Su Julieta (Imperio de Realeza 2)
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1 Romeo
ROMEO
La lluvia fría había alejado a la mayoría de la gente de la oscura calle de Manhattan.
El alumbrado público proyectaba sombras sobre los pocos que habíamos salido esta noche, la anciana con un llamativo paraguas morado que arrastraba un carrito por la acera, la niña que gritaba agarrándose de la mano de su madre mientras corrían hacia el interior de un edificio y el hombre que me seguía con un único propósito: matarme.
Mi teléfono vibró y me lo llevé a la oreja.
—Te voy a matar, carajo.
No pude evitarlo, mis labios se curvaron en una sonrisa mientras Matteo, el Don de la Mafia Italiana de New York City, comenzaba un sermón sobre que más me valía que no me mataran porque él quería tener el placer de matarme primero.
—Aww, me conmueves —repliqué mientras me deslizaba por una calle lateral.
Su voz se intensificó y tuve que apartar el teléfono de mi oreja.
Matteo era mi jefe, mi mejor amigo, mi hermano en todo menos de sangre.
Yo había sido su segundo al mando desde el asesinato de su padre, el antiguo Don.
Lo había sacrificado todo para ayudarle a ganar su imperio, y él nunca lo olvidó.
—Te dije que esto era demasiado arriesgado, maldita sea —se quejó a través del teléfono.
Miré por encima de mi hombro, mis músculos se aflojaron cuando no vi la silueta del albanés iluminada por la luz de la calle.
—¿Vas a ayudarme o solamente me vas a regañar? —Mi voz sonaba apagada mientras daba la vuelta a otra calle. Estaba repleta de tiendas que mostraban sus carteles de cerrado.
Matteo dejó escapar un largo suspiro.
—Busca un lugar donde ocultarte. De alguna manera están bloqueando el acceso de Franco a las cámaras de la calle, así que estamos a ciegas.
Pasé por delante de una pequeña tienda y me detuve en seco. El cartel de la puerta decía cerrado, pero había una luz encendida en el interior. Tanteé el picaporte y solté un suspiro cuando la puerta se abrió. Entré, cerré la puerta con llave y cerré las persianas.
—Estoy dentro de una tienda. No pude verlo detrás de mí —murmuré mientras me adentraba más en el interior. Las lámparas iluminaban las pilas de libros amontonados por todas partes. Al parecer, me encontraba en una librería. Apagué las luces al pasar, bañando los pasillos en oscuridad.
—Quédate ahí hasta que podamos ver la zona. No puedo creer que hayas llamado la atención del maldito Carnicero…
Me detuve bruscamente cuando vi el mostrador de la caja registradora. Una mujer estaba detrás, paralizada, con un bolígrafo en una mano y un pedazo de pizza en la otra.
—Me tengo que ir. —Colgué la llamada, sabiendo que Matteo se enfadaría; sin embargo, tenía asuntos más urgentes que atender, como la belleza que tenía frente a mí.
Su cabello caía en rizos de color castaño oscuro con mechones rosas en las puntas, a juego con el cintillo rosa que tenía puesto.
Sus ojos eran verdes brillantes, sus mejillas rosadas y con pecas, y su expresión era de un horror en aumento.
Claro.
Mierda.
—Hola —saludé, con voz alegre mientras guardaba mi teléfono en el bolsillo. Le mostré mi sonrisa más encantadora, la que hacía que todas las mujeres y, algunos hombres, cayeran prácticamente rendidos a mis pies, aunque a ella no parecía convencerla.
Sus ojos se movían de un lado a otro.
—Está cerrado —soltó por fin.
—Ah, sí, lo siento. La puerta estaba abierta. —Fruncí el ceño—. Lo cual es realmente inseguro. Deberías ponerle seguro cuando está cerrado, sobre todo si estás aquí sola.
—Lo tendré en cuenta. —Su voz era un susurro ronco mientras dejaba caer rápidamente el bolígrafo, agarraba su celular y retrocedía hasta chocar con una pila de libros. Todavía tenía el trozo de pizza en la mano.
—No puedo dejar que hagas eso —señalé, arqueando una ceja hacia su teléfono. Sus dedos se cernían sobre la pantalla como si intentara averiguar cómo llamar al 911 sin que yo lo supiera.
