Su Heredero Oculto (Crowned in Sin 2) Elena
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Elena

Lo primero que siento al abrirme paso de nuevo hacia la consciencia es una presión envolviendo mi mano.

Durante un segundo aterrador, no sé dónde estoy ni si esto es algún extraño juego del más allá en el que he acabado de algún modo.

Mi mente flota entre los recuerdos de la bala alcanzándome y el dolor en la voz de Dante mientras me suplicaba que no me fuera, obligando a mi pecho a encogerse de manera instintiva.

No sé si alguna vez podré olvidar esa mirada en sus ojos ni dejar de oír el temblor en su voz. Jamás imaginé que llegaría a ver a Dante Cosenza derrumbarse, y menos aún por alguien como yo.

Cuando por fin abro los ojos, un techo estéril se tambalea sobre mí, iluminado bruscamente por las luces fluorescentes que zumban suavemente. Ese sonido se mezcla con otros a mi lado, los murmullos mecánicos y bajos de las máquinas que monitorizan mi cuerpo.

¿Un hospital?

El dolor florece en mi costado en cuanto intento moverme y sentarme. Es una presión profunda y punzante, lo suficientemente intensa como para robarme el aliento durante un instante. Suelto un siseo bajo, apretando instintivamente los dedos alrededor de la mano que sostiene la mía.

La mano me corresponde apretando con fuerza.

Giro la cabeza lo justo para ver a Luca acurrucado conmigo en la estrecha cama, su pequeño cuerpo encajado junto a mi lado bueno.

Un brazo le rodea mi antebrazo, y sus dedos se aferran a los míos incluso dormido.

Su rostro está manchado, las pestañas pegadas por las lágrimas secas hace ya mucho tiempo en sus mejillas.

Su pecho sube y baja en respiraciones lentas, el cansancio reflejado en su cara.

Se me vuelve a romper el corazón.

—Ay, cariño… —susurro.

No me atrevo a mover el brazo y despertarle.

Simplemente lo observo, grabando en mi memoria la imagen de que sigue vivo, sigue respirando, cuando no hace tanto—¿horas?

¿Días? ¿Semanas?—yo estaba convencida de que iba a verle morir.

Todavía puedo oír ese sonido horrible y desgarrador de su grito cuando Enzo levantó la pistola y le apuntó.

Un sonido que ningún niño debería emitir nunca.

Recuerdo cómo mi cuerpo se movió antes de que mi mente pudiera reaccionar.

En el instante en que Enzo alzó la pistola hacia mi pequeño, todo lo demás dejó de existir. No había Dante. Ni clanes. Ni venganza, ni conspiraciones ni consecuencias. Solo estaba Luca y la certeza de que si alguien debía morir en esa habitación, sería yo.

El impacto fue brutal, abrasador como el blanco más puro mientras mi cuerpo se abría desde dentro.

Recuerdo el sonido desgarrándome antes siquiera de darme cuenta de que había jadeado, cómo me fallaron las rodillas y el mundo se tambaleó cuando Dante irrumpió en la habitación, su rostro descompuesto por el horror más puro y absoluto.

Incluso entonces, entre el dolor y el shock, supe que había hecho lo correcto.

Y lo volvería a hacer. Todas y cada una de las veces.

Duele más que la herida cosida en mi costado saber que Luca lo ha visto todo. Que estuvo allí, que su pequeña mente tendrá que asimilar la imagen de su madre desangrándose en el suelo porque quienes tenían mucho más poder que nosotros así lo decidieron.

Eso es lo que más odio.

Odio que sus primeros recuerdos de Sicilia sean estos, y no el sol y las risas como los de mi infancia.

Odio que la inocencia que luché tanto por proteger en Nueva York acabó resquebrajándose bajo el peso de este mundo, tal y como temía que algún día ocurriría.

Odio que sepa, en cierto modo, que hubo gente que deseaba su muerte simplemente por existir.

Pero… al menos está vivo.

Estamos vivos .

Ese pensamiento hace que me recorra una oleada de alivio temblorosa, lo suficiente como para hacerme arder los ojos.

Solo entonces levanto la mirada y la desplazo por la habitación.

Dante está sentado en la silla junto a la cama, encorvado hacia delante, como si llevara allí horas—o días, tal vez—sin moverse. Lleva las mangas remangadas, la chaqueta ausente, la camisa desabrochada en el cuello. La cabeza ligeramente inclinada y el pelo oscuro cayéndole sobre los ojos.

