5 Romeo #2
Esto obtuvo la más mínima reacción, lo que parecía prometedor. Aunque ahora probablemente estaban aún más confundidas con el hecho de que un hombre armado se llamara a sí mismo perdedor.
—Matteo —dije en mi auricular—. Encontramos seis chicas, pero no me responden en inglés. ¿Puedes decirle a Sofiya que me llame para que lo intente en ucraniano o ruso?
Hubo un largo silencio.
—No quiero estresarla.
Me restregué la mano por la cara. La actitud protectora de Matteo hacia su esposa había aumentado con su embarazo. No lo culpaba, pero necesitábamos la ayuda de Sofiya, y sabía que ella querría dárnosla.
—Necesito que sepan que vamos a llevarlas a la casa de seguridad y que no les haré daño.
Hubo una larga pausa.
—Bien. Se lo pediré.
Angelo regresó.
—Encontré la llave y una linterna. —Apuntó a las chicas. Estaban esposadas a cadenas sujetas a las paredes.
Mi teléfono vibró en mi bolsillo y contesté.
—Hola, estoy aquí —dijo Sofiya—. El amo sobreprotector por fin me dio el teléfono. ¿Estoy en altavoz?
—Ahora te pongo en altavoz.
Presioné el botón y me acerqué a las chicas, agachándome para resultar menos intimidante. Sofiya dijo algo y las chicas se miraron entre sí. Sofiya siguió hablando y, al final, una mujer respondió. Parecía ser la mayor; dos de las chicas más jóvenes se aferraban a sus brazos.
La mujer habló con Sofiya e intercambiaron algunas frases.
—Les dije que podían confiar en ti y que las llevarías a un lugar seguro, pero quién sabe si me creen —pronunció Sofiya en inglés—. Romeo, ella dijo que hay otra chica en la habitación. ¿Encerrada en un armario o algo así?
Mi corazón se estremeció. Mierda, mierda, mierda.
La mujer se encontró con mi mirada y señaló hacia la esquina trasera.
Angelo examinó la habitación con la linterna y se detuvo en una puerta metálica que se confundía con la pared oscura.
Mi corazón latió con fuerza cuando se acercó a ella y probó el picaporte.
Esta se abrió enseguida.
El cuerpo de Angelo me bloqueaba la vista, aunque sus sonoros insultos me dijeron todo lo que necesitaba saber.
Cayó de rodillas.
—Creo que sigue viva.
Me moví para poder ver por encima de su hombro. Una mujer joven estaba acurrucada en un pequeño armario de mierda, completamente desnuda. Estaba pálida, inconsciente, y tenía una fea herida en la pierna. Alguien había intentado vendársela con retazos de tela, pero era un desastre de sangre y pus.
—Cariño, ¿puedes oírme? —Angelo puso la mano en la frente de la chica y volvió a maldecir—. Está ardiendo. Necesita ir al hospital ya. —Su voz estaba llena de furia mientras levantaba su cuerpo pálido y flácido en sus brazos. Se dio la vuelta para salir corriendo de la habitación, pero lo detuve.
—No puedes disparar con ella en brazos. Espérame para que pueda cubrirte.
Si bien parecía dispuesto a asesinar, me entregó la llave de las esposas y apuntó la luz a las cadenas para que pudiera liberar a las mujeres. Me apresuré, sabiendo que la chica en los brazos de Angelo no aguantaría mucho más.
Una de las chicas lloró silenciosamente cuando me acerqué, pero todas se quedaron quietas y dejaron que las liberara.
—Sofiya, ¿puedes decirles que me sigan de cerca? —Ella transmitió la información a las chicas y ellas asintieron—. Muy bien, vamos.
Yo fui primero, con el arma en alto mientras revisaba el pasillo.
Mis hombres me hablaron por el auricular.
Habían despejado el resto del edificio, mas no me relajé mientras dirigía a nuestro grupo hacia la salida trasera, donde los médicos y las camionetas esperaban para llevarlas a un lugar seguro.
Sofiya había habilitado apartamentos en la ciudad y en el norte del estado para proporcionar alojamiento seguro y a largo plazo a las chicas víctimas de la trata de personas que quisieran quedarse.
Accardi nos esperaba en la puerta trasera.
—Los hombres que estaban aquí ya están de camino para retenerlos. Encontramos a otros dos en la parte de atrás. Nos apuntaron con armas y uno murió en el proceso.
