Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 12 Julieta
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12 Julieta

JULIETA

Me abrigué con más fuerza y respiré profundamente antes de salir.

Los días eran cada vez más fríos ahora que nos acercábamos a diciembre, e incluso había visto algunas ráfagas de nieve a través de mi ventana esta mañana.

Era un día como cualquier otro. Excepto que, al abrir la puerta principal de mi edificio, me detuve bruscamente.

Porque frente a mí estaba un Romeo muy sonriente, con un aspecto demasiado atractivo con traje y abrigo negro.

—Buenos días —me saludó. Me quedé mirándolo hasta que soltó una risita y cerró el espacio que nos separaba. Recorrió mi brazo con su mano y me dio un pequeño apretón—. Veo que te dejé sin palabras.

Mi cerebro fallaba ante esta completa desviación de la rutina.

—Hola —solté finalmente.

—¿No te gustan las mañanas? —Negué con la cabeza—. A mí tampoco. Vamos a que desayunes algo. Eso te alegrará la mañana. ¿Esta es la tienda de bagels a la que vas? —Señaló la tienda de al lado.

No podía creer que recordara que la primera vez que nos vimos había hablado de los bagels. Lo único que pude hacer fue asentir con la cabeza. Sonrió, me guio suavemente hasta la entrada y me abrió la puerta.

—¿Qué pides, Ángel?

Mi corazón se encogió al escucharlo llamarme ángel, y tuve que decirle con severidad que Romeo y yo solamente éramos amigos.

Me había sorprendido cuando me envió un mensaje anoche con su “propuesta”.

La parte de mi corazón adicta a las historias románticas me dolió cuando dijo que quería que únicamente fuéramos amigos, pero sinceramente esto era más de lo que jamás podría haber soñado.

No entendía por qué este hombre había entrado a mi vida, mas le dio color al gris en el que se había convertido mi día a día.

—Bagel sencillo tostado con queso crema de fresa.

—Suena bien.

En lugar de su habitual saludo indiferente, Kim nos miraba fijamente. Cuando Romeo volteó a ver la parte trasera de la tienda, ella hizo un gesto muy amplio, murmurando ¡Oh, Dios mío!, lo que me hizo reír. Él giró la cabeza hacia mí, con los ojos muy abiertos y una expresión de asombro.

Ladeé la cabeza.

—¿Qué?

Hizo girar un mechón de mi cabello alrededor de su dedo.

—Me gusta oírte reír.

Me sonrojé y me pasó el brazo por el hombro mientras nos dirigíamos al mostrador.

Romeo hizo el pedido por mí, solicitando lo mismo para él, y pagó, ignorando mis protestas.

Tomó las dos bolsas y volvió a estrecharme a su lado.

Kim me lanzó otra mirada mientras nos íbamos, y supe que mañana me preguntaría por esto.

—¿Vienes conmigo a la librería? —le pregunté.

—Si te parece bien.

Aparté la mirada, ocultando mi sonrisa.

—Sí, está bien.

Nos condujo con cuidado por la acera y me deleité con la calidez de su cuerpo. Me hacía sentir segura y protegida.

Estaba aturdida mientras avanzábamos por la calle, pero me sobresalté cuando nos topamos con una obra de construcción.

—Supongo que tendremos que tomar una desviación —indicó Romeo. Había señalamientos que nos indicaban que camináramos una cuadra a la izquierda, pero mi cuerpo estaba paralizado—. ¿Julieta?

Se me aceleró el corazón y sentí un pitido agudo en los oídos. Tendría que desviarme de mi ruta y mi cerebro no estaba de acuerdo. Me invadieron olas acaloradas de mareo. Apreté los puños, aterrorizada por la idea de desmayarme.

Noté vagamente que Romeo me empujaba hasta que mi espalda quedó apoyada contra un edificio y él estaba delante de mí, bloqueando el mundo. Su mano sujetó mi cara y su calor atravesó parte de mi pánico.

—¿Qué sucede? —Tenía el ceño fruncido.

Las palabras se me atascaban en la garganta.

