Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 13 Romeo
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ROMEO

Me quedé sin aliento cuando llegué a la librería de Julieta.

Me había reunido con nuestro capo de Brooklyn para hablar de un nuevo cargamento de armas y había tenido que lidiar con el tráfico para llegar hasta aquí.

Matteo me necesitaba de vuelta en el apartamento, sin embargo, le había dicho a Julieta que la acompañaría a casa y no faltaría a mi palabra.

Además, quería volver a verla. Esta mañana había sido demasiado corta.

Entré sigilosamente a la librería y encontré a Julieta en el mostrador, tecleando algo en su computadora. Sonrió tímidamente al verme.

—Hola, hermosa. ¿Lista para irnos?

Ladeó la cabeza.

—Iba a terminar una cosa más del inventario, pero puedo dejarlo para mañana si tienes prisa.

Me sorprendió lo fácil que me entendía.

—Tengo que estar en un lugar pronto. Una reunión de negocios —aclaré rápidamente cuando me di cuenta de que podía pensar que me refería a una cita.

Agarró su chaqueta de un perchero detrás del mostrador y me maldije por no haberla ayudado a ponérsela.

«Solo son amigos», me recordó la molesta voz de mi cabeza.

Bueno. Los amigos siempre ayudan a los amigos a colocarse la ropa.

Rodeó el mostrador y se detuvo frente a mí.

—Gracias por volver. No era necesario. —Desvió la mirada—. Normalmente no soy tan, —hizo un gesto con las manos—, disfuncional como esta mañana. —Soltó una risita suave—. Bueno, tal vez eso no sea del todo cierto. Aunque normalmente lo disimulo mejor.

El autodesprecio de su voz me resultaba familiar. Era la misma forma en que yo solía hablar de mí mismo, pero no me gustaba en los labios de Julieta.

Le sujeté la barbilla.

—No hables así de ti misma. No eres disfuncional y nunca tendrás que ocultarme tus problemas.

Su piel se sonrojó y tuve que hacer todo lo posible para soltarla y retroceder.

Quería sentir sus curvas entre mis brazos, saborear sus labios, pero me contuve.

Una vez afuera, no perdí de vista a Julieta.

Dejó escapar un suspiro tembloroso al ver que la obra que nos había obligado a desviarnos esta mañana había sido despejada.

Aun así, tomé su mano mientras cruzábamos la calle concurrida.

Entrelazó sus dedos con los míos y eso hizo que mi corazón latiera más deprisa, como si fuera un puto adolescente.

No es que de adolescente sintiera algo tan fuerte por alguien.

Estábamos de nuevo en su edificio demasiado pronto. Me apretó la mano.

—Será mejor que vayas a tu reunión.

Le devolví el apretón.

—Sí. —Mis palabras eran como grava. Abrió la puerta del vestíbulo, pero antes de devolverle la mano, la atraje hacia mí y besé la coronilla de su cabeza—. Que pases una buena noche, Ángel.

—Tú también, Romeo —susurró.

Volví corriendo al lugar donde había estacionado el coche y conduje hacia el centro, luchando contra el tráfico y la sensación de que no debería haberla dejado.

Sofiya suspiró pesadamente desde su lugar junto a mí en el sofá. Arqueé una ceja.

—¿Estás bien?

—No —se quejó—. Necesito que este bebé nazca ya. Estoy demasiado embarazada. —Se movió para recostarse, con una almohada grande entre las piernas.

Matteo iba a reunirse con un nuevo proveedor de armas esta noche.

Normalmente, habría ido con él, pero me había ordenado que me quedara con Sofiya.

Ella ya tenía a Angelo, su guardaespaldas, no obstante, la creciente tensión con esta nueva facción albanesa, junto con el embarazo de su esposa, habían hecho que Matteo fuera aún más autoritario que de costumbre.

—Solo faltan unas pocas semanas más.

Ella soltó un quejido.

—No puede llegar lo suficientemente rápido.

Estábamos viendo una extraña película de vampiros para adolescentes en la que el chico observaba a la chica que le interesaba mientras dormía.

—¿Crees que poner cámaras en el apartamento de alguien sin que lo sepa es pasarse de la raya? —inquirí.

—No —dijo Angelo.

—Sí —respondió Sofiya al mismo tiempo.

Ella frunció el ceño.

—¿De quién estamos hablando? ¿Para qué necesitas las cámaras?

Me encogí de hombros.

—Es solo una hipótesis. Pero ¿y si las cámaras estuvieran ahí para mantenerla a salvo?

—¿Mantenerla? —Sofiya se animó, ya no parecía enfadada y cansada—. ¿Quién es ella?

—Nadie —murmuré—. No importa.

Me encontré con la mirada de Angelo y él levantó la barbilla.

—Haz lo que tengas que hacer.

