23 Romeo
ROMEO
—Nos dejaron una pista falsa para llevarnos al puerto esta noche, y caímos en la jodida trampa.
—La ira helada de Matteo se extendió por la sala de conferencias, reflejando lo que todos sentíamos.
Eran las cinco de la mañana y ninguno de nosotros había dormido.
Los soldados albaneses no habían sido rivales para nosotros, ni siquiera con el factor sorpresa a su favor.
Habíamos matado a la mayoría y capturado a tres, vivos.
En ese momento me esperaban en el sótano.
Aun así, dos de nuestros soldados estaban en el hospital con heridas de bala.
—¿Cómo están esquivando a nuestros soldados?, ¿nuestras cámaras? ¡Esta es nuestra ciudad! —Matteo dio un puñetazo en la mesa.
Franco estaba encorvado sobre su laptop con ojeras. Él era quien había encontrado la información sobre el puerto, y sabía que se culpaba a sí mismo. Sin embargo, esto era más grande que él. No podíamos seguir subestimando a los albaneses.
—Los soldados con los que nos enfrentamos en el puerto no estaban bien entrenados —expliqué—.
Tenían la ventaja de ser más numerosos y del factor sorpresa.
Deberían haber sido capaces de acabar con más de los nuestros.
Pero estaban desorganizados. Sus disparos no daban en el blanco. Algunos intentaron huir.
—También eran jóvenes —añadió Enzo—. Claramente indisciplinados. No tiene sentido.
—A menos que fueran solo una distracción, un sacrificio para distraernos de lo que el Carnicero estaba haciendo realmente esta noche —razonó Matteo.
Un murmullo inquietante resonó en la sala mientras la declaración del Don se asimilaba.
Estudié a los capos. Parecían furiosos, especialmente Carlo, ya que los dos hombres heridos eran suyos.
Era esencial que confiáramos los unos en los otros, pero yo no bajaría la guardia después de que Domenico, nuestro ejecutor, nos traicionara el año pasado.
Su traición había puesto en peligro a Sofiya y a toda la Familia.
No podíamos permitir que otras organizaciones percibieran ninguna debilidad, o intentarían invadir la ciudad.
—He accedido a todas las cámaras de la ciudad que me ha sido posible y estoy ejecutando un software de reconocimiento facial continuo para rastrear al Carnicero y a los otros albaneses que hemos podido identificar.
Los vemos fugazmente, pero luego parecen esfumarse en el aire. —Franco se revolvió el cabello.
—Capos, dupliquen la vigilancia en sus territorios para mañana. Angelo les ayudará a coordinar los planes y los horarios si es necesario —ordenó Matteo.
Los capos asintieron con la cabeza.
—Pueden retirarse. Pronto les enviaré más instrucciones.
Me dirigí hacia la puerta, listo para descargar mi agresividad sobre los hombres que estaban en el sótano, cuando Matteo habló:
—Romeo, quédate aquí.
Una vez que todos se habían ido, volteé hacia mi hermano. Podía hablar con más libertad ya qué estábamos solos.
—Deberías pedirle ayuda a Sienna —le sugerí—. Franco es bueno, pero por alguna razón, en este momento no es rival para los albaneses.
—No puedo involucrarla.
—Sé que quieres protegerla…
—No la involucraré a menos que sea nuestra única opción. No haré nada que ponga en peligro su seguridad. —Matteo agitó la mano con nerviosismo.
Aunque entendía su postura, seguía pensando que estaba cometiendo un error.
—Es que no lo entiendo —dijo, sacudiendo la cabeza—. Se suponía que los albaneses estarían desorganizados después de que matara a Arben. Deberíamos haber podido destruirlos fácilmente, pero ahora necesitamos más apoyo.
Me froté la cara con la mano, sintiendo cómo me invadía una sensación de pavor al darme cuenta de adónde iba a parar todo esto.
—Necesito que vayas a Chicago y te reúnas con Dimitri Ivanov —dijo.
