Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 6 Romeo
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6 Romeo

ROMEO

Bebí otro vaso de whisky, sin embargo, ninguna cantidad de alcohol podía contrarrestar la oscuridad que se arremolinaba en mi interior.

Era casi mediodía cuando regresé a mi apartamento. Debí haberme ido a la cama después de ducharme, pero en lugar de eso, me senté en la escalera para incendios y me quedé mirando la ciudad, observando cómo cambiaba la luz a medida que el sol se abría paso por el cielo.

Tenía las manos entumecidas por el frío.

En algún momento había intentado tejer para ver si eso me tranquilizaba, mas acabé tirando todo el proyecto por la escalera de incendios en un arrebato de rabia frustrada.

No podía quitarme de la cabeza las imágenes, los sonidos y el maldito olor de aquel lugar.

El desconsuelo en los ojos de aquellas chicas reflejaba lo que yo había visto en los ojos de mi madre décadas atrás.

Todas merecían algo mucho mejor. Merecían haber sido encontradas más rápido…

que nada de esto hubiera ocurrido en primer lugar.

No quería sentir esta impotencia y arrepentimiento. Necesitaba no sentir. Pero ninguno de mis recursos habituales, pelear, follar o beber, me atraía.

Unos brillantes ojos verdes y una suave sonrisa llenaron mi mente y, de pronto, supe dónde tenía que estar. Con ella.

Me puse en marcha, incluso antes de haber tomado una decisión.

Me dirigí al garaje, aunque no me llevé el auto.

No quería que me preguntaran adónde iba.

También puede que estuviera un poco borracho.

Tomé el tren hacia el centro de la ciudad como un maldito ciudadano modelo y luego me encontré frente a la librería Olive Branch.

Su aspecto cálido y acogedor me atrajo hacia el interior.

La tienda seguiría abierta durante un par de horas más, así que no tendría a Julieta para mí solo, aunque el simple hecho de saber que estaba cerca de ella ya calmaba la crudeza que llevaba dentro.

La puerta sonó cuando entré. Recibí algunas miradas de asombro de la gente que miraba las estanterías, pero los ignoré. Estaba aquí por una razón.

Fruncí el ceño cuando Julieta no estaba en la caja y pensé: ¿y si hoy no estaba trabajando?

Me pasé la mano por el cabello y la piel se me erizó por la agitación.

Estaba claro que no podía ser la única empleada, pero necesitaba verla.

No entendía por qué. Lo único que sabía era que nada estaría bien hasta que estuviera en presencia de Julieta.

Recorrí los pasillos con el corazón latiéndome con fuerza hasta que la encontré en la sección infantil, al fondo de la tienda. Solté un profundo suspiro, sintiéndome mareado por el alivio.

Esta zona era luminosa y colorida, con citas y obras de arte en las paredes. Julieta estaba agachada frente a dos niños pequeños sentados apretujados en un puf. Estaban absolutamente cautivados por ella, con los ojos muy abiertos mientras les enseñaba dos libros ilustrados diferentes.

—¡Quiero el de los dinosaurios! —exclamó uno de los niños, alzando las manos.

—Aquí tienes —dijo Julieta, entregándole el libro. Se dirigió al segundo niño—. ¿Quieres el del unicornio?

El niño parecía indeciso. Se inclinó hacia ella.

—¿Los niños pueden leer sobre unicornios?

Julieta soltó un jadeo dramático.

—¡Claro que sí! La magia de los unicornios es para todos.

Se le dibujó una gran sonrisa en el rostro y tomó el libro, mirándola como si fuera un ángel. Estaba seguro de que yo tenía una expresión idéntica.

Se levantó y enderezó un par de libros en los estantes inferiores antes de darse la vuelta. Sus ojos se abrieron de par en par y se quedó boquiabierta al verme. Una sonrisa involuntaria se dibujó en mi rostro. Tener sus ojos sobre mí lo era todo.

—Hola, Julieta.

Miró a su alrededor, con el ceño fruncido, como si pensara que estaba hablando con otra persona llamada Julieta.

—Romeo. Regresaste.

—Así es. —¿Sería raro pedirle que dijera mi nombre de nuevo? Tal vez. Y estaba decidido a escucharlo de sus labios antes de que acabara la noche.

Se acercó y mis manos ardieron por la necesidad de tenerla entre mis brazos.

—¿Te estás escondiendo de alguien otra vez? —preguntó.

