2 Julieta
cBS
JULIETA
Ciertamente, mi vida no había estado exenta de cosas oscuras y espeluznantes que ocurrían por la noche, aunque esto sin duda ganó el primer lugar a la situación más extraña en la que me había visto envuelta.
Debería haber estado gritando, llorando, luchando…
algo más que tomar otro bocado de pizza para apaciguar la expresión severa de Romeo.
Mi secuestrador, no, eso no era del todo correcto…
¿colado?, parecía muy preocupado porque cenara lo suficiente.
Aparte de mi pequeño ataque de pánico, que había disminuido sorprendentemente rápido cuando Romeo me sujetó las manos, no pude reunir la energía necesaria para alterarme. Siempre hubo algo raro dentro de mí que me hacía sentir más tranquila ante el peligro que cuando las cosas iban bien.
Fruncí el ceño mientras Romeo se comía otra rebanada de mi pizza.
No es como si pudiera comerme una pizza grande completa, sin embargo, quería las sobras.
Me había dado el gusto de pedir pizza a domicilio de mi pizzería favorita, ya que era noche de inventario.
Había recibido un enorme cargamento de libros esta tarde y necesitaba catalogarlos antes de ponerlos a la venta.
Normalmente me gustaba la noche de inventario. Podía sumergirme en el aburrido y monótono trabajo, mientras escuchaba un audiolibro o un podcast.
El hombre guapo y bromista que tenía ante mí, era de todo menos aburrido.
Aún no estaba completamente segura de que todo esto fuera real.
Esperaba perder la cabeza en algún momento, aunque no estaba segura de que mi cerebro fuera capaz de invocar a este hombre.
Sus largas piernas se extendían junto a las mías.
No me costaría nada rozar mis piernas cubiertas con jeans con las suyas.
Tenía puesto un traje negro sin corbata, y los botones superiores de su camisa estaban desabrochados para revelar su pecho bronceado.
Su cabello negro, con algunos mechones plateados esparcidos, tenía ese aspecto desordenado y despeinado que le daba un aire sexy y arreglado al mismo tiempo.
Su mandíbula firme estaba cubierta de barba incipiente y sentí que me ruborizaba bajo su mirada ardiente.
Diablos, parecía un dios griego.
O italiano, supongo.
—Conoces las reglas del juego, ¿verdad?
Duh. Verdad o Reto era un juego típico de la casa de acogida para chicas en la que viví unos años. Así pasábamos el tiempo muchas noches.
—Verdad o reto no es un juego de beber —protesté.
—Ahh, ahí es donde te equivocas. Cualquier cosa puede ser un juego de beber, dulce Julieta, si te esfuerzas lo suficiente. Si te niegas a responder a la verdad o a hacer el reto, tienes que beber.
Mis labios se curvaron en una sonrisa. ¿Realmente iba a jugar a Verdad o Reto con el temible y atractivo criminal? Eso parecía.
—De acuerdo, Romeo. —No creí ni por un segundo que ese fuera su verdadero nombre. No era el primero que soltaba un chiste de Romeo y Julieta después de saber mi nombre—. ¿Verdad o reto?
Sonrió.
—Reto.
Me resistí a poner los ojos en blanco. Por supuesto que elegiría reto. Mi mejor amiga, Breanna, siempre había elegido reto cuando jugábamos. Pero siempre había sido intrépida, y ahora que se había ido, se había llevado toda mi valentía con ella.
—Te reto a que salgas de mi tienda.
Romeo negó con la cabeza.
—Estoy dolido. —Pero su expresión era todo sonrisas mientras tomaba un sorbo de whisky—. Tu turno, preciosa. ¿Verdad o reto?
Fruncí los labios. Romeo obviamente era un coqueto empedernido y probablemente llamaba preciosa a montones de mujeres. Odiaba lo mucho que me gustaba.
—Verdad.
—¿Cuál es tu idea de un día perfecto?
Parpadeé. La pregunta no era en absoluto lo que había esperado, especialmente no con la expresión curiosa de Romeo, como si realmente quisiera saber la respuesta.
Una sensación incómoda y punzante se formó en mi pecho ante la idea de responder con sinceridad, de ser vulnerable. En los últimos años, había levantado muros impenetrables. Sin embargo, nunca volvería a ver a este hombre y toda esta noche tenía un aire de irrealidad. ¿Qué podía perder?
Agarré la pequeña botella de tequila, luchando contra el impulso de beber un sorbo simplemente para combatir mi ansiedad.
—Supongo que empiezo durmiendo hasta tarde y luego desayuno en la tienda de bagels que hay junto a mi apartamento.