Dimitri era el hermano de Sofiya y el nuevo jefe de la Bratva rusa. Habíamos hablado con él por teléfono hacía un par de meses para consolidar nuestra alianza, sin embargo, hasta el momento ninguno de los dos había pedido ayuda al otro.
—¿Quieres traer soldados de la Bratva a nuestra ciudad?
—¿Qué otra opción tenemos?
Ojalá se me ocurriera alguna respuesta brillante, pero no se me ocurría nada.
Estaba tan enfadado y confundido como Matteo.
Éramos los dueños de New York. Había peleado junto a mi hermano para recuperar la ciudad de su tío corrupto, había sacrificado mucho en la lucha, y la habíamos mantenido desde entonces.
—¿De verdad quieres que sea yo quien negocie este acuerdo?
—Me encantaba mi trabajo como segundo al mando precisamente porque podía aportar mi estilo caótico al puesto.
Sentarme en largas y tediosas reuniones para cerrar acuerdos y alianzas era mi definición de la miseria.
Prefería la acción. La violencia. Y salir de New York significaría dejar a Julieta.
Me moví en mi silla, sintiendo una punzada de incomodidad en el pecho ante la idea de estar a cientos de kilómetros de ella mientras el Carnicero vagaba por la ciudad.
—No hay nadie en quien confíe más que en ti. —Matteo me miró fijamente—. Sofiya dijo que vendría conmigo a Chicago, pero le quedan pocas semanas para dar a luz y no quiero que nada la estrese a ella ni al bebé.
—¿Dimitri no puede venir aquí?
—Le pregunté, pero no puede venir en los próximos días porque está esperando un cargamento de diamantes —explicó, y al ver que arqueaba una ceja, continuó—: Estableció contactos en el comercio de diamantes mientras vivía en el extranjero y quiere traerlos aquí.
Ayer hablamos sobre la posibilidad de que la Bratva utilice nuestras rutas comerciales.
Pero esto no puede esperar hasta la próxima semana.
Tenemos que acabar con los albaneses ya.
—Joder. —Me recosté en la silla con un gruñido—. Más putas reuniones.
Matteo resopló.
—Bienvenido a mi mundo.
—¿Seguro que no quieres que salga a dispararle a alguien?
—Esperemos que pronto tengas la oportunidad. Ojalá ambos la tengamos.
Sonreí.
—¿Te molesta tu nueva vida doméstica, Fratello?
Puso los ojos en blanco.
—Es solo que… —Tragó saliva y miró por la ventana—. Necesito que nazca el bebé y que ambos estén sanos y salvos. No soporto sentirme tan fuera de control.
El hecho de que estuviera dispuesto a mostrarse vulnerable era una señal de la confianza que había entre nosotros.
—Ambos estarán bien. El médico dice que todo está bien, ¿no? —Matteo había insistido en que el médico hiciera visitas diarias a su casa para revisar a Sofiya, llegando incluso a comprar su propia máquina de ultrasonidos para asegurarse de que el bebé estaba bien.
Asintió secamente.
—Pero ¿y si se equivocan?
—Le conseguiste el mejor equipo médico que hay. Supongo que en estos casos solo queda confiar.
—No es mi fuerte.
—No me digas. ¿Cuándo quieres que vaya a Chicago?
—Esta noche.
Mierda. Eso significaría faltar a mi cita para comer pizza con Julieta.
—¿A menos que tengas algo más que hacer? —Juntó los dedos y me estudió fijamente.
Mi corazón latía con fuerza en mi pecho.
—¿Qué quieres decir? —No dijo nada. Se produjo un silencio incómodo entre nosotros hasta que lo rompí—. ¿Cómo demonios te enteraste?
—Lo sé todo.
—Pero…
Matteo puso los ojos en blanco.
—Por el amor de Dios, Romeo, te conozco, carajo. Haz estado sonriéndole a tu teléfono en las reuniones. Escapándote en momentos extraños. Y luego escuché a Sofiya y Sienna hablando de una librería que visitaron.