Si él no estuviera aquí, habría dado media vuelta, me habría ido a casa y habría dejado cerrada la librería el día de hoy.

Tenía una sola ruta segura a la tienda, y esta desviación era suficiente para desencadenar mi pánico.

No obstante, Romeo estaba aquí, y tenía que decirle algo.

—Yo… tengo…

—Shhh —expresó, apretando su cuerpo contra el mío con más fuerza—. Tómate tu tiempo. No hay prisa. Solo respira y dime cuando estés lista.

Igualé mi respiración con la suya, mi pecho subiendo y bajando al mismo ritmo hasta que ya no sentí que fuera a desmayarme.

Mantuve mi mirada en su pecho mientras hablaba.

—Tengo agorafobia.

Sus dedos jugaron con mi cabello.

—He escuchado sobre eso, pero no sé mucho al respecto. ¿Me hablarías de ello?

—Me dan ataques de pánico cuando estoy fuera de mi casa. Hay algunos lugares que son seguros, como la tienda de bagels, y tengo una ruta que sigo para ir a la librería.

Mis palabras sonaban confusas y era demasiado cobarde para mirar a Romeo. Estaba convencida de que todo lo que vería allí sería prejuicio y confusión.

Me acunó suavemente la cara con ambas manos.

—¿Así que el desvío es un problema porque está fuera de tu ruta normal? —Me inclinó suavemente el rostro hasta que lo vi con renuencia. Mis ojos se humedecieron ante la amabilidad que encontré allí—. ¿Ese es el problema? —me preguntó.

—S-sí —balbuceé.

—De acuerdo. ¿Quieres volver a casa o probar el desvío? Si lo hacemos, no me separaré de ti. Te mantendré a salvo.

Todo dentro de mí gritaba que me diera la vuelta y me fuera a casa, que me encerrara en mi apartamento y me escondiera bajo las sábanas.

Aunque una pequeña parte de mí me impulsaba a ser valiente.

Ya no quería seguir atrapada en mi rutina.

Antes podía pasear por la ciudad sin sentir pánico.

Quizá podría hacerlo con Romeo a mi lado.

—Si probamos la desviación y me pongo histérica…

—Volveremos enseguida, lo prometo. —Me pasó los dedos por el cabello, su tacto me tranquilizó.

—Siento mucho ser tan rara —susurré.

Me agarró el cabello con más fuerza.

—No hables mal de ti.

Nuestras miradas se cruzaron y, por un momento, el mundo entero se desvaneció y lo único en lo que podía pensar era en su cercanía y en lo bien que se sentía su cuerpo contra el mío.

«Amigos, amigos, amigos», repetía a mi cerebro.

—De acuerdo. Vamos a intentarlo —declaré.

Romeo me estrechó contra su pecho, apretándome en un fuerte abrazo. Juraría que me olió el cabello, pero luego se apartó. Sin embargo, siguió abrazándome y giramos hacia la calle. Mi respiración se aceleró inmediatamente.

—¿Qué libro estás leyendo ahora? —preguntó Romeo mientras dábamos unos pasos.

—Umm, ¿qué? —El mundo me daba vueltas, pero su firme abrazo me mantenía erguida.

—Estás leyendo algo, ¿verdad?

Dimos la vuelta por la calle, yendo en dirección contraria a la habitual.

—No lo sé. Tengo un bloqueo lector, no tengo ganas de leer nada. Anoche empecé uno nuevo. Es un romance de aliens.

Había pensado que leer sobre aliens me distraería de mis constantes pensamientos sobre mi italiano de cabello oscuro, no obstante, el chico alienígena no paraba de soltar chistes que me recordaban a Romeo.

—¿Romance de aliens? ¿Qué carajos es eso? —El semáforo se puso en verde y Romeo medio me arrastró al otro lado de la calle. Un hombre alto que cruzaba en sentido contrario chocó conmigo mientras enviaba un mensaje de texto, y dejé escapar un ruido de angustia.

—Estás bien —aseguró Romeo, frunciendo el ceño hacia el hombre—. Ya casi llegamos.

