Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 5 Romeo
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ROMEO

—¡Franco los encontró! —El grito de Enzo al irrumpir en el despacho de Matteo me sacudió de mi estupor medio dormido.

Habíamos pasado los últimos cuatro días intentando localizar al Carnicero.

Sabíamos que estaba trayendo chicas a la ciudad para venderlas, pero el hombre era un fantasma.

De alguna manera, evitaba toda vigilancia en vídeo, y los pocos soldados albaneses que habíamos capturado no estaban lo suficientemente arriba en la organización como para decirnos algo útil.

Cuanto más se burlaba de mí, mayor era mi necesidad de acabar con él.

—¿Qué encontró? —indagó Matteo, apretando con fuerza a Sofiya, que estaba muy embarazada y sentada en su regazo.

Enzo levantó el teléfono y la voz de Franco sonó en el altavoz. Había sido el mejor hacker de Matteo durante años. Era raro sacarlo de su apartamento, sin embargo, era increíble en lo que hacía y me había salvado la vida en más de una ocasión.

—He estado vigilando este club en Midtown.

Está registrado a nombre de una empresa americana, y después de un montón de indagaciones, finalmente encontré vínculos con los albaneses.

Todas las cámaras de la zona han sido manipuladas excepto una de un cajero automático.

Acabo de hackearla y saqué imágenes de ayer por la noche.

La mayor parte está desenfocada, pero había dos hombres llevando a una mujer a la parte trasera del club.

Utilicé un programa de reconocimiento facial y hubo una coincidencia con uno de los soldados del Carnicero.

Matteo apretó la mandíbula.

—Consíguenos todo lo que puedas sobre ese edificio. Quiero planos, imágenes y cualquier otra información útil. Atacaremos esta noche.

Enzo terminó la llamada y esperó órdenes. Yo ya estaba repasando la lista de hombres y armas que quería llevar conmigo.

Sofiya hizo un pequeño ruido y se aferró al brazo de su esposo. Se miraron a los ojos y mantuvieron una conversación silenciosa. Algo se agitó en mi pecho, algo sospechosamente parecido a la nostalgia. Julieta se había sentido perfecta en mis brazos.

Matteo volteó hacia mí.

—¿Puedes encargarte de esto? Yo me quedaré aquí y trabajaré con Franco en las comunicaciones.

Mantuve una expresión neutra para ocultar mi sorpresa y asentí.

Matteo no era de los que se quedaban al margen, no obstante, Sofiya estaba a menos de dos meses de dar a luz, así que comprendí su deseo de mantener a su esposo fuera de la línea de fuego.

Aunque una parte de mí echaba de menos cómo eran las cosas antes, a Matteo y a mí recorriendo imprudentemente la ciudad juntos, quería a Sofiya como a una hermana y deseaba hacer todo lo que estuviera a mi alcance para apoyar a su familia en crecimiento.

—Deberías traer a Sienna para que ayude a Franco —le comenté.

Aunque Sienna era la mejor hacker que conocía, Matteo era extremadamente protector con su hermana y nunca había querido involucrarla en los asuntos de la Familia.

—Franco lo tiene bajo control —declaró Matteo.

Su mirada inquebrantable se cruzó con la mía, y supe que hoy no ganaría esta discusión.

—Les avisaré a nuestros hombres para que se preparen —notifiqué.

—El club cierra a las dos de la madrugada —informó Enzo.

Mis manos se apretaron contra los reposabrazos. Faltaban horas para eso, y la oscuridad dentro de mí que ansiaba sangre me empujaba a ir en este instante. Sin embargo, sería inteligente y me aseguraría de tener un plan sólido para que mis hombres estuvieran a salvo.

Estaba listo para la venganza.

Mi rodilla rebotó mientras esperaba en la parte trasera de una camioneta. Nos habíamos estacionado lo más cerca posible del club albanés, evitando al mismo tiempo sus cámaras de vigilancia. La doctora que estaba frente a mí ordenaba los suministros de primeros auxilios.

—¿Tienes todo lo que necesitas?

Me miró con los ojos muy abiertos y balbuceó un sí. Parecía joven y nerviosa, pero si Aria, la jefa de nuestra clínica privada, la consideraba competente, yo tenía que confiar en que lo era.

Una vez que despejáramos y aseguráramos el club, nos esperarían dos vehículos médicos para trasladar a las chicas que encontráramos.

Cada minuto que pasaba en el reloj se burlaba de mí. Era inteligente esperar a que el club cerrara, pero cada segundo que pasaba era otra oportunidad para que esas chicas salieran lastimadas.

Busqué dentro de mí, tocando al monstruo que guardaba encerrado en lo más profundo. En noches como esta, me acechaba con impaciencia.

Angelo me dio un codazo.

—¿Estás bien?

Hablaba en voz baja para que no lo escucharan los soldados.

Había escalado posiciones rápidamente en los últimos años hasta convertirse en el guardaespaldas de Sofiya.

Era un buen hombre y confiaba en que me cubriría la espalda, pero al diablo con él por ser demasiado perspicaz, por ver las partes de mí que yo ocultaba.

—Bien.

Gruñó.

—Los clientes y la mayoría del personal se han ido. No sabemos si todo el personal es de la Mafia Albanesa, así que procedan con cautela. —Escuché a Franco por mi auricular.

