda con eso? —Señalé las dos pizzas grandes que balanceaba en sus manos.
—Yo me encargo. —Me guiñó un ojo y me puso la otra mano en la parte baja de la espalda, empujándome hacia el interior de la tienda. Cuando llegamos al mostrador, dejó las pizzas y vi una bolsa de papel marrón encima de las cajas. Ante mi mirada inquisitiva, Romeo sacó un recipiente de cristal.
—Este es uno de los mejores tiramisús que probarás en tu vida.
—¿Tú lo hiciste?
Romeo se rio entre dientes, puso el recipiente sobre el mostrador y abrió la primera caja de pizza.
—No es mi especialidad. Lo hizo mi amiga Sofiya.
Una oleada de emoción me abrumó, haciendo que mi pecho se sintiera oprimido y vacío al mismo tiempo. ¿Quién demonios era Sofiya? ¿Romeo trataba a esta amiga de la misma manera que me trataba a mí?
Me ofreció un pedazo de pizza en un plato de papel y lo tomé. Frunció el ceño.
—¿Qué pasa?
—Nada. —Intenté parecer indiferente, sin embargo, mi voz sonó fría—. Es muy amable de su parte compartir el tiramisú.
Me miró fijamente y me acarició la mejilla con sus dedos.
—Fue muy amable. A su esposo no le gustó que lo compartiera. Es muy posesivo con lo que hace su esposa.
—Oh. —Me sentí estúpida por mi ataque de celos, pero Romeo solo sonrió y me dio un golpecito en la nariz.
—Eres adorable. Comamos, nena, y cuéntame cómo te fue hoy.
Nos sentamos en el suelo, en los mismos sitios que la primera noche que nos conocimos, uno frente al otro.
Esta vez, en lugar de lluvia, caían suaves copos de nieve, no había ninguna figura amenazante tratando de entrar y nuestras piernas estaban apretadas una contra la otra.
Podía sentir el calor que irradiaba a través de sus pantalones de vestir.
Se había quitado la chaqueta y se había arremangado la camisa, dejando al descubierto unos antebrazos gruesos y musculosos que coincidían con la fuerza del resto de su cuerpo.
Parecían lo suficientemente poderosos como para lanzar por los aires incluso mi cuerpo curvilíneo.
Me di cuenta de que lo había estado observando fijamente durante mucho más tiempo del apropiado.
Deslicé mi mirada por su pecho hasta su mandíbula afilada y luego lo miré a los ojos, que bailaban con diversión.
Avergonzada, aparté mis ojos y le di un gran mordisco a la pizza, sobresaltándome un poco cuando Romeo apretó mi pantorrilla.
Mantuvo su mano allí mientras comía y me hacía preguntas sobre mi día.
Me costaba concentrarme, todo mi mundo se reducía a su fuerte agarre mientras me masajeaba ligeramente la pierna.
—¿Cómo estuvo tu día? ¿Pudiste descansar después de tu larga noche? —le pregunté.
—No te preocupes por mí. Tomé mucho espresso.
Fruncí el ceño, sin gustarme esa respuesta.
—También necesitas dormir.
—Tú también.
Los dos habíamos terminado de comer y dejamos los platos vacíos a un lado. Romeo se inclinó hacia delante, deslizando la mano por mi pierna, y el aire se electrificó. Sus ojos capturaron los míos y no pude apartar mi mirada. Me acarició la cara y yo me incliné hacia su áspera palma.
—Julieta. —Su voz era baja e hipnótica.
Era el momento. Era mi oportunidad.
Contuve el aliento y entonces… Presioné mis labios contra los suyos. Al principio con sutileza y vacilación, pero al sentir su sabor, la suavidad de su boca, quise más. Entrelacé mis dedos en su cabello y lo acerqué más a mí.
Romeo maldijo y luego me colocó sobre su regazo, de modo que quedé a horcajadas sobre él. Sus movimientos eran seguros, dominantes, y me encantaban. Se me cortó la respiración cuando me agarró el trasero con una mano y me sujetó la mandíbula con la otra.
—Ábrete para mí, Ángel.
Mis labios se abrieron y gemí al sentir cómo su dominio hacía que el placer se disparara hacia mi clítoris.
Me atrajo hacia él y sentí su erección, enorme, dura y caliente contra mi centro.
Lo agarré por la nuca, sin querer que ese momento terminara, pero no tenía nada de qué preocuparme, Romeo no daba señales de alejarse mientras su lengua se arrastraba contra la mía.
Gimió mi nombre y yo jadeé cuando se movió, apretándome aún más contra su polla.
—Demonios, Julieta. ¿Cómo es posible que seas real? —Sus manos dejaron mis caderas y subieron por mis costados hasta acariciar mis pechos pesados. Me estremecí cuando me pellizcó ligeramente el pezón a través de la ropa—. ¿Esto está bien?
Asentí y tomé su caricia como permiso para hacer lo mismo. Mis manos vagaron por su pecho, vacilantes al principio, y cuando gruñó, me volví más atrevida.
Habían pasado años desde que había tocado a un hombre, y desde luego nunca se había sentido así. Nunca había sido algo que quisiera. Que ansiara.
