Su Julieta (Imperio de Realeza 2) 3 Romeo
3%

3 Romeo

cET

ROMEO

Eran las tres de la madrugada y Julieta se estaba durmiendo. Sus ojos estaban cansados mientras se recostaba contra la pared. Nos habíamos terminado todas mis pequeñas botellas de licor y, a juzgar por lo mucho que se había reído durante el resto del juego, no aguantaba mucho el alcohol.

Le había sacado más verdades: vivía sola y no tenía novio.

No me había preguntado si salía con alguien, así que se lo dije voluntariamente.

Me parecía esencial que supiera que estaba soltero, pero no estaba seguro de por qué.

No era como si pudiéramos salir juntos. Éramos de mundos diferentes, aunque cuanto más tiempo pasaba con ella, más me cautivaba.

Julieta era increíblemente hermosa, cada movimiento que hacía atraía mis ojos hacia la curva de sus caderas, sus muslos exuberantes, su pancita adorable.

Su cabello se había sentido tan jodidamente suave cuando lo toqué, y quise envolverlo alrededor de mi puño simplemente para mantenerla cerca de mí.

Si bien volví a ponerme la camisa a regañadientes, quería volver a tener sus manos sobre mí y seguir estudiando el tatuaje con el que me había marcado.

Me moví para ocultar mi erección. Julieta estaba manejando esto de ser rehén en su propia tienda mucho mejor que la mayoría de la gente, o eso me imaginaba, que hacía años que no pasaba tiempo con alguien que no fuera de la Familia, aunque seguía teniendo una mirada cautelosa.

Era inteligente. Bien. Debería desconfiar de hombres desconocidos.

Sin embargo, no quería que me tuviera miedo.

—Verdad o reto, preciosa —pronuncié en voz baja, rogándole en silencio que eligiera reto.

Lo hizo.

Mi corazón dio un vuelco.

—Te reto a que vengas aquí. —Abrí las piernas y palmeé el espacio entre ellas.

Ella frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque te reté a que lo hicieras —repliqué guiñándole un ojo. Luego suavicé mi tono de voz—. No te voy a lastimar. Te lo prometo.

Lenta, pero muy lentamente, se acercó a mí hasta colocarse entre mis piernas. La rodeé con los brazos y la atraje hacia mi pecho hasta que se apoyó completamente contra mí. Mis dedos recorrieron su cabello.

—Solo relájate. Puedes descansar aquí. Yo te mantendré a salvo.

Tenía el cuerpo rígido, pero fui paciente. Pasé mi mano lentamente por su brazo, su espalda, su cabello, hasta que se soltó y se relajó completamente contra mí. No tardó en dormirse.

La pantalla de mi teléfono se encendió y la miré. Era un mensaje de Matteo dándome la señal de que todo estaba bien. Franco había accedido por fin a las cámaras de la calle y había confirmado que el Carnicero había abandonado la zona.

Lo ignoré, abrazando más fuerte a Julieta.

Me había labrado una reputación a lo largo de los años de andar con muchas mujeres y nunca tener relaciones duraderas. Yo era Romeo, el bromista, el donjuán. Me beneficiaba que la gente no me tomara en serio. Que no vieran la oscuridad que acechaba bajo la superficie.

Julieta era demasiado pura para mi vida, y eso me hizo sentir un extraño nudo en la garganta.

Se agitó en mis brazos, soltando un gemido angustiado como si estuviera teniendo una pesadilla. Le murmuré al oído promesas tranquilas de que no le ocurriría nada malo mientras yo estuviera aquí. Se calmó, su respiración se volvió regular y lenta.

Y deseé que mis promesas se extendieran más allá de esta noche.