Por mucho que recé para que no viniera a por Luca y por mí, por mucho que deseé con todas mis fuerzas que se mantuviera alejado para que mi hijo no tuviera que presenciar la muerte de su padre intentando salvarnos, verle atravesar aquella habitación para llegar hasta nosotros fue la segunda mejor cosa que me ha pasado en la vida.

Solo superada por el día en que nació Luca.

En Dante no hubo ni un átomo de vacilación, ninguna de esas frías calculadoras que tanto le caracterizan.

Solo pura determinación salvaje, cruzando ese espacio como si nada en el mundo pudiera impedirle llegar a nosotros.

La imagen de él arrodillándose junto a nosotros, sus manos temblorosas intentando contener mi herida, está grabada en mí tan profundamente como el propio dolor.

Ahora le observo durante largo rato, dejando que el silencio nos envuelva. Su rostro se contrae levemente en sueños, la tensión aún marcada en las líneas de su ceño incluso aquí, a salvo entre las paredes de una habitación de hospital.

Por primera vez en años, me permito mirarle sin que el enfado o el miedo enturbien mi visión. Al hombre que corrió de frente hacia las balas por su familia y que estuvo a punto de perderlo todo de nuevo y aun así luchó por salvarnos.

Vuelvo a mirar a Luca y, poco a poco, levanto la mano para peinar con los dedos su cabello enredado. Sujeta mi brazo aún más fuerte, como si una parte de él temiera que pudiera desvanecerme si me suelta.

—Estás despierta. —La voz me hace estremecer.

Levanto la mirada demasiado rápido, y la habitación gira un instante antes de que mi visión empiece a enfocarse con lentitud.

Dante.

Ahora se inclina hacia adelante en la silla, los codos apoyados en las rodillas mientras me observa con atención.

Ahora que tiene los ojos abiertos, puedo ver el daño que le han hecho los últimos días.

Las ojeras le embozan la piel bajo los ojos, más oscuras que nunca antes.

Finas venas rojas se ramifican por el blanco que rodea sus pupilas, prueba irrefutable del nivel de agotamiento al que se ha visto sometido.

Cuando intento hablar, no sale ningún sonido; la garganta me raspa como si estuviera llena de papel de lija.

Sin embargo, Dante ya se mueve, alargando la mano hacia un pequeño vaso de plástico lleno de agua en la bandeja junto a las máquinas.

Lo acerca a mis labios sin decir palabra, manteniendo una mano bajo mi cabeza para sostenerla.

—Despacio —murmura, apenas más alto que el rumor de las máquinas.

Le hago caso, bebiendo a pequeños sorbos.

El frescor se extiende por mi lengua y baja por mi garganta, calmando el escozor en carne viva y aliviando la sequedad que hace que cada respiración me cueste un esfuerzo.

El alivio me inunda de repente, tan intenso que casi consigue que se me llenen los ojos de lágrimas.

Parpadeo para contenerlas y trago de nuevo.

—Has estado inconsciente casi dos días —dice en voz baja cuando termino, dejando el vaso de nuevo en la bandeja—. Ellos... no creían que salieras de esta.

El corazón me da un vuelco doloroso mientras mi mirada desciende instintivamente hacia mi costado.

La pregunta pesa en mi lengua—¿Qué vio Luca?

—pero la trago antes de dejarla salir. Ya conozco la respuesta por la forma en que el pecho se me encoge.

Él estaba allí. Me vio caer después de que disparasen.

Vio la sangre. Aunque no pudiera entender lo que pasaba, los niños recuerdan cosas así mucho después de que el peligro haya pasado.

Eso lo odio más que el dolor. Él no va a olvidar esto nunca. No del todo. Aunque los recuerdos se diluyan con el tiempo, la sensación permanecerá, esa sensación instintiva que no podrá explicar hasta que sea lo bastante mayor como para que yo me siente a hablar con él sobre lo que ocurrió.

Cuando vuelvo a alzar la mirada hacia Dante, sé que no soy la única con esa certeza. Él, más que nadie, conoce la manera en que el trauma se te talla en carne viva y sin pedir permiso.

Carraspeo, enfocando mi atención en algo igual de importante. —¿Carlo? ¿Enzo? ¿Están...?

Dante asiente. —Están muertos.

La tranquilidad me envuelve de golpe.

Durante un largo instante, no hago nada más que empaparme de la buena noticia.

Se ha acabado.