Mierda. Con suerte los hombres que atrapamos tendrían la información que necesitábamos. Estaba deseando destrozarlos.
Salí a la calle oscura. Le hice una señal a Angelo, cubriéndolo mientras llevaba a la mujer a la parte trasera de la furgoneta, donde esperaban los médicos. Uno de ellos se adelantó e intentó agarrarla.
—Yo me encargo de ella —gruñó Angelo, empujando al médico y llevándola directamente a la camioneta—. Tenemos que ir a la clínica ahora mismo, carajo.
—Ve tú —dije—. Yo los seguiré con los demás en la segunda camioneta. —El cuerpo lánguido de la mujer me estaba asustando muchísimo.
Cuando salieron del callejón, me dirigí a las otras mujeres y les indiqué que subieran al vehículo que quedaba.
Odié el terror en sus rostros y deseé tener un medio de transporte más cómodo para ellas, aun así, obedecieron.
Subí al asiento del pasajero y volví a recargar el arma por si nos atacaban de camino a la clínica, mas el trayecto transcurrió sin incidentes.
Cuando llegamos, Aria ya estaba evaluando a la mujer del armario y arqueé una ceja al ver cómo Angelo se cernía sobre ella.
—¿Puedes encargarte de esto? —le pregunté a Aria.
Me hizo un gesto con la mano, y esa fue mi señal para marcharme y vengarme de todas las heridas, visibles y ocultas, que habían sufrido estas chicas.
Mi cuchillo atravesó la carne. Lo había afilado la noche anterior para que el cuerpo de este bastardo no ofreciera prácticamente ninguna resistencia, aunque no había satisfacción en ello.
La sangre brotó de la herida profunda, empapando el suelo y saturando el aire con el olor a hierro cobrizo.
Los albaneses habían chillado de inmediato. Sinceramente, fue decepcionante. Había estado preparado para un desafío.
Confirmaron que formaban parte de la Mafia Albanesa de New York.
Habían estado divididos y luchando entre ellos desde la pérdida de Arben, su líder, el año pasado.
Esperábamos que toda la organización se derrumbara sin mucha presión por nuestra parte después de que Matteo matara a Arben, pero el Carnicero había ocupado el puesto vacante de líder.
Era el Krye o jefe del mayor clan albanés de Europa, y ahora el hijo de puta intentaba ganar poder en los Estados Unidos, importando chicas para ganarse el dinero y los favores de los imbéciles ricos moralmente corruptos que se deleitaban con la oportunidad de comprar esclavas sexuales.
Cuando uno de los llorones me confirmó que no eran las primeras chicas que habían traído al club y que otras tres habían muerto…
Por fin tuve la oportunidad de usar la espada que Enzo me había regalado como broma.
Le arrancó la mano al hombre con facilidad.
La extremidad inútil cayó al suelo con un ruido sordo, salpicando sangre por todas partes.
Mi monstruo interior observaba impasible mientras el bastardo se desangraba delante de mí y los otros hombres gimoteaban y pedían piedad.
Esto no se sentía como justicia. Nada borraría lo que esas chicas habían sufrido. No importaba lo que les hiciera a estos hombres, nada lo mejoraría.
—Mete la basura que queda en las celdas —le ordené a Accardi. Asintió con la cabeza, con expresión estoica. Tenía unos treinta y tantos años y había sido ascendido a ejecutor después de que Domenico nos traicionara. Hasta ahora había sido una buena decisión.
Me lavé las manos en el lavabo lateral. Me ducharía cuando volviera a mi apartamento, pero no quería chorrear sangre por todo el edificio.
Llamé a Matteo mientras subía en el ascensor y le conté lo que me habían dicho los albaneses.
Como sospechaba, ninguno de ellos tenía el rango suficiente para saber gran cosa.
Les pagaban por mantener a las chicas en el sótano y les daban una lista de números que identificaba a cada comprador.
Se suponía que el siguiente grupo de compradores vendría al club en dos días.
Si se enteraban de nuestra redada, sabrían que debían mantenerse alejados.
Pero en caso de que alguno fuera tan estúpido como para venir, lo estaríamos esperando.
Colgué al salir del ascensor. Sienna y yo compartíamos esta planta y ella había decorado mi apartamento, haciendo que pareciera que alguien realmente vivía aquí. Pero cuando entré, con el silencio como único saludo, me sentí vacío.