—¿Qué? —pregunté bruscamente.
—Sí, y sobre la encantadora dueña de la librería que conocieron.
¿Pensabas que ibas a poder ocultárselo a ellas?
¿Y a mí? —La voz de Matteo se hizo más fuerte y yo tragué saliva con dificultad.
No me gustaba ocultarle cosas a mi hermano, pero era peligroso ocultarle cosas a mi Don.
Nuestra relación exigía honestidad y confianza absolutas.
Yo había roto esa confianza al mantener en secreto lo de Julieta.
—Así que, ¿quién es ella? —indagó.
—Se llama Julieta —respondí inmediatamente—. Dirige la librería donde me escondí del Carnicero.
—¿Estaba allí contigo?
Asentí con la cabeza.
—Pasamos la noche juntos.
Matteo levantó las cejas de golpe.
—No de esa manera —expresé con un bufido—. Los dos estábamos atrapados allí, así que hablamos.
—De acuerdo —afirmó lentamente—. ¿Y qué es ella para ti?
Esa era la maldita pregunta del siglo, ¿no?
—Somos amigos —repliqué finalmente.
—Amigos —repitió Matteo secamente.
—Sí.
—¿Desde cuándo tienes amigos?
—Yo no soy el antisocial en esta habitación.
—Ya sabes a qué me refiero. Nunca te he visto tener amigos fuera de la Familia, y desde luego ninguna mujer.
Me encogí de hombros.
—Siempre hay una primera vez para todo.
—No puedes ocultarme estas cosas. —Había un tono severo en su voz, y me lo merecía.
—Lo sé. Lo siento. No tenía intención de seguir hablando con ella ni de seguir viéndola. Simplemente sucedió.
—¿Le dijiste quién eres?
Negué con la cabeza.
—Bien. Debes tener cuidado. No podemos confiar en personas ajenas a la Familia, especialmente ahora.
La idea de que Julieta representara un riesgo para mí era ridícula. Era mucho más probable que yo la pusiera en peligro. Ese pensamiento se posó como plomo en mi estómago.
Matteo se levantó de su escritorio.
—Programé el jet para que salga mañana a las diez de la noche.
Sentí un gran alivio al saber que podría acudir a mi cita para cenar con Julieta, aunque mantuve el rostro impasible.
—Allí estaré.
—Llévate a tres hombres contigo. No tengo motivos para dudar de la honradez de Ivanov, sobre todo porque se preocupa por Sofiya, mas esta alianza es nueva y debemos tener cuidado. Las chicas permanecerán confinadas hasta que pase la amenaza.
—Eso les encantará. —El sarcasmo se desprendía de mis palabras. Matteo sería inflexible en este punto, y yo estaba de acuerdo con él. Sofiya y Sienna odiarían estar encerradas, pero por nada valía la pena arriesgar su seguridad.
Matteo se dirigió a la puerta.
—Vamos al sótano a ver qué tienen que decir estos bastardos.
—¿Crees que sabrán algo?
—Probablemente no, si en realidad son peones. Aunque aceptaré cualquier cosa que nos dé una idea de lo que están haciendo los albaneses o cuáles son sus planes a futuro.
Le di una palmada en el hombro.
—No dejaremos que les pase nada a Sofiya y Sienna. —Él asintió con la cabeza bruscamente—. Y siento no haberte contado lo de Julieta.
Respiró profundamente y parte de la tensión de sus hombros se disipó, la única señal que tuve de que me había perdonado. Matteo no era de los que expresaban sus sentimientos, pero después de todos estos años, podía leer sus pequeños gestos.
Al salir del ascensor en la planta más baja, con el aire húmedo y frío del sótano a mi alrededor, liberé las restricciones de mi oscuridad interior, permitiéndole salir a la superficie.
Abrí la puerta que daba a las celdas con una sonrisa.