Había una profunda comprensión en su expresión y me hizo preguntarme.

—¿Cómo están las chicas que rescatamos el otro día? —Mantuve la mirada fija en el guardaespaldas. Su mandíbula se tensó y de pronto se quedó absorto en la película.

—Están… No sé, me parece mal decir que están bien —opinó Sofiya, con voz suave—. Después de lo que sufrieron, no sé cómo es posible sanar. Pero ahora todas están a salvo y estamos haciendo todo lo que podemos para apoyarlas.

—¿Qué le pasó a la mujer que sacaste en brazos, Angelo?

Frunció el ceño.

—Perdió la pierna.

—Carajo, qué mal.

—No se lo merecía —gruñó con tono brusco.

Conocía a Angelo desde que era un niño. Siempre había sido dulce y amable, criado en un hogar amoroso con dos padres cariñosos.

Su padre trabajaba en la Familia como contador, pero Angelo estaba decidido a ser soldado.

Me preocupaba que fuera demasiado blando para eso, no obstante, demostró lo contrario cuando salvó la vida de Matteo.

Había ascendido de rango y había vuelto a demostrar su valía cuando se convirtió en el guardaespaldas de Sofiya y la defendió a capa y espada, recibiendo un disparo en el proceso.

Todavía me preguntaba si esta vida lo hacía feliz.

—¿Cómo se llama? —le pregunté.

Me miró.

—¿Quién?

Tuve que contener mi sonrisa.

—La mujer. ¿Cómo se llama?

—Anya. —La oscuridad cubrió sus rasgos—. ¿Por qué quieres saberlo?

Oh, esto sí que era interesante. Parecía que no era el único que guardaba un secreto… ¿Un secreto de qué?, ¿enamoramiento?

Llamar a Julieta un enamoramiento no se sentía lo suficientemente bueno, pero ¿podría tener más con ella? ¿Podría tener lo que Matteo y Sofiya tenían?

Durante el resto de la película, lo único en lo que podía pensar era en lo suave que era la piel de Julieta, en lo bien que olía su cabello. Se veía tan perfecta hoy. Se sentía tan perfecta.

Ella era perfecta.

Vi a Julieta salir de su apartamento a la mañana siguiente.

Entró a la tienda de bagels de al lado y salió unos minutos después, con la bolsa en la mano.

En cuanto la perdí de vista, entré a su edificio.

Era enorme, con cerca de cien unidades. Por suerte, Sienna me había dado el número del apartamento de Julieta, que parecía demasiado presumida cuando me lo dio.

Colocar las cámaras fue fácil. Una apuntaba a su puerta y la otra estaba junto a la entrada principal del edificio. Estuve tentado de poner una dentro de su apartamento, pero incluso yo sabía que eso era pasarse de la raya. ¿O no?

«Sí, sí, lo era».

Al menos ahora podía asegurarme de que llegara a casa sana y salva todos los días.

Cuando volví al coche, abrí la aplicación para asegurarme de que las cámaras estaban transmitiendo correctamente y respiré con alivio al ver que así era.

Tamborileé con los dedos en el volante y abrí un nuevo mensaje de texto.

Romeo

Siento no haberte visto esta mañana. ¿Llegaste bien al trabajo?

El corazón me latía con fuerza en el pecho mientras esperaba la respuesta de Julieta. Quizá debería poner cámaras en la librería y sus alrededores. ¿Y si le pasaba algo de camino al trabajo?

Los segundos pasaban y mi ritmo cardíaco aumentaba. ¿Y si se había desmayado en algún sitio? ¿Debería ir a buscarla en coche o a pie?

Abrí la puerta del vehículo de golpe, dispuesto a echarme a correr, cuando vi aparecer la burbuja de texto. Me desplomé aliviado contra el asiento.

Julieta

Sin desvíos esta mañana

Romeo

Me alegra saberlo.

Apoyé la cabeza en el volante mientras mi ritmo cardíaco volvía a la normalidad.

Ahora quería ir a la librería. Probablemente Julieta necesitaba el almuerzo y yo podía llevárselo.

Pero entonces recibí un mensaje de Matteo pidiéndome que llevara a Enzo y a Dante a visitar uno de los almacenes del norte del estado donde se guardaban los cargamentos de cocaína.

Las cifras del inventario no cuadraban y Matteo temía que uno de nuestros hombres se estuviera quedando con la mayor parte.

Solía encantarme mi posición como segundo al mando del Don. Mi trabajo me daba una emoción y un propósito. Aunque, últimamente, algo más estaba compitiendo por mi atención. Alguien. Y eso me preocupaba. Matteo era mi hermano y la Mafia era mi familia. Tenían que ser mis prioridades.

Arranqué el coche. Necesitaba poner mi cabeza en el juego. Julieta estaría bien, y yo tenía trabajo que hacer.