9 Julieta
cWB
JULIETA
Romeo estaba presionado contra mi cuerpo, y el escritorio detrás de mí significaba que no podía alejarme.
Y no es que quisiera.
El fuego de sus ojos me hacía estremecerme. Quería envolverme en él y hacer que se quedara para siempre.
Se me calentaron las mejillas y me alegré de que Romeo no pudiera leerme la mente. Si supiera que ya estoy obsesionada con él, saldría corriendo de aquí rápidamente.
Se me cortó la respiración cuando sus manos recorrieron mis costados. Agarró mis caderas y me levantó sobre el escritorio, y dejé escapar un chillido ante el movimiento, asombrada de que me levantara con tanta facilidad.
—La próxima vez avísame un poco antes. —Jadeé.
Sus manos subieron lentamente por mis muslos.
—Pero me gustas así. Con las mejillas sonrosadas —sus labios rozaron mi piel—, y el corazón latiendo con fuerza. —Sus dedos me rodearon las muñecas, sin duda sintiendo mi pulso acelerado.
Una oleada de miedo se unió a mi excitación al recordar lo más fuerte que era él comparado conmigo. Lo fácil que le resultaría someterme.
—¿Julieta? —La voz de Romeo me devolvió a la realidad—. ¿Estás bien?
Parpadeé, asombrada de que se hubiera dado cuenta del cambio. Respiré profundamente y su aroma me envolvió, cuero, whisky y calidez, calmando mi ansiedad.
—Sí, estoy bien.
Di la vuelta a nuestras manos, de modo que ahora le sujetaba las muñecas y mis dedos eran incapaces de rodearlas completamente.
Su piel era tan cálida, sus palmas callosas y el dorso de sus manos estaban llenas de pequeñas cicatrices blancas.
El ritmo constante de su pulso me tranquilizaba, como si mi pasado y toda su oscuridad se desvanecieran.
Romeo tomó mi rostro entre sus manos.
—¿Sabes siquiera el ángel que eres?
Recorrí el borde de su mandíbula, su barba áspera contra las yemas de mis dedos.
—No soy un ángel. —Mis palabras salieron como una confesión susurrada.
—Lo eres. —Me acercó más, empujando mis piernas para que rodearan su cintura—. Y yo soy el diablo, así que lo sabría.
Nuestros labios estaban a un pelo de distancia, el aire que nos rodeaba era electrizante. Mi corazón latía de emoción. Iba a besarme, y yo quería que lo hiciera.
Y entonces el teléfono de Romeo sonó.
—Mierda —murmuró. Sacó su móvil del bolsillo y algo oscuro cruzó su rostro mientras leía lo que había en la pantalla. Escribió una respuesta rápida y volvió a mirarme—. Me tengo que ir. Lo siento.
Se me encogió el corazón y me tragué mi decepción. Parecía realmente arrepentido.
—Está bien —repliqué.
—No lo está, maldita sea —musitó antes de acercarme su teléfono—. Pon tu número.
Tomé el aparato, pero no tecleé nada.
—¿Por qué?
—Porque quiero poder ponerme en contacto.
Resoplé y le di un empujoncito en el pecho, aunque él no se movió.
—Pero ¿por qué? —Quería saber qué había entre nosotros. ¿Por qué había venido hoy? ¿Qué quería de mí?
Me agarró la barbilla con el pulgar y el índice.
—Haz lo que te digo.
Fruncí el ceño ante su prepotencia exasperante, aunque por alguna razón, sus palabras me excitaron.
Introduje mi número de teléfono.
—Buena chica. —Tomó de nuevo su móvil—. ¿Cómo llegarás a casa?
—Caminando.
Su mandíbula se apretó.
—Está oscuro afuera.
—He caminado de noche antes —me burlé. No obstante, la expresión de Romeo se ensombreció aún más.
—Ponte tu chaqueta. Te acompañaré a casa.
—¿Qué? No, eso no es…
—No discutas.
Su mirada inquebrantable se encontró con mi ceño fruncido.
—Generalmente no dejo que los extraños sepan dónde vivo.
—Eso es muy inteligente. Menos mal que no soy un extraño. —Como no cedí, suspiró—. Julieta, podría encontrar tu dirección en segundos si quisiera. No voy a hacer algo que te haga daño. Pero no te dejaré caminar sola a casa en una zona de mierda de la ciudad en la oscuridad.
Espera, ¿qué? ¿Cómo podría encontrar mi dirección? Aunque, supuse que cualquiera con suficiente dinero podría averiguar cosas en línea.
—Esta no es una zona de mierda de la ciudad. —Me crucé de brazos—. ¿Entonces donde vives tú?
—En Upper West Side.
Puse los ojos en blanco.
—Por supuesto que sí. Bien, puedes acompañarme a casa. Pero te advierto que cuando hagan un podcast de crímenes verídicos sobre mi asesinato, en este momento es cuando todos los que lo escuchen gritarán que soy una idiota.
Resopló.
—Tienes una imaginación muy activa, dulzura. —Luego volvió a ponerme las manos en las caderas y me ayudó a bajar del escritorio, deslizando mi cuerpo lentamente contra el suyo. Me quedé allí un momento, apretada contra él y aspirando su aroma, antes de retirarme de mala gana.
No podía explicar mi comportamiento, mi disposición a dejar que Romeo entrara en mi vida, excepto porque había estado rodeada de muchos hombres abusivos y Romeo no me los recordaba. Había algo de peligro en él… quizá algo más que eso, si era sincera, mas no había crueldad que pudiera percibir.
Me ayudó a ponerme la chaqueta y sus manos recorrieron mis brazos.
Arqueé una ceja.
—Todo un caballero.
—Siempre. —Abrió la puerta con un ademán.
En cuanto la cerré con llave, Romeo me pasó el brazo por el hombro y me arrimó a su lado mientras empezábamos a caminar. Normalmente tenía que fortalecerme antes de salir a la calle, pero me sentí más relajada al instante con él a mi lado.
Siempre había sido así, ansiosa en público, incluso antes de que la agorafobia fuera tan grave como ahora.
Únicamente exploraba la ciudad con mis amigas a mi lado, y nunca se habían burlado de mí por ello.
Cuando empezamos las clases en la universidad pública, se aseguraron de que sus horarios coincidieran con los míos, así que siempre había al menos una persona que podía acompañarme a clase y de vuelta a casa.
Había olvidado lo agradable que era no tener que andar sola.
Romeo me acomodó de modo que él quedara más cerca de la calle, abrazándome con más fuerza cada vez que alguien se cruzaba con nosotros. A menudo había soñado con encontrar un apartamento aún más cerca de la librería, pero hoy deseaba que hubiera una forma de alargar las siete calles.