—¿Qué quieres?
El pánico en su voz me retorció el estómago. Cerré el espacio que nos separaba, me incliné sobre el mostrador y le agarré la muñeca.
—Suelta el teléfono, preciosa. —Dudó un momento antes de soltarlo. Lo agarré y lo metí en mi bolsillo trasero—. Ya está. No hay por qué alarmarse. —Mi pulgar acarició la suave piel del interior de su muñeca antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo. La solté de mala gana.
—Estoy seguro de que no es así como esperabas pasar la noche, pero te prometo que no me interpondré entre tu pizza y la contabilidad.
Apretó la mandíbula y me miró con fiereza.
—Voy a pedirte que me devuelvas mi teléfono y te vayas. Si necesitas un libro, puedes volver en horario laborable.
Mis labios se torcieron. Maldita sea, era adorable.
—Por desgracia, no puedo irme.
—¿Por qué?
Me quedé pensando, tratando de decidir qué decirle.
—Estoy metido en un lío y tengo que quedarme aquí hasta que se calmen las cosas.
Un ruido en la puerta principal me puso en acción. Salté por encima del mostrador, agarré a la mujer por la cintura y nos tiré a ambos al suelo, con mi pistola ya en mano. Ella forcejeaba contra mí, con la respiración cada vez más agitada.
—Shhh, shhh, estás bien —murmuré, apretándola más contra mí. Joder, qué bien olía.
Contuve la respiración y allí estaba, alguien estaba intentando abrir la puerta.
Saqué mi teléfono y se lo entregué a la mujer.
—Si entra, quiero que te escondas donde puedas y llames a Matteo. —Sus ojos muy abiertos se encontraron con los míos, llenos de miedo. Apreté su mandíbula—. Asiente si entiendes. Escóndete y llama a Matteo.
Aceptó con un movimiento de cabeza.
—Buena chica.
Le solté la barbilla y me coloqué frente a ella.
Esperamos en un silencio tenso, pero a medida que pasaban los minutos, no se escuchaba ningún otro ruido. Parecía que el Carnicero se había marchado.
Me senté con un suspiro de alivio.
—Muy bien, eso debería ser suficiente emoción por esta noche.
Volteé a ver a mi pequeña dueña de la librería. Tenía la cara pálida, los ojos muy abiertos y el pecho se le levantaba demasiado deprisa.
—Mierda. ¿Estás teniendo un ataque de pánico?
Si bien abrió la boca para decir algo, lo único que salió fue un gemido. Reconocí las señales de cuando Sienna, la hermana de Matteo, era más joven y tenía ataques de pánico.
—De acuerdo, de acuerdo… todo va a salir bien.
Le quité suavemente el pedazo de pizza de las manos y me lo comí de tres bocados antes de tomar sus manos entre las mías.
—Solo inhala y exhala —indiqué con la boca llena de comida.
Ella frunció el ceño.
—Te acabas de comer mi maldita pizza.
—Cuida tu vocabulario —la regañé, con las palabras ahogadas mientras masticaba—. Alguien tan dulce como tú no debería decir palabrotas.
Sus labios fruncidos me dijeron exactamente lo ridículo que sonaba.
—¿Qué demonios está pasando? —preguntó, sonando más firme.
Me ahogué de risa antes de tragarme por fin el resto de la pizza.
—¿Sigues teniendo un ataque de pánico? —Le apreté las manos, frunciendo el ceño al sentir lo frías que estaban.
—Estoy bien. —Volvió a respirar entrecortadamente—. No obstante, sigo sin saber qué está pasando. ¿Viniste a hacerme daño?
Su voz era tan tranquila, tan vulnerable, que me destrozó.
—No, dulzura. Nadie va a hacerte daño. Solamente tenemos que quedarnos aquí un rato.
Agarré la caja del mostrador y le di una porción de pepperoni.
—Cómetela. ¿Quieres beber algo? ¿Agua o whisky?
Tomó la pizza, todavía con una expresión de desconfianza.
—Umm, creo que nos quedamos sin whisky.
Sonreí.
—Menos mal que yo no. —Metí la mano en el bolsillo de mi chaqueta y saqué un par de botellas de licor de tamaño pequeño que había tomado de la habitación de hotel en la que me había alojado la noche anterior.
