Su Heredero Oculto (Crowned in Sin 2) Dante #2
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Dante #2

Lleva un arma en la mano, el brazo extendido, y en los labios ya se dibuja su sonrisa habitual.

Bueno, hasta que me ve y sus ojos se posan en mí; entonces, esa sonrisa se esfuma al instante.

El asombro cruza su rostro apenas un par de segundos antes de ocultarlo bajo una máscara de fría indiferencia.

Mi cuerpo se paraliza al seguir por fin la trayectoria de su pistola.

Luca está en el suelo, sollozando a sus pies, mientras sus pequeñas manos se aferran a su madre. Protege su cuerpo encorvándose sobre ella, tapándole la espalda y la cabeza con los brazos. Debajo de él, Elena está apoyada en manos y rodillas, jadeando en busca de aire.

La sangre le mana entre los dedos mientras se aferra al costado. Cae en gotas gruesas y constantes, y cada una golpea el suelo con un sonido que sé que me acompañará el resto de mi vida. Su rostro está ceniciento, la mandíbula apretada con fuerza mientras lucha por mantenerse en pie y consciente.

Le han disparado.

La realidad me golpea con una violencia brutal, arrancándome el aire de los pulmones.

No.

No. No, no, no.

El horror me inunda tan deprisa que me deja aturdido.

Me recorre el cuerpo como una ola violenta y tengo que plantar los pies con firmeza en el suelo para no caer de rodillas.

Por un instante, no soy el Don de la familia Cosenza.

No soy un comandante, ni un ejecutor, ni un hombre acostumbrado a sobrevivir a momentos como este.

Sólo soy un hombre mirando cómo la mujer que ama se desangra sobre el mármol mientras nuestro hijo grita por ella.

La visión se me estrecha.

Enzo alza más el arma, su dedo aprieta el gatillo mientras la apunta directamente a la nuca de Luca.

El tiempo se fractura.

Lo veo todo a la vez mientras me abalanzo hacia delante—el rostro pálido de Toselli, cubierto de sudor, cuando se gira y sale corriendo hacia el balcón; las mejillas de Luca surcadas de lágrimas mientras le suplica a su madre que se levante; el dedo de Enzo apretando el gatillo, una lenta sonrisa volviendo a extenderse por su rostro; los ojos de Elena encontrándose con los míos, el alivio suavizando su expresión de dolor.

Veo mi futuro resquebrajarse ante mis ojos, en tiempo real.

No pienso.

No dudo.

Levanto el arma y disparo.

Enzo se sacude hacia atrás cuando la primera bala le da de lleno en el pecho, y su cuerpo choca contra la puerta de la terraza con tal fuerza que hace vibrar el cristal.

La segunda le atraviesa la garganta antes de que pueda caer, la violencia del impacto le echa la cabeza hacia atrás y se desploma en el suelo, muerto antes siquiera de tocarlo.

Toselli grita. Lo derribo antes de que alcance a dar un solo paso hacia el borde del balcón. Su cuerpo se precipita por el lado. El ruido sordo y repugnante que hace al estrellarse segundos después en el suelo del exterior resuena en la habitación.

Cruzo la habitación en cuestión de segundos y me dejo caer de rodillas junto a ellos. Luca me mira con los ojos desorbitados de terror y enrojecidos. Durante un latido sólo me observa, sin acabar de creerse que soy real. Tiene que parpadear un par de veces para que, por fin, me reconozca.

—Mamá. Ella... ella... —se le quiebra la voz del todo.

Lo cojo con un brazo y lo aprieto contra mi pecho, pegándolo con fuerza, como si pudiera protegerlo de lo que ya ha pasado. Mi mano le envuelve la nuca, los dedos se hunden en sus rizos mientras le beso la coronilla con firmeza.

—Tranquilo, yo me encargo.

Aspira una bocanada de aire, aferrándose a mí con desesperación.

Cuando me giro del todo hacia Elena, ella se tambalea hacia delante, como si la fuerza que la mantenía erguida se hubiera agotado por fin.

Se desploma y casi no alcanzo a sujetarla antes de que se derrumbe por completo.

Aparto a Luca lo justo para liberar el otro brazo y tumbo a Elena con cuidado en el suelo, acomodándola de espaldas.

La sangre oscurece enseguida el mármol bajo su cuerpo, cálida y resbaladiza entre mis palmas. Presiono con fuerza su costado, aplicando presión como he hecho centenares de veces antes con mis propios hombres tras un tiroteo.

Pero a diferencia de todas aquellas veces, esta vez, mis manos tiemblan sin control.

—Quédate conmigo. ¿Me oyes? Ni se te ocurra dejarme ahora —le ordeno en voz baja, con desesperación, inclinándome sobre ella.

Luca se arrastra más cerca, su cuerpecito tiembla violentamente mientras se pega a mi lado.

—Mamá... —solloza.

Inclino bruscamente la cabeza hacia el hombro, apretando lo justo para activar el comunicador que llevo pegado al oído. Mi voz sale ronca, desprovista de cualquier atisbo de autoridad.

—Elena está herida, ¡necesito un equipo médico aquí ya! Ala este. Salón. Ahora.

Por el auricular estallan voces superpuestas, confirmaciones, órdenes de enviar un equipo hacia mi posición, pero no logro captar nada entre el rugido ensordecedor de la sangre en mis oídos.

Elena tose con fuerza. Es una tos húmeda y, al hacerlo, la sangre burbujea en la comisura de sus labios. Intenta hablar, los labios le tiemblan mientras lucha por formar las palabras, su respiración entrecortada y superficial.

Niego con la cabeza incluso mientras sigo apretando la herida.—No hables. No, sólo... sólo respira. Es lo único que quiero de ti. Respira y quédate conmigo.

Sus ojos se apartan de los míos, desvanecidos ya, mirando hacia el techo como si estuviera deslizándose a un lugar donde yo ya no puedo seguirla.

El pánico me recorre la columna como un arañazo.—Elena —le suplico, la voz rota mientras lucho contra el nudo que me ahoga la garganta—. Elena, mírame.

Me dice algo con los labios mudos, y entonces sus ojos se cierran lentamente.