Me perdí en él, en la búsqueda del placer, y no tenía idea de cuánto tiempo había pasado cuando nos apartamos, sin aliento. Recorrió con su pulgar mis labios hinchados.
—Sabes tan dulce como imaginaba.
«Di algo romántico».
—No puedo creer que hayamos estado besándonos en el suelo de la librería.
«Sí, justo así».
Yo no tenía remedio, pero a Romeo no parecía importarle. Sonrió.
—Espero que los libros no nos delaten.
Sonreí, pero una ola de inseguridad me invadió. Seguía sentada en su regazo, pero ya que estábamos allí sentados, no sabía qué hacer.
Sus firmes manos volvieron a posarse en mis muslos, subiendo poco a poco, cada vez más cerca de mi intimidad.
Mantuve mi respiración tranquila, incluso cuando pequeñas oleadas de pánico florecieron dentro de mí. ¿Quería llevar esto más lejos? ¿Podría manejarlo sin asustarme? Mi cuerpo lo deseaba, ardía por él, no obstante, mi mente estaba encerrada con recuerdos más oscuros.
Su pulgar rozó mi sexo y yo me estremecí. Él se apartó inmediatamente.
—Lo siento —susurré.
—Oye, no, no te disculpes.
Pero, a pesar de sus palabras reconfortantes, mi interior se inundó de vergüenza. Mi rostro se sonrojó y quise salir corriendo y esconderme. ¿Por qué no podía ser normal?
—Oh, Stellina. Ven aquí. —Fue muy delicado al atraerme hacia su pecho, rodeándome con sus brazos en un abrazo tan tierno y perfecto que me dieron ganas de llorar. Me relajé en sus brazos, apoyando mi cara contra su cuello para respirar su aroma masculino.
—Tú controlas el ritmo, siempre.
—No es que no quiera… —Empecé a decir.
—Shhh —dijo—. No hay prisa.
La forma en que estábamos sentados hacía que su erección se presionara contra mi centro. Me moví un poco y sentí chispas de placer en el estómago con la fricción.
—Ignóralo. Es solo un efecto secundario de estar tan cerca de la mujer más hermosa del mundo.
Solté una risita involuntaria.
—No tienes por qué decir eso.
Romeo me empujó suavemente hacia atrás para poder ver mi rostro.
—¿Disculpa?
Su mirada era tan seria, tan severa, que me hizo retorcerme por dentro.
—Es solo que… no tienes por qué decir cosas así para halagarme.
Enredó sus dedos en mi cabello hasta que quedé a su merced.
—No estoy tratando de halagarte, Julieta. Si digo que eres la mujer más hermosa del mundo, es porque lo eres—. Algo oscuro brilló en sus ojos, poniéndome tensa. Exhaló un largo y lento suspiro—. Dime que me crees. —Era una orden, no una petición. Me mordí el labio—. Julieta —gruñó.
Solté un bufido que era en parte una risa.
—Está bien, de acuerdo. Acepto que creas que soy la mujer más hermosa del mundo. ¿Contento?
—Extasiado —respondió con ironía.
Volví a pasar mi mano por su cabello solo porque quería hacerlo.
—Creo que eres el hombre más hermoso que he visto en mi vida. Pero estoy segura de que te lo dicen todo el tiempo.
Una gran sonrisa se dibujó en su rostro, transformándolo de sexy y taciturno a absolutamente deslumbrante.
—Significa más viniendo de ti. —Me acarició los labios con el pulgar y los presionó suavemente dentro de mi boca.
Abrí mucho los ojos mientras chupaba su dedo y estaba a punto de decir a la mierda, tengamos sexo ahora mismo.
Mi cuerpo se sentía tan vivo. Sin embargo, quitó rápidamente su pulgar y suspiró.
—Tengo que salir de la ciudad por trabajo y no sé cuánto tiempo estaré fuera.
Mi corazón se hundió.
—Oh.
—Lo siento. No quiero irme.
¿No quería irse por mí? Eso parecía, sin embargo, me daba demasiado miedo preguntárselo.
—¿Qué vas a hacer?
—Nuestra empresa está considerando fusionarse con una de Chicago. Normalmente sería mi jefe quien se encargaría, pero su esposa está a punto de dar a luz, así que tendré que hacer mi trabajo. —Echó la cabeza hacia atrás con un gruñido y yo sonreí.
—Oh, no, Romeo tiene que trabajar de verdad.
—Me alegro de que veas lo horrible que es esto para mí.
—Qué terrible. —Le acaricié el cuerpo con mis manos, tratando de ignorar el dolor en mi pecho por lo mucho que lo extrañaría—. Nunca he estado en Chicago, pero he escuchado que es bonito.
Él solo gruñó.
—Es ventoso y frío, y no es New York City.
—Pero tienen pizza estilo deep-dish.
Su ceño fruncido se hizo aún más profundo.
—Sí, ¿y qué carajos es eso?
—Oh, vamos. He escuchado que es muy rica.
—¿Nunca la has probado?
Negué con la cabeza.
—Tendré que traerte una.