Y luego abro la librería y pido pizza para cenar…
—Me quedé a medias, incapaz de mirarlo a los ojos.
Mi día perfecto sonaba más que patético, pero ¿cómo podía admitir que mi agorafobia había empeorado tanto que estaba demasiado asustada para ir a otro sitio que no fuera la tienda de bagels, la bodega y la librería?
¿Cómo podía responder con sinceridad cuando lo único que quería era pasar un día más con Breanna?
Lo único que no podía tener porque mi amiga estaba muerta y yo no la había salvado.
—Lo que estoy escuchando es que interrumpí tu día perfecto, y lo mejoré.
Resoplé, por fin con el valor suficiente para mirarlo a los ojos. No había ningún prejuicio en su mirada, y parte de la tensión de mis hombros se alivió.
—Estoy segura de que tu día perfecto es ser perseguido por un misterioso asesino y robarle la pizza a alguien mientras la tomas como rehén.
Me guiñó un ojo.
—Así es —Era tan injusto lo sexy que se veía.
—Bien, tu turno otra vez. ¿Verdad o reto?
Esta vez escogió verdad, y me tomó un minuto decidir lo que quería saber de este hombre. Necesitaba usar sabiamente mi pregunta.
—Si pudieras tener un superpoder, ¿cuál sería? —inquirí.
Quizás era una pregunta poco original, pero demándenme.
Soltó una carcajada, sus ojos bailaban.
—Esperaba algo mejor de ti, Julieta.
—Ugh, bien. —Me exprimí el cerebro buscando una pregunta mejor—. ¿Qué es algo que nadie sabe sobre ti? —Levanté las cejas en señal de desafío.
—Mucho mejor. —Hizo una pausa para pensar—. Yo, um, comencé un nuevo pasatiempo recientemente. —Se alborotó el cabello y esperé su respuesta. ¿Cuál sería? ¿Levantar pesas? ¿Maratones? ¿Destruir a sus enemigos con sus propias manos?—. Tejer con gancho.
—¿Qué?
Se encogió de hombros, extrañamente avergonzado. Juraría que su piel aceitunada estaba teñida de rosa.
—¿Tienes fotos? —Curioseé, señalando su teléfono—. Quiero verlas.
—Umm, sí, supongo que sí. —Revisó el teléfono durante un minuto antes de girar la pantalla hacia mí.
Era una foto de un cojín hecho con cuadritos tipo abuelita.
Yo no tejía, no tenía talento artístico, mas había visto suficientes vídeos de manualidades a altas horas de la noche como para saber un poco sobre el tema.
—Es muy bonito —halagué mirando a Romeo. En ese momento no había forma de negar que se había sonrojado.
—No es gran cosa, pero sirve para pasar el rato —explicó bruscamente, dejando el teléfono a su lado—. ¿Verdad o reto? —devolvió, obviamente intentando cambiar de tema.
—Verdad.
—Si pudieras tener cualquier superpoder, ¿cuál sería?
Solté una carcajada y me incliné hacia adelante para golpearlo en el brazo.
—Oh, vamos.
—Tienes que contestar —dijo, con cara de suficiencia—. Es la regla.
Puse los ojos en blanco.
—De acuerdo. Me gustaría tener el poder de la invisibilidad.
Romeo me estudió detenidamente.
—Nunca podrías ser invisible. —Ahora era mi turno de sonrojarme. Sonaba tan sincero, y me confundió. Me había pasado los dos últimos años de mi vida siendo invisible—. Por cierto, el mío sería la capacidad de volar —añadió—. Pero no contaré eso como mi turno. Elegiré otra verdad.
Necesitaba que esta fuera buena. Si hubiera tenido mi teléfono, podría haber buscado ideas para las preguntas. Jugué con mi botella de tequila, tomando otro sorbo, hasta que se me ocurrió una.
—Si pudieras hacerle cualquier pregunta a una bola de cristal, ¿cuál sería?
En ese instante él jugueteó con su botella de whisky, y yo estaba segura de que volvería a beber en lugar de responder. Pero la puso sobre su regazo y pasó sus dedos por su cabello.
—Le preguntaría si mi padre me perdonaría por no haber hecho lo suficiente para salvarlo.
Se me formó un nudo en la garganta, tan intenso que apenas podía respirar. Porque también era mi exacta respuesta, excepto que sobre Breanna.
Su respuesta me hizo sentir instantáneamente más cerca de él. Algo relacionado con lo tarde que era, la poca luz y el hecho de saber que estábamos los dos solos encerrados aquí hizo que todo aquello pareciera sagrado.
