Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 4 Julieta
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JULIETA

Me quedé acostada en la cama hasta que incluso mi despertador se molestó por las veces que presioné la tecla posponer. Los huesos me pesaban tanto como el corazón. Cada mañana me costaba más levantarme.

Dirigir la librería era lo único que me mantenía en pie, pero aun así pasaba cada día con la sensación de estar atrapada. Atrapada en mi aburrida vida, atrapada en mi cabeza. Las pocas veces que me permitía pensar en el futuro, todo lo que veía era un abismo oscuro.

Mi mente revoloteaba en torno a cierto italiano de ojos oscuros, y me quejé mientras movía las piernas fuera de mi pequeña cama.

Cuando Romeo se marchó de la librería hace dos días, se llevó consigo la magia de aquella noche.

Aquellas horas con él ya estaban firmemente guardadas en los rincones de mi mente.

Estar con él se había sentido especial… me había hecho sentir especial.

Pero en ese momento, su recuerdo me estrujaba el corazón de dolor.

Era un recordatorio de lo vacía que estaba el resto de mi vida.

Terminé de arreglarme en el baño más pequeño del mundo y tomé mis jeans de la pequeña silla en la esquina de mi destartalado apartamento tipo estudio.

Metí los pies en el pantalón y brinqué de arriba a abajo mientras intentaba pasármelos por las caderas.

Eran viejos, como toda mi ropa, y ya no me quedaban bien.

Pero para conseguir ropa nueva tenía que comprar por Internet, donde todo lo que comprara me quedaría fatal, o ir a una tienda física.

Y eso no iba a pasar.

Así que me quedé atascada haciendo lo que podía con mi ropa que no me quedaba bien.

Me puse los zapatos, tomé mi bolso y bajé los tres tramos de escaleras hasta el pequeño vestíbulo, respirando profundamente antes de salir del apartamento.

Había diez escalones desde la puerta hasta la entrada de la tienda de bagels de al lado.

Los conté. Kim, detrás del mostrador, me saludó distraída mientras empezaba a preparar mi pedido: un bagel tostado con queso crema sabor fresa.

Teníamos más o menos la misma edad y nunca hablábamos, pero era agradable saber que al menos alguien notaría si yo desaparecía.

Con el bagel en la mano, salí a la calle del Lower Manhattan y recorrí el mismo trayecto hasta la librería que tomaba seis días a la semana, siete manzanas, un giro a la derecha y otro a la izquierda.

Luego abría la puerta principal, con los dedos recorriendo las letras descoloridas de la librería Olive Branch en el cristal.

Ya eran las nueve y media de la mañana, lo que me daba treinta minutos para prepararlo todo y desayunar.

La última vez que había estado en la ciudad, le había preguntado a Arturo, el dueño, si podía cambiar el horario de la librería para abrir a las diez en lugar de a las ocho.

Me dio una palmadita en la mejilla y me dijo que ahora era mi tienda y que podía hacer lo que quisiera.

Me lo tomé como un permiso para ampliar la ya de por sí enorme sección de libros de romance.

A Arturo le gustaban más los libros históricos sobre la Segunda Guerra Mundial, pero habíamos ganado mucho dinero con la ampliación de la sección de romance.

Siempre había pensado que Arturo me había dado este trabajo por lástima.

Aumentar las ventas de la tienda me hizo sentir que merecía su confianza, que tal vez no era una completa inútil.

Saqué una pila de libros de una caja que no había tenido tiempo de desempacar la noche anterior, cuando me había puesto al corriente con el inventario, esta vez con un paquete de ramen en lugar de pizza.

Definitivamente, mis ojos no habían revoloteado hacia la puerta en toda la noche, esperando que alguien entrara.

Giré el letrero a abierto e hice algunas publicaciones en las redes sociales de las nuevas exhibiciones de libros, incluyendo nuestro lugar destacado para autores indígenas en preparación para el Día de Acción de Gracias que estaba a apenas una semana de celebrarse.

Arturo no sabía lo que eran las redes sociales cuando empecé aquí como pasante.

Mis amigas, Breanna, Vivian, Daniela y yo habíamos participado en un programa que nos pagó nuestros estudios universitarios cuando salimos del sistema de hogares sustitutos.

No sabía qué estudiar, así que elegí Administración de Empresas, como me sugirió mi asesor.

El programa incluía unas prácticas, y me habían asignado trabajar en la librería.

Me había cambiado la vida.

Arturo me trataba como a algo más que a una simple empleada. Alentaba mis ideas para la tienda, me traía un sinfín de contenedores de comida y me daba una razón para seguir viviendo después de todo lo que había pasado dos años atrás.