Negué con la cabeza, y un hilo de ansiedad me oprimió el pecho al recordar mi encuentro con el Carnicero. No lo quería en el mismo planeta que Julieta, y me moría de ganas de localizarlo y destruirlo. Lenta y dolorosamente.

Sufriría por lo que les había hecho pasar a todas y cada una de sus víctimas.

Sin embargo, esta noche, Julieta tenía toda mi atención.

—Necesitaba un libro nuevo para leer, ¿y quién mejor para recomendarme uno que la mejor dueña de una librería de la ciudad? —Estoy bastante seguro de que la última vez que leí un libro fue el siglo pasado, pero ella no necesitaba saberlo.

Julieta se sonrojó y torció los labios, intentando no sonreír.

—¿Qué tipo de libro buscas?

Acorté el espacio que nos separaba, enrollando las puntas rosadas de su cabello alrededor de mi dedo. Ahora estaba lo bastante cerca como para respirar su ligero aroma a vainilla y fresa.

—Cualquiera que sea tu favorito, preciosa.

Frunció el ceño y se le formó una bonita línea entre los ojos.

—¿Estás aquí porque quieres leer mi libro favorito?

—¿Es tan difícil de creer?

—Nah. Es tan fácil de creer como que te escondes de un extraño aterrador porque eres demasiado guapo. —Me dedicó una verdadera sonrisa que me dejó sin aliento.

La oscuridad de mi alma se calmó. ¿Cómo era posible que con apenas unos minutos en su presencia volviera a sentirme vivo?

El tintineo de una campana hizo que Julieta viera por encima de mi hombro, y quise exigirle que volviera a mirarme.

—Tengo que ir a la caja. Si esperas un minuto, puedo darte algunas recomendaciones de libros.

—Haz tu trabajo, Stellina. No iré a ninguna parte.

Se sonrojó aún más y pasó a mi lado para dirigirse al mostrador, donde dos chicos de unos veintitantos años esperaban para pagar.

Me invadió una posesividad como nunca había sentido.

De ninguna maldita manera iba a dejar a Julieta a solas con ellos.

Apreté la mandíbula mientras la seguía detrás del mostrador.

Dio un respingo cuando le puse una mano firme en la cadera.

Lo que no pudo ver fue la mirada de advertencia que les lancé a los dos idiotas que parecían demasiado interesados en ella.

—Umm, esta área es exclusivamente para empleados —comentó.

La sujeté con más fuerza por la cadera.

—Haz tu trabajo, nena. Ya dije que no me iría a ninguna parte.

—Alguien está siendo muy literal hoy. —Cuando seguí sin moverme, soltó un suspiro y se dirigió a los dos chicos.

—¿Te está molestando? —inquirió el Idiota Uno, mirándome fijamente. Hacia arriba, porque le sacaba unos buenos quince centímetros. Le sonreí siniestramente y dio un pequeño paso hacia atrás.

Julieta dudó antes de responder.

—No, está bien. —Observó el libro que estaba encima—. Excelente elección con este. Realmente lo disfruté.

—Oh, lo sé. Ya lo leí en mi Kindle, pero necesitaba conseguir la versión en papel para tenerlo —habló con entusiasmo el Idiota Dos. Sus ojos se clavaron en las tetas perfectas de Julieta, y vi rojo.

—Cuidado con lo que miras —demandé, jalándola para que quedara pegada a mi cuerpo. Julieta me dio un codazo en el estómago, pero ni me inmuté. Ella resopló y terminó la transacción, deseándoles una buena tarde mientras salían apresuradamente de la tienda.

En cuanto se fueron, se giró para mirarme.

—¿Qué fue eso?

Volví a sentir una calidez en mi interior, ahora que sus ojos volvían a mirarme. Ni siquiera importaba que tuviera los brazos cruzados y el ceño fruncido.

—¿Y bien? —insistió. Había estado demasiado ocupado catalogando cada detalle de su perfección como para darme cuenta de que esperaba una respuesta.

Me encogí de hombros.

—No me gustó cómo te miraban.

—Ni siquiera me estaban mirando. Estábamos charlando.

Gruñí en desacuerdo.

Julieta parecía ligeramente exasperada.

—Vamos a buscarte un libro.

Si pensaba que buscarme un libro iba a hacer que me fuera, estaba absolutamente equivocada. Me sentía vivo cuando estaba en presencia de Julieta y no tenía fuerzas para marcharme.