Me incliné hacia adelante y le agarré la mano, como él había hecho antes cuando yo estaba alterada.
—Sé lo que se siente. Ojalá pudiera decir que sé que te perdonaría, pero yo tampoco estoy segura de que me hayan perdonado. —¿Cómo podía Breanna perdonarme cuando no me lo merecía? ¿Cómo podía perdonarme a mí misma?
—¿A quién perdiste? —inquirió, con la voz ronca mientras entrelazaba nuestros dedos.
—A mi amiga.
Asintió. Nos quedamos sentados un momento, hasta que se volvió demasiado íntimo y ambos nos apartamos. Solté una risita ahogada y bebí un sorbo de tequila. Me quemaba la garganta mientras lo bebía.
Romeo se inclinó hacia mí y me colocó el cabello detrás de la oreja.
—Me encanta esto —indicó, pasando sus dedos por los mechones rosas.
—Mis amigas me enseñaron cómo hacerlo. —Sonreí al recordar a Breanna y Daniela metiendo decolorante y tinte a escondidas en nuestras habitaciones y tiñendo todo nuestro cabello. Por fin había aprendido a hacerme un ombre balayage decente, y era una de las pocas cosas que me hacían sentir bonita.
—¿Tienes novio? —preguntó de repente.
—Estoy bastante segura de que primero tienes que preguntarme verdad o reto —dije, sonriendo.
Soltó un sonido casi como un gruñido.
—Bien. ¿Verdad o reto?
Escogí reto, simplemente para molestarlo. Sacudió la cabeza y sus labios se torcieron en una sonrisa renuente.
—Eres problemática. Bien… ¿qué debo obligarte a hacer?
Se inclinó hacia adelante hasta que nuestros rostros estuvieron tan cerca que pensé que podría besarme, o retarme a besarlo.
Un cosquilleo de algo se apoderó de mi pecho, pero no estaba segura de si era miedo o excitación.
Romeo parpadeó antes de volver a incorporarse, apoyándose contra el mostrador.
Miró a su alrededor y agarró un par de Sharpies que tenía sobre una pila de libros.
—Quiero que me hagas un tatuaje temporal —pidió.
Arqueé una ceja—. En el pecho. —Antes de que me diera cuenta, se había quitado la camisa y me estaba dando un marcador—.
Justo aquí, encima del corazón. —Se dio un golpecito en el pectoral derecho.
Parpadeé. La estatua de David no era nada comparada con Romeo.
Tenía el pecho ancho, musculoso y firme.
Su piel era suave y dorada, con una capa de vello oscuro que bajaba hasta…
La cara me ardió cuando me di cuenta de que había estado mirando su entrepierna. La expresión de satisfacción de Romeo me dijo que sabía exactamente lo que había estado haciendo. Como sea. Probablemente todo el mundo se le quedaba mirando.
—Estoy bastante segura de que tu corazón está en el lado izquierdo —agregué con un resoplido. No obstante, me acerqué lo suficiente como para sentir el calor de su piel. Nuestros ojos se encontraron, pero desvié los míos rápidamente—. Te advierto que no soy una artista.
Romeo se estiró y colocó sus manos detrás de la cabeza, dándome acceso completo a su pecho.
—Haz lo que quieras conmigo, Stellina.
Arrugué la nariz y pensé en lo que quería dibujar.
Antes de poder autosabotearme demasiado, apoyé una mano en su pecho y empecé a dibujar con la otra.
Su piel era tan cálida contra la mía. Era imposible ignorar lo grande y poderoso que era su cuerpo, estando tan cerca.
Debería haberme aterrorizado. Podía hacerme cualquier cosa en ese momento y yo no sería capaz de defenderme.
Debía de estar más destrozada de lo que pensaba porque miedo no era lo que sentía recorrer por mi cuerpo.
Me sonrojé mientras daba los últimos retoques a su “tatuaje”.
Era tan infantil y horrendo como imaginé que sería, mas cuando me aparté, quitando mi mano de su piel a regañadientes, Romeo lo miró y sonrió.
—Es perfecto.
Resoplé. Había dibujado un corazón torcido con una flecha atravesándolo… y mi nombre escrito en el centro. Ahora que lo estaba mirando, me sentí avergonzada de haberle puesto mi nombre. Pero Romeo se limitó a pasar sus dedos por las líneas del marcador.
—Me gusta tener tu nombre en mi pecho. Se siente como si perteneciera a ese lugar.
—Eres ridículo —musité. Tomé otro gran trago de tequila para distraerme de lo que estuviera pasando entre nosotros. Nada de esta noche era real, y quizás eso me daba la libertad suficiente para aceptarlo.