—Y traigan a los albaneses aquí para interrogarlos —interrumpió Matteo—. Manténganlos con vida.

Observé a mis hombres y todos asintieron.

—Estamos listos.

Condujimos las manzanas que quedaban hasta el club por las calles tranquilas.

Nuestra camioneta se detuvo en la entrada principal y la otra, que transportaba al resto de nuestros hombres, se estacionó en la parte trasera.

Respiré profundamente, dejando que la oscuridad me llenara, antes de guiar a nuestro grupo hasta la puerta principal.

Disparé a la manija cerrada con llave y Angelo la abrió con el hombro.

Franco no había podido hackear las cámaras del interior del club, lo que significaba que íbamos a ciegas. Eso me tenía nervioso, Franco era bueno, lo que significaba que el informático del albanés era aún mejor.

Entré por la puerta con la pistola en alto. Mis ojos se posaron inmediatamente en un grupo de cuatro hombres junto al bar. Vestían trajes oscuros y parecían tener unos sesenta años.

—¡Manos arriba! —grité, sabiendo que Angelo me cubría la espalda.

Intentaron sacar sus armas, pero fueron demasiado lentos. El aire se llenó de gritos cuando les disparé en los brazos y las manos.

—Átenlos —ordené. La irritación me recorría las venas por tener que mantenerlos vivos para interrogarlos. Merecían sufrir.

Sin embargo, el interrogatorio lo haría yo, y eso calmó mi sed de sangre lo suficiente como para continuar.

El resto de nuestros hombres se unió a nosotros, habiendo entrado por detrás.

—Tenemos a uno atado en la oficina, pero no vimos a nadie más —dijo Accardi, nuestro nuevo ejecutor.

—Ayuda a inmovilizar a estos bastardos. —Señalé a los cuatro hombres que se retorcían en el suelo—. Y asegúrate de que el callejón y los médicos estén cubiertos. Los demás dispérsense y avísenme si encuentran algo o a alguien.

Asentí con la cabeza hacia Angelo y él me cubrió mientras yo registraba las habitaciones restantes, abriendo de par en par todas las puertas.

No encontramos nada sospechoso hasta que mi vista se fijó en algo al fondo de un almacén.

Una única bombilla colgaba del techo, obligándome a entrecerrar los ojos.

—¿Eso te parece raro? —cuestioné.

Angelo levantó su pistola y la linterna que llevaba encendida iluminó una pared trasera cubierta por una gran plancha de madera desalineada.

Nos miramos y movimos la tabla. Cuando lo hicimos, apareció otra puerta.

Angelo la abrió de golpe y dejó al descubierto las escaleras más espeluznantes que jamás había visto.

—Encontramos escaleras —le informé a Franco y Matteo.

—Ten cuidado —gruñó Matteo.

—Aww, sabía que te importaba.

Prácticamente podía sentir cómo ponía los ojos en blanco.

Bajamos las escaleras y nos encontramos con otra puerta. Una sensación de malestar se apoderó de mí. No nos esperaba nada bueno.

Estaba cerrada con llave, y apunté la luz de mi pistola al picaporte para que Angelo pudiera abrirla. Momentos después, se abrió.

Lo primero que sentí fue el olor. Era sudor, sangre, orina y desesperación. La oscuridad envolvía la habitación, por lo que era imposible ver algo, pero ya sabía que este lugar me perseguiría en mis pesadillas.

Apunté mi linterna en el espacio e inmediatamente deseé no haberlo hecho.

Seis chicas estaban encadenadas a la pared del fondo.

Estaban sucias y esqueléticas, vestidas únicamente con ropa interior y sentadas en el piso de cemento duro.

Sus ojos grandes y aterrorizados se cruzaron con los míos.

Esperaba que gritaran, que suplicaran clemencia o que pidieran ayuda, pero guardaron silencio.

Se me subió la bilis a la garganta al darme cuenta de lo que debían de haber pasado para mantenerlas así de calladas.

—Estamos aquí para ayudarlas —les aseguré en voz baja. No sabía si entendían inglés, pero, con suerte, comprendieron mi tono—. Las llevaremos a un lugar seguro, lo prometo.

Me acerqué y las chicas finalmente reaccionaron, apartándose de mí. No ayudaba el hecho de que les estuviera apuntando con un arma para poder ver mejor sus cadenas.

Volteé hacia Angelo, que se había quedado atrás.

—Necesitamos las llaves de las esposas o un cortapernos. Y unas putas linternas.

Apenas podía distinguir sus rasgos en la oscuridad, pero lo que vi en su mirada coincidía con la furia ardiente de la mía. Asintió y salió de la habitación.

Me alejé de las chicas para no parecer demasiado intimidante.

—¿Alguna de ustedes habla inglés?

Silencio.

Intenté hablar en italiano, pero no hubo respuesta.

Las otras chicas que habíamos encontrado víctimas de la trata de los albaneses eran ucranianas. Yo había perdido una apuesta con Sofiya, así que ella me había enseñado a decir: “Soy un perdedor”, y me obligó a anunciarlo en una partida de póquer después de que ella me ganara.

—Ya nevdakha —dije con lo que estaba seguro de que era un acento torpe.