Siguió con la conversación mientras girábamos a la derecha y caminábamos por la calle, burlándose de mí sobre el romance de aliens hasta que volvimos a la calle original por la que habíamos empezado.

Se detuvo y nos llevó a un lado de nuevo, envolviéndome en sus brazos.

Me hundí contra su pecho. Me puso la mano en la nuca y me apretó la cara contra su cuello. Lo respiré, su olor me impregnó.

—Lo lograste —halagó en voz baja.

No sé cuánto tiempo estuvimos allí, pero finalmente me aparté un poco y me encontré con la sonrisa de Romeo.

—Gracias —agregué, con dificultad una vez más para encontrarme con su mirada. Me había visto en mi momento más vulnerable, sabía algo de mí que nadie más sabía.

—No tienes que agradecérmelo. Gracias por confiar en mí lo suficiente como para contármelo. —Me apretó la mano y me acompañó a la librería.

—Deberíamos haber comprado café —dijo—. Necesito mi cafeína matutina.

—Hay una máquina de café espresso en la tienda. Puedo hacerte uno.

Me sonrió.

—Me encantaría.

Aún me temblaban las manos cuando abrí la librería. El suave aroma de los libros me tranquilizó, al igual que la mano de Romeo en la parte baja de mi espalda.

—¿Hora del bagel? —me preguntó.

—Estoy atrasada, pero tú puedes comer. —Llevaba unos quince minutos de retraso y tenía que hacer mis tareas de apertura de la tienda.

—Ven, tómate un momento. —Romeo me llevó hasta unos sillones y se arrodilló frente a mí cuando me senté—. Necesitas recuperar el aliento. Acabas de hacer algo grande.

Se me llenaron los ojos de lágrimas y no pude parpadear lo bastante rápido. Se deslizaron por mis mejillas y él las secó. Lo único que había hecho era caminar por una calle distinta a la habitual, pero él lo reconoció por lo significativo que era, y eso lo significaba todo.

Sacó mi bagel de la bolsa y me lo puso en la mano antes de sentarse a mi lado.

—Veamos si están buenos. Nunca he comido queso crema de fresa.

No sabía cuánto iba a poder comer con el estómago revuelto, pero le di un mordisco.

—Está buenísimo —pronunció Romeo. Miré hacia él y vi que casi se había terminado el bagel. Me percaté cómo le daba otro bocado enorme, con las cejas alzadas con diversión.

Me terminé la mitad del bagel y le ofrecí la otra mitad.

—No, deberías comértelo tú.

—Estoy llena. Lo prometo —añadí cuando me miró con incredulidad.

Tomó mi medio bagel y se lo comió de un bocado, haciéndome sonreír. Me levanté de la silla.

—¿Quieres un espresso? —Se suponía que la tienda abría en cinco minutos, pero pensé que no había problema si hoy me demoraba un poco.

—Me encantaría uno.

Se lo tomó puro mientras yo le añadía una buena dosis de leche y azúcar, y luego me ayudó a abrir la tienda. Con todas las luces encendidas, incluidas las de Navidad que había puesto, el espacio parecía cálido y acogedor.

Estaba encendiendo mi computadora obsoleta cuando Romeo recibió una llamada. Hablaba en voz baja, pero las pocas palabras que pude escuchar eran en italiano.

—Tengo que ir a trabajar —me informó después de colgar.

Se me encogió el corazón. Claro que no podría quedarse aquí todo el día, mas me gustaría que pudiera. Me estaba acostumbrando demasiado a volver a tener un amigo en mi vida.

—Gracias por el desayuno y… por todo. —Me aclaré el nudo de la garganta.

—¿A qué hora te irás a casa? —preguntó Romeo.

—Probablemente alrededor de las ocho y media.

—Volveré para acompañarte.

—No tienes por qué hacerlo.

Me dirigió una mirada severa y no pude evitar sonreír. Me devolvió la sonrisa y se inclinó para besarme en la mejilla.

—Que tengas un buen día, Ángel.

—Tú también.

Y luego se marchó. Me llevé la mano a la mejilla donde acababan de estar sus labios, sintiendo una sensación de calidez.