La idea parece irreal. Toda mi vida, los últimos cuatro años, han estado plagados de la espera ansiosa ante la inminencia del siguiente desastre, del próximo instante en que todo volvería a venirse abajo porque fuerzas fuera de mi alcance volvían a jugar a ser dioses entre su propio sindicato.

Ahora que de verdad ha terminado, Luca y yo ya no tendremos que seguir viviendo como animales perseguidos.

No más sobresaltos ante cualquier ruido desconocido, no más mirar por encima del hombro cada vez que salimos.

Quizá ahora Dante nos deje marcharnos de la villa. Me encantaría enseñarle Sicilia a Luca.

Me aferro a esa esperanza cuando Dante vuelve a hablar. —Solo queda dar con el Don de los Bellanti. Consiguió escapar antes de que nadie pudiera detenerle.

El alivio se desmorona en mi interior al instante.

Así que... no se ha acabado del todo. Una figura sigue acechando en el borde de todo lo que hemos logrado superar.

Un hombre que sabe cómo explotar cualquier debilidad y que ya ha demostrado que está dispuesto a hacer lo que sea para conseguir lo que quiere.

Alguien con la suficiente paciencia para esperar, reagruparse y volver a atacar cuando menos lo esperemos.

—¿Qué ocurre? —pregunta Dante, vigilándome demasiado de cerca.

Dudo antes de responder. —No... no sé si podemos volver allí.

La confusión se refleja fugaz en su rostro, seguida muy de cerca por el dolor. —En ningún otro sitio estarás a salvo, Elena. Allí puedo protegerte.

—Eso dijiste antes. Si el Don Bellanti sigue ahí fuera, ¿quién dice que no va a intentarlo de nuevo? La próxima vez... no creo que dejara que Luca y yo viviésemos el tiempo suficiente como para usarnos contra ti.

No responde al instante. Sus manos se cierran en puños apretados sobre su regazo, los nudillos palideciendo. Cuando por fin habla, su voz suena baja y tensa, las palabras forzadas entre dientes apretados.

—Ya no le pagan para que siga persiguiéndoos. No os pasará nada. Estoy rastreándole mientras hablamos porque no me gustan los cabos sueltos. No porque sea una amenaza para ti.

Niego con la cabeza. —No puedo criar a Luca así, Dante. No puedo vivir esperando una y otra vez a que todo se desmorone. No voy a hacerle eso.

El silencio que sigue es asfixiante.

No estalla ni se esconde tras la ira como acostumbra cuando no le gusta la dirección que toma una conversación.

Simplemente... me mira. Tiene esa misma expresión controlada que lleva años usando como armadura, pero esta vez la máscara le sienta peor; el cansancio ha limado sus aristas y sus ojos le traicionan.

Matteo solía decir que Dante hablaba con los ojos.

Entonces yo no lo entendía. Creía que era una de esas observaciones cariñosas que la gente hace de alguien a quien ha conocido toda la vida, como hacía Matteo.

Dante siempre era tan prudente en público, tan impenetrable ante los demás.

Sólo cuando estábamos solos conmigo se permitía verdaderamente aflojarse.

Pensaba que eso era lo que Matteo quería decir.

Pero ahora, creo que lo comprendo de otra manera.

Porque cuando miro a los ojos gris verdosos de Dante, veo todo lo que no dice.

El duelo del que nunca aprendió a desprenderse, el cansancio de cargar con un imperio reconstruido desde las cenizas, la culpa que se ha vuelto parte de él.

Y bajo todo eso, una tristeza que le duele en los huesos por mi forma de alejarle.

—Vosotros dos sois mi mundo. Sin vosotros... no me queda nada. Por favor, no te vayas —susurra.

Se me cierra la garganta, la emoción ardiendo tras mis párpados hasta que las lágrimas amenazan con caer. Quiero decirle que no quiero irme. Que estoy cansada de huir, cansada de seguir mirando a mis espaldas. Que ojalá el amor bastara para salvarnos a todos.

Pero desear algo no cambia la realidad.

—Lo siento —murmuro de vuelta.

Dante se incorpora en la silla y se pone en pie, dándose la vuelta antes de que pueda ver qué emociones le tensan la cara. Me pide que lo piense, su voz ya otra vez distante cuando abandona la habitación para salir a tomar el aire y cierra la puerta tras de sí.

Me quedo mirando a Luca y por fin dejo que caigan las lágrimas. De forma extraña, ahora entiendo una verdad dura a la que temía enfrentarme.

Puede que el amor no sea suficiente para salvarnos de perder aquello que una vez creí indestructible.