Lo extrañaba ahora que estaba viviendo en New Jersey. Se merecía una jubilación fácil después de trabajar en la tienda con su padre desde que era un niño.

—Esta portada es súper adorable —le comentó una chica de edad universitaria a su amiga, mientras recogía un libro popular de la mesa de romance.

Su amiga se quedó boquiabierta.

—Oh, Dios mío, lo leí y era obsceno. Nunca lo imaginarías por la portada.

Sonreí mientras reorganizaba algunos libros de la estantería de ciencia ficción.

Yo había tenido la misma reacción cuando lo leí.

Por millonésima vez, pensé en crear un club de lectura de romance en la librería y, una vez más, la idea me abrumó y me produjo ansiedad.

La librería era mi lugar seguro. Mi ansiedad solía estar bien controlada allí, pero la idea de que un grupo de personas viniera a un club de lectura y me miraran fijamente…

¿Esperando que lo hiciera interesante? Seguramente los decepcionaría.

Di la vuelta hasta la caja registradora, pero cuando no había nadie esperando, me dirigí a la pequeña área de empleados para prepararme un espresso.

Aunque Arturo ya casi nunca venía a la tienda, el café de cafetera seguía estando estrictamente prohibido, ya que ningún italiano que se respete se dignaría a tener café americano de cafetera en su establecimiento.

El espresso sofisticado me resultaba indiferente, ya que, de todas maneras, llenaba mi taza casi siempre con leche y azúcar, mas me había acostumbrado a tomarlo por las mañanas.

El día se me hizo interminable. Ni siquiera podía pasar el tiempo con un libro porque el que estaba leyendo tenía como protagonista a un misterioso hombre de cabello oscuro y me encontraba parando cada dos páginas para soñar despierta sobre la otra noche.

De cómo nos reímos juntos.

Estar rodeada por sus brazos fuertes.

Sintiéndome más segura de lo que me había sentido en años, aunque no tuviera sentido.

—¿Este está incluido en el descuento del diez por ciento? —Una voz grave me sacó de otra fantasía.

Un hombre calvo con barba canosa y una gran cicatriz en la mejilla estaba frente a mí, sosteniendo un libro.

Su tamaño me hizo volver a mirar. Debía de medir al menos metro ochenta y era tan ancho y musculoso que sus brazos sobresalían ligeramente de su torso grueso.

Sostenía un libro titulado Las vías que nunca duermen: El metro de New York a través del tiempo.

Debía de ser uno de los elegidos por Arturo.

—Así es —le contesté, sonriendo—. ¿Quiere comprarlo?

Asintió con la cabeza y procedí a cobrarle.

—Es una tienda muy bonita. ¿Lleva aquí mucho tiempo? —preguntó.

Intenté ubicar su ligero acento. ¿Quizá de Europa del Este?

—La tienda está a punto de cumplir cien años —informé.

—¿Es un negocio familiar?

—Sí, en efecto. La fundó el abuelo del dueño.

—¿No es de tu familia?

Le entregué el libro y su recibo.

—No, llevo trabajando aquí un par de años.

Levantó la barbilla y salió de la tienda, pasando por delante de nuestra encargada del correo.

—Hola, Susan. —La saludé con la mano—. ¿Necesitas ayuda?

—Nah, chica, yo me encargo. Hoy solamente tienes un par de paquetes. —Susan dejó caer sobre el escritorio unos sobres acolchados y un montón de cartas sujetas con una goma elástica.

—¿Quieres un espresso? —Le ofrecí.

—Sabes que sí.

Sonreí mientras le preparaba uno y se lo llevaba en un vasito de papel. Lo levantó para brindar y volvió a su ruta.

Revisé las cartas. La mayoría eran basura, pero un sobre me llamó la atención. Me mordí el labio al ver el logotipo de Empire Properties. Utilicé el antiguo abrecartas de Arturo, el que siempre me hacía sentir como en un libro de Jane Austen, para abrirlo.

No debí hacerlo.

Porque lo que me esperaba era una carta en la que se nos notificaba un aumento del alquiler. Uno considerable.

Me quedé helada y estupefacta mientras miraba las cifras.

A partir del mes que viene.

Justo a tiempo para las fiestas navideñas. Gracias, casero. Realmente se lo agradezco.

Tenía que decírselo a Arturo. Mi mano se posó sobre el teléfono de la tienda antes de recordar que estaba a punto de irse a visitar a su familia en Italia. Tal vez debería esperar para llamarlo. Quizá podría encontrar una manera de conseguir más ingresos para cubrir el aumento.

Apoyé la cabeza sobre mis manos, permitiéndome unos momentos de autocompasión hasta que entraron un par de clientes nuevos y tuve que reponerme.

Volví a meter la carta en el sobre. Era un problema para mi yo del futuro.