Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 22 Romeo
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22 Romeo

ROMEO

Sonreí mirando mi teléfono. Quizás podría convencer a Julieta para que me envíe una foto de ella leyendo…

desnuda. No podía dejar de pensar en ella, y no solo imaginando cómo se vería debajo de mí, desnuda y gritando de placer, sino simplemente en ella.

La emoción en sus ojos cuando hablaba de sus libros favoritos.

La forma en que su voz se volvía suave cuando hablábamos a medianoche. El rubor rosado en sus mejillas.

Un golpe en la puerta me sacó de mi fantasía.

—¿Estás listo? —preguntó Angelo cuando abrí.

Franco había recibido información de que los albaneses iban a recibir un cargamento de chicas en Liberty Port mañana por la noche, y nos íbamos a reunir para planear cómo interceptarlas. Esperaba que el Carnicero estuviera allí. Estaba listo para acabar con ese bastardo.

Tenía los dedos entumecidos por el frío mientras esperaba a los albaneses detrás de un contenedor de transporte. Cuanto más tiempo pasábamos allí, más me invadía la inquietud. Algo no me cuadraba, pero no sabía decir qué era.

Miré a Angelo, que parecía despreocupado. Sacudí los hombros. Estaba siendo paranoico. Nuestra información decía que los albaneses iban a recibir un cargamento de chicas después de medianoche y que las transportarían a través de la bahía hasta un almacén cerca de Newark.

Teníamos hombres situados al otro lado del agua para interceptarlos en caso de que los perdiéramos por este lado, mas yo estaba decidido a no dejar que eso ocurriera.

Terminaría con esto esta noche.

Un ruido estruendoso me puso en estado de alerta, pero provenía de la carretera, no del agua. De pronto, un enorme foco casi me dejó ciego al iluminar nuestra sección del puerto.

—¡Agáchense! —grité. Me tiré al suelo, con el corazón latiéndome a toda velocidad mientras los disparos rasgaban el aire.

Habíamos caído en una maldita emboscada.

El reflector delató nuestra ubicación, pero también iluminó a los soldados albaneses. Eso hizo que eliminarlos fuera extrañamente fácil, sobre todo porque todos sus disparos fallaban y rebotaban en los contenedores metálicos.

Rodé, indicando a mis hombres que giraran hacia otra fila que aún estaba en la oscuridad. Me asomé por detrás de la esquina y eliminé a dos soldados albaneses antes de volver a cubrirme. Angelo lideraba a un grupo de hombres para rodearlos por detrás.

—Vedi qualche ragazza? —«¿Ves a alguna chica?», murmuré en mi bluetooth.

—No —respondió Angelo, confirmando mi sospecha de que habíamos recibido información falsa. Esa noche no iban a recibir ningún cargamento.

Corrí por un callejón entre dos largas filas de contenedores. Me agaché, esquivando por poco una bala, antes de devolver el fuego. Estaba furioso por haber sido engañado, no obstante, combatir así le daba a mi monstruo interior una agradable sensación de placer.

Esto era para lo que estaba hecho.

Mientras recargaba, distraído únicamente por la vibración de mi teléfono en el bolsillo. Lo saqué y vi que era Julieta. Mierda. Habíamos estado hablando todas las noches de esta semana alrededor de medianoche. Probablemente se estaría preguntando por qué no la había llamado.

Respiré profundamente, obligando a mi oscuridad a retroceder antes de responder, asegurándome primero de silenciar mi comunicación por radio.

—Hola, nena. ¿Estás bien? Siento no haber podido llamarte todavía.

Mantuve la voz baja para que los albaneses no me escucharan.

—Sí. Es solo que… umm… ¿Por qué susurras? ¿Hay alguien ahí?

Sonreí.

—¿Por qué, estás celosa?

Hubo un momento de silencio.

—Bueno, si estás ocupado…

—No —la interrumpí rápidamente—. Nunca estoy demasiado ocupado para ti. No hay nadie conmigo. Solo estoy… en la biblioteca.

Sentí el impulso de darme un golpe en la cabeza con mi propia pistola. ¿En la biblioteca? ¿Qué mierda de respuesta era esa, carajo?

—Oh. Antes me encantaba la biblioteca. No sabía que abrían hasta tan tarde.

Me tapé la boca con el puño para contener la risa. Maldita sea. ¿Cómo podía ser tan jodidamente adorable todo el tiempo?

—Tengo mis contactos. —En ese instante quería construirle una biblioteca entera. Tenía muchas habitaciones vacías en mi apartamento.

—Bueno, no te entretengo más, pero estaba pensando que quizá podría pedir una pizza en la librería mañana por la noche y, si tienes un momento, podrías pasar por allí. Esta vez ni siquiera tendrías que robarte la pizza.

Dos balas impactaron en el costado del contenedor detrás del cual estaba agachado. Rápidamente apreté el teléfono contra mi pecho y respondí al fuego, y mi sonrisa se agrandó cuando le di a uno de los soldados albaneses.

—¿Romeo? ¿Qué fue ese ruido? ¿Estás bien?

Odiaba el pánico en la voz de Julieta, pero me deleitaba su preocupación por mí.

—Solo fue el ruido de un coche. Me encantaría comer pizza contigo. ¿Te parece bien a las ocho?

—A las ocho está bien. ¿Seguro que estás bien?

—Mi chica acaba de invitarme a comer pizza con ella, así que sí, estoy jodidamente genial. Aunque yo llevaré la pizza. ¿Quieres lo mismo de la última vez?

—Oh, no tienes por qué…

—Julieta —dije con severidad.

Soltó un suspiro de irritación.

—Sí, lo mismo que la última vez, por favor.

—Buena chica. Nos vemos mañana por la noche. Ahora duerme un poco, Ángel.

Colgué antes de que pudiera responder y le disparé a los soldados que quedaban.