7 Julieta
cSM
JULIETA
Si pensaba que con darle a Romeo unas cuantas recomendaciones de libros conseguiría que se fuera, estaba muy equivocada.
Y no podía estar más emocionada.
Se había pasado las últimas horas siguiéndome por la tienda, ayudándome a mover algunas de las cajas de libros más pesadas al suelo y colocándose de forma amenazante detrás de mí mientras atendía a la gente.
Su comportamiento me parecía posesivo. No tenía sentido. Únicamente habíamos pasado una noche juntos y pensaba que no lo volvería a ver. Pero eso no impidió que me encantara la forma en que mantenía su cuerpo cerca del mío, siempre jugando con mi cabello y acariciando mi cintura.
Despertaba una parte de mí que creí que había desaparecido para siempre. La parte que se sentía eufórica y excitada por su atención.
Ordené una pila de libros ilustrados.
—Esto es lo último de la lista de cierre. —Examiné la sección infantil, ahora limpia y ordenada, para asegurarme de que no se me había pasado nada por alto antes de mirar a Romeo con una ceja arqueada—. Oficialmente estamos cerrados.
Me dedicó una sonrisa que me derritió las bragas antes de dejarse caer en uno de los pufs.
—Por fin. Ahora te tengo toda para mí solo.
El calor de sus ojos me hizo retorcerme.
—¿Qué haces aquí, Romeo? —Era imposible que este hombre tan guapo estuviera realmente interesado en mí, y por mucho que me encantara pasar las últimas horas con él, no tenía idea de lo que estaba pasando.
—Estoy aquí para llevarte a cenar, dulzura.
—¿A cenar? —repetí, como si fuera un concepto extraño para mí.
Una lenta sonrisa se dibujó en su rostro.
—Sí, a cenar. La comida que tomamos a estas horas. Vámonos. —Se levantó del puf y mis ojos se detuvieron en sus musculosos antebrazos. Se había remangado la camisa antes y no pude evitar echarle un vistazo.
Pero cuando tomó mi mano, me quedé helada.
El hombre más atractivo que había visto en mi vida acababa de invitarme a salir. Posiblemente a una cita.
Y no había ninguna forma de que yo pudiera ir.
Tragué saliva contra el intenso anhelo que se formaba en mi garganta, deseando más que nada poder ser normal y salir con este hombre.
Estaba segura de que Romeo seguiría adelante después de lo que fuera que estuviera haciendo conmigo, posiblemente al final de la noche si era sincera conmigo misma, aunque yo era codiciosa y quería cada minuto que pudiera estar con él.
—No puedo. —Odié las palabras incluso mientras las pronunciaba.
Romeo frunció el ceño.
—¿Por qué no?
«Piensa en una excusa. Rápido».
—Tengo que quedarme aquí y hacer inventario.
Bien hecho. Suena razonable.
—Sáltate el trabajo. Todo el mundo necesita un descanso.
Al encontrarme con la mirada llena de esperanza de Romeo, por primera vez tuve la tentación de decir la verdad en voz alta. Nadie sabía de mi agorafobia. Estaba segura de que Arturo lo sospechaba, pero yo nunca lo había admitido.
Tragué saliva con dificultad. La vergüenza hizo que las palabras se me atascaran en la garganta.
—Es que… no puedo.
Romeo ladeó la cabeza y tuve la extraña sensación de quedar totalmente al descubierto ante él. Como si viera demasiado.
—¿Hay alguna razón por la que no quieras irte conmigo?
Mantenía un gesto inexpresivo, mas había un atisbo de vulnerabilidad en sus palabras. Se me revolvió el estómago. No quería que pensara que no quería estar con él. Negué con la cabeza.
—No, no es eso. Te lo prometo.
Me miró un instante antes de sonreír.
—Entonces pediré comida a domicilio. —Sus pulgares frotaron círculos suaves en mis caderas. ¿Cuándo se había acercado tanto? Apenas pude evitar balancearme más cerca.
—¿Quieres quedarte aquí y comer conmigo? ¿Por qué?
—Porque no estoy listo para que la noche termine —añadió simplemente.
Se me oprimió el pecho.
—De acuerdo.
—De acuerdo —respondió con una sonrisa de satisfacción.