Me reí.
—Está bien, puedes traerme una pizza de Chicago para compensar tu ausencia.
—Trato hecho.
Mis dedos se entrelazaron con los suyos y él me apretó la mano.
—¿Siempre has vivido en la ciudad? —pregunté.
Asintió.
—Mis padres eran de Italia, pero yo nací aquí. ¿Y tú?
—Sí. —Me mordí el labio—. En realidad, no sé nada sobre mis padres. Creo que emigraron aquí desde algún lugar, pero no estoy segura.
El pulgar de Romeo dibujó pequeños círculos relajantes en mi cadera.
—¿Qué les pasó?
—Murieron. —Jugueteé con el cuello de su camisa—.
En realidad, los asesinaron. —Recuerdos oscuros y fragmentados pasaron por mi mente.
Una voz siniestra. Un grito. Dos sonidos estruendosos.
Y luego, una desesperación y soledad absolutas mientras yacía atrapada en un armario hasta que la policía me encontró.
Romeo emitió un sonido grave en la garganta y me atrajo hacia su pecho.
—¿Cuántos años tenías?
—Tenía dos años, así que no los recuerdo. Pasé mi infancia en hogares temporales y luego en un centro de acogida para niñas.
Hacía mucho tiempo que no le contaba a nadie sobre mi pasado, que no confiaba en nadie, pero mientras Romeo me acariciaba la espalda con las manos, no sentí pánico. Me sentía protegida.
—A mi padre también lo asesinaron —confesó—. Yo ya era mayor, tenía poco más de veinte años, así que lo tuve mientras crecía. Pero al menos sé un poco lo que es perder a alguien así.
—Lo siento mucho. —Acaricié su cabello, deseando poder quitarle el dolor—. Eso es horrible.
—Sí. —Su voz era áspera—. Sí, lo es.
Apoyé mi cabeza en su pecho y lo abracé con todas mis fuerzas.
—¿Tu madre? —inquirí.
—Se mudó a Italia después de lo que pasó. Hablamos por teléfono. —Jugaba con mi cabello, y pude percibir el dolor en su voz. No podía imaginar cómo sería intentar seguir siendo una familia después de algo tan horrible.
—¿Has estado en Italia?
—Sí, varias veces —manifestó—. Creo que te gustaría. Pueblos encantadores, arte hermoso y comida increíble.
—Cuando era más joven, pensaba que sería divertido viajar.
—Aún puedes hacerlo.
Hice un ruido de incredulidad en la garganta.
—No puedo siquiera desviarme una calle. No creo que Italia sea una opción realista.
—¿Hay algún tratamiento para la agorafobia?
Una oleada de vergüenza me invadió inmediatamente, junto con el deseo de huir y esconderme.
Era una pregunta perfectamente razonable, una que había buscado en Google muchas veces, pero escuchar a Romeo hacerla me recordó lo rota que estaba.
¿Cómo podía esperar ser su novia si no podía ir a ningún lado?
¿Todas nuestras citas tendrían lugar en la librería?
Seguramente se aburriría pronto, especialmente si alguna vez descubría lo rota que estaba realmente.
—Oye, ¿qué pasa? —preguntó, tomando mi cara entre sus manos.
Tragué con dificultad.
—Nada. —Respiré profundamente y esbocé una pequeña sonrisa—. Estoy segura de que hay tratamiento, pero no sé… Dudo que me cure. —Me encogí de hombros como si no fuera gran cosa.
Frunció el ceño.
—No necesitas curarte, Julieta. Es solo que odio verte sufrir.
Aparté la mirada.
—Sí, bueno, a veces así es la vida.
El silencio entre nosotros se sentía incómodo y forzado, y me maldije por arruinar las cosas, especialmente cuando no íbamos a vernos por un tiempo.
—La próxima vez que nos veamos, traeré un postre de esta panadería italiana, Marco’s. Está a solo unas cuadras de aquí —prometió.
«La próxima vez». Había dicho la próxima vez. No había arruinado esto.
Sus manos seguían acariciando mi rostro, firmes y tiernas. Me armé de valor y lo miré, fijándome en sus ojos suaves y su sonrisa.
—Pizza y postres. Me vas a malcriar.
—Ese es el plan, Ángel.
Si bien sus palabras me hacían sentir bien por dentro, también me confundían.
¿Qué éramos? ¿Estábamos saliendo? ¿Teníamos una aventura?
¿Éramos amigos que a veces se besaban? Pero mi pregunta se atascó en mi garganta.
No quería parecer necesitada ni hacerlo sentir como si le estuviera exigiendo algo.
Ya me había dado más de lo que tenía derecho a recibir.
Ladeó la cabeza.
—¿Qué pasa?
—Nada —solté rápidamente, sacudiendo ligeramente la cabeza—. Te echaré de menos cuando estés en Chicago.
Me abrazó contra su pecho, aunque no me respondió lo mismo. Cerré los ojos con fuerza, avergonzada por mi confesión, pero entonces lo escuché. Sus palabras fueron suaves y apagadas, ya que tenía la cara hundida en mi cabello.
—Yo también te echaré de menos.