8 Romeo
ROMEO
Julieta se sentó hacia atrás con un quejido. De nuevo estábamos en el suelo, frente a frente, con nuestras piernas tocándose y los recipientes de comida tailandesa esparcidos a nuestro alrededor.
No podía dejar de mirar los muslos de Julieta con sus jeans ajustados.
Me tenía que acomodar para que ella no viera mi erección, pero mierda, la deseaba.
Quería arrastrarla hasta mi regazo, apretar ese coñito caliente contra mi polla y hacerla sentir tan bien que lo único que pudiera hacer era gritar mi nombre.
—Pediste demasiada comida —comentó.
Parpadeé, volviendo a la realidad.
—No existe tal cosa como demasiada comida —bromeé, pero la montaña de recipientes sin tocar se burlaba de mí en un rincón.
Puede que tuviera algo de razón. Estaba acostumbrado a pedir comida para muchas más personas: Sofiya, Sienna, Matteo, Angelo, Enzo, además de las sobras para quien fuera a hacer la guardia nocturna.
—¿Tienes un refrigerador aquí?
Asintió con la cabeza.
Me encogí de hombros.
—Bien. Entonces puedes comer las sobras. Si quieres.
Se le iluminaron los ojos.
—¿De verdad? ¿Estás seguro de que te parece bien?
Ladeé la cabeza.
—Claro que sí.
Se contoneó contenta y yo me quedé aún más confundido. ¿Estaba tan emocionada por las sobras de comida? Tuve la extraña necesidad de enviarle comida a domicilio todos los días.
Se levantó, y de pronto, mi cara estaba a la altura de su coño. Si me inclinaba hacia adelante, podía…
Ahogué un gruñido cuando se agachó para agarrar los recipientes, carajo. Su trasero era tan voluminoso y tentador. Quería que cada nalga llenara mi mano mientras apretaba…
—Voy a meterlos en la nevera —indicó, poniéndose de pie con un montón de recipientes.
Me levanté de un salto y agarré las cajas. Julieta no debería cargar nada. Me miró con curiosidad mientras ella me dirigía hacía el pequeño refrigerador que había al fondo de la tienda.
—Voy al baño. —Dudó un momento—. ¿Seguirás aquí?
Había algo vulnerable en su expresión que me hizo querer estrecharla contra mi pecho y no soltarla jamás. No quería irme. Quería disfrutar de la luz estelar de Julieta todo el tiempo que fuera posible, aunque fuera injusto para ella. Cuanto más me quedara, más en peligro la pondría.
—No me iré a ninguna parte.
Su sonrisa tímida hizo que valiera la pena.
Volví a la zona del escritorio para recoger las cosas, pero me detuve cuando vi un sobre con el logotipo de Empire Properties.
Era uno de los negocios legítimos de Matteo, y yo era técnicamente el director de finanzas.
Eso significaba que esta carta era tan asunto mío como de Julieta.
Al menos, eso me dije mientras la sacaba del sobre ya abierto.
Se me oprimió el pecho al examinar el contenido.
Levanté bruscamente la cabeza al escuchar los pasos de Julieta.
—¿Qué es esto? —Mi voz era áspera mientras levantaba el sobre.
Ella frunció el ceño y me lo arrebató de la mano.
—¿Mi correo privado?
—Dice que hay un aumento de alquiler de la librería. ¿Es normal?
Julieta volvió a colocar la carta sobre el montón de correo, alisándola con la mano. No me miró mientras se encogía de hombros.
—Sí. Es decir, creo que es normal que aumente el alquiler.
—¿Puedes pagarlo?
Una pequeña línea apareció entre sus ojos.
—Ya me las arreglaré.
Nop. No me gustó esa respuesta.
Me coloqué detrás de ella y la aprisioné contra el escritorio.
—¿Me estás mintiendo, Ángel?
Se retorció, pero eso simplemente significaba que su cuerpo rozaba el mío.
—Esto no es tu problema, Romeo.
Tampoco me gustó esa respuesta. Llámenme bastardo egoísta, pero rara vez me preocupaba por alguien que no fuera de la Familia. Por alguna razón, quería que todo lo que tuviera que ver con Julieta fuera asunto mío.
—¿Es demasiado el aumento? —Incliné su barbilla para poder ver su expresión.
—No lo sé. —Intentó apartarme, no obstante, me quedé exactamente donde estaba. Después de unos momentos, se relajó contra mi tacto—. Tal vez no soy buena haciendo esto. —Sonaba tan insegura.
—¿Haciendo qué?
—Administrar esta librería. Tal vez no estoy hecha para todo esto. Todavía no puedo creer que Arturo me la confiara, y ahora…
Una neblina roja se apoderó de mi vista. La agarré de las caderas y la giré hacia mí, apretando mi cuerpo contra el suyo.
—¿Quién demonios es Arturo?
Julieta ladeó la cabeza.
—Es el dueño de la librería.
—Pensé que la librería era tuya.
—No, solamente soy la gerente. Arturo se mudó el año pasado y me dejó a cargo, y no quiero decepcionarlo.
Estoy probando formas nuevas de atraer gente a la librería, como hacer eventos de firma de libros y publicar en las redes sociales, pero no sé.
—Se interrumpió, con las mejillas sonrojadas como si estuviera avergonzada.
Le acaricié el rostro.
—Creo que estás haciendo un trabajo increíble. A todos los que vinieron hoy les encantó hablar contigo. —Demasiado, en mi opinión—. ¿Tienes a alguien que te ayude?
Asintió lentamente.
—Tengo dos empleados de medio tiempo. Uno de ellos tenía que trabajar hoy, pero llamó diciendo que estaba enfermo, y ahora me preocupa no tener suficiente dinero para pagarles.
Quería decirle que no tenía que preocuparse por pagar el alquiler, sin embargo, no podía decírselo sin revelar mi trabajo.
Y si investigaba, podría encontrar los rumores en Internet de que Matteo era un mafioso.
El contraste tan marcado entre nuestros mundos me llenó de un temor profundo e inquietante.
No diría nada ahora, pero de algo estaba jodidamente seguro: averiguaría qué estaba pasando con el aumento del alquiler y lo solucionaría para ella.
No me gustaba ver estrés en el rostro de Julieta.
—Estoy seguro de que todo se arreglará, nena.
Me incliné y le besé la frente, y se sintió tan bien. Demasiado bien. No debí haber venido hoy. Necesitaba cortar con esto por el bien de ambos, no obstante, la idea de no volver a verla me hacía sentir físicamente enfermo.
Ella se relajó contra mí y yo me acerqué hasta que quedó apoyada contra el escritorio, con su cuerpo curvilíneo pegado al mío.