—Creo que estoy teniendo una especie de desconexión con la realidad —agregó. Pero agarró la minibotella de tequila.
—Primero cómete la pizza.
Miró el trozo que tenía en la mano y le dio un mordisco. Yo agarré otro. Reconocí el nombre del restaurante, era propiedad de la Familia, aunque nunca había ido. La pizza estaba buenísima.
—Ya que vamos a estar aquí un rato, deberíamos hacer un juego de beber —propuse.
—Asumiendo que no eres una alucinación, ¿quién eres? ¿Quién intentaba entrar?
Mi teléfono vibró, y me di cuenta de que estaba sobre el regazo de la mujer.
—¿Me permites?
Lo tomó y dudó un momento, quizá pensando si podía pedir ayuda, antes de dármelo.
El mensaje de Matteo parpadeó en la pantalla, haciéndome saber que aún no tenían ojos en la zona y que me quedara donde estaba.
Me pareció bien. Mis ojos recorrieron el cuerpo de la mujer.
Parecía joven, tal vez de unos veintitantos años, en contraste con mis treinta y ocho, y era todo curvas pronunciadas, labios exuberantes y hermosa cabellera.
Estiré los brazos por encima de mi cabeza antes de agarrar otra rebanada.
—Come —ordené con firmeza. Una vez que dio otro mordisco, continué—: Llamé la atención de la persona equivocada y necesito esperar hasta que sea seguro.
—¿Quieres quedarte aquí? ¿Por cuánto tiempo?
Me encogí de hombros.
—¿Tienes prisa por librarte de mí?
—Necesito irme a casa.
—No puedo dejar que lo hagas. Estás atrapada conmigo por un tiempo. Entonces, ¿partida de tragos?
Tomó otro bocado.
—Definitivamente estoy alucinando. Voy a cerrar los ojos y cuando los abra, te habrás ido.
Cerró los ojos, con un aspecto jodidamente adorable. Me hice a un lado en silencio, así que cuando los abrió, se quedó boquiabierta por la confusión. Luego me vio y dio un resoplido exagerado.
—¡Buenas noticias! —exclamé—. No estás alucinando. Ahora, antes de comenzar a jugar, deberíamos presentarnos. ¿Cómo te llamas, preciosa?
Sus mejillas se sonrojaron.
—Julieta.
No pude contener mi enorme sonrisa. «No puede ser, joder».
—Julieta, creo que esta noche estaba escrita en las estrellas. Soy Romeo.
Parpadeó y puso los ojos en blanco.
—Sí, definitivamente me estoy volviendo loca.
—No, en serio, ese es mi nombre.
—Ajá. —Se movió de modo que su espalda estaba contra una pared de libros, con las piernas estiradas delante de ella. Estaban a pocos centímetros de las mías, y tuve que contenerme para no rozarlas—. Así que dime, Romeo, ¿con quién te metiste en problemas?
Dijo mi nombre como si pensara que era falso, pero aun así me encantó cómo sonaba en sus labios.
—Bueno, Stellina, no todo el mundo aprecia lo gracioso y guapo que soy.
Arrugó la nariz.
—¿Alguien te persigue y posiblemente quiera matarte, a juzgar por la pistola que portas, porque eres demasiado gracioso y guapo? ¿Esa es la versión que pretendes contar?
—Tu falta de fe en mí es asombrosa.
—¿Y, Stellina?
—Estrellita. Porque somos amantes destinados por las estrellas. Así como Romeo y Julieta, ¿cierto?
Volvió a poner los ojos en blanco y me encantó. Había algo en ella que me parecía frágil, como si pudiera romperse en cualquier momento, pero esos destellos de su frescura me aliviaban algo en el pecho.
—Entonces, ¿eres un gran amante de Shakespeare? —indagó.
—Nah. Demasiado deprimente para mi gusto.
Ahora, ¿a qué juego de beber deberíamos jugar, Julieta?
A menos que tengas un juego de beer pong en la parte de atrás, quizá debamos optar por un clásico como “Verdad o Reto”.
O podríamos hacer póquer de striptease. —Sus mejillas se sonrojaron, pero la mirada que me dirigió fue mordaz—.
“Verdad o Reto” será —anuncié, levantando la minibotella de whisky sin abrir.